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Juan Fernández Krohn | FE de las JONS, ni de izquierdas ni de derechas. Punto pelota

Estamos en periodo electoral lo que hará comprender fácilmente a los lectores de MD que el autor de estas líneas se sume a su manera a la campaña, sin sentirme obligado no obstante a bajar del todo a la arena. Y a buen entendedor pocas palabras sobran.

kron2FE de las JONS -heredera o albacea o legataria y usufructuaria (y que sé yo cuantas cosas más)- de la Falange de los orígenes, de sus siglas que me diga, "no es -como acaba de recalcarlo uno de sus miembros o partidarios en este portal- ni de izquierdas ni derechas" Con lo que ya está dicho todo, o nada, según se vea.

Los tiempos y lo vientos cambiaron un poco (se me re reconocerá) desde que es slogan nació -antes de la Guerra civil- en la política española. Y creer o volver a creer de una fe ciega en la Victoria pasa obligatoriamente -como aquí ya lo expliqué y defendí- por un asumir la Derrota (me refiero a la del 45) Y así, podremos seguir siendo o sintiéndonos ni de izquierdas ni de derechas, no es óbice que el vulgo, la opinión pública -en su gran mayoría (por no decir abrumadora)- no nos ve ni nos percibe así, y no es culpa mía.

Ser o no ser, para algunos no obstante a lo que parece. Cuestión de fe, y de devoción religiosa también (o casi religiosa, o supersticiosa para dejarnos de eufemismos) Palabra de Dios como quien dice, que es el valor que algunos devotos joseantonianos parecen prestarle a las obras/completes, y en particular a uno de sus textos (y pasajes) y me estoy refiriendo al discurso del Cine Madrid (mayo del 35) que algunos (confiteor) nos aprendimos de memoria (o casi) desde muy jóvenes y que llevamos entonces en los labios repitiéndolo a cada momento como jaculatorias, en particular sus párrafos y frases más emblemática como aquella de la invasión de los bárbaros, o aquella otra del desmontaje del capitalismo "la más alta tarea moral (que vieron los siglos) Palabra de dios, te alabamos señor, ya digo.

Y es que a algunos el discurso aquel joseantoniano, casi ochenta años después de verse pronunciado se nos cae ya hoy (literalmente de las manos) En un comentario "anónimo" hace poco en la red (bajo seudónimo quiero decir, lo que no significa forzosamente que lo sea) -en una página web joseantoniana-, venia reconocerse lo que yo acaba de defender en uno de los artículos de mi blog (por lo que me sentí aludido por supuesto) y era que José Antonio fió su suerte, su destino, a socialistas y republicanos sus últimas semanas preso en la cárcel de Alicante.

Y el autor del comentario aceptaba lo históricamente innegable del aserto y lo justificaba la vez precisamente con el discurso del Cine Madrid en mano, saber con el pasaje aquel precisamente de la invasión de los bárbaros.

Una imagen, un clisé no poco polisémico o polivalente. Como lo muestran la diversidad de hitos históricos que viene a encarnarlo o a evocarlo tano en la memoria colectiva como en la historia o en la historiografía. Invasión de los bárbaros lo fue el cruce (pacífico) de las aguas heladas del Rin el día de Navidad del año 406 (o el 31 de diciembre según las diferentes versiones de la leyenda)

E invasión de los barbaros lo fue sobre todo –en el año 456- la de los Hunos de Atila, más barbaros que los otros en la medida que eran más extraños y venían de más lejos, un pueblo asiático en definitiva y no europeo como lo eran las tribus germánicas, lo que solo vino a conjurar la batalla de los Campos Cataláunicos, la primera “batalla de las naciones” en la historia europea.

Y de todos esos hitos de historia bien anclados en la memoria colectiva de los pueblos occidentales, José Antonio, en su célebre evocación, parecía privilegiar -por la imagen "del torrente" de la que la hacía acompañar- el más inocuo e inofensivo y menos cruento y sangriento de todos ellos, a saber el cruce del limes renano (en el Rin) de la leyenda (navideña)

Pero no era sólo en ese punto donde adolecía de no poco de capricho o arbitrariedad la evocación histórica de José Antonio -y tal vez también en el ruso Berdiaeff del que José Antonio la debió tomar- sino en el otro polo de la comparación, a saber los bárbaros de los tiempos modernos, porque en el discurso del teatro Calderón de Valladolid de un año antes (en marzo del 34) -de fusión de Fe y JOS- la invasión de los bárbaros lo era (sólo) "la nueva época" que se avecinaba sin más especificaciones, en el cine Madrid lo era ya “la revolución rusa” en cambio.

¿Y por qué no el Nuevo Orden Nazi?, cabe preguntarse. Tan surcados de esperanzas o grávidos de amenazas (según la óptica o el cuadrante del punto de visita) se presentaban entonces desde luego ambos fenómenos (ideológicos)

¿Qué había pasado en el mundo o simplemente en la vida del fundador de la Falange entretanto? Un suceso, entre otros sin duda todo menos trivial y lo fue su visita a Berlín el mayo del 34 donde -es un dato hoy comúnmente admitido (aunque sigan negándolo pertinazmente algunos de sus devotos)- que se entrevistó con Hitler y de donde José Antonio a todas luces volvió profundamente es-can-da-li-za-do, como lo ilustra el silencio lapidario que guardó a cuenta de ello después y que le pesaría como una losa (tumbal) delante del tribunal popular que le condenó a muerte, y también el destino tan dispar de uno y otro de los protagonistas de aquel encuentro.

Y así, mientras el uno acabo llevando al mundo a una guerra mundial en respuesta nota bene a “la invasión de los barbaros” (o a su amenaza inminente) y acabó saliendo como quien dice por su propio pie del mundo de los vivos, el otro -a creer hoy a sus propios devotos-, pareció sus últimas semanas de vida preso en la cárcel de Alicante pasarse “del lado de los bárbaros” (lo que no impidió su muerte cruel e ignominiosa)

Como así entendieron hacer también sin duda curas (y laicos) progres tras el concilio vaticano segundo. Entendiendo seguir no pocos de ellos -como el que fue gran amigo de la Pasionaria, el jesuita padre Llanos- el ejemplo de José Antonio en la cárcel de Alicante

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