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Secuestro de Sidney: la victoria de la corrección política en un Occidente reblandecido e inerme frente sus enemigos

Por Alberto Ramos |

Hace un par de días un terrorista musulmán de origen iraní secuestraba a varias decenas de rehenes en una cafetería de Sidney, Australia. El asunto ya ha dejado (o está a punto de dejar) la escena informativa para dejar paso a otras noticias más frescas, muchas de ellas de similar matriz: el islamismo radical.

Para memoria, un breve currículum del individuo.

Se trata de Man Haron Monis, un refugiado iraní convertido en terrorista. El clérigo iraní huyó a Australia en 1996 solicitando asilo político. Se encontraba en libertad bajo fianza y sobre él pesaban más de 40 cargos por distintos delitos. Decía ser experto en magia negra y abusó de una mujer que solicitó su ayuda espiritual. Fue juzgado en 2007 por enviar amenazas por correo a familias de militares australianos fallecidos en combate en Afganistán. En 2013 fue acusado de tomar parte en el asesinato de su ex mujer y madre de sus hijos. Tenía permiso de armas y andaba suelto por la vida. En pocas palabras: una gran adquisición para la sociedad australiana. Por cierto, ¿qué hay que hacer en Australia para ir a la cárcel? ¿ Abusar de un koala?

La resolución del secuestro ha sido doblemente trágica, por la muerte de dos rehenes y por la evitabilidad de ese desenlace. En efecto, hemos visto las imágenes del secuestrador paseándose delante de las ventanas de la cafetería yendo y viniendo con un móvil en la mano. Ha estado a tiro de los francotiradores en muchísimas ocasiones, y sin embargo estos nunca han recibido la orden de hacer fuego y neutralizar al terrorista.

Cuando el secuestrador ha matado a un rehén, entonces los agentes especiales han entrado en tromba y han resuelto el caso como mejor han podido. Sin duda lo han hecho con un alto grado de profesionalidad, arriesgando sus vidas y resolviendo el expediente con notable éxito, debido a las características del caso. Pero el balance es terrible: dos inocentes asesinados.

La cuestión que se plantea es ¿por que no se disparó al terrorista cuando se lo tuvo a tiro? Eso hubiera ahorrado la vida de los inocentes que hoy están en la morgue o ya en el cementerio.

La respuesta no es ningún misterio. En Occidente los gobernantes están sumidos en un sistema del que no pueden salir sin poner todos los fundamentos políticos, ideológicos, culturales, morales y sicológicos vigentes en tela de juicio. Si la Policía hubiera matado al terrorista antes de que este se le diera por asesinar previamente a un rehén, entonces hubiéramos estado ante un caso de violencia policial inadmisible. El vocerío de las consabidas organizaciones se hubiera oído hasta en la Luna. Esa es la realidad. Las criticas autoflageladoras inevitables de una sociedad desquiciada en su escala de valores hubieran provocado una crisis gubernamental y la caída de algún ministro, o hasta elecciones anticipadas.

La Policía sabe muy bien que hay que matar al terrorista a la primera ocasión, porque tienen el expediente del tipo en cuestión ante los ojos: es un fanático peligroso, tiene antecedentes por asesinato, es un extremista que actúa en nombre del Estado Islámico, está armado, dice que tiene explosivos, amenaza con matar a los rehenes, etc... ¿Qué faltaba para que el ministro del Interior o el jefe supremo de las fuerzas del orden australianas diera la orden pertinente de reducirlo a la nada más absoluta con el calibre reglamentario para estos menesteres? Ahora sabemos la respuesta: un rehén asesinado.

Con la decisión tomada y la orden que se imponía, en cuanto asomara un trozo de cabeza, el asunto quedaba resuelto... con la única sangre derramada del que tenía que salir con los pies por delante de esta historia. Uno cualquiera de la docena (o las docenas) de tiradores de élite que lo tenían en la mirilla habría resuelto el asunto en un santiamén. Pero la orden no llegó. Ahora tenemos dos vidas injustamente truncadas. Pero la corrección política ha prevalecido. Eso es lo que importaba. De paso le han ofrecido al terrorista una tribuna de expresión mundial durante 15 horas.

Australa es conocida en los medios terroristas como una "soft target", un blanco fácil. Con este episodio acaba de confirmar su reputación. Hemos asistido al lamentable espectáculo siguiente: toda las fuerzas policiales de una ciudad como Sidney puestas en jaque por un único criminal, que en con otros actores en la dirección del operativo hubiera sido reducido y puesto fuera de combate con una pareja de municipales.

Se tenía la solución en las manos. Se podía haber hecho las cosas como Dios manda. Eso sólo es posible si las sociedades están dirigidas por hombres y no por moñas. Pero no, se ha intendado negociar, solucionar la crisis mediante la no violencia, el diálogo, el "buen rollo" y quién sabe si con talante. Ya sabemos que "hablando se entiende la gente", sobre todo mirándose a los ojos. También nosotros tenemos lo nuestro en este terreno... A lo mejor hasta le han mandado a una mujer policía para que con cariño y comprensión femenina ablandara e hiciera recapacitar al terrorista, sin duda necesitado de amor, de una voz suave, desprovista de acentos conminatorios demasiado bruscos... Todo hubiera podido acabar en un abrazo entre la negociadora y el terrorista, mezclando sus lágrimas y haciéndose un selfie juntos para la posteridad. ¡Un sueño! Los sicológos y los servicios sociales ya estarían esperando con ansiedad a su nuevo paciente para tratar de reintegrarlo a la sociedad como una persona de provecho, un ciudadano bien peinado y un futuro donante de semen, después del debido tratamiento a cargo de los paganos que trabajan para que algunos parásitos de comarcas exóticas encima se pongan a matar la gente que le dan de comer... No ha sido posible. ¡Qué lástima! Almodóvar nos hubiera hecho la película con Willy Toledo en el papel estelar.

Occidente tiene las meninges blandas y el sieso flojo. Así nos va.

Esta imagen prueba que el secuestrador estuvo visible en algún momento del secuestro:

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