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Por Rosnert Ludovic Alissoutin |
Es terrible y chocante, pero hay que decirlo: ¡La África negra es sucia!

[caption id="attachment_193611" align="alignleft" width="150"]Rosnert Ludovic Alissoutin Rosnert Ludovic Alissoutin[/caption]

Numerosas capitales africanas se ha erigido en paradigmas de la mugre en putrefacción y de los olores pestilenciales, testigos de una insalubridad cultural. La suciedad triunfa alegremente en todas partes: en el corazón de los hogares, en los restaurantes, en las calles, en los alrededores de los lugares de culto, etc. Es alucinante ver cómo los africanos van por la vida despreocupados entre charcos de agua nauseabunda o montones de porquería. Es verdad que se encuentran localidades en donde las poblaciones, con o sin la ayuda del Estado, tratan de adecentar el entorno en donde viven, pero por regla general, la insalubridad predomina.

Es imposible poner limpieza ahí donde los hombres no son organizados ni disciplinados. En ciudades como Conakry, Freetown, Jartum, Kinshasa, Monrovia…, viviendas espontáneas desafían todas las normas más elementales de salubridad y de seguridad, bajo la mirada indolente de las autoridades. En otras, como Abuja, Cotonou, Uagadugú…, los restaurantes espontáneos en la vía pública y la proliferación de los mototaxis zumbadores constituyen un desbarajuste rutinario.

En algunos países las autoridades se dedican a levantar monumentos para epatar a los electores antes que a restablecer el orden público cuya salubridad pública es un componente esencial. En Dakar se están construyendo los más hermosos paseos marítimos del continente, mientras que a pocos metros de allí se extiende barrios como la Medina, templo de los olores insoportables donde las aguas insalubres estancadas son onmipresentes incluso en la estación seca, o el barrio Reusbeuss, sede de un caos soberano.

La suciedad de entorno es una señal de la conducta de los hombres que ahí viven. Más allá de la deficiencia de los servicios de recogida de basuras, es reveladora de la indisciplina, del incivismo y del desenfado de las poblaciones. Los gobernantes de los países sucios no tienen tiempo suficiente para enfrentar el problema, ya que ellos también están voluntariamente embarrados en una insalubridad política caracterizada por la rapacidad financiera, la eliminación de los opositores, las matanzas pueriles por un pedazo de poder, la gestión familial del poder del Estado.

Esta suciedad se exporta alegremente fuera de las fronteras de África. En Francia, por ejemplo, los africanos han convertido los barrio de Barbès y Château Rouge (Paris) en campamentos africanos donde reinan la cacofonía y la confusión a lo largo de las calles comerciales. En los suburbios parisinos, bloques horriblemente deteriorados son tomados por asalto por africanos que duermen como sardinas en habitaciones minúsculas. La pobreza sin duda es un factor explicativo pero no es recibo como hecho justificativo. Si el alboroto y la pestilencia persisten en los medios africanos, es menos por la pobreza que por el rechazo del orden. Es perfectamente posible ser pobre y permanecer limpio y digno.

Si queremos contribuir sinceramente al desarrollo de África, estas son unas verdades que hay que atreverse a desvelar. No hay ninguna vergüenza en reconocer sus taras cuando se propone combatirlas. La crítica es sublime cuando es constructiva.

África y la suciedad: ¿Una historia de amor?

Por Rosnert Ludovic Alissoutin |
Es terrible y chocante, pero hay que decirlo: ¡La África negra es sucia!

[caption id="attachment_193611" align="alignleft" width="150"]Rosnert Ludovic Alissoutin Rosnert Ludovic Alissoutin[/caption]

Numerosas capitales africanas se ha erigido en paradigmas de la mugre en putrefacción y de los olores pestilenciales, testigos de una insalubridad cultural. La suciedad triunfa alegremente en todas partes: en el corazón de los hogares, en los restaurantes, en las calles, en los alrededores de los lugares de culto, etc. Es alucinante ver cómo los africanos van por la vida despreocupados entre charcos de agua nauseabunda o montones de porquería. Es verdad que se encuentran localidades en donde las poblaciones, con o sin la ayuda del Estado, tratan de adecentar el entorno en donde viven, pero por regla general, la insalubridad predomina.

Es imposible poner limpieza ahí donde los hombres no son organizados ni disciplinados. En ciudades como Conakry, Freetown, Jartum, Kinshasa, Monrovia…, viviendas espontáneas desafían todas las normas más elementales de salubridad y de seguridad, bajo la mirada indolente de las autoridades. En otras, como Abuja, Cotonou, Uagadugú…, los restaurantes espontáneos en la vía pública y la proliferación de los mototaxis zumbadores constituyen un desbarajuste rutinario.

En algunos países las autoridades se dedican a levantar monumentos para epatar a los electores antes que a restablecer el orden público cuya salubridad pública es un componente esencial. En Dakar se están construyendo los más hermosos paseos marítimos del continente, mientras que a pocos metros de allí se extiende barrios como la Medina, templo de los olores insoportables donde las aguas insalubres estancadas son onmipresentes incluso en la estación seca, o el barrio Reusbeuss, sede de un caos soberano.

La suciedad de entorno es una señal de la conducta de los hombres que ahí viven. Más allá de la deficiencia de los servicios de recogida de basuras, es reveladora de la indisciplina, del incivismo y del desenfado de las poblaciones. Los gobernantes de los países sucios no tienen tiempo suficiente para enfrentar el problema, ya que ellos también están voluntariamente embarrados en una insalubridad política caracterizada por la rapacidad financiera, la eliminación de los opositores, las matanzas pueriles por un pedazo de poder, la gestión familial del poder del Estado.

Esta suciedad se exporta alegremente fuera de las fronteras de África. En Francia, por ejemplo, los africanos han convertido los barrio de Barbès y Château Rouge (Paris) en campamentos africanos donde reinan la cacofonía y la confusión a lo largo de las calles comerciales. En los suburbios parisinos, bloques horriblemente deteriorados son tomados por asalto por africanos que duermen como sardinas en habitaciones minúsculas. La pobreza sin duda es un factor explicativo pero no es recibo como hecho justificativo. Si el alboroto y la pestilencia persisten en los medios africanos, es menos por la pobreza que por el rechazo del orden. Es perfectamente posible ser pobre y permanecer limpio y digno.

Si queremos contribuir sinceramente al desarrollo de África, estas son unas verdades que hay que atreverse a desvelar. No hay ninguna vergüenza en reconocer sus taras cuando se propone combatirlas. La crítica es sublime cuando es constructiva.

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