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El islam no es parte de España: es su enemigo histórico más pertinaz y duradero

Por Alberto Ramos |

Recientemente el BOE ha publicado la Resolución de 26 de noviembre de 2014, de la Dirección General de Evaluación y Formación Profesional, por la que se publica el currículo del área Enseñanza Religión Islámica de la Educación Primaria. Resumido en una sola frase, el objetivo de tal resolución es la de hacer "Conocer y arraigar la fe en Al-lah, Creador del Universo, de todos los seres vivos y Único Dios adorado”. En otras palabras, y para ir al grano: nuestras escuelas se convierten de la noche a la mañana por efecto de esa ley en madrasas. Es un paso más, y no pequeño en la vía de la islamización de España. En la traición a España, a su historia y a su memoria, el PP parece querer alcanzar por lo menos al PSOE.

En tiempos en que gobernaba este último, con Felipe Gónzalez de jefe de gobierno, se aprobó el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Comisión islámica de España.

La ley 26/1992, de fecha 10 de noviembre dice así en sus párrafos inicales:

(Las negritas son mías)

“La Ley Orgánica de Libertad Religiosa establece la posibilidad de que el Estado concrete su cooperación con las Confesiones o Comunidades religiosas, mediante la adopción de Acuerdos o Convenios de Cooperación, cuando aquéllas, debidamente inscritas en el Registro de Entidades Religiosas, hayan alcanzado en la sociedad española, además, un arraigo que, por el número de sus creyentes y por la extensión de su credo, resulte evidente o notorio.

En este caso se encuentra la religión islámica, de tradición secular en nuestro país, con relevante importancia en la formación de la identidad española, representada por distintas Comunidades de dicha confesión, inscritas en el Registro de Entidades Religiosas e integradas en alguna de las dos Federaciones igualmente inscritas, denominadas Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas y Unión de Comunidades Islámicas de España, que, a su vez, han constituido una entidad religiosa inscrita con la denominación de Comisión Islámica de España como órgano representativo del Islam en España ante el Estado para la negociación, firma y seguimiento de los acuerdos adoptados”.

Este párrafo ilustra de manera ejemplar el dramático hundimiento moral e intelectual de nuestros dirigentes, su total ignorancia de la Historia y su crasa ineptitud para dirigir los asuntos del país y defender los intereses de sus ciudadanos.

Afirmar (en un texto legal, refrendado con las firmas del Rey y del jefe del Gobierno) que la religión islámica es un elemento de “relevante importancia en la formación de la identidad española” equivale a desaprobar y condenar de un plumazo la plurisecular lucha de liberación nacional que constituye la epopeya de la Reconquista, auténtica forja de la nación española, que se define ante la historia y se afirma ante el mundo precisamente a través de su largo enfrentamiento contra el usurpador mahometanao y su indeclinable rechazo al islam. La identidad española se forma CONTRA el islam, no con él. Algún cándido podría pensar que esa es la verdadera significación de la expresión subrayada, el auténtico papel jugado por el islam en la formación de nuestra identidad nacional, pero sospechamos, con sobrados motivos para ello, que no es ese su real sentido. ¡En el ánimo de los redactores de esta ley y de los que la firman somos poco menos que moros! Pero no, los moros no han intervenido en la formación de nuestra identidad española: han intentado destruir la identidad española. No es lo mismo.

La España de la que descendemos y somos herederos se erige en la oposición, no en la aceptación del islam, no lo abraza, lo rechaza, no se entrega a él, lo combate. Y para que no haya duda al respecto, lo hace durante 30 generaciones sin cejar nunca en el empeño ni descreer un instante en la victoria final.

Por otra parte, esa peregrina afirmación recoge uno de los más rancios y falaces tópicos acerca de esa España folclórica popularizada por los viajeros europeos del siglo XIX ansiosos de exotismo que presenta al español como un “medio moro”, por decirlo de manera coloquial.

Pero aún hay más, y peor. Se refiere la ley en cuestión a la religión islámica otorgándole la condición de “secular tradición en nuestro país”. Y eso a 500 años de la toma de Granada (1492) y a 400 años de la expulsión de los moriscos por Felipe III (1609). Eso no es otra cosa que adoptar los argumentos de los islamistas que buscan recuperar el “paraíso perdido” de Al-Ándalus, los cuales consideran los siglos de desislamización completa de España como un paréntesis nulo e invalido, como un intermedio ilegítimo pronto a cerrarse.

Mediante el reconocimiento de “religión de secular tradición en nuestro país”, el carácter islámico de España es afirmado en esta ley pues considera que la ausencia de musulmanes en España durante siglos no ha alterado la supuesta naturaleza islámica de nuestro país: una vez tierra musulmana, siempre tierra musulmana. Eso es lo que proclaman los islamistas que sueñan recuperar Al-Ándalus, eso es lo que afirman como en un eco los que hacen y firman esta ley. Tenemos en nuestra máximas autoridades los más firmes defensores de las tesis de nuestros enemigos. ¿Se puede hacer más y mejor en la traición?

Esa interpretación a contrapelo de la realidad histórica y del simple sentido común hace retroceder el reloj de la historia hasta el punto en que esta se muestra desfavorable al islam en nuestro suelo. La completa derrota del islam entre las postrimerías del siglo XV y los albores del XVII, su erradicación política, cultural y demográfica es considerada por los nostálgicos de la “España musulmana” un accidente, un episodio que sin duda hay que lamentar pero que está lejos de ser definitivo y que se encuentra, por el contrario, afortunadamente en camino de ser revertido. La situación actual en España vuelve coherente y factible el sueño del restablecimiento de Al-Ándalus. Volvemos a estar como antes. La imagen que ofrecen muchas ciudades ybarrios de nuestra geografía no desmerece el paísaje urbano del califato de Córdoba.

Lo trágico de todo esto es que las ideas (y tal vez hasta los objetivos) del enemigo ya empienzan a ser aceptados por los que tienen el deber de defendernos de él. Si esto no es traíción a la patria, ¿qué es entonces traición? ¿Por qué clase de renegados estamos gobernados, en primer lugar el Rey que pone su firma al pie de semejante documento?

No es que solamente hagamos una relectura en sentido proislámico y antinacional, condenando nuestra propia historia y denigrando por consiguiente nuestros antepasados, negando nuestra verdadera identidad, llevados por un insensato complejo de culpa y un desconocimiento pasmoso de nosotros mismos. No es que le demos la razón al enemigo, que sí, sino que vamos incluso más lejos: nos identificamos con él. El islam, nos dicen, es parte constitutiva de nuestro ser nacional, germen de nuestra personalidad histórica, elemento “de relevante importancia en la formación de la identidad española”. En esta novedosa versión, el español, sin saberlo ni sospecharlo siquiera, vendría a ser un imposible híbrido de europeo cristiano y de moro musulmán (formado a partes todavía por cuantificar), un hermafrodita civilizacional, tal vez el ser humano ideal, la materialización carnal de la Alianza de Civilizaciones en una nueva especie de bípedo implume vertical de pulgar oponible que sería la cumbre de la cadena evolutiva del Homo Sapiens: el “moro español”.

Hemos dado el salto cualitativo que nos lleva de la pregunta de si los moros de entonces eran españoles a la afirmación membreteada de que los españoles de ahora somos moros. El paso es de una importancia capital, de una extraordinaria gravedad. Este es el punto hasta el cual hemos descendido. Y nada indica que hayamos tocado fondo.

No creo que podemos limitarnos a pensar en la hipótetica ignorancia supina de los escribas encargados de la redacción de este texto. Debemos apuntar más arriba en la jeraquía de las responsabilidades y llamar las cosas por su nombre: los padres de esta ley son lisa y llanamente traidores y vendepatrias. El que su actuación esté dictada por la convicción o por el interés es una asunto totalmente menor ante la gravedad de la infamia de esa casta de felones y renegados al servicio del enemigo.

Ortega y Gasset dice en “España invertebrada” (1922): “Dado el desconocimiento de la propia historia que padecemos los españoles, es oportuno advertir que ni los árabes constituyen un ingrediente esencial en la génesis de nuestra nacionalidad ni su dominación explica la debilidad del feudalismo peninsular.”

Y añade Julián Marias en “España inteligible” (1985) comentando al mismo Ortega y Gasset: “(…) no fueron (los árabes) ingrediente esencial en la génesis de nuestra nacionalidad. Fueron un decisivo factor de nuestra historia, pero nuestra nacionalidad se construye frente a ellos, como algo ajeno a ellos, fundado precisamente en la repulsa permanente a la islamización. Ni por un momento admiten los cristianos exentos de la dominación árabe que ésta sea aceptable; ni siquiera como un hecho irreversible. No se avienen a la convivencia con otro país -o grupo de países- definidos por la condición islámica. (…) La nacionalidad española se construye desde el rechazo a lo islámico, que es el nervio del largo proceso que lleva de la conciencia de la España perdida a la Nación española de los Reyes Católicos”.

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