Archivo Mayo 2008 a Febrero 2010 MinutoDigital.com

Pedro Rizo | El Cardenal Cañizares insinúa que el aborto es más grave que el abuso sexual

with 7 comments

Lo explicó añadiendo que «no es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios [de Irlanda] con los millones de vidas destruidas por el aborto». En la entrevista del pasado miércoles, 27 de mayo, en un programa de la Televisión de Cataluña, TV3.

Qué resbalón el de este hombre, Cañizares, el pequeño Gran Cardenal. Mira que enredarse en comparación tan odiosa. Porque lo es el insinuar ecuaciones aberrantes de la cantidad de homicidios a nonatos frente a los delitos morales al alma de niños vivos, bien nacidos y amados por sus padres… hasta el punto de confiarlos a instituciones de la Iglesia. ¿Cómo puede nadie hermanar la cantidad de los abortos con el daño moral del estupro y la pederastia?  Lo malo de esas declaraciones del Cardenal es que son verdad, pero a la inversa, pues que si no son comparables es por el mayor escándalo en los pederastas de la Iglesia que en los abortistas. Se trata de órdenes distintos, como sería comparar la esvástica con la mística, el termómetro con los suspiros. Millones de abortos por minuto no son contrapeso al daño hecho a un solo niño o niña, muchacho o muchacha (que de ellas nunca se habla) alumnos de colegio o de seminario o de comunidad, destrozados para toda la vida y ensuciada su memoria con un asco perpetuo. Mil millones de abortos no vencen al platillo del descrédito del clero ni al del daño infligido a lo sagrado. Lo que es igual que a la Iglesia, al Evangelio. Nadie puede afirmar que algo abortado sea peor que algo corrompido por la seducción, la coacción o artimañas execrables de un sacerdote o religioso consagrado a la enseñanza. Un feto abortado a la vida es un crimen, sí, desde luego, pero un crimen muy inferior al de una vida enfermada en su cuerpo, en su alma y en su psique… por inducción de un egoísta desaprensivo envuelto en ropajes y oficios excelsos. Herida para siempre y en dimensión sobrenatural. Sin aval de recuperación. Cuando el Cardenal afirma que no son comparables abortos y abusos está induciendo que la monstruosidad de la pederastia es menos menor crimen que el aborto… Este último algo que oficialmente no puede darse en el clero célibe, se supone.

Las cifras del aborto se computan en un mundo pagano y los abusos a infantes y jóvenes se producen en un ambiente supuestamente ejemplar. ¿Alguien se ha detenido a imaginar que un hijo o hija suyos sufriera  una experiencia de perversión sexual por la Iglesia? Probablemente preferiría que no hubiera nacido. El Cardenal debería saber que hay cifras de suicidios por esta causa y que el cúmulo de desgracias que lleva a uno solo de éstos supera las de un aborto, cuya víctima, el feto, no es más inocente que aquél. Ni el clérigo pederasta que circula por la Iglesia protegido de secretos, respetado en su sacerdocio, reverenciado en su representatividad sagrada, e influyente en la sociedad no es menos criminal que el famoso abortista Dr. Morín. Y para suma de desgracias las víctimas de sus abusos se apartan de Dios para siempre y aborrecen todo lo que huela a religión. No hay mayor malicia o canallada que esta peste que, si siempre se sufrió, nunca fue con tal extensión y descaro como en este tiempo. La jerarquía apostólica debe encarar esta realidad,  no con teatrales peticiones de perdón ante el mundo y obviando al resto de la Iglesia, más concernida; ni con declaraciones de humilde congoja sino con enérgicas acciones de limpieza desde arriba para abajo.

Hoy, por extrañas virtudes humanitarias de papas de imposible olvido, la Iglesia a sus enemigos de dentro no los condena, no ejemplariza. Desde el Beato Juan XXIII, firmante del motu ‘Crimine salicitacionis’, se adoptó la meliflua norma masónica de “no condenar”. Mas, por el contrario, cuando la Iglesia sabía del honor de sus deberes bien que acomodaba para estos casos penas severísimas de reclusión en centros especiales, interdicción de órdenes, destituciones fulminantes inclusive en cargos de alto relieve. A los pederastas, todavía tan cerca el pontificado del Beato Pío IX, se les podía quemar en la hoguera.

Los buenistas que se asustan del trueno sin escapar del rayo, claman contra la queja de las víctimas – que potencialmente lo son el entero rebaño de la Iglesia – y protegen a los culpables, como si el escándalo lo dieran quienes de ellos se defienden. «Este asunto no puede cambiar – dicen – una hermosa realidad, la de miles de religiosos y sacerdotes que viven gozosos su vocación entregados a los demás.» De acuerdo, bendito sea Dios que nos los conserva… Aunque pocos reparan en que tan “hermosa realidad” se asienta en sacerdotes y religiosos casi ancianos. Por tanto, en lugar de la cosmética del silencio que principalmente beneficia al licencioso, defiéndase antes a la Iglesia entera arrancando de su seno a los julandrones del demonio.

Written by Redacción

mayo 31st, 2009 at 9:33 pm

Posted in Noticias

Tagged with