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Pedro Rizo | Puertas abiertas al infierno

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(II) Cardenal Walter Kasper

En el artículo anterior, por el símil que aplicábamos para Pablo VI deducíamos que la biografía de un autor puede prevenirnos contra sus obras, o recomendarlas. Por su vicaría sabemos que el Papa siempre es el “autor” de las nuevas orientaciones y cambios doctrinales experimentados por la Iglesia desde el Concilio Vaticano II y su aplicación. Naturalmente, en este caso al decir “el Papa” nos referimos a los que se han sucedido desde Juan XXIII hasta el reinante Benedicto XVI. Porque sólo al Papa se encomendó guardar la fe, mandato de donde se desprende su facultad magisterial y toda organización eclesial. Sin embargo, la historia de la Iglesia no se escribe partiendo de los colaboradores del Papa, sino de los hechos y las enseñanzas que encierra cada pontificado. Así, en virtud de la autoridad delegada en quienes paganizan la fe con vestidos humanistas, o infaman la figura de Cristo, más aún si son obispos, cardenales o teólogos de resonancia mediática, el Papa a través de ellos es el único actor. Porque sólo él los elige, los confirma o los depone.

Para entender el caos solapado en que vivimos debemos fijarnos en aquellos personajes que gozan del beneplácito del Papa, de entre los que destaca con luz propia Walter Kasper, Obispo dimisionario de Rottenberg-Stuttgart, cardenal diácono desde febrero de 2001 y, desde marzo de ese mismo año, Presidente del Pontificio Consejo de la Unidad de los Cristianos. Además, Su Excelencia es miembro de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Aunque su Curriculum es más extenso lo señalado ya es suficiente para contraste de lo que vamos a ver.

El número de mayo de 1989 de “30 GIORNI”, revista católica que dirige el señor Andreotti, nos presentaba al entonces inmediato obispo con una carta del Cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, dirigida a Mons. Walter Kasper: «Usted –decía- es un regalo precioso para la Iglesia católica de Alemania en un periodo turbulento.» En tiempos de confusión como los que se vivieron en la Iglesia en el año de su ordenación, sobre todo los siguientes, más que turbulentos demoledores, un hombre que merece elogio de tanto atrae poderosamente nuestra atención, incluso nuestra devoción. Uno se pregunta sobre las obras y dichos de este afortunado personaje  que el Cardenal de la Fe llamaba regalo para los católicos. Preguntémonos, entonces, qué piensa este destacado miembro curial acerca de los fundamentos de nuestra fe.

Sobre la Iglesia

En un artículo publicado a un mes de ser consagrado obispo, aseguraba que para el hombre moderno «es imposible creer, [por lo que] debemos aceptar la imposibilidad de conservar la fe en la Iglesia.» (Traducido de la Schwezerische Katholische Wochensentung, 14 de julio de 1989). Fijémonos, dice “en”, como quien se refiere a creer en alguien. Esto no es nuevo, ya lo había propuesto en libros y conferencias. Por ejemplo, esta perla de gran valor: « (…) para llegar a Dios ya no es practicable ni el camino ontológico de la filosofía cristiana tradicional, basado en la sola experiencia, debido a que el hombre ha transformado el mundo como consecuencia de su libertad; ni por el camino de las exigencias interiores de la conciencia que reclaman la existencia de Dios como postulado, al modo de Kant.» Es decir S.E. Walter Kasper nos asegura que «(…) no nos podemos remontar hasta Dios partiendo del hombre y del mundo» Pero es más, nos asegura que «no es posible una teología filosófica capaz de decir algo de Dios (porque) la inteligencia humana no puede conocer a Dios antes y fuera de la fe.» (De su libro, Introducción a la fe.) Suerte tuvo de escribir esto bajo el pontificado de Juan Pablo II, porque si fuese con Pío IX se hubiera ido al desempleo y sin comunión con la Iglesia. Así lo prueba el magisterio solemne, dogmático: «Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema.» D-1806 1. [Contra los que niegan la teología natural] (También cfr. D-1785).

Pero hay más. Mons. Walter Kasper ha dicho de Jesucristo cosas muy originales (¿?), tales como:

1.- Que no resucitó corporalmente.- Dice que «cuando se habla de Jesús resucitado vienen a la mente las pinturas de Matthias Grünewald, en las que observamos un Cristo que sale transfigurado del sepulcro. A mí me basta echar una rápida ojeada a los datos de la tradición del Nuevo Testamento para darme cuenta de que tamaño cuadro no expresa el hecho real. […] Las afirmaciones de la tradición neo-testamentaria de la resurrección de Jesús no son neutrales, en absoluto; son confesiones y testimonios fabricados por los creyentes. […] no se trata de noticia histórica sino tan sólo de artificios estilísticos inventados para llamar la atención y crear suspense. » Nos preguntamos: ¿Por qué estos sabios no se cuestionan el mar Rojo abierto para que pase el pueblo judío, o el carro de fuego que raptó a Elías, o la viuda resucitada, o las plagas de Moisés…? Pues porque hay que servir a la idea de que Jesús no es el Hijo de Dios vivo, el Verbo hecho hombre, por elemental premisa hacia una religión humanista plural y multiforme. En consecuencia también en este tema el Cardenal está excomulgado: «Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos externos y que, por lo tanto, deben los hombres moverse a la fe por sola la experiencia interna de cada uno y por la inspiración privada, sea anatema.» D-1812 3. [Deben guardarse en la fe misma los derechos de 1a razón.] (También cfr. 1790).  

2.- La ascensión a los cielos es un mito.- Es la tesis más acariciada. No subió al cielo porque nunca bajó del cielo; si nunca bajó no hubo encarnación. «[…] esas nubes que hurtan a Jesús de las miradas atónitas de sus discípulos no son reales sino un símbolo teológico.»  Cómo nos engañaron nuestros padres y los miles de santos doctores y padres de la Iglesia. La verdad verdadera es que «[…] tales relatos han de interpretarse a la luz de lo que quieren expresar» pues que no han de creerse en su literalidad textos que «hablan de un resucitado al que tocan con las manos y que come en compañía de sus discípulos [son nada más que] fenómenos provocados por la fe.» 

No hay espacio para extendernos. Estos cortes de sus enseñanzas son pequeña muestra de sus ‘simbologías teológicas’. También pretende ironizar sobre los milagros ─ multiplicación de los panes, la pesca milagrosa, caminar sobre las aguas─ y la infalibilidad del Magisterio. Y para barrer con toda cristología tradicional afirma que Jesús se confesó Mesías por coacción. 

En otros textos ataca la maternidad divina de María. En particular cuando defiende a Nestorio protestando de que «se le atribuyeron las mayores desviaciones doctrinales y el Concilio de Éfeso le infamó colgándole sin rodeos el sambenito de “Judas redivivo”. Mas hoy, sin embargo, en virtud de las investigaciones practicadas por la teología histórica [Otra más… ¡Qué teologazo, pardiez!] se está postulando su rehabilitación.» 

Como señalan muchos doctores ocurre hoy que, por luz del Concilio Vaticano II, a las herejías “teológicas” se les da constancia pero no se las condena, ni se excomulga a sus defensores. Pero parece que esta piadosa tolerancia depende mucho de qué herejías sean. A algunos se les condena y suspende ‘a divinis’ por creer lo siempre creído, como prueba de religión católica, la cual, recordémoslo, se asienta en una misma fe creída por todos, en todas partes y en todo tiempo. El pasado, el presente y el futuro. Y qué inquietante realidad es que, por el contrario, de Nestorio, el negador de la maternidad divina de María, se postule rehabilitarle; o que a este hereje purpurado, como a otros que veremos, se le premie con nuevos cargos y autoridad. Claro, “son regalos preciosos para la Iglesia”. Quizás para la idea de Iglesia que hoy prima, porque en aquella en la que algunos fuimos bautizados el cardenal Kasper no sería cardenal, ni obispo, ni sacerdote… ni católico. 

De las muchas omisiones y arbitrarios olvidos que adornan el misal nuevo se incluye el de las letanías menores de después de Pascua, entre las que se leía esta rogativa: «Que te dignes mantener en tu santa religión al Soberano Pontífice y a todas las órdenes de la jerarquía eclesiástica, te rogamos nos oigas, Señor.» Digamos lo propio: Amén.

Written by Redacción

abril 5th, 2009 at 1:11 pm

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