Santiago Casero | ¿Empleo público? No, gracias
Decíamos en un artículo anterior que, para salvaguardar el sistema de garantías de la Seguridad Social (pensiones, desempleo, etc..), los lumbreras de nuestros políticos se habían fijado ni más ni menos que en la celebérrima Beneficencia que diseñó Baldomera Larra y que ha sobrevivido hasta nuestros días conociéndose como fraude piramidal. Parece ser que no convencidos de la inutilidad del parche han pensado que el sistema también es válido para la generación de empleo y hete aquí que ZP y sus secuaces promueven el aumento del gasto público como única salida para la creación de empleo.
El aumento del gasto público supone un necesario aumento de ingresos por parte del Estado que, vista nuestra nula capacidad para generar ingresos vía exportación de algo tangible, solo pueden conseguirse por medio de una creciente presión fiscal. Actualmente, y según las encuestas de población activa, hay cerca de 18,000.000 de trabajadores cotizando a la Seguridad Social. Pero de esos trabajadores, 3,200.000 son funcionarios de carrera, o sea, que cobran su sueldo de los Presupuestos Generales del Estado que se nutren, principalmente, de ingresos impositivos, agravados por los numerosos intereses de demora generados y, también en gran parte, por ingresos de multas con las que la Administración agobia a los ciudadanos con el fin de mantener sus fuentes de ingresos. Aunque no solo son esos funcionarios quienes comen de papá Estado. Cada Ayuntamiento, Diputación, Comunidad Autónoma o Ministerio tiene una larga lista de personal laboral contratado que podemos constatar, solo anecdóticamente, cuando hemos leído sobre la suspensión de un pleno del Ayuntamiento de Sevilla por la huelga de los ¡33 conductores! encargados de acercar a los ediles hasta el Consistorio. Por supuesto que los 33 vehículos correspondientes también se solidarizaron secundando un paro de ruedas caídas.
Y si sumamos los trabajadores de Sindicatos, partidos políticos y ONG´s varias la cifra aumenta vertiginosamente. Por último, las obras públicas consisten en que el Estado paga a un licitador para que subcontrate y subcontrate hasta el último peón de albañil necesario para su ejecución. Pues bien hasta que el ofertante no desembolsa el último euro de dinero público, el peón de albañil referido no percibirá su salario. La anécdota, en este caso, la podemos corroborar con la trágica situación del empresario de Loeches que amenazó con quemarse a lo bonzo si el democrático alcalde no cumplía con su promesa de pago Si entendemos como funcionario al empleado de la Administración que ha accedido a su puesto de trabajo mediante una oposición, la cifra de 3,200.000 nos parece excesiva; si lo asimilamos a todo aquél que percibe sus ingresos a costa del erario público, el número se acerca a los 9,000.000 lo que nos lleva a esta situación insostenible.
La solución no es la propuesta de crear empleo público (dame un pescado y comeré un día) sino crear empleo productivo, que genere riqueza y que revierta en la creación de nuevos puestos de trabajo (enséñame a pescar y comeré todos los días), Y esto, tras el desmantelamiento del INI, la industria naval y la minería, sobre todo, ha quedado exclusivamente en manos privadas. Si esos 9,000.000 de funcionarios perciben una media de 2.000 euros mensuales y pagan de impuestos y multas una media de 500 euros, corresponde a los otros 9,000.000 de afiliados garantizar, aparte su propio sustento, los 1.500 restantes para que vuelvan a cobrar el mes siguiente. Con esta premisa es de lógica y sentido común que cada vez sean más los que abandonen la tarea y bajen los brazos esperando a ver como acaba esto. Y mal va a acabar con esta clase política que continúa despilfarrando como si fuese a acabarse el mundo. A lo mejor son conscientes de que el mundo, quizás no, pero sí el sistema porque, si el fallo es el sistema, habrá que terminar con el sistema.
El frío invierno que estamos padeciendo tampoco anima a afrontar con optimismo los negros nubarrones que se ciernen sobre nuestro futuro. No obstante, y como terapia, me he acostumbrado a escuchar cada mañana, antes de afrontar la lenta agonía que produce el sinsabor de los problemas que nos acosan hasta que volvemos a rendirnos al sueño vencidos por el cansancio, aquella vieja canción de Manolo García y Quimi Portet, esos Burros que no encontraron mejor ubicación que en El último de la fila y que decía: “me siento hoy, como un halcón, herido por las flechas de la incertidumbre; me siento hoy, como un halcón, llamado a las filas de la insurrección”.
NOTA.- Punto 14. Defendemos la tendencia a la nacionalización del servicio de Banca y, mediante las corporaciones, a la de los grandes servicios públicos. (Norma programática de Falange Española y de las JONS. 1934).
A lo mejor es cierto que ya está todo inventado y que, como dijo el gran Eugenio D´Ors, lo que no es tradición es plagio.