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La remigración o la guerra

Por Renaud Camus |


Una de las alocuciones más interesantes, en las jornadas de las Bases de la Remigración, fue la de Fabrice Robert, el presidente del Bloc Identitaire. Trató de una cuestión fundamental, que abordo frecuentemente yo también acerca de la Gran sustitución, y que es el tema de la remigración.

A menudo nos dicen: "Estas palabras son muy fuertes. ¿No teméis asustar a la gente con términos tan abruptos?" Suelo responder que huir de la realidad es lo que realmente da miedo. Vivir de mentiras, dejarse mecer por las ilusiones: ese es el peligro. No es la expresión Gran Sustitución lo que espanta, es el fenómeno que designa. Podemos desear, sin duda, no enterarnos de lo que ocurre, no escuchar nada, salvo la tranquilizante palabrería de los remplacistas. Pero ese parloteo es cada día más difícil de creer, a medida que la situación se degrada.

Mejor vale, me parece, estar advertido de un peligro inminente, aunque sólo fuera para organizar la defensa, que ignorarlo deliberadamente, al riesgo de ser arrastrado por él sin remedio. Para ser claro: no tengo miedo de asustar ni me siento culpable si eso fuera el caso. Aquél que alerta de un incendio gritando "¡Fuego!" con todas sus fuerzas, ¿quién pensaría en reprocharle sus gritos para despertar al barrio?

La propuesta de Fabrice Robert, la remigración, es sin duda oportuna y meditada. La Gran Sustitución es una calamidad mientras que la remigración es un remedio, una manera de tratar el mal, una solución. Podemos incluso decir que es la única solución propuesta hasta hoy. La apelación de Gran Sustitución es muy negativa (menos para los reemplazantes y sus cómplices reemplacistas), la otra, la remigración, se presenta como un objetivo a alcanzar y como una esperanza, al menos para las víctimas probadas o potenciales de lo que implica la primera. Sin duda, la perspectiva de ciertos tratamientos puede inquietar casi tanto como la enfermedad, sobre todo si se trata de una operación quirúrgica. Pero en este nivel, no es nada seguro que se pueda evitar la operación, y de todas maneras no tenemos elección: es imposible no hacer nada.

En el fondo, pasa con la remigración como con el choque de civilizaciones. Por un malentendido total, se reprochó a Huntington desear ese choque que sólo describía. Todavía se le sigue reprochando eso. Sin embargo, él escribió un libro para contribuir a evitarlo, ese choque de civilizaciones. De la misma manera, muchos no dejarán de incriminar la noción de remigración por ser supuestamente una llamada a la violencia, incluso a la guerra. La remigración no tiene sentido ni mérito más que en la medida en que tiende a prevenir esa guerra, a ahorrarle a Francia y a Europa la llegada más que probable de esa guerra.

La remigración o la guerra: estos son los términos del debate. En realidad hay un tercero en liza, pero es mucho más temible que los dos anteriores: la sumisión, la aceptación de la conquista por los conquistados, del reemplazo por los reemplazados, de la colonización por los colonizados, quién sabe si la conversión. Pero si no se consiente al estatus de dhimmis, la guerra es inevitable. Aunque todavía no tiene lugar en nuestra tierra, ya está aquí bajo la forma prevista por Huntington. En nuestra tierra ya tenemos la violencia, o cuanto menos ese avatar polimórfico del vandalismo diario, de las innumerables agresiones y destrucciones, del comportamiento nocivo y agresivo de los colonizadores, ese omnipresente arte de perjudicar y hacer daño en todo momento y ocasión, que llena las cárceles de Francia.

La remigración es el divorcio amistoso, la separación in extremis, justo antes de la crónica de sucesos. Para evitar la ambulancia, los bomberos, la policía y el juzgado, es mejor que las partes se separen y que cada cual vuelva a su casa.

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