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La lección de María San Gil

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Pocos políticos en España habrían hecho  lo que San Gil. Con un futuro más que prometedor ha renunciado a su carrera política. Concejal en el Ayuntamiento de San Sebastián y mano derecha del asesinado Gregorio Ordoñez, después de la salida de Jaime Mayor Oreja se situó como máxima responsable del PP en Vascongadas y candidata a lehendakari, para acabar siendo toda una referencia del PP nacional, hasta el grado de poder haber ido como número dos de las listas al Congreso, sólo detrás de Mariano Rajoy. Por principios renunció a la presidencia del PP vasco y por coherencia  ha dejado de ser también  parlamentaria vasca, representando a un PP en cuya estrategia electoralista no cree. 

Otros se habrían aferrado al cargo, y son muchos los que cacareando que defienden principios y valores –los mismos que San Gil- se han quedado agazapados en su cargos demostrando que sus ambiciones personales pesan más que esos famosos principios que dicen defender. 

Vivimos en un mundo eminente pragmático y utilitarista, donde la lealtad, el honor o la consecuencia no suelen ser los protagonistas, cediendo siempre ante la posibilidad de obtener beneficio. Y nuestra clase política no brilla precisamente a la hora de dar lecciones, ni de coherencia, ni de honestidad y mucho menos de lealtad a principio alguno. Por ello el comportamiento de María San Gil nos parece ejemplificante. No estás de acuerdo con una determinada línea política y sin andar con intrigas palaciegas, abiertamente, de cara, con nobleza expresas ese desacuerdo e intentas cambiarla. Cuando te das cuenta que es inútil, precisamente, por lealtad a esos mismos principios, te marchas. 

Al final este relativismo que se ha instalado en España, guiado principalmente por una clase política de ínfima calidad y una clase intelectual servilista  y apesebrada, tendrá su coste social. Lamentablemente nos hemos acostumbrado, o nos han acostumbrado a ello, a tolerar la falta de compromiso de nuestros políticos, con valores nítidos que marquen un proyecto de futuro para los españoles, reduciendo la vida pública a una especie de contratación materialista, en la que los ciudadanos tan sólo se preocupan de tener contraprestaciones en especie. 

En definitiva el comportamiento de María San Gil, se nos antoja un soplo de aire fresco en el cargado y habitualmente pestilente ambiente de nuestra clase política.

Written by Redacción

septiembre 23rd, 2008 at 10:18 pm

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