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Por Clément Martin | dirigente de Génération identitaire y miembro de Nissa Rebela, grupo identitario de la región de Niza
Hace pocas fechas, 800 inmigrantes clandestinos han muerto en el Mediterráneo mientras trataban de llegar a Italia. A consecuencia de este hecho se ha desatado una tormenta mediática contra la "Europa fortaleza", responsable, al parecer, de la muerte de todos los que quieren entrar en ella ilegalmente. Europa, es cierto, "sólo" acoge a 300.000 ilegales al año. Es como si una nueva Niza se instalara en Europa cada año, enteramente poblada de inmigrantes ilegales. Para algunos eso todavía es poco, y quieren ir más allá: ¡legalizar la inmigración ilegal! ¡Para acabar con la inmigración ilegal, simplemente hay que autorizarla! ¡Para acabar con el tráfico ilegal de drogas, simplemente hay que legalizar el tráfico de drogas! Teníamos la solución al alcance de la mano y no nos dábamos cuenta.

[caption id="attachment_193805" align="alignleft" width="300"]Clément Martin Clément Martin[/caption]

La realidad es muy distinta: si las fronteras de Europa se abren todavía más, las muertes se van a multiplicar. A menos, claro, que la Unión Europea mande sus barcos a las costas africanas para recoger en los puertos del otro lado del mar a los candidatos a la inmigración hacia nuestros países. ¿Y si cavamos un túnel? Así como ya tenemos el Eurotúnel bajo el canal de la Mancha, podríamos tener el Áfricatúnel bajo el canal de Sicilia: la vía soñada hacia el Eldorado europeo, donde esperan las ayudas sociales, las becas escolares, el cheque por maternidad, la casa de bajo alquiler, sanidad gratis, dinero por respirar...

Diariamente, una flotilla de embarcaciones llenas de ilegales llegan a nuestras costas, bajo la atenta mirada de los guardacostas, cuya única misión es la de asegurarse de que los invasores llegan sanos y salvos a tierra firme. Estos invasores, que no podemos enviar a sus países, pueden instalarse tranquilamente en nuestra casa, traspasar las fronteras y hacer venir más tarde a sus mujeres y sus hijos. Una vez las familias reunidas a cargo de los contribuyentes, nuestra administración anima la "renovación de la población", o sea la sustitución de los europeos autóctonos. A esos mismos europeos autóctonos se les pide que soporten todo tipo de tráficos, inseguridad y africanización de su sociedad, y que encima acepten sin rechistar vivir con esos nuevos vecinos.

"¿Cuántos terroristas llegan en esos barcos?", se preguntaba Marine Le Pen después de los atentados de enero. Como ocurre a menudo, los patriotas teníamos razón. Recordemos la caída de Gadafi, cuando las cárceles fueron abiertas y los antiguos detenidos tomaron el camino de Europa. Desde entonces, el flujo no ha dejado de crecer. Además el Estado Islámico ha amenazado a Europa con submergirla bajo oleadas migratorias compuestas en parte por sus combatientes. Las oleadas migratorias ya son un hecho. Y los islamistas están en camino.

Frente a estas oleadas, la firmeza es la única solución en estos tiempos peligrosos. "El Campamento de los Santos" de Jean Raspail no era una fantasía, sino una profecía, que está teniendo lugar ante nuestra vista, hoy mismo. Ya es hora que los europeos se unan para luchar juntos contra este gran reemplazo y por su identidad. El problema no es "económico", ni "social", sino simplemente civilizacional: unos pueblos están invadiendo Europa y debemos vencer o perecer. La única política migratoria válida es la que disuade y rechaza a los ilegales. Australia ha seguido ese camino: la inmigración ha sido reducida de manera drástica y las tentativas de entrada ilegal son tan escasas que en 2015 no se contabilizado ningún muerto tratando de llegar a la isla continente.

Los naufragios en el Mediterráneo son dramas, pero existe otro drama al que asistimos todos los días: el de la sustitución de las poblaciones europeas por otras, llegadas principalmente de África. Y sólo un cambio radical de perpección del mundo y de consciencia política podrá salvarnos de esta caída. Éste es el deber de todos los hombres dotados de una verdadera consciencia identitaria: debemos defender una civilización amenazada por la desaparición. ¡Debemos actuar como si cada uno de nosotros fuera el último europeo! Toda otra postura frente al peligro que se cierne sobre nuestras patrias debe ser percibida como una traición.

Clément Martin | ¿Inmigrantes ilegales hoy, islamistas mañana?

Por Clément Martin | dirigente de Génération identitaire y miembro de Nissa Rebela, grupo identitario de la región de Niza
Hace pocas fechas, 800 inmigrantes clandestinos han muerto en el Mediterráneo mientras trataban de llegar a Italia. A consecuencia de este hecho se ha desatado una tormenta mediática contra la "Europa fortaleza", responsable, al parecer, de la muerte de todos los que quieren entrar en ella ilegalmente. Europa, es cierto, "sólo" acoge a 300.000 ilegales al año. Es como si una nueva Niza se instalara en Europa cada año, enteramente poblada de inmigrantes ilegales. Para algunos eso todavía es poco, y quieren ir más allá: ¡legalizar la inmigración ilegal! ¡Para acabar con la inmigración ilegal, simplemente hay que autorizarla! ¡Para acabar con el tráfico ilegal de drogas, simplemente hay que legalizar el tráfico de drogas! Teníamos la solución al alcance de la mano y no nos dábamos cuenta.

[caption id="attachment_193805" align="alignleft" width="300"]Clément Martin Clément Martin[/caption]

La realidad es muy distinta: si las fronteras de Europa se abren todavía más, las muertes se van a multiplicar. A menos, claro, que la Unión Europea mande sus barcos a las costas africanas para recoger en los puertos del otro lado del mar a los candidatos a la inmigración hacia nuestros países. ¿Y si cavamos un túnel? Así como ya tenemos el Eurotúnel bajo el canal de la Mancha, podríamos tener el Áfricatúnel bajo el canal de Sicilia: la vía soñada hacia el Eldorado europeo, donde esperan las ayudas sociales, las becas escolares, el cheque por maternidad, la casa de bajo alquiler, sanidad gratis, dinero por respirar...

Diariamente, una flotilla de embarcaciones llenas de ilegales llegan a nuestras costas, bajo la atenta mirada de los guardacostas, cuya única misión es la de asegurarse de que los invasores llegan sanos y salvos a tierra firme. Estos invasores, que no podemos enviar a sus países, pueden instalarse tranquilamente en nuestra casa, traspasar las fronteras y hacer venir más tarde a sus mujeres y sus hijos. Una vez las familias reunidas a cargo de los contribuyentes, nuestra administración anima la "renovación de la población", o sea la sustitución de los europeos autóctonos. A esos mismos europeos autóctonos se les pide que soporten todo tipo de tráficos, inseguridad y africanización de su sociedad, y que encima acepten sin rechistar vivir con esos nuevos vecinos.

"¿Cuántos terroristas llegan en esos barcos?", se preguntaba Marine Le Pen después de los atentados de enero. Como ocurre a menudo, los patriotas teníamos razón. Recordemos la caída de Gadafi, cuando las cárceles fueron abiertas y los antiguos detenidos tomaron el camino de Europa. Desde entonces, el flujo no ha dejado de crecer. Además el Estado Islámico ha amenazado a Europa con submergirla bajo oleadas migratorias compuestas en parte por sus combatientes. Las oleadas migratorias ya son un hecho. Y los islamistas están en camino.

Frente a estas oleadas, la firmeza es la única solución en estos tiempos peligrosos. "El Campamento de los Santos" de Jean Raspail no era una fantasía, sino una profecía, que está teniendo lugar ante nuestra vista, hoy mismo. Ya es hora que los europeos se unan para luchar juntos contra este gran reemplazo y por su identidad. El problema no es "económico", ni "social", sino simplemente civilizacional: unos pueblos están invadiendo Europa y debemos vencer o perecer. La única política migratoria válida es la que disuade y rechaza a los ilegales. Australia ha seguido ese camino: la inmigración ha sido reducida de manera drástica y las tentativas de entrada ilegal son tan escasas que en 2015 no se contabilizado ningún muerto tratando de llegar a la isla continente.

Los naufragios en el Mediterráneo son dramas, pero existe otro drama al que asistimos todos los días: el de la sustitución de las poblaciones europeas por otras, llegadas principalmente de África. Y sólo un cambio radical de perpección del mundo y de consciencia política podrá salvarnos de esta caída. Éste es el deber de todos los hombres dotados de una verdadera consciencia identitaria: debemos defender una civilización amenazada por la desaparición. ¡Debemos actuar como si cada uno de nosotros fuera el último europeo! Toda otra postura frente al peligro que se cierne sobre nuestras patrias debe ser percibida como una traición.

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