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Estamos presenciando el fin del Imperio Romano

Por Marc Rousset |

Esta es la pregunta: “¿Estamos viviendo en el año 370 dC, 40 años antes de que Alarico saquease Roma?” O “¿Vivimos en el año 270 dC, poco antes de las drásticas medidas correctivas de los emperadores ilirios (*1), que se apartan de la catástrofe, para prolongar la vida del imperio durante otros dos siglos?

¿Por qué la comparación? Hoy en día, la tasa de natalidad de los no europeos en Francia es del 17%. Si las cosas no cambian, con los 250.000 nuevos inmigrantes al año de la época Sarkozy, o los 350.000 de los socialistas, este porcentaje se elevará al 30% en el año 2030, ¡y en el 2050 será de un 50%! El punto de inflexión de este cataclismo sociológico ya está prácticamente conseguido. Sin una acción drástica, el cáncer en nuestra sociedad crecerá a un ritmo exponencial que inevitablemente culminará en una ineludible guerra civil étnica.

El éxito del libro de Thilo Sarrazin en Alemania (más de 2.000.000 de copias vendidas hasta hoy), muestra que, contrariamente a lo que nuestros ingenuos paladines de los derechos humanos afirman, el problema es muy real y amenaza la supervivencia de nuestras sociedades. Auguste Comte decía: “Saber para prever y prever para actuar”. La verdad es que si ayer Francia perdió su imperio, hoy se encuentra en proceso de perder su lengua, su civilización, su industria, su soberanía y su población.

Más allá del peligro que representa la inmigración del Tercer Mundo, es el egoísmo materialista e individualista de nuestra generación, lo que ha llevado a los europeos a pedir de manera irresponsable préstamos, y a una política de tierra quemada, cortando sus árboles frutales para hacer leña y a sacralizar los derechos adquiridos en lugar del Espíritu Santo.

Es difícil entender lo que está ocurriendo hoy, si no se sabe nada de la disolución del mundo romano que nos advierte de lo que viene. En el momento de la caída de Roma, los bárbaros estaban en el interior de los muros mientras que sus hermanos estaban sitiando las murallas de la ciudad. El hombre europeo se suicida demográficamente, se refugia en el frenesí de un bienestar individualista y materialista, no ve la catástrofe que se avecina y está convencido de que su vida ordinaria y trivial va a durar para siempre. Nuestras llamadas élites son tan ciegas como Amiano Marcelino, quien en el año 385, escribió en el libro XIV de su “Historia”, “Roma está destinada a vivir siempre y cuando haya gente.” ¡Veinticinco años después, Alarico saqueó la Ciudad Eterna!

El paralelismo entre nuestra época y el final del Imperio Romano son evidentes en los valores sociales que sostenemos, en la primacía que le atribuimos al dinero, en la inmigración, en la decadencia demográfica, en la falta de voluntad para asumir nuestra propia defensa, y, por último, en la irrupción del cristianismo, que hoy es suplantado por la nueva religión de los derechos humanos.

Napoleón dijo: “La primera de todas las virtudes es la devoción a la patria.” Ahora estamos muy lejos de tales virtudes, es decir, los patriotas heroicos nos parecen cada vez más anacrónicos. Los estudiantes ya no estudian la poesía de los grandes clásicos franceses, sino que son ignorantes, incultos ¡y se manifiestan ya a favor de su jubilación! Los romanos nunca tenían que temer, siempre y cuando tuviesen dignitas (honor), virtus (coraje y convicción), pietas (respeto de la tradición) y gravitas (deber y seriedad). De acuerdo con la pietas, todo ciudadano estaba perpetuamente en deuda con sus antepasados, y esto le hacía menos interesado en sus derechos que en su deber de transmitir el patrimonio adquirido. La pietas imbuía a los romanos la energía para perpetuarse y sobrevivir. Al final del Imperio, los romanos habían perdido todas estas cualidades.

Los romanos también conocieron el poder del dinero, una sociedad de mercado sin patriotismo, en la que cada uno pensaba sólo en mejorar su propia situación. Los funcionarios eran corruptos. Incompetentes bien relacionados eran colocados en los puestos clave. Había una escasez general de reclutas para el ejército, ya que los representantes de la aristocracia romana obtuvieron el privilegio fiscal de poder dispensar, por un precio irrisorio, sus dominios de toda leva de reclutas. Los generales aceptaban acudir a defender una ciudad sitiada sólo a cambio de un rescate. Los soldados en los fuertes fronterizos se dedicaban a la agricultura y al comercio más que al manejo de las armas. Las tropas regulares se entregaban a menudo a las borracheras, a la indisciplina y al pillaje para mantener a sus familias. Los soldados a veces eran incluso víctimas de las prevaricaciones de sus jefes.

Los romanos progresivamente abandonaron todo esfuerzo para defenderse de los bárbaros, lo que habría implicado la movilización de la población local. La creación de una milicia de autodefensa era extremadamente rara. El Imperio ya no tenía ciudadanos-soldados, porque la milicia se había convertido en un negocio para profesionales. Los representantes de la clase dominante se daban a la fuga antes de que los bárbaros llegasen o bien colaboraron con ellos. Los habitantes de la ciudad fortificaban sus murallas, pero se rendían en cuanto los bárbaros les prometían perdonarles la vida.

Actualmente, en Francia, el presupuesto de Defensa, que era del 5,1% del PIB en tiempos del general de Gaulle, se encuentra ahora en un 1,8 % y tiende hacia el 1,5 %. La Francia de Sarkozy se ha unido a la OTAN, pero ya no habla del "pilar europeo de defensa" y menos aun del famoso Cuartel General Europeo en Bruselas. El 90% de los regimientos han sido disueltos y las fuerzas armadas francesas carecen de los hombres necesarios para restablecer el orden si las "banlieues" (suburbios de inmigrantes) explotan. La inmigración extraeuropea le cuesta al Estado francés 36 mil millones de euros al año, pero ni siquiera puede reunir 3 mil millones de euros para un segundo portaaviones a pesar de las numerosas averías y problemas de mantenimiento del portaaviones Charles de Gaulle. Francia renuncia cada vez más de manera indigna a su propia defensa. Sin embargo, Julien Freund nos recordó que una civilización nunca debe
renunciar a su defensa militar. Toda la historia desmiente esa ilusión. "Atenas no era sólo la casa de Sócrates y Fidias, era también una fuerza militar cuya reputación fue mantenida por genios estratégicos como Milcíades, Cimón y Temístocles” (Julien Freund, “La Decadence”, Paris , Sirey, 1982).

Roma, como hoy Europa, padeció el declive demográfico. El historiador Pierre Chaunu ha llamado la atención apasionadamente sobre esta situación frente a nuestra indiferencia. Un descenso de la natalidad es una señal de que se renuncia a la vida para gozar del presente por miedo al porvenir.

Esta es la expresión de la negativa a defender los valores de la civilizazcón a la que se pertenece. “La feliz Campania (cerca de la moderna Nápoles), que nunca vio a un bárbaro”, se lee en el Theodosianus Codex (Codice de Teodosio), “tenía más de 120.000 hectáreas donde no había ni una choza ni un hombre”, (Michel de Jaeghere, Le Choc des civilisations, capitulo “Comment meurt une civilization” París, Eds. Contretemps 2009). Si la población de la Roma de Augusto estuvo cerca de los 70 millones, ya no eran más de 50 millones a finales del siglo III.

Los romanos también experimentaron la devastación de una política migratoria sin sentido con el pillaje de Italia por las tropas de Alarico, y sobre todo a raíz del desastre de Adrianópolis, que fue una derrota más desastrosa que la victoria de Aníbal en Cannas. Los soldados y oficiales bárbaros de las legiones romanas eran incapaces de resistirse a la llamada de la sangre cada vez que sus compatriotas salían victoriosos en suelo romano. Las tropas de Alarico nunca dejaron de ver acudir a ellas colonos de origen germánico, prisioneros de guerra, esclavos fugitivos.

El colmo de esta política migratoria fue el desastre del Ejército Romano de Oriente en Adrianópolis en agosto del año 378. En el año 375, los godos, por la presión de los hunos, fueron empujados a las orillas del Danubio, donde su jefe, Fritigernus, rogó a los romanos el permiso para poder cruzar el río a fin de establecerse pacíficamente en tierras del Imperio. El imprudente emperador de Oriente, Valente, miraba a los godos como posibles reclutas mercenarios para sus propios ejércitos, aunque algunos oficiales romanos le advirtieron que eran en realidad invasores y debían ser aplastados. “Estos críticos”, nos dice Eunapius , “fueron objeto de burlas por no saber nada de los asuntos públicos”.

Los godos cruzaron el río en un desorden indescriptible y sin las debidas precauciones de los romanos, que dejaron que esta multitud extranjera se agrupara con sus mujeres y sus hijos. En el invierno del año 377 despedazaron a las tropas romanas que los custodiaban, llevándose sus caballos y armas. Las tropas mercenarias en las cercanías de Adrianopolis se unieron a los rebeldes godos. En el año 378 el emperador Valente movilizó a su ejército contra ellos. Pero una vez que se hubo establecido en un campamento en las afueras de Adrianópolis, fue rodeado por los godos, y menos de un tercio de los soldados romanos lograron escapar del aniquilamiento. Valente fue quemado vivo, atrincherado en una granja, donde se había refugiado. El mito de las invencibles legiones romanas había encontrado su fin.

Roma entró en agonía. Esta durará 100 años. Bizancio, la mitad oriental del Imperio Romano, que habría de durar mil años mas, aprendió rápidamente estas lecciones y masacró a todos sus soldados de origen godo. Durante el siglo V, el ejército bizantino fue purgando sus filas de bárbaros. A partir de entonces los elementos autóctonos fueron siempre preponderantes en los ejércitos de Bizancio. Voltaire se preguntó por qué los romanos del Bajo Imperio fueron incapaces de defenderse contra los bárbaros, mientras que habían triunfado en la República sobre los galos y los cimbrios. La razón, según él, era la penetración del cristianismo, incluyendo su impacto sobre los paganos y cristianos. Entre estos efectos, mencionó el odio a la religión antigua por parte de la nueva, las disputas teológicas que sustituyeron a las preocupaciones defensivas, las peleas sangrientas provocadas por el cristianismo y la suavidad que reemplazó los viejos valores austeros, los monjes que suplantaron a los campesinos y soldados con las discusiones vanas teológicas que tuvieron prioridad sobre la defensa ante las incursiones bárbaras, la fragmentación decisiva del pensamiento y la voluntad. “El cristianismo ganó los cielos, pero perdió el Imperio” (Julien Freund, “La Decadence”, Paris , Sirey, 1982).

Símaco es famoso por haber protestado públicamente, cuando los cristianos, apoyados por el emperador Teodosio, quitaron la estatua y el altar de la Victoria del Senado en el año 382. Uno no puede dejar de pensar también en las predicciones recientes de Jean Raspail en “El Campamento de los Santos", que critica tanto a la Iglesia Católica como a la nueva religión de los derechos humanos por la ceguera de Europa y la irresponsabilidad frente a los peligros que supone la inmigración extraeuropea.

A fin de no experimentar la misma suerte que el Imperio Romano, Francia, al igual que la mayoría de los países de Europa Occidental, a falta de una Juana de Arco o de emperadores ilirios, necesita hoy en día un nuevo De Gaulle o un nuevo Putin.

(*1) http://es.wikipedia.org/wiki/Emperadores_ilirios

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