Archivo Mayo 2008 a Febrero 2010 MinutoDigital.com

Pedro Rizo | Ansón, el SIDA y la Iglesia

with 6 comments

Circula por la red el artículo de Luis María Anson titulado “La Iglesia y el SIDA”, del 2 de abril p.p., sobre la acción humanitaria de la Iglesia Católica. Y como creo que no debe desperdiciarse, selecciono sus párrafos y los comento para estos días de aspas en los impresos de la Renta. 

«Allí donde hay un hospital dedicado al SIDA, lo mismo en África que en Asia o Iberoamérica, también en Europa, son monjas y curas católicos los que están a pie de cama para atender a los enfermos.

He recorrido en trabajo profesional más de cien países. En las leproserías de todo el mundo, en los asilos de ancianos terminales, en los hospitales para enfermos infecciosos, sólo se encuentra uno con misioneras y misioneros católicos. Esa es la escueta verdad.

Nunca me he tropezado en esos lugares con un comunista militante […]

José Luis Rodríguez Zapatero, para dar una lección a la Iglesia Católica, ha decidido obsequiar a África con un millón de preservativos pagados a través de los impuestos con los que sangra a los ciudadanos españoles. ¿A cuántos militantes del PSOE, encabezados por Bibiana Aído, va a enviar para que se instalen durante diez años en los hospitales especializados en sida, para que convivan con los enfermos, les atiendan, les den de comer, les limpien, les acompañen? 

[…] en el cuerno africano, en las ciudades estercoleros de África, en los pueblos escombreras de Asia, en las favelas brasileñas o en las “villamiserias” peruanas, trabajan para los más pobres, para los más desfavorecidos, millares y millares de teresitas de Calcuta.

[…] quienes atienden a los enfermos son las misioneras, los misioneros católicos. » 

Bien dicho, un artículo sincero. El mismo Anson que en los años sesenta escribió “El grito de Oriente”, fiel a su profesión de contar lo que ve nos señala ahora una de las muchas presencias de Dios en el mundo.

En tiempos pasados tuve la fortuna, impagable, de tratar de cerca al Padre Garralda, S.J., Jaime, para los enfermos y presos. Y, por tanto, de saber de sus iniciativas sin parangón en el mundo. En cuanto a iniciativas, porque imitaciones ya tiene muchas. 

Desde tal conocimiento comento el texto del señor Anson. La Iglesia y su tesoro de religión católica suele ser lo único que caldea el final de muchas vidas desahuciadas, extraviadas, abandonadas. Una realidad magnífica de la fe y de la Caridad, su consecuencia, esa virtud teologal que debe escribirse con mayúscula pues significa “hacer el bien por amor a Dios”, amarle en todo bien y sobre todas las cosas. 

Además esta pasión por restaurar almas tiene ofrece un beneficio ignorado por su aportación a los avances médicos. Nadie quiere estar con leprosos, con sidosos, con enfermos de contagio rápido; mucho menos los hijos de este mundo rosa y amarillo. Sin los religiosos católicos, por ejemplo los hermanos de San Juan de Dios, o las Hijas de la Caridad – que no creo hayan olvidado lo que significa llamarse así –, la investigación médica mermaría mucho su acceso al campo de la enfermedad. Si no fuera por esas vidas entregadas a Dios muchos avances no se habrían conseguido. Recomiendo lean el libro de Paul de Kruif, “Cazadores de microbios” o vean la película de Fred Zinnemann “Historia de una monja”, interpretada por una Audrey Hepburn guapísima. 

Punto esencial para la comprensión de esos escondidos milagros es la vocación de servicio a Cristo Dios y Señor de la Vida y de la Historia. Esas monjitas que inspiran el comentario de Luis María Anson no hacen humanitarismo al modo mundano, menudo error de sus vidas si así fuera, sino por el amor de Dios que es la mejor forma de amar que existe. Por otros motivos ya están los progresistas epidérmicos, los benefactores de la sociedad bajo la ética de sus leyes. No es simple humanitarismo asistir a un enfermo anónimo, vigilarle un pulso imperceptible, la mano amiga en la frente, anotar el dato que el médico o el investigador ordenan, puntual el vaso con la pastilla de las ocho; o la esponja y la palangana con la que limpiarle las heces. Estado lastimoso de cuerpos y almas, sufrientes mientras lo toman como castigo, pero felices cuando en la enfermedad se encuentran a sí mismos. 

No, esa clase de amor no viene del humanismo mariteniano, ni del amor a la especie, de Teilhard. No se apoya en ideologías sino que nace y llega de Dios, de horas delante de un sagrario, de oración a solas y en comunidad como bien puntualizó Madre Teresa al periodista Soler Serrano en inolvidable entrevista de TVE-2. Amor de tales quilates sólo puede venir de sentirse transmisores del amor de Dios. Él es el primer servido. Esto explica que un salario sería  un insulto para cada miembro aunque la comunidad haya de recabar los medios de subsistencia. No sólo se ama a Dios en el enfermo, en el tirado en la calle, en el preso desesperado; es, sobre todo, que se le dan a Dios modos de amarles. El Dios-Padre del Evangelio es el motor del cariño que los religiosos dedican a quien la sociedad se lo niega. Una rara efusión divina que penetra ocultos rincones de la sociedad humana y los perfuma de paraíso. 

¿Existe un precio para esto? 

Written by Redacción

junio 8th, 2009 at 11:31 pm

Posted in Noticias

Tagged with