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Pedro Rizo | 23 de abril, Día de Cervantes

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El próximo jueves, 23 de abril, se celebran las efemérides de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare, dos nombres que dieron a las lenguas española e inglesa una belleza universal. Este artículo, como no podía ser menos, lo dedicaremos a Cervantes, el inventor de la novela como género y padre de tan sublime personaje, espejo del alma de España, como lo es y lo será por siempre “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Pero este articulista no se ve capaz de abarcar el Quijote, y menos habiendo tantos nombres que alabaron magistralmente la obra cervantina. Traigamos algunos de ellos a esta columna seleccionando solamente a los no españoles por el aquel de la imparcialidad.

Entre ellos, Enrique Heine, el poeta alemán del siglo XIX que sentidamente recordaba cómo, de niño, al leer que Sansón Carrasco derrota a Don Quijote, salpicaba de lágrimas las páginas del libro. 

Otro germánico, ya en los umbrales del siglo XX, el joven vienés llamado Sigmund Freud, quedaba prendado de Don Quijote e insistentemente recomendaba a su novia que lo leyera. Bien puede deducirse que su técnica del psicoanálisis se inspiró en esta novela, de la que muchos capítulos se pueden relacionar con sus ensayos del subconsciente o la investigación onírica. Así, de que los molinos sean gigantes y los rebaños de ovejas, ejércitos, nace la simbología de la interpretación de los sueños. A nadie extrañará, pues, que Freud aprendiera español para beber en su genuina frescura las charlas entre Don Quijote y Sancho. El investigador de la mente humana recurre al modelo cervantino para aplicar en las sesiones de psicoanálisis la necesidad de un hablador, como Don Quijote, y de un escuchador, como Sancho Panza. También es Cervantes quien le ilumina los vericuetos del instinto sexual cuando sublima la pasión de su héroe hacia la idealizada Dulcinea, superando a una real pero impensable Aldonza. Vamos, que, tal vez, casi loco lo digo, los andantes protagonistas imaginados trescientos años atrás sean acreedores del Dr. Freud que les tomara el hilo con que tejer su teoría del psicoanálisis.

Pero para mí, finalmente, es Dostoievski quien dedica a nuestro hidalgo inmortal alabanzas no sorprendentes en quien fuera autor de “Crimen y castigo”, “El idiota” y “El jugador”. En “Diario de un escritor”, marzo de 1876, escribió: «En todo el mundo no hay “obra de ficción” más sublime y fuerte que ésa. Representa hasta ahora la suprema y más alta expresión del pensamiento humano.» En las crónicas de septiembre, después de analizar los enemigos que se ciernen sobre Austria, el ruso inmortal nos remite otra vez a Cervantes. « ¡Oh! Ese gran libro. Es del número de los eternos, de esos con que sólo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. (…) Ya el sólo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y de la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no ningún otro, es notable. Pásase todo el tiempo engañándole como a un niño, y, no obstante, está plenamente convencido del gran talento de su amo; conmuévese hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pies juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero, y ni una sola vez pone en duda que aquél conquistará algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conociesen esta gran obra! No sé lo que pasará ahora en las escuelas con la Literatura; pero sí sé que ese libro, el más grande de cuantos ha creado el genio de los hombres, levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes empresas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar “sabiduría práctica”.  (…) Ese libro no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio en él contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente, su talento más grande… consúmense hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno (…) »

Sinceramente, el Día del Libro debería volver a llamarse Día de Cervantes.

Written by Redacción

abril 21st, 2009 at 10:56 pm

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