Pedro Rizo | 23 de abril, Día de Cervantes
Redacción | Publicado el 21 Abril, 2009 | Esta noticia tiene 4 Comentarios
El próximo jueves, 23 de abril, se celebran las efemérides de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, dos nombres que dieron a las lenguas española e inglesa una belleza universal. Este artículo, como no podía ser menos, lo dedicaremos a Cervantes, el inventor de la novela como género y padre de tan sublime personaje, espejo del alma de España, como lo es y lo será por siempre “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Pero este articulista no se ve capaz de abarcar el Quijote, y menos habiendo tantos nombres que alabaron magistralmente la obra cervantina. Traigamos algunos de ellos a esta columna seleccionando solamente a los no españoles por el aquel de la imparcialidad.
Entre ellos, Enrique Heine, el poeta alemán del siglo XIX que sentidamente recordaba cómo, de niño, al leer que Sansón Carrasco derrota a Don Quijote, salpicaba de lágrimas las páginas del libro.
Otro germánico, ya en los umbrales del siglo XX, el joven vienés llamado Sigmund Freud, quedaba prendado de Don Quijote e insistentemente recomendaba a su novia que lo leyera. Bien puede deducirse que su técnica del psicoanálisis se inspiró en esta novela, de la que muchos capítulos se pueden relacionar con sus ensayos del subconsciente o la investigación onírica. Así, de que los molinos sean gigantes y los rebaños de ovejas, ejércitos, nace la simbología de la interpretación de los sueños. A nadie extrañará, pues, que Freud aprendiera español para beber en su genuina frescura las charlas entre Don Quijote y Sancho. El investigador de la mente humana recurre al modelo cervantino para aplicar en las sesiones de psicoanálisis la necesidad de un hablador, como Don Quijote, y de un escuchador, como Sancho Panza. También es Cervantes quien le ilumina los vericuetos del instinto sexual cuando sublima la pasión de su héroe hacia la idealizada Dulcinea, superando a una real pero impensable Aldonza. Vamos, que, tal vez, casi loco lo digo, los andantes protagonistas imaginados trescientos años atrás sean acreedores del Dr. Freud que les tomara el hilo con que tejer su teoría del psicoanálisis.
Pero para mí, finalmente, es Dostoievski quien dedica a nuestro hidalgo inmortal alabanzas no sorprendentes en quien fuera autor de “Crimen y castigo”, “El idiota” y “El jugador”. En “Diario de un escritor”, marzo de 1876, escribió: «En todo el mundo no hay “obra de ficción” más sublime y fuerte que ésa. Representa hasta ahora la suprema y más alta expresión del pensamiento humano.» En las crónicas de septiembre, después de analizar los enemigos que se ciernen sobre Austria, el ruso inmortal nos remite otra vez a Cervantes. « ¡Oh! Ese gran libro. Es del número de los eternos, de esos con que sólo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. (…) Ya el sólo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y de la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no ningún otro, es notable. Pásase todo el tiempo engañándole como a un niño, y, no obstante, está plenamente convencido del gran talento de su amo; conmuévese hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pies juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero, y ni una sola vez pone en duda que aquél conquistará algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conociesen esta gran obra! No sé lo que pasará ahora en las escuelas con la Literatura; pero sí sé que ese libro, el más grande de cuantos ha creado el genio de los hombres, levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes empresas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar “sabiduría práctica”. (…) Ese libro no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio en él contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente, su talento más grande… consúmense hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno (…) »
Sinceramente, el Día del Libro debería volver a llamarse Día de Cervantes.
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4 Comentarios a “Pedro Rizo | 23 de abril, Día de Cervantes”
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Magnifico, le felidito. Le agradecemos nos comunique este orgullo por una obra que los hispanos tenemos ahí en la librería sin darle importancia. no la he tocado desde que la lei a trozos en el instituto. Pero sepa Señor Rizo que a muchos nos gusta más se meta con los enjuagues de la Iglesia y no tenga reparo que el daño hay que limpiarlo primero de porqueria para que pueda verse la herida y curarse.
Enhorabuena. Todo lo que se diga de El Quijote me encanta. De vez en cuando me gusta que introduzca estos “descansos” en su columna siempre de ámbito religioso…. Así nos volvemos todavía más ansiosos de su siguiente introspección en las profundidades de los pozos oscuros de nuestra Iglesia.
Desde la Argentina, Sr. Rizo. Cervantes es lo más hermoso, glorioso, penoso, humano y otros adjetivos que no alcanzan. Cervantes es nuestro (de los hispanoamericanos en serio, no de los otros, como Galeano); es vuestro (de los españoles, incluidos los vascos y los catalanes de ley); es del mundo, aunque el mundo no lo quiera reconocer. Los españoles, y me incluyo, estamos de vuelta cuando los otros van de ida. La globalización la inventó la Escuela de Derecho de Salamanca, con Fray Francisco de Vitoria a la cabeza, hace casi 500 años ¿nos van a dar lecciones? ¿de qué? Cervantes y España, España e Hispanoamérica, solo falta que nos saquemos de encima las lacras ¿nos costará mil años, como a los viejos romanos y griegos? Pues a tener paciencia, la verdad siempre triunfa.
No leido el Quijote, excepto lo obligaba el gimnasium en Rusia. 50 años despues su articulo me lo recuerda y weekend lei y guardo mucha alegria. Muchas gracias. No sabido que Dostoyevski dijo cosas tan buenas de Cervantes. Leo esta su´seccion siempre.