publi

Pensamiento único, nuevas censuras

Por Guillaume Faye |

Si debiéramos describir la actual situación política en términos meteorológicos, diríamos que el tiempo está desapacible. En el campo de las ideas, el clima se ha vuelto francamente irrespirable. La ausencia de debate es hoy la regla y vemos multiplicarse, en la esfera jurídica así como en la de las costumbres, unas actividades y unas prácticas de exclusión cada día más pesadas y más insoportables.

Para describir este clima han aparecido unas expresiones nuevas. Se habla ahora habitualmente de "pensamiento único", de "nueva inquisición", de "políticamente correcto" y también de "policía del pensamiento". Estas expresiones son lo suficientemente reveladoras de un regreso vigoroso de la censura, que debemos evidentemente deplorar. Pero la simple lamentación no basta en este caso. Hay que estudiar los mecanismos de esta nueva intolerancia, analizar los resortes exactos, sacar a la luz sus objetivos profundos.

El pensamiento único es un fenómeno diferente de la nueva inquisición. Hablar de pensamiento único es evocar esa situación en la cual todo el mundo tiende a pensar lo mismo, o más exactamente en que las élites políticas y mediáticas tienen casi todas el mismo discurso. ¿Y cuál es la fuente de ese prodigioso conformismo distilado hasta el hartazgo por todos los grandes medios de comunicación?

Vemos claramente dibujados los fundamentos del pensamiento único. En la perspectiva de la ideología dominante, la sociedad no debe tanto ser gobernada o dirigida como administrada. Se trata, como ya decía Saint-Simon, de "reemplazar el gobierno de los hombres por la administración de las cosas". Y en el instante en el que el bienestar material, el desarrollo económico, la obsesión productivista, se ven identificados a la realización misma del hombre, ya no hay más necesidad de imaginar otras finalidades.

En consecuencia, la política no consiste más en decidir entre medios distintos; los mismos partidos ya no se enfrentan más que sobre la definición de los mejores medios para conseguir los mismos fines.

Si la política no es más que un asunto de pericia administrativa, entonces todo el problema político no es más que un problema técnico, y este problema puede ser resuelto con los únicos recursos del cálculo racional, el cual debe permitir una solución única, imponiéndose lógicamente a la razón de todos.

Este enfoque tecnocrático excluye evidentemente al hombre de su propia historia. Desemboca, por una parte, en una neutralización fundamental de todos los sistemas de pensamientos y de creencias incompatibles con ella, y por otra parte, en una desconflictualización de hecho de la política. En efecto, si la acción política ya no tiene que debatir de la elección de los fines, entonces la lucha por el poder y la competición democrática ya no tienen razón de ser, ya que es inútil luchar por aquello que está definido de antemano. Los partidos pueden todavía enfrentarse sobre los medios confrontando sus "soluciones " respectivas, pero en último análisis los que detienen el poder no podrán finalmente actuar más que según las reglas de la ciencia y de la técnica, es decir poniéndose en manos de los expertos.

Diremos entonces que el pensamiento único, tomado en sus fundamentos, representa primero la consecuencia de la invasión de lo político por el espíritu económico y técnico, que reduce los problemas sociales a problemas técnicos para los cuales no puede existir por definición más que una solución. El progreso técnico es concebido por lo tanto como la medida misma de la historia, mientras que el mercado se erige en modelo de todos los intercambios sociales, y que la legitimidad se restringe progresivamente a la sola legalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada