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El fin del mundo sí sucedió

Por Alain de Benoist |

El fin del mundo sucedió de hecho. No ocurrió en un día específico, pero se ha extendido a lo largo de varias décadas. El mundo que ha desaparecido era un mundo donde la mayoría de los niños sabían cómo leer y escribir. Un mundo en el que admirábamos a los héroes y no a las víctimas. Un mundo donde las máquinas políticas no se habían convertido en máquinas trituradoras de almas. Un mundo en el que teníamos más modelos de conducta que derechos. Un mundo donde uno podría entender lo que Pascal había querido decir cuando escribió que el entretenimiento nos distrae de vivir una vida humana real. Un mundo donde las fronteras salvaguardaban a aquellos que vivían su forma de vida y una vida propia.

Sí, ese mundo tenía sus defectos y a veces era un mundo horrible, pero la vida cotidiana de gran número de personas fue por lo menos regulada por una serie de significados proporcionados por puntos de referencia. A modo de recuerdo, ese era un mundo todavía familiar para muchos de nosotros. Algunos lamentamos su fallecimiento. Pero ese mundo nunca volverá.

El nuevo mundo es líquido. El espacio y tiempo han sido abolidos. Despojado de su mediación tradicional, la sociedad se ha vuelto cada vez más y más fluida y más y más segmentada, lo que sólo facilita su reificación. Uno vive en ella a modo de “zapping”. Con la virtual desaparición de los grandes proyectos colectivos, que alguna vez fueron los portadores de diferentes visiones del mundo, la religión del Yo (un Yo basado en la libertad ilimitada del deseo narcisista, un Yo autogenerado de la nada) se ha traducido en la desterritorialización de todos los ámbitos, que ahora va de la mano con la disolución de todos los puntos de referencia, lo que hace al individuo más y más maleable, más condicionable, cada vez más vulnerable y más y más nómada. Bajo la excusa de la “modernización” emancipadora, por más de medio siglo, la ósmosis ideológica ha tenido lugar entre la derecha económica y la izquierda multicultural, que engrana el liberalismo económico con el liberalismo social, el sistema de mercado con elementos marginales de cultura, todo ello debido principalmente al reciclaje mercantil de la ideología del deseo y la capitalización de la ruptura de las formas sociales tradicionales. El objetivo general es la eliminación de las comunidades de significados que se niegan a operar de acuerdo a la lógica del mercado.

Mientras tanto, algunas transformaciones antropológicas reales han tenido lugar. Afectan a la relación con nuestro Yo, la relación con el Otro, la relación con el cuerpo, la relación con la tecnología. Mañana estas transformaciones nos pueden apresurar hacia el proyecto de fusión de la electrónica y el propio cuerpo vivo del hombre. Tan pronto como el afán de lucro se convierte en la única motivación, a expensas de todo lo demás, su resultado performativo es la generalización del espíritu mercantil, que a su vez convierte la ciudadanía en simples clientes. Dentro de este contexto, la “corrección política” no es sólo un capricho pasajero y divertido, sino un poderoso medio para transformar el proceso de los pensamientos, restringir cada vez más el espacio común como generador de obligaciones recíprocas, y que sea imposible recuperar el mundo de los significados que ha desaparecido por ahora.

Por fin estamos siendo testigos de la aplicación de la “gobernanza”, una especie de cesarismo financiero que se reduce a gobernar a los pueblos, mientras que se les mantiene a raya. Por su parte, el Estado administrativo y terapéutico, siendo el distribuidor de la ingeniería social y actuando como Gran Supervisor, está trabajando en la eliminación de todas las barreras que separan el orden del caos. Afirma su poder sobre la realización de una perfectamente deliberada sub-caótica situación en contra del contexto de su propio avance hacia ninguna parte, y junto con una atemporalidad generalizada, creando así una situación de guerra civil fría. La sociología de la víctima rechaza la noción misma de clase social, insertando en su lugar la denuncia de “exclusión” y la “lucha contra la discriminación”, así como una“ciencia” económica que concibe la noción de categorías de personas como una categoría residual. Al mismo tiempo, sin embargo, más que nunca, la lucha de clases pasa a estar en plena marcha.

En Europa, bajo el impacto de las políticas de “austeridad”, el proceso de caer en la recesión, si no es que en la depresión, está teniendo lugar. El desempleo masivo sigue creciendo, el desmantelamiento de los servicios públicos conduce a la reducción de los bienes sociales, mientras que el poder adquisitivo sigue disminuyendo. Una cuarta parte de la población europea (120 millones de personas) se encuentra hoy amenazada por la pobreza. En el pasado, se llevaron a cabo revoluciones por mucho menos que eso. Hoy en día, no existe tal cosa. Subcontratación, paro, deslocalizacion industrial, despidos laborales abusivos y las llamadas “reestructuraciones sociales” pueden sin duda desencadenar protestas sociales, pero en ningún lado cercano al horizonte hay huelgas de solidaridad, mucho menos huelgas generales. La misma preocupación de mantener el propio trabajo no tiene otro propósito que la suya. ¿Por qué la crisis se tolera pasivamente? ¿Las naciones están tan exhaustas, tan deslumbradas, tan desconcertadas? ¿Han aceptado la idea de que no hay otra alternativa? Las naciones viven bajo el horizonte de la fatalidad. Todo el mundo espera que algo suceda. Pero no va a suceder, porque el capitalismo, con toda objetividad, está alcanzando ahora sus límites históricos absolutos.

Estamos viviendo una crisis de una magnitud absolutamente sin precedentes y que afecta al sistema capitalista en un nivel de acumulación y productividad que nunca se ha llegado antes. Las crisis del siglo XIX se podrían superar ya que el capital aún no se había apoderado enteramente de los medios de reproducción social. La crisis de 1929 fue superada por el fordismo (procucción en cadena), las regulaciones keynesianas y la Segunda Guerra Mundial. La crisis actual, que se produce actualmente en el contexto de la tercera revolución industrial, es una crisis estructural, encabezada por el empoderamiento total de los mercados financieros sobre la economía real y además plagado por deuda pública generalizada.

Una de sus consecuencias directas es la entrega del poder político a los representantes de Goldman Sachs y Lehman Brothers. Pero ninguno de estos puede resolver el problema, porque no hay ningún mecanismo de este tipo capaz de superar la crisis actual. Las burbujas financieras, el crédito estatal y la impresión de dinero, es decir, la creación de capital-dinero ficticio, ya no puede resolver el problema de la pérdida de la sustancia capital. Ante la falta de crecimiento real, y sin importar si se mueve hacia una inflación incontrolable o hacia un pago público general predeterminado, o si se mueve hacia una inflación incontrolable, la crisis de solvencia actual (que ahora está siendo tratada como una crisis de liquidez) todo esto va a terminar en un terremoto.

En un tiempo como el nuestro, hay cuatro tipos de personas. Están aquellos que conscientemente desean hundirse más y más en el caos y la oscuridad. Hay quienes, lo quieran o no, siempre están dispuestos a soportar cualquier cosa. Luego están también los dinosaurios de derecha que viven alrededor de la situación actual a modo de lamento. Desde lloriquear hasta las conmemoraciones, se imaginan que pueden traer de vuelta el viejo orden, lo que explica sus constantes derrotas.

Pero también hay quienes anhelan un nuevo comienzo. Los que viven en la oscuridad, pero no son de la oscuridad, es decir, aquellos que se esfuerzan por resucitar la luz. Los que saben que más allá de lo real, también existe la posibilidad. A ellos les gusta citar a George Orwell: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”

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