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Por Yolanda Morín |

La conmoción por el brutal atentado contra el personal de Charlie Hebdo, que indudablemente es un acontecimiento mayor, que algunos ya califican de “11 de septiembre francés”, más allá de la pérdida injusta de vidas inocentes, no puede hacernos perder de vista el problema de fondo en el que este trágico acontecimiento se inscribe. Estos muertos sin duda no serán los últimos, y la conmoción producida por este horrible suceso puede desaparecer en breve en la vorágine que nos espera seguramente, a los franceses y a los demás europeos, ya que todos, más o menos compartimos las mismas situaciones y nos enfrentamos a las mismas amenazas. Puede que muy pronto todos tengamos otras prioridades que no la de llorar a muertos anónimos y lejanos, sentados ante el televisor, y tengamos que convivir cada uno de nosotros con el miedo y la angustia de experimentar en primera persona lo que hasta ahora han sido imágenes de lo que le ocurre a los demás detrás de la pantalla del televisor.

Estos muertos (y los que vendrán) no han perdido la vida por un fatal concurso de circunstancias de las que serían ajenas ciertas políticas de Estado, ciertas ideologías subvencionadas y ciertos comportamientos sociales machaconamente impuestos por minorías de poderosos y aceptados por mayorías de sumisos. La inmigración masiva y descontrolada, el islam, la multicultura, la diversidad, la apertura al “otro”, el “antirracismo” institucional, el progresismo, el buenismo…, todos los elementos de este endiablado cóctel han llevado a la situación actual, a escaso pasos ya del caos y la guerra. Apenas hemos empezado a recoger los amargos frutos de tanto error y desatino. Y los errores conllevan un castigo. La dureza de la penitencia siempre corresponde a la gravedad del pecado.

Nuestras sociedades occidentales están sumidas en la cultura del hedonismo y del nihilismo a partes iguales (o desiguales, qué más da). En este sistema vaciado de todo contenido sólido y huérfano de todo ideal verdadero, con el único horizonte de un hoy sin ayer ni mañana, las últimas generaciones se han educado en una ausencia espeluznante de principios y de valores. El resultado es esa pomada mental que ha reemplazado, en enormes porciones de la población de este continente en bancarrota, la materia gris que antaño llenaba la caja craneal de una humanidad tal vez más tosca y elemental pero más vital que el triste rebaño que vemos actualmente caminar por las calles, un móvil pegado a la oreja, la bovina mirada perdida en la nada de sus pensamientos. ¿Semejante personal es la causa o la consecuencia de esta decadencia? ¿Es el huevo o la gallina?

No importa por ahora el orden de esos factores, pues eso no cambia nada al diagnóstico. En algún momento hemos emprendido un mal camino, sin nunca rectificar, y ahora nos vemos en aprietos. Nos va a costar Dios y ayuda salir de esta. Y eso en el mejor de los casos, si sabemos dar con la solución adecuada a la naturaleza de nuestras dificultades. En todo caso, no vamos a emerger indenmes del atolladero en el que estamos.

La solución se impondrá por ella misma, aunque sea después de tanteos y errores. Pero a menos de disponer de una bola de cristal no podemos asegurar a ciencia cierta como ocurrirá el futuro. Lo que si está a nuestro alcance es echar una mirada atrás para tratar de entender como hemos llegado hasta aquí. La lista de equivocaciones y desaciertos es larga, pero a menos de querer lanzarse a escribir un ensayo sobre la cuestión, se puede resumir en pocas palabras. O tal vez en una sola: democracia.

El régimen democrático, tal como se entiende en el sistema actual, no podía prosperar más que sobre la demolición de las bases naturales de las sociedades: los fundamentos étnicos, raciales, culturales, morales, espirituales e históricos. De aquellos polvos vinieron estos lodos. De la masa nunca sale el mejor gobierno y la Historia está ahí para disipar cualquier duda. El fracaso de la civilización del hombre europeo en realidad no es sino la corrupción de la misma, echada a perder por ideas e instituciones ajenas a su verdadero genio, desviado de su meta natural y puesto al servicio de su propia destrucción. El hundimiento de Europa es la obra de una visión enemiga de toda excelencia y superioridad que condena al hombre a achatarse más y más hasta perder todos sus atributos de auténtico hombre hasta quedar convertido en un simple organismo consumiente, ya que no pensante: un amasijo de carne y hueso, un organismo digestivo con capacidad motora. Repito: en tiempos modernos eso se llama democracia. Este sistema sólo podia engendrar el reino del Hombre Vulgar, una humanidad mediocre que ahora llora y gime ante los mismos desafíos que sus antepasados acometían a pecho descubierto.

Volvamos a nuestras ovejas, o mejor dicho nuestros borregos. A esos borregos desrozados por los lobos que ellos mismos han ayudado a instalar en el redil. Pues es conveniente hacer un pequeño repaso a los protagonistas (a pesar de ellos) de este sanguinario episodio. No pretendo ser irrespetuosa con nadie, y menos en estas circunstancias. Los muertos ya tienen lo suyo y no cabe ensañarse con ellos o siquiera reprocharles nada a estas alturas. Pero tampoco estamos obligados, por un equivocado sentimiento de respeto o inoportuno pudor, a taparnos los ojos y negar la realidad.

Todos condenamos estas muertes, que eso es lo que surge naturalmente de todo corazón bien puesto. Pero el horror por lo ocurrido y el espanto por lo que viene a continuación no puede impedirnos apuntar a las causas que han llevado a esta tragedia que, insisto, no será más que un episodio pronto desplazado por otros muchos más de similar o superior calibre que vienen en camino.

Lo que tiene Francia en su aspera actualidad no ha llegado del cielo ni ha surgido, como los champiñones, por generación espontánea. Es la consecuencia de acciones humanas erradas, a conciencia o de buena fe, pero errores cuya auténtica dimensión y naturaleza ahora muchos empezarán a ver, desaciertos que todavía ayer muchos negaban. Otros muchos no verán nunca, pero eso es otra historia.

0Los dibujantes asesinados eran gente de izquierda, hijos de Mayo 68, que siempre tomaron como blanco de sus burlas y caricaturas todo lo que representa la Francia tradicional, la única auténtica garante de todo lo que han perdido de golpe. Una de las bestias negras de la revista fue durante años Jean-Marie Le Pen. La revista llegó a juntar en su día 173.000 firmas para pedir la ilegalización del Front National. Y no se trataba de una broma de unos alegres compadres pasados de copas. Las víctimas de la intolerancia fueron en su día intolerantes. A estos les han cerrado la boca a tiros. Pero ellos en su dia quisieron hacerle otro tanto a JMLP y a lo que representaba (entre otras cosas a varios millones de franceses), no a tiros sino mediante otros medios. Pero la filosofía que anima a los intolerantes es en definitiva siempre la misma o muy parecida.

Aquí se ha verificado eso que muchas veces se ha dicho: que serán los colaboradores de todo este desorden los primeros en sufrir la consecuencias del mismo. Han sido víctimas de un sistema de cosas que ellos mismos, junto con otros, ayudaron a levantar. Inconscientemente empezaron a cavar su tumba muchos años atrás. Han muerto de una sobredosis de lo que ellos siempre han defendido: la apertura, el mundo abierto, el derribo de las fronteras, la simpatía irreflexiva a todo lo que viene de fuera, aunque fuera problemático o conflictivo, la xenofilia como expresión de desapego cuando no de odio por lo autóctono, el “todo el mundo es bueno” (menos los de casa, claro, racistas, cerriles, brutos, incultos y groseros), el etnomasoquismo… Los que los han matado han sido precisamente aquellos que menos fueron objeto de sus puyas y ataques, de su burla y crítica. Se equivocaron de enemigo, algo muy frecuente en los que están cegados por la ideología al punto de no ver la realidad hasta que esta les salta a la garganta.

No significa esto que se merecen lo que les ha pasado, pero es innegable que han propiciado las condiciones objetivas para su trágico destino, y no por la supuesta provocación dirigda a sus asesinos, sino por haberle preparado el camino a sus matadores con su apoyo a todo cuanto ha servido la causa de la decadencia de Francia. Han caído también víctimas de una evidente cortedad intelectual que les ha hecho pensar que se podían meter con todo, incluso con una religión extraña y sus bárbaros adeptos. En su refugio parisino, tan cómodo y blandito, tan lejos de la vida real que bulle en esos mundos de Dios, han creido que estaban a salvo del barro y la sangre, y que después de todo eran buena gente, divertida e irreverente, y que su trayectorias de progresistas con código de barras les ponía sin duda a cubierto de las inclemencias que azotan a la doliente humanidad, allá lejos de las floridas riberas y las viejas piedras de la ciudad encantada mecida por los acordeones de la dulce Francia. A fuerza de querer meter el mundo en casa, con todo su cortejo de miserias, suciedad y violencias, han logrado ponerla patas arriba. Y en ese desproposito llevado a cabo con la mejor de las voluntades y la conciencia tranquila, han perdido la vida sin saber exactamente cómo y por qué. Han muerto sin haber nunca nombrado el enemigo que los ha aniquilado, sin creerse realmente que la parca los vendría a buscar tan pronto y sin avisar.

Pero también han caído víctimas de ese pensamiento blando y políticamente correcto que iguala a todas las culturas y las personas según un mismo patrón de conducta, supuestamente calcado del nuestro: civilizado, dialogante, tolerante… Estas personas han abominado hasta el mismo momento de su muerte del “racismo” de la “xenofobia”, de la “intolerancia”, de la “discriminación”, del “rechazo del otro”, etc… Han sido, en definitiva, defensores tempranos y persistentes del mismo sistema que los ha matado. Y esto añade un cariz amargamente irónico a esta tragedia.

Charlie Hebdo, o lo que pasa cuando se mete a los lobos en el redil

Por Yolanda Morín |

La conmoción por el brutal atentado contra el personal de Charlie Hebdo, que indudablemente es un acontecimiento mayor, que algunos ya califican de “11 de septiembre francés”, más allá de la pérdida injusta de vidas inocentes, no puede hacernos perder de vista el problema de fondo en el que este trágico acontecimiento se inscribe. Estos muertos sin duda no serán los últimos, y la conmoción producida por este horrible suceso puede desaparecer en breve en la vorágine que nos espera seguramente, a los franceses y a los demás europeos, ya que todos, más o menos compartimos las mismas situaciones y nos enfrentamos a las mismas amenazas. Puede que muy pronto todos tengamos otras prioridades que no la de llorar a muertos anónimos y lejanos, sentados ante el televisor, y tengamos que convivir cada uno de nosotros con el miedo y la angustia de experimentar en primera persona lo que hasta ahora han sido imágenes de lo que le ocurre a los demás detrás de la pantalla del televisor.

Estos muertos (y los que vendrán) no han perdido la vida por un fatal concurso de circunstancias de las que serían ajenas ciertas políticas de Estado, ciertas ideologías subvencionadas y ciertos comportamientos sociales machaconamente impuestos por minorías de poderosos y aceptados por mayorías de sumisos. La inmigración masiva y descontrolada, el islam, la multicultura, la diversidad, la apertura al “otro”, el “antirracismo” institucional, el progresismo, el buenismo…, todos los elementos de este endiablado cóctel han llevado a la situación actual, a escaso pasos ya del caos y la guerra. Apenas hemos empezado a recoger los amargos frutos de tanto error y desatino. Y los errores conllevan un castigo. La dureza de la penitencia siempre corresponde a la gravedad del pecado.

Nuestras sociedades occidentales están sumidas en la cultura del hedonismo y del nihilismo a partes iguales (o desiguales, qué más da). En este sistema vaciado de todo contenido sólido y huérfano de todo ideal verdadero, con el único horizonte de un hoy sin ayer ni mañana, las últimas generaciones se han educado en una ausencia espeluznante de principios y de valores. El resultado es esa pomada mental que ha reemplazado, en enormes porciones de la población de este continente en bancarrota, la materia gris que antaño llenaba la caja craneal de una humanidad tal vez más tosca y elemental pero más vital que el triste rebaño que vemos actualmente caminar por las calles, un móvil pegado a la oreja, la bovina mirada perdida en la nada de sus pensamientos. ¿Semejante personal es la causa o la consecuencia de esta decadencia? ¿Es el huevo o la gallina?

No importa por ahora el orden de esos factores, pues eso no cambia nada al diagnóstico. En algún momento hemos emprendido un mal camino, sin nunca rectificar, y ahora nos vemos en aprietos. Nos va a costar Dios y ayuda salir de esta. Y eso en el mejor de los casos, si sabemos dar con la solución adecuada a la naturaleza de nuestras dificultades. En todo caso, no vamos a emerger indenmes del atolladero en el que estamos.

La solución se impondrá por ella misma, aunque sea después de tanteos y errores. Pero a menos de disponer de una bola de cristal no podemos asegurar a ciencia cierta como ocurrirá el futuro. Lo que si está a nuestro alcance es echar una mirada atrás para tratar de entender como hemos llegado hasta aquí. La lista de equivocaciones y desaciertos es larga, pero a menos de querer lanzarse a escribir un ensayo sobre la cuestión, se puede resumir en pocas palabras. O tal vez en una sola: democracia.

El régimen democrático, tal como se entiende en el sistema actual, no podía prosperar más que sobre la demolición de las bases naturales de las sociedades: los fundamentos étnicos, raciales, culturales, morales, espirituales e históricos. De aquellos polvos vinieron estos lodos. De la masa nunca sale el mejor gobierno y la Historia está ahí para disipar cualquier duda. El fracaso de la civilización del hombre europeo en realidad no es sino la corrupción de la misma, echada a perder por ideas e instituciones ajenas a su verdadero genio, desviado de su meta natural y puesto al servicio de su propia destrucción. El hundimiento de Europa es la obra de una visión enemiga de toda excelencia y superioridad que condena al hombre a achatarse más y más hasta perder todos sus atributos de auténtico hombre hasta quedar convertido en un simple organismo consumiente, ya que no pensante: un amasijo de carne y hueso, un organismo digestivo con capacidad motora. Repito: en tiempos modernos eso se llama democracia. Este sistema sólo podia engendrar el reino del Hombre Vulgar, una humanidad mediocre que ahora llora y gime ante los mismos desafíos que sus antepasados acometían a pecho descubierto.

Volvamos a nuestras ovejas, o mejor dicho nuestros borregos. A esos borregos desrozados por los lobos que ellos mismos han ayudado a instalar en el redil. Pues es conveniente hacer un pequeño repaso a los protagonistas (a pesar de ellos) de este sanguinario episodio. No pretendo ser irrespetuosa con nadie, y menos en estas circunstancias. Los muertos ya tienen lo suyo y no cabe ensañarse con ellos o siquiera reprocharles nada a estas alturas. Pero tampoco estamos obligados, por un equivocado sentimiento de respeto o inoportuno pudor, a taparnos los ojos y negar la realidad.

Todos condenamos estas muertes, que eso es lo que surge naturalmente de todo corazón bien puesto. Pero el horror por lo ocurrido y el espanto por lo que viene a continuación no puede impedirnos apuntar a las causas que han llevado a esta tragedia que, insisto, no será más que un episodio pronto desplazado por otros muchos más de similar o superior calibre que vienen en camino.

Lo que tiene Francia en su aspera actualidad no ha llegado del cielo ni ha surgido, como los champiñones, por generación espontánea. Es la consecuencia de acciones humanas erradas, a conciencia o de buena fe, pero errores cuya auténtica dimensión y naturaleza ahora muchos empezarán a ver, desaciertos que todavía ayer muchos negaban. Otros muchos no verán nunca, pero eso es otra historia.

0Los dibujantes asesinados eran gente de izquierda, hijos de Mayo 68, que siempre tomaron como blanco de sus burlas y caricaturas todo lo que representa la Francia tradicional, la única auténtica garante de todo lo que han perdido de golpe. Una de las bestias negras de la revista fue durante años Jean-Marie Le Pen. La revista llegó a juntar en su día 173.000 firmas para pedir la ilegalización del Front National. Y no se trataba de una broma de unos alegres compadres pasados de copas. Las víctimas de la intolerancia fueron en su día intolerantes. A estos les han cerrado la boca a tiros. Pero ellos en su dia quisieron hacerle otro tanto a JMLP y a lo que representaba (entre otras cosas a varios millones de franceses), no a tiros sino mediante otros medios. Pero la filosofía que anima a los intolerantes es en definitiva siempre la misma o muy parecida.

Aquí se ha verificado eso que muchas veces se ha dicho: que serán los colaboradores de todo este desorden los primeros en sufrir la consecuencias del mismo. Han sido víctimas de un sistema de cosas que ellos mismos, junto con otros, ayudaron a levantar. Inconscientemente empezaron a cavar su tumba muchos años atrás. Han muerto de una sobredosis de lo que ellos siempre han defendido: la apertura, el mundo abierto, el derribo de las fronteras, la simpatía irreflexiva a todo lo que viene de fuera, aunque fuera problemático o conflictivo, la xenofilia como expresión de desapego cuando no de odio por lo autóctono, el “todo el mundo es bueno” (menos los de casa, claro, racistas, cerriles, brutos, incultos y groseros), el etnomasoquismo… Los que los han matado han sido precisamente aquellos que menos fueron objeto de sus puyas y ataques, de su burla y crítica. Se equivocaron de enemigo, algo muy frecuente en los que están cegados por la ideología al punto de no ver la realidad hasta que esta les salta a la garganta.

No significa esto que se merecen lo que les ha pasado, pero es innegable que han propiciado las condiciones objetivas para su trágico destino, y no por la supuesta provocación dirigda a sus asesinos, sino por haberle preparado el camino a sus matadores con su apoyo a todo cuanto ha servido la causa de la decadencia de Francia. Han caído también víctimas de una evidente cortedad intelectual que les ha hecho pensar que se podían meter con todo, incluso con una religión extraña y sus bárbaros adeptos. En su refugio parisino, tan cómodo y blandito, tan lejos de la vida real que bulle en esos mundos de Dios, han creido que estaban a salvo del barro y la sangre, y que después de todo eran buena gente, divertida e irreverente, y que su trayectorias de progresistas con código de barras les ponía sin duda a cubierto de las inclemencias que azotan a la doliente humanidad, allá lejos de las floridas riberas y las viejas piedras de la ciudad encantada mecida por los acordeones de la dulce Francia. A fuerza de querer meter el mundo en casa, con todo su cortejo de miserias, suciedad y violencias, han logrado ponerla patas arriba. Y en ese desproposito llevado a cabo con la mejor de las voluntades y la conciencia tranquila, han perdido la vida sin saber exactamente cómo y por qué. Han muerto sin haber nunca nombrado el enemigo que los ha aniquilado, sin creerse realmente que la parca los vendría a buscar tan pronto y sin avisar.

Pero también han caído víctimas de ese pensamiento blando y políticamente correcto que iguala a todas las culturas y las personas según un mismo patrón de conducta, supuestamente calcado del nuestro: civilizado, dialogante, tolerante… Estas personas han abominado hasta el mismo momento de su muerte del “racismo” de la “xenofobia”, de la “intolerancia”, de la “discriminación”, del “rechazo del otro”, etc… Han sido, en definitiva, defensores tempranos y persistentes del mismo sistema que los ha matado. Y esto añade un cariz amargamente irónico a esta tragedia.

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