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Inmigración: ¿Oportunidad o catástrofe?

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Por Gustave Le Bon |
“Que el siglo XX sea la edad de la fraternidad universal, eso es muy dudoso. La fraternidad entre razas diferentes sólo es posible hasta el día en que empiezan a conocerse. Acercar a los pueblos suprimiendo las distancias, equivale a condenarlos a conocerse mejor, y en consecuencia, a soportarse menos.

Apenas estamos en la aurora de este movimiento general de todas las naciones occidentales contra la invasión de los extranjeros. Cuando vemos los gobiernos que reposan sobre los principios más opuestos, desde el absolutismo hasta las repúblicas más avanzadas llegar a las mismas medidas, debemos admitir que estas responden a ciertas necesidades imperiosas. Esos odios de razas no bastarían por sí mismas a explicarlas.

El instinto que lleva hoy a todos los gobiernos en la misma vía es bastante inconsciente todavía, pero tiene bases sicológicas muy fuertes. La preponderante influencia extranjera es el disolvente más infalible de la existencia de los Estados. Ésta le quita a un pueblo lo más valioso que tiene: su alma. Cuando los extranjeros se volvieron muy numerosos en el Imperio Romano, el Imperio dejó de ser.

Imaginemos un país como el nuestro, en el que la población no crece, rodeado de pueblos extranjeros donde la población crece constantemente: la inmigración de estos pueblos extranjeros, si la toleramos, es fatal. Ningún régimen militar al cual someterse, pocos o nada de impuestos, un trabajo más fácil y mejor retribuído que en sus territorios natales: para ellos la duda no es posible. Lo es tanto menos que no tienen que elegir entre varios países, ya que todos los demás los rechazan. La invasión de muchedumbres extranjeras es, en ese caso, tanto más temible como que son, de manera natural, los elementos más inferiores, los que no lograban subsistir por ellos mismos en sus países, los que emigran. Nuestros principios humanitarios nos condenan a padecer una invasión creciente de extranjeros.

¿Qué ocurre con la unidad, o simplemente con la existencia de un pueblo, en tales condiciones? Los peores desastres sobre los campos de batalla serían infinitamente menos temibles para él que semejantes invasiones.

Es un instinto muy acertado el que le enseñaba a los pueblos antiguos a temer a los extranjeros. Ellos sabían bien que el valor de un país no se mide por el número de sus habitantes, sino por el de sus ciudadanos”.

Gustave Le Bon, “Papel del carácter en la vida de los pueblos“, (1894)

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