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Verdad verdadera

María Jamardo

Nos hemos acostumbrado a la mentira. La verdad es que se ha normalizado y estandarizado y forma parte tan intrínseca de nuestras vidas que muchas veces nos cuesta distinguir lo verdadero de lo irreal.

No sé si por esto es por lo que últimamente se nos ocurren ideas tan peregrinas como absurdas, o si precisamente porque el ser humano elude con demasiada frecuencia asumir responsabilidades y necesita de la mentira como artificio tras el que parapetar lo que le avergüenza de sus propias imperfecciones o lo que es todavía peor y parece confirmarse, que mentir nos provoca placer y todavía mayor si la realidad que oculta dista mucho de ser descubierta. También existen, claro está, los que se creen a pies juntillas sus propias mentiras y hacen de ellas un modus vivendi, pero en esta categoría avanzada ya encajan o bien los acomplejados o bien los profundamente enfermos.

Para que los mentirosos triunfen en su propósito, necesitan de cómplices pasivos. Los que se creen las mentiras, que suelen ser la mayoría, y es esta mala costumbre de no pararnos a pensar en si lo que nos cuentan tiene alguna base de certeza o algún dato objetivo que respalde la afirmación por obvia que parezca, lo que nos está desmoronando como sociedad.

La mediocridad en la que flotamos, encabezada por la incompetencia de los sucesivos desgobiernos y amparada en la absoluta impunidad que otorgamos a la falta de escrúpulos de los poderes, se hace cada vez más evidente. Hasta la náusea. No se trata ya de colores, siglas, nuevos o antiguos. Se trata de que los patrones se repiten porque hemos desdibujado las bases, la esencia, la verdad, hasta despojarla de sentido y de importancia. Porque se desmorona nuestro sistema. El individuo, necesita referencias. Y los matices sí son importantes. No me refiero en exclusiva a lo estrictamente político…

Como si la política, por mucho que nos empeñemos o se empeñen fuese algo distinto, ajeno o inconexo a la sociedad civil (hoy por hoy sí). Afecta a todas las dimensiones de la realidad, de la colectividad y de la humanidad, que o rectifica el rumbo o corre el riesgo de sumirse en el abismo de lo irrecuperable y hablo como especie.

Lo del referéndum independentista, que se diluye en el tiempo como una amenaza basada en manipulaciones desorbitadas y desquiciadas de la historia y del sentimiento de identidad de una parte de España, es ya el colmo del esperpento. Todavía no me queda muy claro, si la consulta alternativa o la votación “light” han tenido alguna incidencia en nuestro día a día. Porque si la respuesta a una pregunta, es parcial y está adulterada, ¿aporta algún dato relevante para la toma de decisiones?

Lo peor del caso no es el patético espectáculo, al que nos obligan a asistir durante casi dos semanas sin consecuencias previsibles, sino la absurda sarta de mentiras y engaños que lo rodean sin solución de continuidad. Las del señor Mas diciendo que se celebraría sí o sí (y en lo que ha terminado) y las del señor Rajoy asegurando que no se celebraría nunca y a los hechos me remito. Me permito recordarle a ambos que para vivir instalados en la mentira hay que disponer de una gran capacidad de memoria y una impecable inteligencia, cualidades de las que ambos carecen.

Cataluña cuenta con políticos mediocres, con casos de corrupción alarmantes, con una deuda desorbitada, unas instituciones desvirtuadas y un adoctrinamiento permanente de la sociedad desde los medios de comunicación y escuelas públicas pagadas por todos. Díganme que no si procede pero, mal que les pese, la verdad verdadera es que Cataluña es más que nunca el ejemplo auténtico de la (peor) marca España.

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