Irán en la cuerda floja
Este domingo conocíamos que se había cometido un atentado suicida en el mausoleo del ayatolá Jomeini, padre de la revolución islámica. El resultado de víctimas varía según las fuentes. Algunas hablan de dos muertos y ocho heridos, La agencia de prensa oficial IRNA indicó que eran tres los heridos. Que se cometa un atentado contra el santuario dedicado al fundador de la Revolución islámica, da una idea de lo delicado de la situación en Irán. No por el atentado en sí, el régimen de los ayatolas ya sufrió en los años 80 una campaña de atentados que llegó incluso a volar su “parlamento” causando cientos de víctimas, sin que el futuro del régimen se pusiese en peligro.
Pero hoy la diferencia está en las calles, no se trata de pequeños grupos opositores bien organizados, sino del pueblo mismo. Como hace 30 años se escuchaba el grito Allah-u akbar y el Morg dar diktator (Dios es el más grande y Muerte al dictador) en contra del sha. Hoy se vuele a escuchar en contra de Ahmadineyad. Quines salen a las calles, no son revolucionarios laicos izquierdistas. Son musulmanes devotos y conservadores, pero que están hartos de que Ahmadineyad se dedique a financiar a Hezbolah en Líbano, consiguiendo con una lluvia de millones que sale de sus bolsillos, que la milicia chií pueda presumir de unos excelentes servicios públicos, mientras los iraníes aspiran a mejorar los propios. Se trata de una clase media ilustrada que está harta, como lo estuvo en época del sha, que su gobierno se dedique a jugar al ajedrez en la escena internacional mientras abandona la preocupación de la prosperidad interna.
A estas alturas, con manifestaciones diarias de cientos de miles de personas en Teherán y protestas en las principales ciudades de Irán está claro que el movimiento desencadenado por las sospechas de fraude refleja un malestar mucho más profundo. Lo que parecía una querella interna dentro del régimen, porque Musavi viene de la mano del expresidente y ayatolá Rafsanyani, enemigo intimo del actual presidente Ahmadineyad, que incluso llegó a acusar duarnte la campaña electoral a Rafsanyani de enriquecimiento ilícito y anunció que lo castigaría, se ha transformado en algo más, que se escapa de las manos a los lideres iraníes. Jamenei, líder supremo, se apresuró a garantizar a Rafsanyani seguridad frente a las amenazas de Ahmadineyad, al afirmar que «nunca obtuvo ganancias de la Revolución».
La clave de esta crisis está en ver su desenlace, si se queda en un pulso entre Ahmadineyad y Musavi, o se traduce en un fenómeno de mayor envergadura en el que los cimientos mismos del régimen de los ayatolas se ponga en duda por el pueblo iraní. Suceda lo que suceda, lo que está claro es que el desalojo del poder de Ahmadineyad y su clan, sería una buena noticia para Occidente.