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Juan V. Oltra | El Cristo de los Agustinos

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Parece ser que alguien vinculado a movimientos independentistas vascos, por lo que los confidenciales nos cuentan, ha logrado que en un colegio se retiren los crucifijos sembrando así, además de un precedente, una ola de reacciones de distinto cariz por nuestra piel de toro.

Andaba pensando en ese asunto, de cómo los que quieren suplantar a Dios y encaramarse en un pedestal desean eliminarlo para tener el camino más fácil, cuando me encontré con él, a quien, por respetar su intimidad, llamaré Sento.

Durante años compartimos pupitre en los Agustinos de Valencia. La mirada no había cambiado, aunque el resto si. De aquel gamberrillo que ponía los pelos de punta al padre Domingo no quedaba nada más que eso, convertido en alguien respetable y respetado. Miento, quedaba algo que no supe ver a primera vista.

Sento y su mujer acababan de recibir un fuerte mazazo. Fueron al médico pensando que un par de mareos de su hijo pequeño no serían más que reflejo de la hipocondría de los padres, y salieron de allí con un diagnóstico terrible. Una enfermedad rara, un caso entre más de diez mil, una maldita lotería que nunca tenía que tocar, pero que es más segura que la de Navidad. Una descripción espeluznante y un futuro incierto.

Esperaba verlo romperse en lágrimas o, conociéndolo de años, soportar uno de sus arranques de cólera bíblica, dispuesto a acabar con el mundo a puñetazos. Y me equivocaba.

Me contestó ese niño que escuchaba atento al padre Jacinto hablar de las virtudes teologales. Ese niño que veía deslizarse el tiempo lentamente, como cae la resina en los crucifijos de las iglesias de los pueblos.

“¿Sabes?. Se que no estamos solos. Cierro los ojos y le veo en la Cruz. La misma Cruz que estaba encima de la pizarra. Eso evita que me derrumbe y me da fuerzas para luchar. Siempre hay que luchar, luchar hasta el final. Luchar y rezar.”

La luz que salía de la Cruz de esas viejas aulas le iluminaba el camino. La esperanza, y por tanto la vida, irradiaba desde ese regalo, ese mayor don que se puede recibir, que hacía grande la Fe. Cuando todo cae alrededor, cuando su mundo parecía derrumbarse ladrillo a ladrillo, Sento había encontrado en el baúl de su infancia la argamasa perfecta.

¿Sabéis, políticos?. Podéis robarnos el crucifijo de los colegios. Podéis quitar los belenes. No importa. Claro que no importa. El niño Dios seguirá naciendo cada Navidad. Y cuidado con perseguirnos por nuestra Fe… porque de la sangre de los mártires germinan las vocaciones.

No voy a argumentar como hizo la Justicia italiana para defender la presencia de los crucifijos. Me basta con la luz que Sento me dio, y yo comparto aquí. Puede que algunos me vean como a un “catolicarra”. Me importa una higa. Quizá influenciado por las obras de Guareschi, esa noche me ví ante el Cristo que me preguntaba “¿Pero tu no crees?. ¡Pues reza!”. Y rezo. Rezo además a la Virgen, porque como decía el padre Martín Descalzo, si cualquier hijo se desvive por hacer lo que le pide su madre, si Ella intercede por nosotros ¿qué no hará Él?.

Written by Redacción

diciembre 16th, 2008 at 11:45 pm

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