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Pedro Rizo | Bertone y los derechos humanos

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El Cardenal Bertone, Secretario de Estado Vaticano, nos visitó el pasado 4 de febrero de 2009, para hablarnos del magisterio de Benedito XVI (¿por qué no se dice “del Papa”?), sobre los Derechos Humanos. Hagamos algunas reflexiones acerca de este tema. Los Derechos Humanos no son para  tomarse muy en serio ante el poder, contrario a Cristo, extendido en todo el orbe con el respaldo, sorpresas te da la vida, de la jerarquía posconciliar. Derechos Humanos sin Dios son papel mojado. No ha de ser de otro modo pues que son reedición de los del Hombre, proclamados en el París de 1789.

Para empezar reflexionemos, por ejemplo, en lo extraordinario que resulta que los últimos papas santificaran la democracia como forma de gobierno. En esto la Iglesia posconciliar no sólo se opuso diametralmente a su Magisterio tradicioinal sino que, ya ven ustedes, se contradice a sí misma ‘metiéndose en política’ hasta la cintura. Y con su ayuda las gentes hemos dado por bueno que el poder viene del pueblo y no de Dios. (Jn 19, 11) Fenomenal magisterio que trae estos resultados. Consecuencia inmediata fue la sorpresa de separar la fe católica de los estados. Sin freno ni moral que obligue desde las leyes naturales, y de Dios, las naciones antes cristianas por ensalmo nos convertimos en apóstatas… El Cardenal Bertone tendría que explicarnos algo sobre esto, ya que todos sabemos no habría sido posible, según factura que con frecuencia pasa nuestro clero a los Gobiernos, sin el apoyo y el ‘dejar-hacer’ de los obispos, más el beneplácito de Roma. 

¿De qué sirven los documentos magisteriales sin la religión en los pueblos que han de adoptarlos? Los años pasan, los papas se suceden, los obispos ‘conferencian’ pero el mundo está cada vez más alejado del Evangelio. Es el viejo engaño de decir y no hacer, de parecer y no ser. (Mt 23, 3) Institutos supuestamente religiosos se dedican libremente a la difusión de doctrinas anticatólicas. Ahí siguen los Maristas y su editora “independiente” nacida con dinero de los fieles. Eso, como mínimo es estafar. Claro que pecado de muchos, virtud de tontos. Como ellos, desdoran la fe tradicional tantas otras – muchas – editoriales, colegios, residencias, universidades… que son de la Iglesia, o se iniciaron en ella.

Por ejemplo, veamos a los jesuitas en un pequeño instrumento de enorme difusión. La vuelta de calcetín a su conocido taco antiguamente llamado del Mensajero del Corazón de Jesús. Su deriva hacia la demagogia marxista, el indigenismo y el ecumenismo woytiliano.  Justamente coincidentes con la visita del Cardenal Bertone nos ofrecen una monísima apología de Confucio… mientras en China se persigue a los católicos de la “Iglesia clandestina”. Gloriosos rebeldes a la llamada iglesia patriótica, cuyo papa no es otro que el Partido Comunista Chino. Los católicos clandestinos viven una nueva actualidad por su fidelidad a la liturgia de antes del Vaticano II, en latín, con el sacerdote encabezando a los fieles vueltos hacia el altar, y con el Misal de San Pío V. Un recorte del periódico ‘La Vanguardia’, de Barcelona, en su edición de 24 de julio de 2007 nos informaba al respecto: “(…) el pasado 30 de junio, el papa Benedicto XVI envió una carta a los católicos chinos en la que hacía un llamamiento a los sacerdotes clandestinos a que salgan a la luz y trabajen de forma conjunta con los pastores de la Iglesia oficial comunista.” También se recogía el comentario de un portavoz chino-patriótico al diario italiano “La Repubblica”, subrayando que existía una “gran diferencia de la carta con las posiciones anteriores [puesto que], en ésta por primera vez desaparecía cualquier oposición al socialismo”. 

Viva ilustración de la paradoja es la visita del Cardenal Bertone, después del Sumo pontífice el puesto más relevante en el Vaticano. Viene a instruir a nuestros gobernantes mientras que en la católica España algunos colegios religiosos, y no son pocos, a nuestros niños les preparan (?) a la Primera Comunión sin saberse el Credo pero con la figuración de que los pecados se perdonan “si inflan con ellos” un globo y lo sueltan al aire. “Más tarde – dicen en disculpa– ya estarán preparados y entenderán. ¡No como antes, que aprendían a lo papagayo!” Y los obispos todos presentes en su conferencia sobre los Derechos Humanos, y de los niños.

Los Derechos Humanos son cosa seria en este tiempo. ¿Hemos de creer que la lección del ilustre visitante la tendrán sobre su mesa los ministros? Por ejemplo, el de Interior, el de Exteriores, el de Educación, el de Trabajo… Pues yo pienso, y es que soy malísimo malo, que tanto si con el PSOE como si con el Partido Popular se podrá matar al niño si lo quiere la madre y lo atestigua la mujer de la limpieza; los bancos de embriones serán negocio y la Seguridad Social cuidará de las muertes dignas de “los ancianitos que son una lata”. Sinceramente esta Iglesia tiene mala suerte: Se alejó de Dios para apostar por el mundo y el humanitarismo pero resulta que vagamos perdidos entre el suicidio social y los agujeros negros de la nada. Lo que en un Estado confesional sería impensable el Estado de Derecho al que todo es posible, inclusive que el sol salga por Antequera, fácilmente lo convierte en ‘ético’. Contradicciones del sistema: el Estado confesional era tolerante con las otras creencias y, hoy, el Estado Nuevo impone una sola manera de ver la vida. 

Ya se entiende que esta conferencia sobre los Derechos Humanos es un rio Pisuerga para otros asuntos. Tal vez el de la Educación para la Ciudadanía que es lo que más se ha publicitado. Puede también que económicos, patrimoniales, de los inmigrantes combativos y la libertad religiosa. O del derecho a la difusión radiofónica. O el solo propósito de mediar entre los dos poderes. Ya sabremos, más allá de la conferencia y de su reseña. 

Los frutos a que nos ha acostumbrado la Iglesia Pos-Conciliar son los propios de un error mayúsculo. Vemos que la Iglesia lleva muchos años corriendo en dirección contraria; como kamikaces a adoptar la religión del mundo en lugar de educar al mundo con el Evangelio. Y que alguien, con cuernos, impide que se rectifique. Una situación calcada de aquella era arriana en que lo oficial, judaizante y herético, garantizaba los estipendios y la posesión de los templos. Su herejía se justificaba en el progreso de los concilios de Rímini-Seleucia, arrianos y blasfemos, por los que rechazaban el de Nicea y el dogma de la divinidad de Cristo. Los fieles vivían ignorantes de que ya no eran cristianos. Los príncipes se adherían al Emperador, el Papa seguía la herejía o la soportaba. La obediencia no era para Dios sino para quienes designaban sedes. Se vivía arriano por la fuerza y por el interés, por conservarse en el estatus social aceptado. Los fieles a Nicea, es decir, los que rechazaban el arrianismo y se enfrentaban a la política judaizante de Eusebio de Nicomedia y de sus émulos, eran encarcelados, desterrados, despojados de sus bienes. Por eso San Atanasio les dijo: “Vosotros tenéis los templos, nosotros tenemos la fe.” Era tan loca la religión arriana fundada en  un hombre que, al final, venció San Atanasio — y San Basilio y San Gregorio de Nacianzo y Osio y Teodosio…– con el credo que hasta hoy profesábamos pero que no está de moda. 

No importa pues lo que nos rodee en el cambio diario de la pequeña y de la grande historia. La doctrina tradicional estará siempre firme y disponible para quien quiera conocerla. Pero, es mi opinión, no es posible que acabemos con esta desorientación sin volver a rezar. ¿Saben por qué no se reza? Por soberbia. Por eso es que no nos adentramos en nosotros mismos y nos despreocupamos de la propia formación. Hay mucho y decisivo que podemos hacer desde nuestra vida privada para ser mínimamente humanos. ¿Se acuerdan? Pocos años atrás los documentos de identidad informaban de la Profesión (estudiante, abogado, empleado), y sobre el Estado Civil (casado, soltero). Ese primer deber, el de estado, suele abandonarse por muchos jóvenes que refugian su indolencia en arreglar el mundo mundial sin afrontar su carrera que nunca terminan, o su vida laboral que nunca inician. Cumplen veinte, treinta, cuarenta años y no cubren siquiera sus necesidades y, menos, las de una familia; o de emprender un negocio y saber dirigirlo; o de ganar una oposición e influir en un entorno oficial. O no ser carga eterna de los padres. Es ese el deber de estado que se abandona demasiado. Los derechos humanos han arrinconado los deberes. Pero estos son los que nos hacen buenos hijos, buenos esposos, buenos padres, buenos españoles… y buenos cristianos. Ser buen cristiano implica todo eso, romper con el egoísmo que es la fuente de todos los miedos y tobogán que lleva al infierno. Ahora, en esta vida, y después.  Tarea mínima de nuestra condición de siervos inútiles… Con este abono de la religión del hombre sin Dios, más inútiles que nunca.

Written by Redacción

febrero 8th, 2009 at 8:48 pm

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