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El pequeño Nicolás, síntoma de la crisis del Estado

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Por Ernesto Milà |

“Al perro viejo todo se le antojan pulgas” dice el viejo refrán español. Obviamente, el “perro viejo” es la constitución y el Estado surgido en 1978. Cada día, en efecto, se acumulan síntomas de su obsolescencia. Algunos dramáticos, otros grotescos. No es lo mismo el problema secesionista que la abdicación de Juan Carlos; ni la corrupción que el referéndum canario sobre las prospecciones petrolíferas. Parece que tenga poco que ver la crisis de todos los partidos que han sido algo en los últimos 38 años, con la desindustrialización del país, los ocho millones de inmigrantes con el hundimiento de la natalidad, la crisis de la enseñanza y de la sanidad con un cuarto de la población próximo al umbral de la pobreza, los indultos a políticos con los desahucios a infelices. Y sin embargo todo esto, no son más que síntomas cada vez más agudos y preocupantes de la crisis generalizada del Estado, del hundimiento de un régimen. Como la irrupción del último freaky que terminará haciéndose habitual en los reality shows y que será tomado en serio por periodistas y opinión pública: el “pequeño Nicolás”.

Hay que reconocer aplomo y precocidad al “pequeño Nicolás” que desde los quince años ya era paseado por su madre por los aledaños del poder y presentado como “genio”. En realidad, algo de eso debe tener para concebir un proyecto de promoción personal desde la más tierna infancia. Es pronto para valorar la figura del “pequeño Nicolás”, pero, así en principio, no parece nada más que una mezcla de mitómano, arribista, oportunista y egomaníaco acompañado por la sombra de la estafa.

En un país normal y en un tiempo normal, el “pequeño Nicolás” no hubiera encontrado acomodo entre los grandes políticos o empresarios. Simplemente, en el mejor de los casos, se le hubiera dado una palmadita y se le habría dicho una palabra cariñosa instándole a volver dentro de diez años con un currículo razonable en lugar de con humo, selfies forzadas con famosos y anécdotas con poderosos conocidos de refilón. Pero, en un momento de crisis de todas las estructuras del Estado y, consiguientemente, de crisis de la sociedad, el último freaky puede saludar al rey tras ser invitado por él, tener coche oficial, fotografiarse con los últimos presidentes de gobierno y pasar como agente del CNI “para casos especiales”. Y de paso cobrar 200.000 euros por una entrevista televisiva que pasará a los anales de la mediocridad y el esperpento.

Indudablemente, la criatura miente descaradamente en algunas declaraciones (“me siguen llamando políticos y empresarios”), en otras siempre quedará la sombra de duda sobre si dice la verdad o simplemente exagera (“Yo soy el enlace entre Casa Real y Manos Limpias”, “Al balcón de Génova me invita la vicepresidencia del Gobierno”) y, en ocasiones hasta da la sensación de que dice la verdad (“No he tenido mucho tiempo para frecuentar la universidad este año” o “A quien invita la Casa Real a la proclamación del Rey es a mí”).

En cierto sentido y en un plano mucho más pedestre, el crío me recuerda a Licio Gelli, el Gran Maestre de la Logia Propaganda 2. Gelli había desarrollado, con la veteranía y el paso de los años, una técnica muy depurada para ganar influencia e integrar a pro-hombres del Estado en su zona de influencia. Siempre, cuando se iba a nombrar director del servicio de inteligencia italiano (el viejo SID) sonaban tres o cuatro nombres, Gelli se entrevistaba con todos ellos y a todos les prometía el mismo apoyo para salir elegidos. Luego, solamente uno obtenía el puesto, pero éste le estaba eternamente agradecido y dispuesto a realizar cualquier favor como contrapartida. Los otros entraban en el olvido y puñetera la falta que le hacían al astuto Gelli.

Con muchas menos tablas en el viejo arte de la estafa, el “pequeño Nicolás” coleccionaba casi compulsivamente relaciones con la élite política, financiera, aristocrática y empresarial del país. Cada uno le contaba pequeños detalles, anécdota sin importancia, luego él las repetía dando la sensación de que “estaba en el núcleo del poder” y que realizaba misiones delicadas para él: "Yo era un colaborador del CNI, un charlie", "El CNI llama con número oculto", "Mis padres no se imaginaban lo que hacía porque quien colabora con el CNI no puede difundir en dónde trabaja. Ni a su familia", “El CNI me encargó temas alegales"… es decir, nada esencial, nada importante, nada que demuestre algo más que cuatro tonterías sin el más mínimo interés y acompañadas por detalles que conoce todo el mundo y que ni siquiera dejan presuponer una relación que vaya más allá de la consabida selfie.

Es difícil saber cuál es el problema del niño. Quizás es que una madre dominante, quiso promocionar a su hijo como superdotado (que como muchas otras madres aspiran a que sus hijos desde muy niños sean futbolistas o actores y otras te explican con una seriedad pasmosa que su hijo, ese ceporro de pocas luces, llegará muy lejos) o que, una vez más, se cumple el diagnóstico que Freud expuso en su obra La novela familiar de los neuróticos, tratando de explicar los delirios de grandeza, pero lo que parece muy cierto es que el “pequeño Nicolás” tiene algún problema psicológico muy acusado, mucho más que un coeficiente intelectual especial. Hay algo en sus facciones que remite a la indolencia, una inexpresividad facial propia de trastornos psicológicos de todo tipo. Si es o no un crío con malos instintos corresponde diagnosticarlo a un psicólogo; lo que es evidente a la vista de su entrevista televisiva es que se trata tan solo un pobre mitómano que, como muchos de ellos, es propenso a la estafa pura y simple.

Usted también puede ser un “pequeño Nicolás”. Todos podemos serlo. A fin de cuentas no es tan difícil frecuentar los salones de los poderosos. Hacerse una selfie con éste o aquel es lo más sencillo del mundo desde que los smarts-phones han perfeccionado sus ópticas. Hay gente que tiene miles de firmas autógrafas de deportistas, políticos, famosillos de medio pelo o con suficiente pedigree, y toda su ilusión en la vida es aproximarse a alguien influyente y obtener un recuerdo. Es una forma de neurosis y de coleccionismo (todo coleccionismo indica una tendencia al control, al orden, a cierta rigidez mental y es, a la postre, una manifestación neurótica) que no hace daño a nadie. Lo del “pequeño Nicolás” es de otro fuste, de un calibre pero que muy distinto. Es un síntoma, pero más que de una malformación de la psique de un individuo, de la crisis de un sistema.

En un régimen político estable y fuerte, en una sociedad sana, gentes como el “pequeño Nicolás” solamente tendrían acomodo en la sala de espera de un psiquiatra. Aquí, en cambio, un pobre chaval que con esfuerzo habría llegado a ser abogadillo de pocos pleitos o el becario que trae los cafés hasta más allá de la treintena, se ha podido codear con la Casa Real, tener coche oficial, o ser invitado por gentes del poder y de la oposición. Solamente por esto, habría que ver en el “pequeño Nicolás” a un reflejo de la quiebra de cualquier idea de orden, eficiencia, realismo y dignidad. El chico no el culpable de lo que ha pasado, sino los políticos y famosillos que creían que les podía aportar algo, que era un verdadero superdotado y que se movía en círculos influyentes, que podía servirles para mejorar sus posiciones, que tenía más contactos de los que en realidad disponía y que allí donde mantenía una relación superficial y ficticia más allá de la consabida selfie, era un joven que “sabía y podía”, un líder en ciernes, un valor de futuro…

El niño tenía relaciones con Aznar y con Felipe González, con Moratinos y con Esperanza Aguirre, demostrando que lo suyo no era el “ni derechas, ni izquierdas” sino el mucho más oportunista “con quien haga falta”. No parece que haya nada importante detrás suyo, ni que en las semanas que vendrán pueda “revelar” algo más que miserias de algunos personajes conocidos, miserias que no pasarán de ser cotilleos oídos aquí y allí, sin la más mínima trascendencia, pero que mostrarán el nivel de indigencia intelectual y moral de la “clase dirigente”.

Cuando yo era pequeñito, con unos años menos que cuando la mamá de Nicolás lo llevó a FAES e hizo que conociera a Aznar, yo leía la revista francesa Pilote, para gente de mi edad. Había un personaje que precisamente se llamaba Le petit Nicolas, ideado por el mismo creador de Astérix. La gracia de aquellos relatos cortos consistía en que mostraba la mentalidad infantil, la forma de razonar de los niños y los problemas en los que puede meterse un infante travieso que quiere imitar a los mayores. Hoy todavía, los libros de Le petit Nicolas se siguen reeditando en el área francófona a pesar de tener algo más de medio siglo de antigüedad.

Aquellos eran relatos graciosos que siempre terminaban con el protagonista de apenas seis años envuelto en los más abracadabrantes escándalos y travesuras, como este otro “pequeño Nicolás”. A fin de cuentas, nuestro Nicolás, el freaky carpetovetónico, ha cumplido los 25. Ya no es un crío y sus andanzas son algo más que travesuras de escolar hiperactivo. Creo que su mamá debería haberle pagado un buen psiquiatra, mucho más que pasearlo por los centros de poder de la derecha y de la izquierda. Lo único que ha logrado demostrar en su aparición televisiva es la credulidad de la clase política y empresarial, la falta de talla de las más altas instancia del país para detectar a un crío con modales de mitómano y estafador y la capacidad de los medios de comunicación para presentar a el enésimo freaky convertido en estrella, dejarle proferir amenazas, afirmar temeridades indemostrables y revelar pequeñas miserias intrascendentes anidadas en las esferas de poder. La enésima evidencia, en definitiva, de que estamos ante una crisis del régimen, crisis sistémica, en absoluto crisis coyuntural.

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