Pedro Rizo | Lo extraordinario es que sea extraordinario
«Ingrato es quien niega el beneficio recibido; ingrato quien lo esconde; más ingrato quien no lo devuelve; y más todavía quien se olvida de él.»
(SÉNECA, ‘De beneficiis’.)
Hace pocos días que en Paracuellos del Jarama, Madrid, el Obispo de Alcalá, Don Juan Antonio Reig Pla, celebró una misa para sufragio de los mártires de 1936 cuyos restos allí reposan. No es corriente hoy en día recordar así, en sagrado, a quienes murieron asesinados, tras cautiverio y vejaciones, solamente porque sus nombres, y sus vidas, quisieron ajustarlos a la fe y tradición cristianas.
Me dicen, y no me sorprendo, que existe cierta contestación a esta misa y al sermón que en ella se ofreció. Cosa muy normal, ¿verdad? A los del bando autor les disgustará se remueva la vergüenza de esta masacre. Parece lógico e incluso respetable pues que heredaron la degradación de sus antepasados, los verdugos. Sin embargo, cosas de este tiempo, no es ahí donde está lo peor de la crítica sino en que procede – sorpresas te da la vida – de facciones de dentro de la misma Iglesia. Algo que obliga a reflexión, empezando por preguntarnos: ¿No será que a estos protestadores les escuece que sus vidas ya no sean dignas de una fe como aquella a la que se subordinaba la moral privada y pública, la deontología, el sentido de Estado, la identidad nacional? Puede, también, que “el escozor” lo provoquen los que promueven este recuerdo, pues que no son en solitario viejos parientes sino españoles de toda edad, y en su mayoría jóvenes, que no quieren que aquel estremecedor paisaje de cruces se arrincone en el trastero de la historia de España. No es lo temido la reacción, si la hubo, de los progres sino el constatar la desidentidad de un clero desnortado desde hace más de cuarenta años. Una clase eclesial muy del mundo y antípoda de sus fieles que les están abandonando en concordancia con la nueva evangelización predicada. Vean esta anécdota. El pasado martes, Día de la Purísima, entramos en una parroquia de Plasencia, Cáceres. Sus fieles éramos nosotros, unas pocas señoras mayores, tres niñas y dos ancianos… a los que el párroco dedicó una homilía en la que en su primera mitad alabó la Conferencia que se celebra en Copenhague sobre el Cambio Climático y la Carta de la Tierra. ¿Qué les parece? (Sí, amigo lector, eso mismo digo yo: De remate y de capirote.)
Volviendo a Paracuellos, qué difícil de digerir resulta que cuando las dos opciones políticas practicables se manifiestan indiferentes a la fe, si no ya contrarias, hayan de ser muchos religiosos de profesión y gran parte del clero diocesano peores censores a un tal acto religioso. Y miren que no es pequeñez una Misa en Paracuellos, sobre un ara de reliquias tan grande. No por casualidad en tierra de mártires como la de Paracuellos se erigieron las primeras basílicas cristianas. En mi opinión, el cuerpo eclesiástico y muy principalmente el secular, debería reconocer que el obispo Reig Pla con esa misa les redime de la ignominia consentida, de la cobardía de muchos y de la alienación de los colaboracionistas. Sobre todo, de esa mentirosa “adaptación a los tiempos” por la que se coquetea con los descendientes de los que apretaron el gatillo, o dieron la orden. Es la constante del progresismo eclesiástico posconciliar, ponernos en ridículo hasta empujar a la Iglesia al precipicio de la desaparición. Al menos, tal y como la habíamos conocido con nuestros mayores.
Era de esperar la presión contra esta bendita misa en Paracuellos. Mas yo me pregunto: Ahora que el Gobierno socialista – es decir, del mismo signo que gobernó en 1936 – están removiendo esqueletos e identificando restos de tantas fosas comunes de la guerra, que hasta confunden huesos de caballos y perros ¿por qué hemos de silenciar Paracuellos que está documentado y testificado…? Allí no se enterraron soldados ni brigadistas de Stalin sino civiles exterminados por pertenecer a una España cristiana y apostar en ello la vida.
Desde luego, pocos cementerios como éste son exponente tan sobrecogedor de las persecuciones religiosas. No hay duda de que por eso quieren hacerle el vacío, evaporarlo en el olvido, particularmente “ciertos algunos”, ¡oh, paradoja!, que visten sotanas y fajines purpúreos. Por ellos pediremos a Dios para que les alimente el alma y alumbre su inteligencia, no sea que den con su alma donde ya ni siquiera creen. Pero, sobre todo, pediremos a Dios que bendiga a S. E. don Juan Antonio Reig Pla, al que del cielo ya adivinamos descienden sobre él miles de gracias, una por cada alma que se benefició con su misa.