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La UE prevé la llegada a Europa de 1,5 millones de inmigrantes cada año

La inmigración está marcando la discusión en países occidentales donde hasta hace poco no se discutía. En Estados Unidos, el candidato republicano Donald Trump habla claro y sin complejos sobre un problema hasta hace poco engorroso pero que sin embargo sensibiliza cada día más a la población de raza blanca: la multiculturalidad está provocando el declive económico del país y poniendo en riesgo la seguridad colectiva.


El atentado de un islamista en una discoteca gay de Orlando y que se saldó con decenas de víctimas mortales otorgó patente de credibilidad a las advertencias de Trump sobre los riesgos de albergar a una alta tasa de población de confesión musulmana.

“La única razón por la que el asesino de Orlando estaba en América es porque permitimos venir a su familia”, señaló un día después del salvaje atentado. También criticó al presidente Obama y a la candidata demócrata, Hillary Clinton, por su tibieza a la hora de afrontar el potencial peligro del terrorismo islámico, que ambos califican como “terrorismo internacional”, evitando así pronunciar la palabra tabú.

Trump acogió con satisfacción el “No” de los británicos a la continuidad del país en la Unión Europea. Aunque los analistas eluden la cuestión al explicar el euroescepticismo de los británicos, cobra fuerza que una de las razones de peso que propiciaron el “brexit” fue la reivindicación de las raíces autóctonas frente al proyecto mundialista que defiende la Unión Europea y que ha propiciado recientemente la elección de un musulmán al frente de la Alcaldía de Londres.

Precisamente, el control de la inmigración fue uno de los principales asuntos que abordaron los partidarios del ‘brexit’ durante la campaña. Frente al fracaso del modelo multicultural defendido para Europa por progresistas y organizaciones mundialistas, los demógrafos advierten sobre la bajada de la natalidad entre las familias autóctonas, así como de un espectacular incremento del número de inmigrantes que, si nadie lo remedia, llegarán a nuestros países en los próximos años. Advierten también sobre la incapacidad de las instituciones públicas para hacer frente a esta masiva llegada.

Se prevé en ese sentido que, en los próximos 20 años, la inmigración neta anual que registre Europa crezca a un ritmo de un millón y medio cada año, según las propias estimaciones de Eurostat, la oficina de estadística de la UE.

Incluso se señala que la inmigración a Europa no disminuirá por debajo de su nivel actual hasta el año 2069. Ello supondría la presencia de 77 millones de personas de origen extraeuropeo en los 28 países miembros de la UE, junto a Islandia, Noruega y Suiza. De ellos, 71 millones serán de religión musulmana. Cualquier parecido entre la Europa que se dibuja para el 2069 y la que ha sido la punta de lanza de la humanidad se nos antoja inexistente.

En EEUU las previsiones no son más halagüeñas. Para 2080, los inmigrantes y sus descendientes habrán alcanzado la cifra de 121 millones de personas. En esa macedonia multirracial, la población blanca será apenas residual en algunos estados.

Ello hace inevitable que la salvación étnica y cultural de Occidente, salvo que no se tenga conciencia del problema, pase únicamente por políticos identitarios que afronten la ineludible tarea de impedir la llegada de nuevos inmigrantes y promuevan la deportación de los que ya se encuentran dentro. Para ello será necesario transformar el criterio jurídico imperante para la concesión de la nacionalidad y derogar un buen porcentaje de las ya concedidas. O lo que es lo mismo, que el Ius sanguinis desplace como principio jurídico al Ius soli
Aunque Donald Trump no se ha pronunciado al respecto, miembros de su campaña ya han señalado su disposición a revisar las nacionalidades concedidas por la ‘Administración Obama’ y que, según denuncian, ha seguido criterios electorales más que de interés nacional. Y no sólo desde las filas demócratas se ha favorecido la llegada de inmigrantes: entre 2000 y 2005, con un presidente republicano muy vinculado económicamente a la familia Saud de Arabia Saudí, lograron llegar al país algo más de ocho millones de personas procedentes de países musulmanes. El pasado 22 de junio, la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió bloquear el plan de Barack Obama para regularizar a millones de inmigrantes que se encuentran de forma ilegal en aquel país, para que eviten la deportación a través de la concesión de permisos de trabajo.

Donald Trump ha acusado abiertamente al presidente Obama de actuar de “efecto llamada” con sus políticas permisivas en materia de inmigración. Se calcula que, desde 2009, ocho millones de mexicanos han llegado ilegalmente al país, en muchos casos acompañados de sus familias. Como se sabe, una de las propuestas más conocidas y controvertidas de Trump es la de levantar un muro en la frontera con México. El empresario de Queens critica que el plan de reforma migratoria integral que se ha atascado en el Congreso durante años no es más que una amnistía a los 11 millones de indocumentados que viven en el país, que -dice- estimula la mano de obra barata y una política de fronteras abiertas.

Entre las ideas más llamativas de Trump expuestas en un documento está también la eliminación del principio constitucional que otorga la ciudadanía a cualquier persona que nace en suelo estadounidense.

Trump asegura que ello promueve que muchos indocumentados crucen la frontera sólo para tener hijos en el país.
El plan busca deportar a cualquier extranjero que haya cumplido condenas de cárcel en EE.UU., la eliminación de ayudas federales a lo que denomina “ciudades santuarios”, las que, como San Francisco, se oponen a cooperar con la aplicación de leyes migratorias existentes.

También pide establecer multas y penas a todos aquellos que, aunque ingresaron con visas, se quedaron en el país luego de que éstas vencieron.

Pide también aumentar los salarios a beneficiarios de visas de trabajo H-1B como forma de frenar la “importación” de mano de obra más barata, especialmente en el campo de la tecnología, para así estimular el reclutamiento de trabajadores que ya están en el país, especialmente para puestos de trabajo que podrían beneficiar a “negros, hispanos y mujeres”.

Esto lleva a otra iniciativa: la contratación de mano de obra local como prioridad, por encima de la extranjera, que según Trump, beneficiará a inmigrantes con documentos en regla que están desempleados en EE.UU.

Que políticos con aspiraciones de gobernar hablen abiertamente de estas cuestiones y que reciban el apoyo de un creciente número de electores supone sin duda la mejor constatación de que, frente a los negros nubarrones que planean sobre Occidente, una brizna de esperanza puede estar abriéndose paso.

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