Pedro Rizo | Sol y tinieblas en las corridas de toros (i)
(i) Apología a modo de introducción
El sol del título es para la Fiesta Nacional, radiante y luminosa aunque el tiempo lo impida; las tinieblas, para quienes no la entienden o para quienes la ensucian.
Hace pocas semanas recibí un YouTube con la grabación de los compañeros que protegen a un forçado portugués medio grogui por el testarazo del toro. El remitente me destaca la solidaridad ejemplar que se desprende del suceso. Al hacer barrera para estorbar la búsqueda del toro componen una bella coreografía regustada a cámara lenta. Permítaseme comentarlo y cambiar de tercio hacia nuestra Fiesta.
El toro portugués “no tiene” cuernos y la protección escogida es la mejor, supuesto que al mismo tiempo otro peón le distraiga, para librar al que está en tierra de lo único que puede hacer el animal, voltearles o toparles la espalda. A los españoles que vemos el video nos vienen a la mente las puntas asesinas de unos cuernos… que el toro portugués lleva acolchadas. Las fiestas de forçados no tienen apenas heridos, y ni pensar en muertos. Quizás ninguno en décadas. El último que yo conocí, uno muy famoso que se llamaba Mascarenhas, murió de un accidente de automóvil. Los forçados son muy valientes, su lance es una tradición de la antigua Iberia, huella de la cultura cretense. Les falta, como a nosotros, que las mujeres salten sobre la fiera. Portugueses y españoles debemos enorgullecernos de haber sido visitados por pueblos y culturas que nos dejaron estos “juegos”.
Digamos enseguida que la raza de reses bravas no es de toros comunes sino de una especie derivada del uro, ya desaparecido. (No olvidemos la mítica y virginal Europa sobre su lomo.) En España fue evolucionando hacia el toreo sentado, luego el toreo a pie y, hasta el s.XIX muy usado en las maestranzas de caballería como nos lo recuerdan picadores y rejoneadores; especialmente estos últimos. Por cierto, en Portugal con excelentes jinetes.
Las diferencias entre la fiesta portuguesa de los forçados y la española de las corridas son muchas y grandes. La principal, que para los forçados los cuernos no suelen ensartar a ninguno; no originan el temor a la muerte latente en las corridas españolas. En éstas la brava bestia dispone de sus afiladas armas con las que aterroriza al público, y a los toreros, con solo verle picar barreras y burladeros, o destripar el caballo del picador. La gracia o mérito de la suerte en los forçados está en la valentía de esperar una arremetida que deben cuidar se inicie a una distancia donde el animal, que pesa unos 400 kilos, no alcance la velocidad multiplicadora de su fuerza. Si en Portugal los cuernos no tienen punta pues que, por ley, van forrados, en España, es al contrario. La ley obliga que conserven toda su natural potencia de ataque. La fuerza de aproximadamente 550 kg empujados por esa testuz que espeluzna cuando se ve de cerca, hace de los cuernos picas que se clavan en el frágil cuerpo del torero como cuchillos en mantequilla. En particular en diestros de envergadura menuda y cuerpo ligero como lo son un Espartaco, um Rivera Ordoñez o El Juli, que si el toro les corneara bien los mandaría derechos al cementerio. Es esa potencialidad de la cogida lo que me admiraba del saber estar en su sitio maestros como Antonio Bienvenida, Santiago Martín “El Viti”, o Domingo Ortega, por escoger nombres históricos que he disfrutado. Doy gracias por ello, primero, a mi padre, que algo me inculcó aun si dejó de ir a las plazas porque pensó que ya no valía la pena desde que Islero mató a Manolete; después, a amigos sabios que me conservaron en la afición. (Va por ti, querido Lucio, allá en tus peñas taurinas celestiales.)
El lance en que un torero es herido se llama, y se le debe llamar, “cogida”. Esto nos lleva a considerar que lo admirable del toreo español no es solamente la valentía, o peor, la temeridad al estilo de un Juan Belmonte, “El Pasmo de Triana”, o del José Tomás famoso en nuestros días, sino el entendimiento entre la fiera y él, así como el conocimiento del animal – si sabe examinarlo – y el sitio que el torero debe guardar según descubre cómo derrotará la embestida. Esto hace que el arte se exprese con mayor gracia y plasticidad pues que facilita el parar, templar y mandar a la fiera. Cosa que se trabaja desde el primer capotazo hasta cuadrarlo para la estocada. Pero cuando el torero descuida “su sitio”, el toro le coge casi por fatalidad matemática.
A nada se puede comparar una corrida, ni siquiera una con otra. Y pocas hay que para el buen aficionado no reserven algunos minutos de emoción y belleza. La plasticidad del movimiento del toro, por un lado, que embiste a su burlador; el engaño de éste con el capote que le trastea y con la muleta que le dirige. El colorido y, sobre todo ello, la tensión de sentir que la muerte está a sólo centímetros, es lo que hace de las corridas de toros una maravilla única. Combinación de luz, color y peligro, fuerza y valor en movimientos de ballet. La bestia frente a la gracia, el instinto del bruto contra la inteligencia casi etérea, la fiera pavorosa, rotunda y ciclópea enfrentada al cuerpo indefenso del espada, a veces casi un niño; la sutil figura del torero en su traje de luces generalmente bordado en oro o plata contrastando con la negrura brillante de la bestia ensangrentada. Es una estampa inolvidable, un misterio de nudo en la garganta para miles de aficionados, mezcla de la ansiedad por que termine ya y de deseo de que siga, aun con su amenaza. Hipnotizados no podemos apartar la mirada de ese flirteo consciente, pero loco, de la vida con la muerte del espectáculo y del peligro. Destreza y olvido del riesgo, que en los grandes toreros, como “El Faraón de Camas”, Curro, no sólo son fruto de la valentía sino del amor al arte, de la complicidad de toro y torero en el lance y de miles de corazones encogidos de emoción rodeándoles desde los tendidos. Son minutos embriagadores que explican que la valentía, por grande que sea, pierde precio ante el raro encuentro con el arte de la lidia. El que sabe esto disfruta lo que nadie sabe. Y expresado de forma única, formidable, en nada puede asimilarse a cualquier otra audacia o mérito de deportes, combates, torneos o artes marciales. El profano no puede entender que haya aficionados dispuestos a empeñar sus joyas por tener una grada el día de un cartel que promete. Además, “los Toros” son para nosotros, los españoles, la fiesta por antonomasia, de algún modo nuestra seña de identidad. No es comparable a ninguna otra cultura. Por eso la llamamos Fiesta Nacional o Fiesta Española; porque nos enraíza en orígenes remotísimos, arribada a nuestra tierra – la piel de toro — sobre las aguas del Mediterráneo antes de que las naves del rey Salomón nos visitasen en Tarsis o que los griegos se refugiaran en nuestro Levante. Por esta impregnación que las corridas dan al ser de España, los españoles que no aman su historia se incapacitan para disfrutar de tan hermosa fiesta, y no es de extrañar que la adulteren y manipulen. Su ignorancia se enmascara en apariencias de elevada exquisitez… desde donde disparatar contra las corridas de toros. Y, por ende, contra el carácter de lo español, y por ende contra la unidad de España. Unidad que, por supuesto, no depende de un festejo popular aun si en éste que glosamos se expresa nuestra idiosincrasia mejor que en ningún otro.
Quizás indagando su singularidad descubriéramos por qué nuestros enemigos siempre coincidieron en el deseo de eliminar las corridas, o de instrumentarlas vilmente contra su propio fin unificador, adulterándolas tomándolas por cauce hacia la división idiota y partidaria. Mucho hay de esto detrás de las recientes trifulcas de la prensa rosa… y amarilla. De ello hablaremos en próxima ocasión.