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Juan V. Oltra | Botellón social

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¿Les parece aterrador un campo de maíz maldito que crece sobre un antiguo cementerio? ¿Les da miedo una casa del terror de una feria de atracciones en la que resuenan canciones infantiles? ¿Les induce al pánico una visita a un viejo y semiderruido castillo lleno de telarañas y sonidos siniestros? ¿Creen ver el horror cuando reciben una llamada de un amigo que lleva muerto diez años?

Todo esto no es nada, son fruslerías, comparado al espectáculo que supone ver a un grupo de adolescentes, chavales de diversa edad, niños, jóvenes, aprendices de hombre en suma, arrojar su futuro al fondo de una botella. 

Más allá de las molestias personales que supone tener a un grupo de zagales chapoteando en alcohol de quemar, danzando sobre sus coches, peleando, ensuciando, escuchando a todo volumen música que recuerda el sonido de un cerdo dentro de una centrifugadora, más allá del cabreo que supone ver como la policía se pasa por el arco del triunfo el ordenamiento municipal y autonómico de turno, para hacer vista gorda y largarse a hacer sudokus tranquilamente a sus madrigueras, queda el pesar por la degradación que eso supone no sólo para los propios protagonistas sino para la población en su conjunto.

Damos ya por algo normal, habitual, el ver nuestros parques convertidos en discotecas al aire libre por esa juventud, a juicio del gobierno y sus cuates, la más preparada de Europa olvidando las estadísticas que la dejan como culo del saco de la ignorancia. Esa terrible normalidad me hace recordar cuando hace unos años, mientras en Francia los jóvenes se manifestaban por los cambios legislativos que afectaban al mercado del trabajo, también en España los chavales quemaban contenedores y bloqueaban calles. Pero a diferencia de los franceses, nuestros chavales no lo hacían buscando justicia social, sino el derecho a ponerse de alcohol hasta las trancas en botellones callejeros, con lo que si algo nos quedó claro es que a corto y medio plazo la clase dirigente europea será esa juventud francesa, mientras nuestros jóvenes venderán pulseras de colores por las playas al cobijo de los chiringuitos.

Pero olvidémonos, si es posible, de ese futuro patético que les espera y, por ende, al resto de nosotros. Olvidemos a esos padres que lejos de luchar contra el botellón, les jalean y animan defendiendo lo indefendible, la nausea, el vómito y el coma etílico de sus hijos. Olvidemos incluso ese espectáculo lamentable de la kale borroka pija que vimos en fechas recientes en Pozuelo. Lo que no podemos olvidar es a esa niña, Celeste, muerta tras un botellón. Al menos, yo no puedo.

No puedo dejar de pensar que Celeste no estaría muerta de venir del cine, o de otra actividad más propia de su edad; de un lugar donde no pudiera juntarse con lo que nuestros padres llamaban “malas compañías”. Pero eso no solo he de pensarlo yo, tendrían que reflexionarlo muchos padres y, por supuesto, hacérselo ver a sus hijos. Explicarles porque decía Lady Astor que una de las razones por las que no bebía es porque quería saber cuando se estaba divirtiendo.

Tenemos, si, una juventud con mucha información, pero con poca formación; crecen cuerpos danone con cerebros petit suisse.  Y eso interpretándolo por el mejor de los criterios posibles, porque la visión perversa sería pensar que nuestros chavales beben precisamente porque se dan cuenta del panorama que les espera, para olvidar lo que les vamos a legar como herencia. En todo caso, es nuestro pecado el que ellos purgan.

Written by Redacción

septiembre 24th, 2009 at 9:53 am

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