Pedro Rizo | El Día del padre
Creo que fue Pepín Fernández, Gerente General de GALERÍAS PRECIADOS, quien instituyó ‘El Día del Padre’ para el 19 de marzo. Nada que objetar excepto que el uso comercial de una fiesta cristiana derive hacia la ignorancia de lo que significa para los católicos, que ya no pensamos en el padre público de Jesús en la tierra y menos aún en el Dios Padre, creador y dueño de todo. Derivemos nosotros, en salto hacia arriba, a hablar también del Padre eterno en este día que sigue siendo “del padre”.
La certidumbre sobre un Dios que es padre fundamenta la singularidad de la religión cristiana. Nuestra paz, la felicidad de nuestros próximos, el amor que nos supera, la huella que dejamos y el bien morir dependen de la atención que pongamos a esta verdad. No hemos de pensar en Dios Padre, tantas veces oído, como si mirásemos señales de tráfico sino como quien lo siente desde lo más hondo del alma.
Pensemos que el mensaje de que Dios es Padre se repite y se destaca en Jesús de tal manera que podríamos decir, sin más teología que la simple observación, que la razón principal de su venida era mostrarnos al Dios-Padre, recuperarnos para Él. La vida pública de Jesús está impregnada del Dios-Padre; padre suyo y también nuestro. La inmensidad de esta idea sobrecoge, especialmente por su audacia. Así se entienden ciertos pasajes evangélicos en que Jesús, aun siendo buen hijo de sus padres terrenos (Lc 2, 51), siempre antepuso sin disimulo su estirpe y procedencia divinas. Tenía doce años cuando ya protestó: «¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi padre?» (Lc 2, 49)
Obliga a mucho la fe en un Dios que quiere ser llamado Padre Nuestro. Desde ahora ya no querremos ser padres nosotros, criaturas salidas de sus manos, por impulso ciego de la naturaleza (otra cosa es que ésta sea muy a menudo irresistible); ya no como instrumentos para la conservación de la especie humana (sin amor, mecánicamente). Y cuando hablo de paternidad me refiero tanto al hombre como a la mujer, ambos beneficiarios de la que proviene del único y real padre, Dios. Tampoco querremos serlo, nunca, jamás, por la erupción de intereses egoístas, o por un plan económico envidiable o para proyección de mi ego sobre el hijo que no sé merecer. Ser hijos de Dios-Padre nos coloca en una dimensión inabordable para nuestro conocimiento. Y encima, como hijos, somos herederos de su eterna gloria. (Rom 8, 17)
Esta reflexión, inesperada cuando me puse a escribir estas líneas, aporta para el Día del Padre un nuevo relieve. El que se deduce de este mandato de Jesús: «A nadie queráis llamar padre sino a Dios que está en los cielos». (Mt 23, 9) Pues, claro. ¡Sin Dios somos la nada con carné de identidad! La paternidad de Dios es el mensaje exclusivo, singular y formidable del Nuevo Testamento; en el Antiguo la palabra es sólo padre, escrita con minúscula porque no se aplica a Dios. Hace algunos lustros le pedí a mi hija, entonces de once años, que buscase el número de veces que en los Evangelios se cita a Dios como Padre. ¡Encontró ciento ochenta y cinco! Una cifra espectacular. El desglose era así: San Mateo, 45; San Marcos, 4; San Lucas, 19. San Juan, con calculadora aparte, nada menos que 117. Los Hechos, las Epístolas paulinas, las cartas católicas y el Apocalipsis, suman otras 76. Total: 261, salvo error. Y es que en la predicación de Jesús su leitmotiv es manifestar al mundo el amor del Padre con el Hijo y el de ellos dos hacia su criatura, el hombre. Esa era la misión, ocuparse de las cosas del Dios Padre, suyo y nuestro, y darnos la Buena Nueva de que nos ama como nadie puede hacerlo. Y de ahí comprender que Dios es la fuente de todo amor. Hasta el punto de que todo lo que llamemos amor es energía suya. Es bien cierto que si llamamos Teología a ‘la ciencia que trata de los atributos de Dios’ San Juan es el teólogo insuperable cuando sentencia: «Dios es amor.» (1 Jn 4, 16)
Dos veces nos lo dice el Altísimo, el Innombrable, el Yahvé terrible de la Antigüedad… para nosotros, ahora, el Padre amante de la Nueva Alianza: «Este es mi hijo muy amado. Escuchadle.» (Mc 1, 11; Mt 17, 15) Por esto, la doctrina cristiana es ‘Palabra de Dios’. Una palabra que es el Magisterio para todos, desde el Papa más anciano hasta el neófito recién nacido. No hay otro magisterio si no se deriva de la Palabra del Padre, en Jesucristo, su Hijo. Justamente el Verbo. Los que gobiernan la Iglesia sólo son servidores de lo ya enseñado desde el principio y para siempre. Una predicación invariable porque es de Dios. Si fuese de la Iglesia, es decir, de los hombres, no sería de fiar, no merecería ser escuchada. Por todo esto, descubrir a Dios como padre es entender la diferencia entre los que se quedan en la Antigua Escritura y los que escucharon y creyeron al Hijo revelador del “Nuevo y Eterno Testamento” (Del Canon de la Misa “extraordinaria”). La esencia de esta reflexión sobre el Día del Padre, que nada tiene que ver con San José, que él nos perdone, es que los que obvian el Evangelio del Hijo lo hacen para negar la divinidad que se le deduce de la relación paterno filial, y trinitaria, entre Jesús y el Padre. Hacen un cristianismo sin “el Cristo”. Nos lo advierte San Juan: «¿Quién es el mentirosos sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo, porque niega al Padre y al Hijo.» (1 Jn 2, 22).
¡Qué empobrecimiento el de la fe, el de los corazones y el de las inteligencias! Nadie se da cuenta de que el Evangelio del “Padre Nuestro que estás en los cielos” es el más dulce bálsamo a nuestra ontológica orfandad. Que es verdad que no estamos solos en el universo.
Y para final, leamos este anónimo del Medievo:
«La huerfanita aprendió / el Padrenuestro de niña… / Cuando la encontró el ermitaño / ya rezarlo no sabía / pues que diciendo: “Padre” / tantas ansias de amor le venían / que las palabras que siguen / olvidadas las tenía. / Su oración se quedó en “Padre”, / pasar de ahí no sabía. / La oración así truncada / cuánto a Dios agradaría.»