Archive for the ‘pedro conde’ tag
Pedro Conde | La hipocresía de la Iglesia
Podría haber titulado este trabajo con otros sustantivos como la cobardía, la infidelidad, la traición, la impostura, etc., cualquiera de ellos, o mejor, todos juntos definen hoy y en general la conducta, la imagen, la actuación de esta bimilenaria Institución que, como dice el castizo, empezó su negocio con un burro entre ramos de palmeras, hosannas…y hoy todos tienen su “haiga”. En honor a la verdad, que es a la que quiere honrar este artículo, hay que destacar la grandiosa y verdaderamente santa excepción de los misioneros y misioneras o la de las monjitas que cuidan a enfermos, desahuciados, desheredados de la Tierra, etc., verdaderos Cristos en ella. Pero quedan tan pocos…
Sin salir de España, la radiografía que nos da el cuerpo eclesial es de metástasis, de organismo carcomido por los cánceres; en definitiva, de situación casi terminal. Una parte del clero que acoge y ampara terroristas, que no obedece al Papa, jefe supremo; que acepta o rechaza obispos según la ideología política, ésta, a veces, la más enemiga de la teología. Unos cardenales nacionalistas y, por tanto, separatistas, que cierran los ojos ante la tergiversación de la Historia que se hace en las escuelas, ikastolas y colegios de su órbita o ante algún cura que infringe los más humanos y elementales principios del cristianismo como es el derecho a la vida, amparando y pagando el aborto; o consentir el derrumbe a piqueta de la dura y estática Geografía para crear naciones donde nunca las hubo, geografía marcada y separada por ríos que desde su fuente de nacimiento hasta su desembocadura marcan una línea continua que es la línea más fiel y diáfana de cómo se fue construyendo la Historia de España…Y estos curas callan, se adaptan a los planes de estudio más analfabetos y dañinos que se hayan podido concebir, a cambio, entre otras cosas, de suculentas subvenciones. No se trata de entrar en política sino de clamar contra la mentira, la manipulación, la incultura intencionada y la tergiversación de valores y principios.
Y de vez en cuando a alguno de ellos se le oye decir, al eco de la voz de Cristo, “la verdad os hará libres”. Qué cinismo, que hipocresía, qué desvergüenza. Mas no seguiré por ahí, no seguiré exponiendo la caída de una Institución que tendrá todo lo que se quiera de católica, que significa universal, pero que ha ido pediendo a veces gota a gota, otras, a chorros, el vivífico, salvador, inmenso y fertilizador caudal del cristianismo.
No entraré tampoco ahora en las tremendas contradicciones teológicas en las que caen hasta los Papas, como los dos últimos, Juan Pablo y Benedicto, respecto a la existencia del Infierno. Ahora tampoco existe ya, por ejemplo, el limbo de los niños o seno de Abraham. ¿Adónde habrá ido a parar? Quién sabe. El limbo se ha ido al limbo. Conste que a mí me da lo mismo de aquello que siempre intuí, con el uso de la razón, que era una de tantas solemnes bobadas como se le pudo ocurrir a un iluminado, especie abundante y simbiótica de las religiones. Lo que ayer, en mi niñez no más lejos, era pecado mortal hoy es silencio vergonzante. Se han cambiado las normas, dicen, ¿también la verdad? No seguiré ya digo porque entre el derrumbe y el caos puede quedar todo en un inmenso ridículo.
Volveré a la búsqueda de la verdad, sí, a la defensa de esa verdad en la que uno cree y ve como se escamotea. No hay ejemplo más sangrante e inmediato de su escarnecimiento y cobardía que lo ocurrido en el trágico, y marcado con página propia en la Historia de España como el 11-M, aquel 11 de marzo de 2004, día con el que un terrible atentado, en que morían ciento noventa y dos personas y quedaban heridas y lisiadas otras mil ochocientas, se cambiaba el rumbo de las Historia de España.
En la llamada emisora de los obispos, la COPE, hasta hace poco trabajaban tres personas, Federico Jiménez Losantos, César Vidal y Luis Herrero, tres locutores que desde aquel criminal día no han parado de clamar, como voz en el desierto, por la búsqueda de los criminales que lo ejecutaron, el cerebro o cerebros que concibieron y diseñaron tan milimétricamente aquel atentado; atentado que cambió para mal el rumbo de la Historia de España y que quizá sea el origen de su autodestrucción.
Estas tres personas, que viven con escolta, han sido expulsadas de tal emisora no por los malos resultados de audiencia, que es el objetivo de toda empresa de este tipo, sino por ser molestas a los poderes del Estado, a todos. Y una de las mayores molestias ha sido y es la denuncia permanente de ese horrendo crimen colectivo. Aunque sólo fuera por este objetivo, la Iglesia debió estar a su lado como obligan todos los mandamientos y principios de la religión, la ética y la moral. Sin embargo los ha echado, los ha despedido contra toda lógica económica por cuanto ellos estaban liderando los programas de una de las mayores audiencias de la radio. Claro que en el pecado la Iglesia lleva su penitencia. La COPE ha tenido un auténtico derrumbe en el número de oyentes, lo que hace suponer que también de ingresos.
No es que yo estuviera siempre de acuerdo con las opiniones de estos tres señores. Sí lo estaba con la valentía para decir su verdad y buscarla, con todos los riesgos que conlleva, allí donde la oculten para engañar alevosamente a la sociedad, al pueblo, a esta ciudadanía átona. Y en la búsqueda de esta verdad, la de aquel horroroso atentado, estoy absolutamente de acuerdo con ellos. ¿Adónde están los púlpitos de la Iglesia para clamar por ella, por esa verdad sangrante?
Quizá algún día se aplique lo que Roma hizo con los traidores, hace dos mil y pico años, en estas viejas tierras de Hispania.
Pedro Conde | José Antonio, ni de derechas ni de izquierdas, español hasta la muerte
Quizá tuviera que atemperar mi pasión para hablar de este personaje. No puedo. Yo lo descubrí leyendo en mi casa aquellas primeras Obras Completas, que no lo eran tanto. Hoy sé mucho más de la magnitud de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia en cuya alma penetré a través de sus elegantes y ajustadas palabras. Era casi un niño, quince o dieciséis años, cuando inicié la lectura de los discursos, parlamentos y artículos de este hombre del que se decía haber sido fusilado por los rojos; al que veía encabezando la lista, junto a la cruz de los caídos por Dios y por España; en cuyo recuerdo se cantaba el Cara al Sol con los brazos en alto y extendidos; del que, al final, se gritaba ¡Presente! Un personaje que ponía un nudo de emoción en la garganta de aquellas juventudes con la camisa de color azul mahón, neto y proletario. Palabras suyas con que definió tan emblemática camisa como única prenda que habría de distinguir aquel movimiento revolucionario, con el trabajo como fuente primera de producción, movimiento esperanzador para una España chata, rota, derrotada, crispada, inculta…injusta hasta la desesperación de las masas españolas hambrientas.
Es en esta España harapienta y enfrentada en la que aparece la figura de un político distinto, que, por sus orígenes, podría parecer todo menos el justiciero de los pobres, de los obreros, de los campesinos, de los analfabetos y de los muertos de hambre. Pues lo fue, sí, o quiso serlo y no lo dejaron por la incomprensión de un lado y la saña del otro. Aquellas izquierdas de entonces, la mayoría de cuyos líderes envenenaban con su rabiosa y resabiada demagogia las mentes y las almas de los explotados. Derechas de entonces a cuyas élites les sobraba hipocresía religiosa, altanería de clase, orgulloso desprecio de los humildes e injusticia hasta desembocar en una sociedad dividida por el odio cainita; derechas que, sin embargo, no se olvidaban de ventear la bandera de España desde la cumbre de sus cicateros y exclusivos intereses. En réplica, los de enfrente, las izquierdas tremolaban banderas extrañas como la de la hoz y el martillo, enseña del comunismo, una de las mayores estafas intelectuales, políticas y sociales de la Historia de la Humanidad.
Y en este contexto histórico nace a la política José Antonio. Que sí, que nace en el fascismo pero que como un meteoro intelectual se aleja a la búsqueda de una vida digna, apacible, y democrática, son palabras suyas, para el pueblo español. Su pensamiento avanza hacia una democracia para el hombre que no para el partido. Una democracia auténtica, directa; en la que sea cual sea la condición o clase del individuo, éste desarrolle la plenitud de sus valores hasta alcanzar el puesto que le corresponde en la sociedad, la misma Jefatura del Estado, aunque sea el hijo del más humilde trabajador. Una sociedad en la que la única aristocracia que exista sea la del trabajo.
Pero además José Antonio fue todo un estilo. Un arquetipo lo ha llamado el catedrático emérito Enrique de Aguinaga. José Antonio dejó rubricada con su sangre una manera de ser y estar ante la vida; un estilo ético de tal magnitud que la Historia tendrá que reconocerlo, ya empieza a hacerlo, como una de las figuras de ese puñado exquisito y reducido de hombres y mujeres excelsos. Para conocerlo a fondo, descontado mi apasionamiento, hay que leerlo hasta entrar en el tuétano de sus palabras en las que está impresionada a fuego su alma grandiosa. Para saber de José Antonio hay que empezar a leerlo por su testamento.
De la sorpresa por su descubrimiento, al leer sus escritos, como un tipo excepcional, hablan decenas de intelectuales, políticos, artistas, de derechas o izquierdas, españoles o extranjeros. Desde el cantante “Loquillo” hasta Miguel de Unamuno pasando por Salvador de Madariaga, Rosa Chacel, etc., etc. Sorpresa en la sala y el tribunal que lo juzgó y condenó a muerte, como refleja él mismo en su testamento: “Ayer, por última vez expliqué ante el Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones repasé y aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: ¡Si hubiéramos sabido que era esto, no estaríamos aquí! Y ciertamente no hubiéramos estado allí: ni yo ante el Tribunal Popular ni otros matándose por los campos de España”
Ni siquiera muchos de sus sedicentes seguidores lo han leído; lo peor que le puede pasar a un creador y su doctrina. Por desgracia tengo pruebas. Así salieron también las cosas.
Un personaje, en fin, que lo tenía todo: porte físico, valentía sin fanfarronada, abogado de talla. Conozco casi directamente lo que dijo de él Sánchez Román, catedrático, republicano, de izquierdas y uno de los padres de la Constitución de la República: “Estamos ante un de los mejores abogados de España”. Tendría José Antonio entonces unos veintiocho años. Cuando Miguel de Unamuno se enteró de su muerte vino a decir que habían matado a uno de los cerebros privilegiados de Europa. Encima era marqués de Estella y Grande de España. Podría haber llegado en cualquiera de aquellos partidos de la República a líder o ser el Presidente del Gobierno o Jefe del Estado. Pero no, no comulgaba con tanta trampa, tanta mentira, tanta vileza, tanta traición, todo disfrazado de democracia, contra su propia Patria a la que tanto amaba a pesar de no gustarle.
Por una España más justa, más digna, más libre, más grande, como antigua descubridora y civilizadora de pueblos, murió en plena juventud y en un paredón, como sólo mueren los héroes. En ese testamento figuran estas palabras: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”.
Pedro Conde | La “chusma política”
Recientemente, alguien ha definido a la actual clase política como chusma. Sí, como “conjunto de pícaros o gente vil”. Es sabido que en cualquier organización o colectivo existirá siempre una porción de rufianes, pícaros y bergantes que darán fe de la imperfecta condición humana. Los partidos políticos resumen el ejemplo o paradigma más estridente y evidentemente clamoroso de lo definido. Pero se supone, y ello nos sirve de cierto alivio que no de complacencia, que esa parte villana, abyecta y canalla circula diluida por el circuito venoso de ese organismo partidario, como lo hacen los virus en el torrente sanguíneo del cuerpo humano.
Pero ¡ay!, que no; que, en estos momentos, esos viles, bellacos y tunantes están en la cabeza y a la cabeza de los partidos y son los que dirigen, marcan el rumbo, mandan y ordenan, hacen y deshacen dentro de los mismos. Y, para más inrri, en nombre de la democracia. ¡Pobre! Qué culpa tiene la buena señora. Así no hay quien la defienda frente a quienes la llaman de todo: puta, ramera, iza, rabiza y hurgamandera. Ni siquiera osamos hacerlo quienes en su día fuimos a la cárcel en demanda y defensa de la misma, entre otros motivos. Por mi parte, nunca equivocaré democracia con partido; porque aquélla pueda degenerar en “cacacracia” por culpa de éste que a su vez suele bastardearse en partida al modo de la de Luis Candelas y otras partidas de bandidaje célebres. Con la experiencia y perspectiva de los años uno se plantea el escenario y la escena de que si volvieran aquellos tiempos sin democracia, se diría: “el que quiera democracia que se moje aquello que algunos confunden con las témporas”. Estoy seguro que si un suceso como aquél se volviera a repetir, muchos, muchísimos, que hoy están de este lado de la mesa donde está sentada, que no asentada, la democracia, se pasarían por debajo de ella para sentarse, como alma que persigue el diablo, al otro lado nada más ver las orejas de un dictador, para seguidamente decirle a éste y si preciso fuere, de rodillas: “Yo siempre estuve de su lado y de este lado”.
Los caracoles han dejado demasiada baba como estela como para no saberse de memoria el camino de retorno al puesto que tenían allí.
Conste que nunca he creído, a las pruebas me atengo, que los únicos protagonistas y actores de la democracia sean los partidos políticos. Al menos con la estructura antidemocrática que conforman a los españoles actuales. Si la ciencia política ha parido su último y definitivo pensamiento sobre la democracia y la estructura actual de partidos como sus únicos agentes y ejercientes, creo que a la tal ciencia le falta ciencia y le sobra filfa política; a pesar del gran Churchil. El verdadero protagonista es el individuo. Busquemos la fórmula que le permita a éste su ejercicio en voto y en protagonista hasta las últimas consecuencias y primeras instancias. Por eso, entre otras cosas, creo firmemente que la monarquía es desde hace muchos años una “cáscara vacía”, sin sentido y costosa para las arcas públicas. Atengámonos a algún ejemplo, entre otros. ¿Qué esta haciendo la monarquía y su representante actual por la necesaria y vital, para todos, incluso para los insensatos separatistas, unidad de la nación española? Por mi parte, estoy propugnando la República pero no como aquella Segunda de 1931 cuyos Presidentes sin sentido de Estado y al servicio de sus partidos no hicieron mejor papel ni realizaron mejores actos que el actual monarca por la ineludible e imprescindible unidad de España. Este señor tiene que saber que como España se derrumbe, los cascotes le harán añicos la corona; aunque a mí me importe muy poco ésta y sí España que es mi Patria con mayúsculas.
Colofón. “Españoles, me refiero a los auténticos -los tibios, “talantosos” y traidores están descontados- españoles, o limpiamos y purificamos a esta delicada señora que es la democracia y sus sedicentes protagonistas los partidos, o su actual sucia y pútrida túnica nos servirá de sudario”.
Pedro Conde | Puestos a hacer demagogia…
Continuemos con R. Zapatero, de tan ínfima calidad ética y política que sólo la bruticie de una masa de analfabetos, el voto resentido o el voto cautivo de quienes viven de su vidriosa y sucia política lo sostienen en esa peana de cartón piedra y burbuja. Qué poco le queda para deshacerse. No olvidemos el voto interesado y calculado de colectivos como gays y lesbianas, artistas de birlibirloque y pseudosindicalistas…
¿Cómo se puede votar a un sedicente socialista que se lleva a sus vacaciones una plantilla de quince cocineros más una cohorte de sirvientes? Con los pinchos de barra que se debió de comer en el Barrio Húmedo de León. Se ve que el burguesito con vitola roja tiene el paladar exquisito; aunque no creo que mucho mejor que el de miles de parados que sólo pueden paladear unas sopas de ajo diariamente; si es que les llega para comprar el pan, el ajo, el pimentón y después pagar la cuota del agua.
Socialistas cinco estrellas. Progresistas del siglo XXI. ¡Arriba los pobres del mundo!
La señora, doña Sonsoles, dicen que en palacio ha instalado inodoros y bidets con perfumes y vapores para tener oloroso y fresco el tefanario. Vamos, lo mismo que el retrete de la mina. Socialista Chanel.
¿Seguimos haciendo demagogia para que enteren los recalcitrantes mineros de Rodiezmo qué es ser socialista a estas alturas de los tiempos? El mismito socialismo que les quemaba el alma a sus padres y el grisú los pulmones, allá en la mina.
Vamos a pasar de puntillas por el sociata, pasmo de Triana y Sevilla, don Alfonso el Guerra cuyas humoradas mitineras contienen más demagogia que carbón en todas las minas de España. Despachémosle nos obstante con un preguntita: ¿cuánto suma ya la fortuna de todos los hermanos Guerra?
Que no se vaya de rositas ese vicepresidente, Chaves, a cuyo lado Nepote era un monje mercedario. ¿Por cuántos milloncejos se ahorcaría toda esa saga chavista de Andalucía?
¡Ah!, ¿y qué demagogia hacer con doña María Teresa Fernández de la Vega, socialista de transición, hija de Wenceslao Fernández de la Vega, falangista a las órdenes de Ministro de Franco, José Antonio Girón de Velasco? Cien trajes se ha dicho y repetido que tiene en su armario la dama socialista, casi como pares de zapatos tenía aquella Imelda Marcos, de Filipinas. Y a fuer que los luce, aunque el cruel refrán la castigue sin contemplaciones. Y es que la mona…
Espiguemos otro ejemplo entre las cientos que podríamos aportar. Este destaca por la ingente cantidad de demagogia que como un muladar se levanta a nuestro lado y cuyo hedor es inaguantable. El ejemplo es una tal Leire Pajín, creo que tercera en el escalafón de partido, que hace años se sabe que ni es socialista, ni es obrero y lo de español de toca de refilón, como es el estar inscrito con ese nombre en el Ministerio competente. La tal Leire, leire, leire, ole y ole, se embolsa al mes 18.000 euros, tres millones de pesetas. Esto es ser socialista y lo demás son bobadas. No perder de vista el dato; eso que sepamos oficialmente. Veremos qué sale de Benidorm. No adelantemos acontecimientos, para que la demagogia de hoy no nos traicione mañana. Y lo bien que imparte doctrina, la niña Leire, con las sopas de colegiala aún en la boca. Qué sabiduría en política, en derecho, en economía, en astrología…,¿También en ortografía?
Pero dejémonos de demagogias. He acabado harto de hacerla. Aquí sólo hay un sujeto imputable y culpable de ella: esa porción grande, demasiado grande para mal de España, de ese pueblo gárrulo y melón que vota a semejantes sinvergüenzas e insolventes.
Pedro Conde | La mediocridad en el Poder
Hace tiempo sospeché, hoy lo tengo constatado, que la democracia es campo abonado para mediocres, que abundan como hongos camperos e invaden las más altas cotas y terrenos de la política. En estos momentos tal certeza se cumple como absoluta en los predios hispanos y se puede extender la creencia a toda Europa así como a todas las democracias del mundo. Son muchos los estúpidos llegados a la política que no saben articular una palabra y dar un paso a la vez, ni a la inversa, como se decía en Estados Unidos de aquel que llegó a la Presidencia desde, creo, una plantación de cacahuetes y aún vive. En honor a la verdad, el dicho se refería a dos funciones un tanto escatológicas, como era escupir y soplar por los carrillos occidentales al mismo tiempo. Cosas de la gran democracia americana en la que todo un Presidente puede ser echado a patadas de la Casa Blanca por mentiroso. Qué envidia. Acá, un Presidente se consolida más cuanto más miente.
Aquí, en España, la mediocridad está instalada de arriba abajo, desde la Zarzuela, pasando por la Moncloa, hasta el ayuntamiento pedáneo de Guarramelón de la Medianía. La clase política, con las excepciones de siempre que confirman la regla, es tan limitada y vulgar en sus valores que entre otros males y daños han puesto la nación a la que pertenecen en riesgo de destrucción. Entre otros males y daños, digo, porque son muchos más los infligidos a aquélla por la mediocridad de tanto mentecato metido a político.
La mayoría de estos individuos que se dedican a la res pública no la sienten como vocación, como un servicio al pueblo, del que se extrae su dignidad, su orgullo y hasta su pequeña, permisible y aceptada vanidad. Y es que el honor, que es el carné de identidad del alma, no es precisamente su primer atributo. ¿Qué es eso de honor? He ahí una pregunta que apenas se hace nadie en una sociedad indigna en la que la cartera, la buchaca, la bolsa, la faltriquera, las alforjas de la pastizarra, han ocupado su lugar; cuando el honor tiene su sitio y el dinero el suyo. Tan entredicho está hoy el honor que hasta un famoso locutor de radio, valiente por otro lado y tozudo como buen aragonés, sin pelos en la lengua, de vez en cuando se pregunta qué es eso del honor cuando alguien lo saca en su defensa. A mí me parece que es preguntar por un valor, un principio, una condición, un atributo, un patrimonio, que se tiene o no se tiene. Y qué duda cabe que hay quien lo tiene y le sirve de guía para su conducta en la vida. Es un acicate, es una flecha que le marca la dirección hacia el horizonte del deber. Es un mandamiento del alma para no caer en la indignidad. Es, en definitiva, “la cualidad que impulsa al hombre a conducirse con arreglo a las más elevadas normas morales”. Es cumplir con uno mismo para y por respeto a los demás. Es acatar las leyes justas; como es combatir, con todas las consecuencias, las injustas. El honor es plantarse frente al poderoso indecente, malvado y soberbio; como es defender al humilde digno y nunca al indignamente humilde.
Los mediocres son peligrosos cuando ignoran sus propios límites, su propio techo, y rebasan ambos. Entonces la mediocridad se convierte en osadía; lo que viene a hacer cierto aquel refrán de que no lo hay más atrevido que la ignorancia. Y en política, un mediocre osado es un peligro público.
Lo cierto es que la democracia paga muchos tributos a su propia generosidad y envergadura. Es un sistema tan abierto que hasta los analfabetos funcionales son libres de decir las mayores bobadas sin censura. Es más, los verdaderos intelectuales, los capaces, pueden quedar sepultados por el magma inmenso de la mediocridad rampante e imperante. Por eso la elegancia intelectual y el desprecio a la plebeyez hace que los dotados dejen el hueco al ejército de indoctos y mediocres que toman al asalto la ciudadela de la democracia. Es el momento en que la barbarie eleva a ésta a la categoría de ninfa y meretriz de la libertad.
Pedro Conde | Las trituradoras
Se dice que el que no tiene coco no tiene miedo. ¿Qué miedo tendrá el Partido Nacionalista Vasco, el PNV, y cuántos serán los cocos que le aterran para haberse comprado dos máquinas, se cuenta, de hacer picadillo de papel?
Esperemos que con ese picadillo no nos quieran vender ahora chorizos de su marca. ¿He dicho chorizos? Pues sí, chorizos de marca PNV, con denominación de origen “Sabinechea” o casa Sabino Arana. Por cierto, tomándole como referencia y a manera de acotación, ¿a qué etapa de las dos en que Sabino Arana definió su presunto pensamiento político, se adhiere el PNV? ¿A la primera: racista, xenófoba, fundamentalista católica, misógina, antiliberal, etc., o a la segunda: más corta, la del arrepentimiento que da la experiencia de la vida, la vascoespañolista?
¡Qué tendrán que ocultar!, ¡qué tapar!, ¡qué enterrar!, ¡cuánto cadáver que sepultar!…, pero, ¿tanto miedo os da vuestro propio pasado? Porque es vuestro, claro, si fuera de otros, en vez de dos trituradoras habríais comprado mil fotocopiadoras para empapelar Euskadi con las hipotéticas vergüenzas de los verdaderos vascos y el resto de maketos que se sienten españoles.
¡Cuánto tenéis que ocultar! Entre otros vicios vuestra jesuítica hipocresía. De vuestros negocios, la estructura mafisiciliana en que acaba todo, hasta la economía, cuando durante tantos años se tiene el poder absoluto que, como todo poder desmesurado, lleva dentro un Polifemo, el gigante de un solo ojo, la corrupción que todo lo engulle, hasta la dignidad. Lo vuestro era ya un entramado y tramado de familias, urnas, pesebres de votantes, como vacas estabuladas en caserío, subvenciones endogámicas, socorro de y a terroristas, a pesar de que éstos os odian como el marxista lo hace con el burgués…, era la cobardía instalada, la mentecatez del racista, el proxenetismo intelectual de las ikastolas, la deformación y envenenamiento de las conciencias juveniles, la mentira contra la Historia, la sublimación del mito, la negación de las propias glorias vascas como las de aquellos almirantes euskaldunes que descubrieron nuevos mundos y circundaron por primera vez la Tierra al mando de las naves del reino de Castilla y de cuyas hazañas estamos orgullosos los vascos de verdad y el conjunto de los españoles.
Dicen las noticias que están retrasando, hasta el límite de la ley, la entrega del poder que han perdido en las urnas frente a los que creen en la Constitución; dicen que habrá que enviar la ertzaina para desalojarlos. Sería un espectáculo. Todos con el culo pegado al sillón y no a la inversa. ¡Pobres sillones!, aguantar tanta diarrea mental durante tantos años y ahora no poder despegarse de esos antifonarios escocidos. Pues, ¡hala!, a casa con el sillón adjunto.
Ibarreche, ese trasunto de las estepas asiáticas, cuya cara no desmiente la de un cosaco, ni tampoco la de un tártaro torturador de mentes infantiles, tenía un plan. ¡Soberanista! Nada más y nada menos. Sólo a un cabeza de chorlito se le ocurre inventarse una nación en el océano de la universalidad del siglo XXI. Vamos, como construir un puñado de caseríos en el corazón de Nueva York o en el de Tokio o en el de París o en el de Pekín…rodearlo de una empalizada y colocar la ikurriña, la crucífera independiente, en la chimenea del caserío más alto.
No hay ningún intríngulis en el plan. Ellos saben y nosotros también de la ucronía del mismo, del destiempo del suceso; pero también del negocio. O me sueltas más y más y más tela de banco, por cierto del Banco de España, o me declaro independiente. Es el espantajo del separatismo, como chantaje a la Historia, a la verdad, a la convivencia, a la libertad y a la pedestre buchaca. En esto consiste todo el plan Ibarreche y sus secuaces.
El separatismo, sin embargo, en busca de una hipotética identidad perdida, es la ruina y empobrecimiento de una cultura vascoespañola que tiene una antigüedad milenaria. La idea del separatismo, de una nación independiente que nunca existió, ha convertido a jóvenes e inmaduras mentes en cerebros obtusos y criminales. Qué enorme irresponsabilidad, qué terrible daño, qué demanda ante el tribunal de esa Historia están provocando a las futuras generaciones que los maldecirán por su gran torpeza, por su inconmensurable mentira, por su ominoso sectarismo, por su ratonil ambición de dominio y poder.
Separatistas, enanos nacionalistas de inanidades, sois los peores y mayores enemigos de esa bella, singular y entrañable tierra, glorioso trozo de España, que es Vasconia, el País Vasco, Euskadi, Euskalerría o como queráis llamarla.
Pedro Conde | El principio de la vida frente al feticidio
Introducir en la discusión de principios, y el de la vida lo es por antonomasia y origen, introducir palabras, digo, con la pretensión de ideas cuando tales palabras no tienen más categoría que la de eslóganes y, lo que es peor, no pasan de recursos justificativos de conductas neblinosas y sus intereses, es introducir el vicio y el vacío en el pensamiento.
Es el caso del progresismo y sus secuaces, los progresistas. El progreso es cosa diferente. Decir que el aborto libre es de progresistas, es elevar a la categoría de principios la afirmación insensata de que matar es más avanzado que defender la vida. El aborto es el monte Taigeto de los progres sibaritas e irresponsables. El sociólogo Amando de Miguel, escribiendo precisamente del aborto, viene a decir que los progres lavan bien sus culpas con la manipulación del mensaje.
Y conste que no olvidamos la tragedia de tales madres en ese trance. Para algunas, las que son conscientes, pavoroso. En cuanto a las leyes, para los casos especiales están las leyes especiales; para los comunes y generales no hay justificación legal alguna.
Abortar voluntariamente es matar. Y ahora, si los que creen lo contrario quieren, entremos en matices. Por cierto, ya hay que forzar al pensamiento y al alma para aceptar matices en lo que es el asesinato de la vida en sus orígenes; que no lo es menos que si la matan en sus postrimerías, en la ancianidad. Entremos en esos matices por estar a la altura de que quienes sin tales matices defienden el feticidio que es el primero en la escala de crímenes que puede cometer el ser humano y al que siguen el infanticidio, el homicidio, etc.
“Es que a los dos semanas, es que a las doce, es que a las veinticuatro…” Y es aquí, en el tiempo del desarrollo del feto, donde empiezan los matices, mejor dicho, las rotundas afirmaciones de los abortistas que, no olvidemos, son también los progresistas por antonomasia. Lo son tanto que sus argumentos tienen más base en su particular manera de entender el progreso, el progresismo, que en la duda de si están defendiendo la muerte frente a la vida; en si reventar una vida en el claustro materno es un crimen o no. Este es el momento en el que el tal progresismo es elevado a la categoría de derechos individuales y si ello es un crimen o no, queda relegado y sometido a la libertad de cada uno. Como si ésta, la libertad, fuera también el único y supremo derecho no obligado al código universal y natural y al propio de la conciencia. Ponen la libertad en el pedestal de diosa de todos los derechos
“Nosotras parimos; nosotras abortamos”. Y como una deriva de ese pensamiento sin matices, podríamos añadir: “Nosotras concebimos; nosotras decidimos matar”. No quiero pensar en las tareas que siguen a tan horroroso hecho como las de ese doctor Morín, de oficio abortivo millonario, y caer en la tentación de creer que si su madre hubiera pensado lo mismo que él sobre el aborto, cuántas máquinas de picar carne se hubieran librado del horrendo uso al que las sometió. ¿Ninguna de esas madres abortistas que ha dejado en manos de este monstruo o de otros el feto asesinado, carne de su carne y sangre de su sangre, ha meditado en el terrible espectáculo de verlo posteriormente hecho picadillo como lo magro de un cerdo?
¿En qué momento empieza la vida? He aquí la gran pregunta en la que debe estribar el peso inconmensurable de un suceso vital y la responsabilidad en la toma de una decisión que, conocido ese momento, no puede calificarse más que de crimen, de asesinato, como es el de la decisión de abortar.
Ante la pregunta, los científicos se dividen y enfrentan, los creyentes lo hacen con los no creyentes, los sedicentes progresistas con los conservadores, los proabortistas con los de provida…¿Cuál es el momento, el nanosegundo, el segundo en que se inicia eso que conocemos como principio de todos los principios, la vida? Sabemos que la madre lo detecta biológicamente a los pocos días, al mes; suceso que confirmarán las pruebas médicas o de laboratorio. Para ese lapso de tiempo nadie podrá negar que una vida se ha iniciado. Si la cercenamos ahí, esa persona que empieza a serlo ya no será posible. Hemos yugulado esa vida que había comenzado.
Volvamos a la millonésima de segundo o al segundo en que todo hecho vital del hombre, de la planta, del animal…tiene arranque y principio. Su big bang. Es el momento en que más que a los científicos, sin menospreciarlos; a los progres, lo contrario; a los filósofos, un respeto, a los teólogos, a los que sólo Dios entenderá, a los psiquiatras y psicólogos, buceadores de los abismos del individuo…, es necesario acudir al sentido común, que se basa en las evidencias que nos rodean y dan a su vez sentido al existir; el sentido común que debería ser el principio de toda ciencia y el foco y luz de todo saber. Precisamente la luz, una de esas evidencias que todos los días nos confirma ese sentido. No se enciende la bombilla si dos polos de carga opuesta y complementaria no se ponen en contacto. Producido éste, se hace la luz, se enciende la bombilla al instante, desaparece la oscuridad que es una semejanza de la nada. Arranca el motor cuando la chispa inflama el combustible. Existe el agua en el momento en que dos átomos de hidrógeno se unen con uno de oxígeno. Una planta inicia su vida cuando el polen de una fecunda el estigma de otra; ahí empieza la germinación de un nuevo ser, una nueva planta. Y la vida humana principia, como todas que necesitan dos seres de género distinto, cuando éstos unen, funden sus gametos, masculino y femenino, el espermatozoide y el óvulo, y forman la primera célula inicial e iniciática de la vida del nuevo y distinto ser. Algún momento ha de ser el original de esa nueva vida. Ese big bang como el que da nombre al punto cero, el del nacimiento del universo. ¿Puede haber duda, que no vaya contra el sentido común, de que la vida ha tenido principio con esa célula resultante de la fusión de esos elementos de signo irrenunciablemente complementario aportados por dos individuos parentales? A los treinta días, a los cuarenta, a los setenta…todos esos números o semanas nos confirman que hubo un día inicial; día que tiene tanto valor como vida que esos mismos treinta, cuarenta, setenta o los cien años, si los viviera la persona.
A partir de ahí, toda intervención contra esa célula primigenia, independiente y multiplicadora, es el corte y anulación del existir humano que, según los casos, puede tener la categoría penal, ética y moral de asesinato. Lo dicta el sentido común contra el que la ciencia no debe tener nada, puesto que la ciencia ha de fundamentarse en aquél; salvo que sea un saber de brujos, alquimistas o tratantes de ganado.
Existe otra ciencia, sí, la de los racistas, equiparable a la de los cavernícolas modernos, de braga y calzoncillo, que no llevan taparrabos porque se pasó la moda, ya volverá. No sé si el hombre retorna siempre a sus orígenes; desde luego en cuanto a rudos sentimientos parece que sí; el cavernícola, aunque sea proge y moderno, retorna sin duda; para él la vuelta al principio de los instintos cavernarios es una ley de hierro.
Pedro Conde | Zetapé, lárgate
No puedo acudir a tu decencia, ni a tu honor, ni a tu dignidad, para pedirte que en nombre de cualquiera de estos valores o de los tres juntos, dejes la Moncloa, la Presidencia del Gobierno, aunque sea por la puerta de atrás; porque los desconoces, porque careces de ellos. Ni tienes decencia, ni tienes honor, y, claro, si de estos dos estás falto, de la dignidad que es su compañera inseparable estás horro. Deja la política de altura, dedícate a la de bajura, a la de baja estofa y estafa. No has nacido para hombre de estado; tu cuna política fue un asiento de culiparlante en el Parlamento; solo el “fatum”, la fatalidad unida a la tragedia te elevó, como el magma de un volcán en erupción, a alturas de las que caerás como un globo deshinchado, como un pelele subido a la cumbre de la montaña contra su voluntad. Pero ¿tendrá voluntad un pelele, que no se confunda con la ambición? Y ¿adónde puede llevar la voluntad desorbitada por la ambición de un pelele? A la ruina. A la suya, seguro; a la de España, si le aguantamos un día más. Está vaticinado; sobre todo su trágica caída. Volveremos sobre el asunto dentro de poco.
Un mentiroso de oficio no merece ningún respeto. Así que no me pidan que se lo tenga a este personaje que no se lo tiene a sí mismo.
Mejor que tú lo haría un zapatero de oficio, de los que yo he conocido y más de uno amigo, aunque sólo fuera para dimitir con decencia ante sus errores. Te vuelvo a recordar que tus errores empezaron con horrores. En el olvido, en la ocultación y en la tergiversación de éstos, de los horrores, empezó el crepúsculo de tu amanecer.
Zapatero, marrullero, tu astucia es la propia del mentecato, del tipo falto de juicio, de individuo de flaco entendimiento que miente todos los días para poder sobrevivir al siguiente. Es una estrategia de patas cortas que no sirve nunca, a ti tampoco, cuando hay que saltar con arrojo sobre un abismo como es el de esta crisis. Estás a punto de caer y perderte en el infierno del olvido. Empezaste mintiendo tres días antes de las elecciones cuando propalabas lo de los terroristas suicidas por periódicos y radios. Has mentido sobre tus conversaciones secretas con terroristas. Has vuelto a mentir prometiendo paraísos de prosperidad. Has ofendido a la verdad cuando el pueblo mochales no veía esa crisis y a ti te estallaba en tu propio palacio. Mientes cuando no eres más que un monaguillo del G-20 y simulas ante la masa ignorante que eres uno de ellos. Quizá cuando regreses de esa reunión hayan creado para ti el puesto de lacayo de honor, el geveintiuno de los friegaplatos.
He llamado mochales al pueblo, al menos a esa parte del pueblo español que te ha votado por dos veces, porque no habiendo perdido el juicio no es posible meter una sola papeleta en las urnas con tu nombre. Tienes tan poca talla ética, intelectual y política que ni tu telón de mentiras puede ocultarlo. Tu sonrisa de muñequería es tan artificial que siempre acaba en carantoña.
Pero ¿es posible que no te conocieran al segundo día de presentarte? Como ves, te doy el margen de un día. Justo el primero en que te hiciste visible en público. Empiezas a actuar y tus manos, al moverse en el discurso, se ve claramente que no se coordinan con el pensamiento. Tus ojos se abren como platos a la caza de un pensamiento de fuera porque tu mente no contiene ninguno. Mientras, destellas la sonrisa intermitente y de flash, como mandan los cánones del asesor de imagen, para que la masa simple y arrebolada simplifique, al unísono contigo y tu vacío, con esta profunda reflexión: “Qué simpatía tiene el tío”. Este es todo tu bagaje. Pues ¡anda que el equipo! Dime a quién nombras y te diré quién eres.
Zetapé, lárgate.
Por tu bien, por el bien de España, que no es un concepto discutido y discutible, como no lo son el de Francia, ni el de Alemania, ni el de Inglaterra,…y como tú por contra afirmaste en pleno ejercicio de Presidente del Gobierno de esta nación. ¿Cómo llamar a esto de ser Presidente del Gobierno de una patria en la que no crees? ¿Inconsistencia?, ¿inconsciencia?, ¿cinismo?, ¿traición?, ¿ignorancia?, ¿insensatez?, ¿imbecilidad?, ¿ambición sin sentido?, ¿alocada estrategia electoralista?, ¿mediocridad sin límites?, o la ¿engañosa suerte de un tuerto en tierra de ese tipo de ciegos de los que se dice que no los hay más que los que no quieren ver?
Le voy a conceder a este individuo una condición positiva, la de listo, aunque le cuadra más la de listillo, por ser experto mantenedor de pesebres. Quince años se tiró de culiparlante en la sede de la soberanía nacional, sin decir ni chus ni mus. Allí y durante ese tiempo aprendió tan relumbrante oficio desde el que ascendió al hoy tan alto e inmerecido puesto y al que sólo ha llegado, según la Historia, algún caballerizo con suerte y entre telas reales. Zetapé, recuerda a Godoy, hace ahora dos siglos de esto; pero recuérdalo con su triste final: destierro y muerte en tierra extraña.
Y es que la traición y otras maldades tienen esas recompensas.
Pedro Conde | El timbal, la timba y la tumba
La verdad es que he puesto el título sin saber la relación que voy a encontrar entre tales palabras a lo largo de este artículo. Como una liebre que salta de la cama y no sabes qué dirección va a tomar. No obstante, ya se encargarán los galgos de darle tralla.
Me venían bullendo en la mente conceptos, cosas, banqueros, créditos, beneficios, especulación, latrocinio, crisis en dosis para caballo, usura, tiburones, políticos de apaños y en paños, menores claro; pueblo bobo, hipotecas basura, basura en hipotecas, piratas, botines…Ya es ironía que un banquero se apellide Botín.
Así que, de este batiburrilo mental del que estoy dispuesto a escribir, de repente me asalta la mente el título que pone cabeza a este trabajo; sin que tenga muy claro la urdimbre que pueda entretejer con esos conceptos para darle coherencia y sentido al mismo. Pero ya está puesto el titular y no me voy a retranquear ni volver atrás. Estoy seguro que además de la consonante música vocal que dejan en el oído las tres palabras juntas, timbal, timba y tumba, también formarán coro a mi favor para que aquel buturrillo mental de vocablos tenga feliz y claro entendimiento para mí y, fundamentalmente, para mis lectores electrónicos.
Hace setenta y tantos años que José Antonio Primo de Rivera habló de los tiburones de la banca. Creo que fue en un discurso, en Santander precisamente, allá por los primeros días de 1936. Creo también que esta denuncia colaboró en su cuota parte a que no se evitara tan injusto fusilamiento en un paredón de aquella cárcel de Alicante y en aquella fría mañana del 20 de noviembre. Tiburones, ¡vaya!, también empieza con la letra t. La palabra podría sumarse al coro del título. No sé en qué orden. A ver: “Tiburones y Timbales; la Timba y la Tumba”. Tampoco quedaría mal. Busquen mis lectores otras combinaciones, que las habrá, y quizá con mayor musicalidad aunque no con más sarcástica intención. Iba a decir aviesa; pero yo nunca he sido avieso, aunque sí muy travieso.
Los timbales los ha puesto el Gobierno; la timba los políticos y banqueros; la tumba, un pueblo medio tontico que paga además el entierro y la ceremonia funeraria sin rechistar. Como ven ya encontré la relación. Lo intuía. Timbales, timba y tumba. ¡Ah!, y en los fondos abisales, los tiburones con la bocaza abierta, llena de dientes, y esperando la carnaza.
El Gobierno que, como ese pájaro de la Pampa del que cuentan pone los huevos en un sitio y pía en otro, le dice al banquero. “Te entrego los huevos. Para ti”. Y al pueblo: “Oye, pueblo, escucha, el banquero me ha robado los huevos”. No dice arrancado, por evitar la procacidad.
Y es que la masa ignara ignora la timba que han montado entre el político y el banquero en el garito de la Moncloa, mientras los alabarderos tocan los timbales en la zarzuela. Y con música tan popular asistimos todos al entierro de la sardina en puro esqueleto, pelado por el hambre de este pueblo sardanápalo y bobalicón. Qué que significa Sardanápalo. Me sonaba bien como adjetivo para el momento y lo he rebajado en su categoría de nombre propio de aquel rey asirio a la de calificativo negativo. Algo así como del que se dice que le falta lo que tiene que tener. Que me perdone la Academia de la Lengua; que se lo piense no obstante como una entrada más en el diccionario porque parece que no suena mal y tiene su sentido. Invito a leer la historia o leyenda de aquel rey del que se dice que, viéndose sitiado por otro sátrapa, preparó una hoguera gigantesca a la que se arrojó con su harén y todos los tesoros.
Toca timbal; toma timba y tumba retumba.
¡Hasta luego!
Pedro Conde | ¿Sería el momento?
Sí, es el momento. El momento de que el Estado español recupere las facultades, los poderes que le son propios como tal y que, durante estos treinta y tantos años de burlada y atropellada democracia, los Gobiernos han partido y repartido a manos llenas entre los cofrades autonómicos. Todo, y en la mayoría de los casos, para hacerse con el poder o detentarlo como individuo o como partido. El momento presente es paradigmático. La entrega de facultades soberanas que son propias, y en esencia intransferibles, de la Nación y su Estado, si es que éstos quieren mantener su entidad como tales, se ha hecho con el mismo dispendio y liberalidad que los de aquellos reyes que pasaron a la Historia con el nombre de los de las mercedes; que fueron varios aunque sólo uno, Enrique, transcendiera a la misma con tal sobrenombre.
“Todo por un puñado medido de votos que sostenga mi ambición y la cebadera de mis correligionarios”. Naturalmente el tipo que así especula es un político; pero no un hombre de Estado, calificación la más alta que sólo llegan a obtener quienes llevan la política en el alma como un arte y en la mente como una ciencia. No es el caso del actual jefecillo de este gobierno, Zapatero, que se encumbró a tan alta magistratura, para su propia sorpresa, gracias a una oscura y no aclarada masacre de inocentes, y se mantiene por un derroche de privilegios a costa de la soberanía y decencia nacional. Rodríguez Zapatero es a un hombre de Estado lo que un saltimbanqui a un astronauta. Es el político más mentiroso que ha podido parir una democracia. La verdad para este individuo es el cuadrado de la mentira.
Pero no eximamos de responsabilidad en esta trama a una parte del pueblo español -cada pueblo tiene los gobernantes que se merece y busca- que sostiene y sigue votando a un individuo tan mezquino, tan mendaz y tan amoral. ¿Ignorancia?, ¿analfabetismo funcional? Pues sí, en grandes dosis. ¿Egoísmo?, ¿insolidaridad?, ¿utilitarismo?; en grandes dosis y cantidades por parte de aquellos que tienen ligados y afectados sus bienes, ingresos y puestos a los resultados de las urnas. Es decir, aquellos ciudadanos a los que la deriva y futuro de su patria, su nación, España, les un importa un bledo con tal de tener un trozo de pesebre, concedido y no ganado con el sudor de su frente. Mas, esos tales, ¿se han preguntado alguna vez como se podrá mantener ese pesebre en el futuro sobre una nación que se deshace?
Decíamos que era el momento de que el Estado Español recupere la autoridad, la potestad y la potencia que le es propia como tal, reasumiendo las facultades inalienables que le definen y que el despilfarro insensato o interesado de muchos políticos, algunos a pesar de su buena y alabada imagen, llevaron a cabo desde los primeros tiempos de esta democracia. Algún día la Historia, con más paciencia, pondrá en su sitio a aquellos poquitos a los que tantas loas se les hace todavía hoy por aquella Transición llamada y pretendidamente ejemplar. Para entonces se verá, y empieza a vislumbrarse ya, cuánto tenían aquellos tales de políticos al uso o cuánto de hombres de Estado. De este último título, por la deriva que está tomando España, ninguno de ellos, ni siquiera uno, lo puede ostentar. El auténtico hombre de Estado traza el futuro con los datos del presente. Una prueba. Aquellas nacionalidades recogidas en la Constitución eran el caballo de Troya al que el presente, entonces el futuro, ha rajado el vientre para dar salida a los taimados separatistas, rompedores de España. ¿No lo previeron? Es que no eran hombres de Estado. Ninguno. Eran hierofantes del pasteleo.
Hablábamos del momento, ¿por qué este momento? La clave puede estar en esta universal, desorientadora, profunda y aleccionadora crisis económica. De las recetas, de las soluciones que se proponen para superarla, muchas a palos de ciego, hay una que se eleva a categoría de premisa irrenunciable y que se impone a las propias fórmulas económicas. No habrá economista que pueda rebatir los beneficios que para una economía, sea a escala, nacional o mundial, tiene la unidad de las entidades, desde la familia al municipio, desde la nación a la comunidad de naciones…Por eso, en el caso de España, es tan temible, insensata y peligrosa la actuación de un jefe de gobierno que en vez de hacer una política de cohesión, de unidad nacional, de autoridad y potestad del Estado en momentos de enorme debilidad económica, sigue manejando una política de dispersión, de fragmentación económica, con cada uno de los presidentes de las diecisiete autonomías. Y todo ello por el cálculo de votos que puede sumar en cada una de las mismas para mantener el poder. ¡Españoles!, estamos ante un tipo cuyo egoísmo, vanidad, soberbia y ambición supera su circunfleja bobería. Que ya es decir. Esto es la ruina.
Una nación se sostiene sobre los cimientos que representan la Constitución, sus leyes, sus tribunales, su hacienda nacional, su Parlamento, sus Fuerzas Armadas, su Historia común, su cultura, más rica cuanto más plural; una nación se afirma sobre sus lenguas autonómicas, precedidas y unidas por la común y más universal…todo ello en el escenario de una democracia decente y no mercadeada…
Después de esta negativa experiencia histórica, quizá fuera el momento de suprimir esas degeneradas autonomías, sobre todo en su partes y contenidos enfermizamente politizados, y dejarlas como entes administrativos delegados que acerquen al ciudadano la más lejana gobernabilidad del Estado Central. Lo que siempre debió ser. El escamoteo del Estado de las Autonomías por un Estado Confederal, como se pretende y empieza a cuajar, nos puede llevar a un desastre. Y de las identidades y personalidad propias de las tierras e individuos que componen esta plural España, podemos llegar a la identidad diferencial de la berza en cada una de las comarcas que las componen. Todo un hito para la Historia, la especie de berza como signo de identidad de cada uno.
O el Estado Español recupera para su patria, su nación, esas facultades, por esencia intransferibles e innegociables, que representan sus poderes o volveremos a una edad media con diecisiete reyezuelos de taifas con sus cortes a bordo de coches tuneados. Mientras, a España la van llevando camino del cementerio en denegrida carroza, tirada por esqueléticos caballos brunos.
Pedro Conde | ¿A qué huele?
A corrupción. A podredura. A putrefacción.
De esto a la descompostura, a la desintegración del cuerpo, no queda más que la gula lombriguera que agusana ya esta piel de toro, la piel de España.
Una de las afecciones frecuentes y recurrentes de la política es precisamente la corrupción. Si existe un campo inmediato y medianero a la condición humana en el que sus virtudes y vicios tengan rápido y visible reflejo, es el de aquélla, la política. En ésta, los sentimientos más ruines como las virtudes más excelsas pueden tener cobijo. Es más, no ya los extremos, como los dichos de la virtud y el vicio, hasta la mediocridad, la medianía o la vulgaridad, encuentran acomodo en ese cajón de sastre universal que es esa actividad pública a la que se ha venido a definir como el arte de lo posible. Y tanto. Ya hay que tener arte, como el que pinta con manguera de bombero estalactitas de escayola para una capilla sixtina de hambrientos y pringados, todos revueltos y en ruina; ya hay que tener arte para que una turba de limitados, muchos con etiqueta de mastuerzos entre ceja y ceja, lleguen a ocupar en la pirámide de la gobernación de un Estado desde la Jefatura hasta una alcaldía pedánea, pasando por la Presidencia del Gobierno.
Es tan fácil ser político de aluvión, dedicarse a ese arte sin escuela, que sin más títulos ni más cultura que la de un galopín, solamente avalado por el alistamiento a un partido, con carnet expedito y expedido, se puede llegar a ser Secretario de Organización del Partido en el Gobierno comiéndose todas letras c que vayan delante de una letra t. A eso se llama un iletrado, sí, alguien al que le faltan letras en su discurso.
Pero si de color se trata, no sé si la cobardía lo tiene. Lo que si tiene la cobardía es fato, ese rastro fétido que deja la política partidaria cuando se reduce a la acción de una partida de bellacos. Y si no es a través de la nariz, que también podría ser, es a través del sentido de la vista porque a la vista está el acobardamiento de un pueblo de pluralidades como aquel ibérico hoy devenido en español de autonomías al que se le corta en algunas de éstas su lengua universal para imponerles, sin rechistar y por la fuerza, una lengua hermana, sí, pero de mucho menos peso en la cultura y en el mundo.
Fue un actor, Ives Montand -¡si sabría de papales, caretas y personajes!- el que dijo: “aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti”. Desde luego. Y que un pléyade de actores de reparto, como son la mayoría de los políticos actuales, le roben al pueblo, hasta dejarle en cueros, su papel de protagonista en la democracia, es para rebelarse contra la tiranía de la mediocracia, sí, la dictadura de los mediocres sobre su propio pueblo.
¿Robar?, sí, robar hasta saquear las arcas estatales y autonómicas en muchas partes de esta España que ahora parece estar viviendo de alquiler en casa de Pilatos y en la que, como siempre, los sayones se reparten su túnica inconsútil. En esto acaba ese arte de lo posible o ese arte noble, como también se ha definido a la política, cuando ésta es transitada, transida y trasquilada por tipos cuya conciencia se sitúa en el agujero que todos llevamos en los carrillos occidentales. He empleado un eufemismo; pero me quedo con unas ganas de llamar por su nombre a ese ojo ciego expelente…Y ¿por qué no hacerlo si hay tanta mierda que evacuar en una sociedad tan podrida como ésta?
Muy mal debía de oler Dinamarca, según el clásico. ¡Ay!, si Guillermo “Chespir” viviera hogaño en España, tendría que hacerlo con máscara de guerra para poder aguantar la irrespirable atmósfera de esta nación gaseada por los enemigos nacidos en su propia entraña. Leí alguna vez que en los tiempos medievales los hombres olían tan mal que los de hoy no podríamos aguantarlos a nuestro lado; hoy todo lo disimula el desodorante pero no hay quien soporte el pútrido olor del dinero en las faltriqueras de algunos políticos; hoy no lo aguantaría ni el más bizarro tipo del Medievo.
Ahora está muy de moda otra palabra: tunear. De no sé cuantos se ha oído decir en estos días que han tuneado su coche; cosa que creo se hace con dinero. Y son políticos. No es un acertijo. Para mí que este vocablo y sus derivados, tuneado, tuneada…tienen la misma raíz que tunante…
A grandes males, grandes remedios, dicen los viejos. Pues eso. A gran crisis, enorme corrupción. Vamos a repartir; pero ¿qué?, ¿la crisis o el dinero cadaverino?
Señor Presidente, Vuestra Excelencia, experto, aunque sólo en esto, conocedor de las debilidades humanas de los suyos, tiene la palabra.
Pedro Conde | El corcho coronado
Ahí va, ahí va / el corcho coronado / camino de la mar
Nunca fueron ajenos la corona y el corcho, el corcho y la corona. Más de una botella de esas bodegas con nombres de duque, marqués, conde, incluso de rey, de vieja raigambre y cepa, ha llevado impresa en el corcho el distintivo coronario del título que da nombre al viejo lagar. Corcho y corona de aristocracias y realezas guardando las esencias del vino; licor y ambrosía de los dioses. Noble tarea la del corcho y a la altura de las circunstancias.
Para el corcho es el mayor título de honor que podría llevar nunca, guarda mayor de esencias divinales, conservador áulico de paladares báquicos. He ahí un preso cuyo carcelero, el noble y sacrificado corcho, lo mima hasta la propia muerte a manos del somellier o escanciador.
A partir de ese momento, sic transit gloria mundi, el paciente carcelero, celoso cuidador, se convierte en un desecho, en un resto de mesa, de mantel y convite, que puede acabar por influencias vaporosas de su recién liberado cautivo en el cogote de algún comensal; cuando no por los suelos como pelota deforme que tienta la punta del pie de algún gamberro o menos gamberro; para qué decir, uno mismo. Pobre papel el de tan esperado y efímero coprotagonista. De ahí al recogedor del barrendero o a colarse por la alcantarilla a golpe de lluvia, no hay quien lo salve camino del río que va a dar a la mar. Como ves, paisano Jorge Manrique, todos, hasta el corcho, como tu progenitor y otros títulos y honores seguimos la misma derrota hacia la inmensidad de la nada. Al final todos somos nadie aunque hayas sido rey.
La orilla del río, que siempre fue un lugar para filosofar –todo fluye, nada permanece- ha motivado estas mis divagaciones sobre el corcho, el vino y la corona. Estaba el río peinado de suaves ondas cuando éstas, en su marcha hacia el océano lejano, mecían un corcho como si lo acunaran en su deriva. Su paso era tan cercano a esa orilla que pude cogerlo; me parecía haber visto impresa en él una corona que, en el suave subir y bajar del mínimo oleaje, aparecía y desaparecía. Pues sí. Era como un símbolo en apuros. Extraña asociación de ideas; pero me acordé del rey, sí de Juan Carlos y sus declaraciones de hace un tiempo que, al decir de los politicólogos, los exégetas de la alta política, fueron extemporáneas, no correspondientes a su neutralidad como Jefe del Estado, que no debe tener otro color de bandera que la de España. Aquellas palabras fueron en defensa de un Jefe de Gobierno que tiene color de bandera de partido, con la sospecha de que también lo tiene de régimen distinto al de la monarquía. Las palabras exactas que Juan Carlos de Borbón dijo, y que nunca debió pronunciar porque la neutralidad de sus obligaciones constitucionales le vetan, fueron las siguientes en respuesta a la pregunta de una periodista sobre la opinión que le merecía Rodríguez Zapatero: “Sí. Es un hombre muy honesto. Muy recto. Que no divaga. O sea, la gente hace cosas así…como divagando…pero no hay nada de eso. Él sabe muy bien hacia qué dirección va y por qué hace las cosas. Tiene profundas convicciones. Es una ser humano íntegro”. Luego en un aparte, cuando se le encontró por los pasillos, le dijo el rey a Zapatero, más o menos: “Oye, José Luis, acabo de hablar bien de ti”. La pregunta se hace inevitable, ¿qué le deberá, qué les deberá el Borbón a estos solapados republicanos a los que, desde hace largo tiempo, tanto halaga?
Mi otra pregunta al respecto es: ¿Divaga Juan Carlos de Borbón y Borbón o divago yo? Pues yo no divago y afirmo rotundamente que la opinión que me merece Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno, es absolutamente la contraria a la que tiene el actual Jefe del Estado, rey por la voluntad de Francisco Franco Bahamonde, y que dudo fuera también por la Gracia de Dios. Es más, me pareció entonces y ahora me reafirmo en que aquello fue una majestuosa metedura de pata. Con la ventaja a mi favor de que no tengo que guardar, como simple ciudadano, ninguna neutralidad constitucional.
Y ahora, el tal rey traficando con influencias. Y qué influencias, y qué amistades, y qué relaciones…con empresas extranjeras, rusas en concreto, kageberas, kremlineras y con toque de mafiosas, poniendo en peligro nuestras más afamadas y sólidas empresas entregadas a precio de amigo. Lo único que se echa de menos en esta intentada operación es la presencia medianera, del hombre de paja, de otro amigo manco.
Si desde Felipe II dejé de creer en reyes, cómo voy a creer ahora en este corcho coronado camino de la mar.
Pedro Conde | El hombre hueco
El hombre que ahueca la voz suele tener huecas sus ideas. Cuando de éstas se tiene un mísero bagaje, el constante recurso a palabras de valor y sonoridad universal es la manera de tapiar el visible, escandaloso y estentóreo vacío de la mente. Paz, justicia, igualdad, solidaridad, democracia, capitalismo, socialismo, reaccionario, progresista, izquierdas, derechas…El individuo mentecato, de mente corta, el hombre hueco, levanta una pared con esas palabras-ladrillo para ocultar y separar el vacio de su mente invisible de su banal imagen a la vista. Read the rest of this entry »