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Iñaki Ezkerra fija en su nuevo libro un “Decálogo del populismo europeo”

El pasado 10 de noviembre, Iñaki Ezkerra presentó su ensayo “Los totalitarismos blandos”, recién publicado por La esfera de los Libros, en Bilbao, en el fórum de FNAC. Y hace unos días, el 24 de noviembre exactamente, lo hizo en Madrid, en la librería “La Buena Vida”. En el acto de Bilbao intervinieron los historiadores Carlos Olazábal y Pedro José Chacón. El de Madrid contó con la presencia de Francisco Sosa Wagner e Ignacio Vidal-Folch. En ambos actos, que fueron un éxito de asistencia de público, sus presentadores destacaron la precisión de la prosa del escritor vasco para analizar un fenómeno como el de Podemos, que ha sacudido la vida española. Reproducimos a continuación una versión sintetizada del “Décalogo del populismo europeo” que nos ofrece en dicho ensayo, tan imprescindible como lo es el de Enrique Krauze para retratar el populismo latinoamericano.

Radacción Minuto Digital

1.-Amor a la contradicción: las contradicciones no sólo son inevitables y admisibles sino imprescindibles porque les dan carta blanca a los líderes populistas para decir lo que quieran a la vez que sitúan al acólito en un estado mental de irracionalidad y en un estatus moral de impunidad. Le habitúan a tragar con todo y a flotar anímicamente en un nivel de confusión acrítico en el que sólo se dibujan nítidamente las siglas a seguir y a votar.

2.-Capacidad de sustitución del líder: el líder no es insustituible y en un momento determinado debe ser relevado porque las sociedades europeas está curadas del fenómeno caudillista; porque sus sistemas de libertades lo rechazan y porque su reemplazamiento alimenta la ficción de democracia interna en el partido populista.

3.-Capacidad de traslación del enemigo: de la misma manera que el líder es reemplazable, también lo es el enemigo cuando las reglas del juego democrático, en el que los pactos son fundamentales, obligan a dejar de dirigir el odio, por ejemplo, contra “la casta”, en el caso español, y a redirigirlo contra un partido concreto (el PP o Ciudadanos) mientras se establecen alianzas con parte de la clase política antes denostada (PSOE o IU).

4.-Capacidad y necesidad de absorción: el discurso populista puede y debe permitirse absorber todos los discursos, fetiches y puntos de referencia ideológicos que le sean útiles. Da igual que sean progresistas o reaccionarios, democráticos o totalitarios. El populismo se convierte, así, en un basurero de la Historia donde todo puede ser reciclado para su causa. Todo vale para el convento y lo que no mata engorda.

5.-Capacidad de mutación: la facilidad de absorción del anterior punto permite al populismo las mutaciones camaleónicas que sean precisas para su éxito electoral o su simple supervivencia.

6- Capacidad de omnipresencia mediática: no es casual que los populismos crezcan en Europa (lo mismo que en Estados Unidos) con la crisis de los medios de comunicación y la desesperada necesidad de éstos de atraer a un público consumidor mediante el amarillismo. El sensacionalismo ya es populismo mediático y antecede al otro.

7.- Capacidad de ininterrupción en el discurso y de respuesta rápida. El tercer principio de la propaganda goebbelsiana, el de transposición, especifica que ésta debe “responder al ataque con el ataque” y el sexto principio, el llamado de orquestación, apunta que “sin fisuras ni dudas”, así como en el séptimo, el de renovación, se apostilla que “las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones”. Son diferentes modos de insistir en un componente esencial que es común a todos los populismos, desde el nazi al más moderado: la agresividad verbal, la táctica de no ceder nunca ni un milímetro de terreno sino de ganarlo, la bravura en la denuncia del rival o enemigo político que sugiera falsamente que “la razón está de su parte”.



8.- Capacidad de utilización de la democracia: como los populismos latinoamericanos que describe Krauze en su decálogo, más aún si cabe los europeos, incluso aquellos que podemos identificar con un “totalitarismo blando”, no pretenden la abolición sino más bien un deterioro, un envilecimiento y un embrutecimiento de los sistemas democráticos que sirvan a sus intereses, a su afán de poder o a sus pulsiones destructivas. No lo pretenden porque tampoco se lo permitiría el propio contexto cultural y geográfico.

9.- Utilización de todas las tradiciones del rencor: aunque se presente como nuevo, el populismo apela a los resortes más básicos del resentimiento que haya latentes en una sociedad, a todas las banderas de éste que tengan un prestigio social extendido y en la medida en que lo tengan; a toda tradición fóbica que le preste un campo ya trillado y le ahorre trabajo en la manipulación de unas masas que, ayudadas por su incapacidad para el discernimiento, confundan fácilmente el reconocimiento de las añejas raíces de una fobia o de un prejuicio, en la cultura y en la historia colectivas, con la legitimidad moral y democrática de éstos. De lo que se trata es de martillear en todos los clavos posibles del odio. Abrazar nuevas causas da la impresión de que el discurso esta vivo y la movilización en marcha; de que el populismo se mueve, aunque ese movimiento sea, más que una epifanía, una huida hacia delante como lo explicaba Goebbels en el punto 7 de su decálogo y en lo que llamaba “principio de renovación”. Pero tan importante como la novedad es que esas causas tengan unos viejos antecedentes de aceptación y asentamiento sociales para poder presentar a quien ataca al populismo “como enemigo de la identidad colectiva”. Por esa razón es también Goebbels quien, en el punto 10 de su decálogo, el dedicado al “principio de transfusión”, sostiene que “la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales”. El odio populista, bien sea de izquierdas (al banquero, al policía, al clero…), bien sea de derechas (al inmigrante, al extranjero, a un grupo étnico…) debe llover sobre mojado para dar la impresión de que siempre ha estado ahí, de que posee “la legitimidad de la antigüedad”.

10.-Carácter de transgresión. El populismo se debe presentar como una ideología transgresora y novedosa, revolucionaria, como una propuesta de ruptura con lo anterior para, así, poder identificar toda moderación y toda actitud sensata como un signo reprobable de conformismo. La conciencia de ruptura familiariza, además, al prosélito con una cierta carga de violencia y enemistad con el orden establecido. Enrarece sus relaciones con la legalidad y le predispone contra ésta de un modo útil y favorable para el populismo y sus espurios objetivos.

11.- Carácter de provocación y de escándalo: el componente exhibicionista es un importante estimulante que identifica al populismo con el visionarismo ideológico. En la proyección mediática es precisa la escenificación mesiánica del “uno contra todos” porque, si bien el caudillo es sustituible, no lo es su carácter profético y provocador. El populismo sabe que todas las ideas que han perfeccionado a la sociedad han sido provocadoras pero finge ignorar que no toda provocación responde a un ideal de perfección.

12.- Carácter arbitrario y de autoabsolución: el populismo asume y da por buenas las arbitrariedades que se cometan en su nombre. Este aspecto es fundamental porque ensancha las tragaderas de la masa para el juego sucio y la digestión de la barbarie. Se trata de que, una vez aceptada una arbitrariedad, se acepten todas en favor de la causa.

13.- Carácter de riesgo: las propuestas políticas del populismo deben poseer siempre un fuerte ingrediente de riesgo y de tentación al abismo. La sensación de riesgo es fundamental en estas ideologías porque estimula, aturde y embota las mentes de los acólitos; hace a éstos más manipulables y neutraliza cualquier objeción cabal que venga desde fuera. La amenaza del abismo los enardece.

14-. Carácter revanchista y destructor: los populismos no sólo proponen romper políticamente con un pasado, un orden, unos esquemas y unos valores sino romper físicamente, o sea escenificar un grado de destrucción que satisfaga la sed de revancha acumulada de sus votantes y el resentimiento canalizado por ellos.



15.- Necesidad de aislamiento: los populismos europeos son euroescépticos o eurofóbicos. Y, como proponen la salida del Euro o directamente de la Unión Europea, postulan también la de la OTAN o el desafío a las directrices del G-20 y del Fondo Monetario Internacional pues necesitan de la impunidad que da el aislamiento y rechazan cualquier organismo exterior que los presione o los condicione. El contexto de protección y control en el que los sitúa su mera ubicación geográfica y económica en el mundo desarrollado, lógicamente hostil a ellos, hace que, al contrario que los populismos latinoamericanos, no busquen instalarse en entidades supranacionales como la de los “países del ALBA”, que carecen de ese referencial marco de seguridad. De este modo, aunque estos populismos sean de signo izquierdista coinciden con los de signo derechista en la socorrida apelación a la independencia nacional colisionando con el internacionalismo de la izquierda clásica y lindando ideológicamente con el ideal autárquico del falangismo de nuestra posguerra.

16.-Simplicidad y superficialidad del mensaje: el populismo europeo obedece al pie de la letra el quinto principio goebbelsiano, el de “vulgarización”, según el cual, “toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida” aunque siente cierta necesidad de maquillar su falta de sofisticación intelectual apelando a la preparación universitaria e incluso a la titulación académica de sus representantes. Cuando su líder carece de estudios superiores se rodea de intelectuales.

17.-El ingrediente de la ilusión: al populismo no le basta con odiar sino que debe ilusionar para maquillar ese odio. Y en ese cuidado por la ilusión llega a menudo a la pura infantilización. Dos ejemplos gráficos los tenemos en Boris Johnson, que combina su fama de erudito con su histrionismo escénico, y en Beppe Grillo que es directamente un cómico. El infantilismo del populismo español tiene abundantes ejemplos en los líderes de Podemos, desde el Pablo Iglesias que regaló al Rey Felipe un vídeo de “Juego de tronos” hasta la Manuela Carmena que andaba haciendo republicanismo con los Reyes Magos de la Cabalgata madrileña o proclamando el día del bañista desnudo en las piscinas municipales de la capital de España pasando por el grito de Rita Maestre durante su striptease a la capilla de la Complutense: “Contra el Vaticano poder clitoriano”. No es fácil saber qué clase de asalto vaginal postulaba la célebre concejala al poder pontificio con ese eslogan revolucionario.

18.- Transformación del error en razón para la subyugación incondicionalidad de los seguidores: se trata de usar a favor propio todos los mecanismos del orgullo y la cerrazón. Apostar por una política que se demuestra “equivocada” como la del Brexit en el Reino Unido o la del despilfarro en el gasto público en el zapaterismo puede despertar en la masa un sentimiento de entrega incondicional en vez del deseo de deserción. Por lo que tiene de rabioso desafío al sentido común, el populismo atrae esa incondicionalidad con sus fracasos y la propia movilidad de su discurso. Da igual lo que se defienda y contra lo que se vaya. Lo importante es que el elector esté contigo en una actitud de entrega apriorística y suicida.

19.- Magnificación de la amenaza contra la que se lucha: el populismo totalitario de izquierdas de Podemos exagera en lo que puede los efectos de la crisis económica en España mientras el populismo tory carga las tintas sobre la responsabilidad de la Unión Europea en la inmigración que, presuntamente “no sería capaz de absorber Gran Bretaña”. Ambos ejemplos responden al cuarto principio de Goebbels, el de exageración y desfiguración, que consiste en convertir “cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave”.

20.-Base real de la denuncia populista: éste es el punto en el que los populismos europeos difieren de la escuela de la propaganda goebbelsiana. Frente al principio de verosimilitud que esgrimía ésta en el octavo lugar de su decálogo, nuestros populismos barajan, yendo más lejos o más cerca, el principio de veracidad. La crisis económica y la corrupción estructural no sólo son verosímiles sino veraces, o sea reales, como lo es también el problema de la inmigración teocrática que llega a Europa. Por ese motivo, el peor arma contra el populismo es negar la realidad que denuncia: la irresponsabilidad que late en el discurso buenista del que “vengan todos” o el deterioro que la recesión económica ha ejercido sobre los Estados de Bienestar. En los populismos europeos siempre hay una base real, un fracaso de las clásicas alternativas socialdemócrata y conservadora que aquéllos interpretan y deforman a su antojo. Por ese motivo también, el mejor arma contra todas las versiones del populismo que nos asolan está en que los partidos democráticos consigan situarse en sus programas a la altura de la seriedad que se atribuyen frente a la soluciones desquiciadas y extravagantes.

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