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Un CIS de los poco fiables

Domingo Sanz |

Tras la publicación ayer del último CIS electoral, la buena noticia para los que quieren cambio político es que la mala de que el PP siga por delante puede haber nacido muerta. Explicaré dos dudas y una sospecha, que ponen en tela de juicio los resultados.


En primer lugar, el tiempo transcurrido desde que se realizaron las encuestas, del 1 al 12 de octubre, y el que resta hasta las elecciones. Se trata de días, demasiados, en los que pueden pasar cosas de las que alteran opiniones, pues con la crisis, los emergentes y Cataluña vivimos la coyuntura política más fluida desde la Transición. Por ejemplo, y frente a lo que han hecho hasta ahora el resto de partidos, tanto la puesta en escena en Cádiz como el contenido del programa electoral de Rivera, ayer día 7, tienen pinta de convertirse en un hito cuyos efectos pueden llegar hasta las urnas.

También el tamaño de la muestra. Un CIS a 2.500 entrevistados es mucho menos fiable que el de octubre de 2011, con 17.236 encuestas. Nuestra duda es solvente, pues incluso aquel CIS, con un trabajo de campo casi siete veces mayor, también erró en sus previsiones, al pronosticar dos puntos más al PP y uno más al PSOE sobre los porcentajes que finalmente obtuvieron en las urnas.

Pero aunque sean importantes las dos dudas expuestas, es ineludible la sospecha que levanta el tiempo que se toma el CIS en publicar los resultados.

No estoy insinuando, sin pruebas, manejos turbios ni trampas que serían delitos de lesa estadística, pero para no hacer oídos sordos a la intuición me apunto a la lógica de cualquiera, que nos dice que la posibilidad de manipular una información valiosa es directamente proporcional al tiempo que transcurre desde su conocimiento por una sola de las partes interesadas hasta su publicación en la prensa. Esta vez han sido no menos de 29.000 minutos, que son otras tantas tentaciones rondando por cabezas políticas acostumbradas a ser presuntas, y en muchos casos culpables.

Estaba yo con estos números y una cerveza cuando llegó al bar el representante del agua mineral, sin pinta de repartidor porque llevaba corbata, y va la jefa desde la última mesa a veinte metros de distancia y, sin abrir la boca, le dijo que cuatro, con lo que nuestro hombre tecleó un cuatro en un aparato pequeño y diabólico como el que usan los niños para jugar, y cuando pedí la cuenta de la caña ya estaban entrando por la puerta las cajas, o sea, cuatro. Vale, quizás el camión del agua pasaba por allí cerca y ha recibido la orden al instante, de lo que también se ha enterado Montoro mientras ofendía un poco en el Congreso, esto último es un chiste malo. En fin, las cosas del día a día en un país desarrollado.

Entonces fue cuando me asaltaron la cabeza varias preguntas seguidas.

¿Cómo es posible que los resultados de millones de votos en papeletas de dos colores que se introducen en urnas de metacrilato, creo, se conozcan en unas pocas horas, y los de 2.500 cuestionarios tarden en publicarse tantos días?
¿Es que acaso el CIS trabaja con peores medios que los de cualquiera vendedor de refrescos?

¿Por qué, si el CIS conoce a las cinco de la tarde la última respuesta, no es posible que el mismo CIS la tenga a las cinco de la tarde en su bunker, y cinco minutos después procesada y obtenido el resultado de aplicar toda su cocina a esa y a todas las respuestas anteriores?

¿Acaso no están todas las fórmulas del tratamiento de opiniones en el software del CIS, antes de comenzar con las preguntas a los ciudadanos en cada sondeo electoral?

¿Porque no fluye esa información, en tiempo real y por si sola, transparente, hacia los medios de comunicación, sin que una mano sin huella pueda ensuciar la confianza en el sistema que mantenemos con nuestros impuestos?

¿Qué tal, señores de los partidos, un pacto de Estado tras las elecciones para crear la “república” del CIS e independizarla de todos ustedes y del Gobierno, y devolverla a los españoles?
Domingo Sanz es Lic. CC. Políticas Univ. Complutense

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