Lázaro Conde Monge | La evidencia
Publicado el 25 Agosto, 2007 Autor Lázaro Conde Monge |
El giro copernicano de la política española a raíz de la formación del primer Gobierno del
partido socialista tras su inesperada victoria electoral en las elecciones generales del 14 de marzo de 2004, obliga a todo demócrata consciente, cualesquiera sean sus preferencias políticas, a pensar seriamente sobre el grado de depravación política en que está actualmente sumida nuestra sociedad. Sería un gravísimo error considerar irreversible el palpable deterioro en que se encuentra la democracia como consecuencia de la arbitraria gestión de unos políticos que alardean de su pertenencia a la izquierda progresista. Las consecuencias nos afectan a la totalidad de los españoles de cualquier sexo, condición o creencia y los demócratas no debemos permanecer impasibles ante tanto desafuero como continuamente perpetra un Gobierno desnortado.
El análisis pormenorizado de su disparatada gestión exigiría en primer lugar una actividad parlamentaria prácticamente inexistente a lo largo de la presente legislatura. Dada la cercanía de las próximas elecciones generales no parece este el momento más adecuado para resaltar una gestión caótica. Ya habrá tiempo cuando se anuncie su celebración. Baste, de momento, poner de manifiesto la preclara visión del sonriente presidente que el pasado 30 de diciembre anunciaba el seguro éxito de su particular plan de paz que terminaría definitivamente con la lacra del terrorismo de ETA que padece nuestra patria desde hace más de cuarenta años.
Desde esta perspectiva, es justo señalar la circunstancia positiva de poder disponer de una tribuna realmente libre para ratificar, una vez más, la fundada esperanza en la obligada reacción del pueblo en el que constitucionalmente reside la soberanía nacional. Las opiniones emitidas libremente por los españoles demócratas, que acudimos puntualmente a las urnas cuando somos requeridos para ello, contrastan radicalmente con el servilismo de determinados informadores que, degradando la profesión periodística, se someten incondicionalmente al mandato del Gobierno que les mantiene, convenientemente apesebrados, en los numerosos medios de comunicación con que cuenta y en otros muchos afines.
La Constitución que aprobamos el 6 de diciembre de 1978 exactamente 15. 310,180 españoles, que significaban el 87,7 por ciento de los votos, frente al 7,83 por ciento que representaba el 1.385.582 que la rechazaban, ha conducido a España a las más altas cotas de bienestar y prestigio internacional de nuestra tormentosa historia contemporánea. No obstante su mayor virtud estriba en la liquidación, que parecía definitiva, del enfrentamiento caínita entre españoles por motivos políticos.
Cualquier ciudadano consciente, se habrá percatado sin necesidad de otras consideraciones, de que nuestra Constitución está en efectivo trámite de liquidación si no se pone coto a la deriva emprendida por el actual Gobierno. Es innegable que la intervención de su propio presidente, para posibilitar la aprobación, con una precaria mayoría autonómica, de un nuevo estatuto de autonomía para Cataluña, que resalta su condición de nación y es por tanto claramente anticonstitucional, es el origen del caos de los servicios esenciales sufrido durante todo el verano por esta entrañable región española, inconcebible en cualquier país medianamente próspero. El posicionamiento rabiosamente antiespañol del nacionalismo separatista de la izquierda catalana está consiguiendo su objetivo sececcionista. Es conveniente recordar, que su más significado portavoz, actualmente miembro destacado del Gobierno autónomo presidido por un militante del partido socialista, se reunió en Perpignan con los dirigentes de la banda terrorista ETA para ofrecerles su apoyo a cambio de que no atentaran más en Cataluña.
A estas alturas no valen argumentos de ningún tipo para vulnerar abiertamente la Constitución vigente que en su artículo 2 afirma, inequívocamente, que se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. El subterfugio de demorar sine die la sentencia del Tribunal Constitucional en respuesta al recurso interpuesto al estatuto catalán por el único partido nacional que mantiene la imprescindible fidelidad a la Constitución de todos los españoles y al del Defensor del pueblo, es una ofensa al sentido común y a la capacidad mental de la inmensa mayoría. Es imprescindible que los votantes conozcan antes de acudir nuevamente a las urnas el sentido de dicha sentencia, para poder emitir libremente su voto sabiendo si España continúa impunemente la desintegración territorial iniciada en la presente legislatura o retoma el rumbo constitucional seguido por los Gobiernos anteriores.
El precedente planteamiento podría ser considerado improcedente por los muy progresistas gobernantes que actúan con evidente transgresión de las más elementales normas democráticas, pero la característica esencial de las auténticas democracias es que los ciudadanos somos libres y no súbditos de quien ostenta el poder que, temporalmente, le otorgan las urnas. En uso de esta libertad no podemos ocultar por más tiempo la incompetencia de un Gobierno encabezado por un presidente experto en inhibirse en los momentos en que es imprescindible la toma de decisiones. Cuando lo ocurrido en Cataluña a lo largo del presente verano exigía medidas excepcionales, la práctica totalidad de sus dirigentes, todos ellos acreditados representantes de la izquierda progresista, siguiendo el ejemplo del Presidente de la nación, disfrutaban del merecido descanso vacacional del que se les privaba a los miles de afectados por la incompetencia de su gestión.
Entra dentro de lo posible que muchos españoles, embaucados por la marea progresista que nos inunda, acepten sin más la gestión sectaria de todos y cada uno de los responsables de los diversos ministerios que integran el actual Gobierno del reino de España. El nivel de incompetencia demostrado por las ministras que al principio del verano fueron removidas de su cargo, obtenido para cubrir la cuota femenina y no por sus méritos objetivamente evaluados, ha sido ampliamente rebasado por la responsable máxima del caos estival de los servicios esenciales en Cataluña, que como demócrata de izquierda progresista dejó expuesta claramente, en su reciente intervención en el Congreso de los Diputados, su intención de seguir aferrada al cargo al que la totalidad de las fuerzas políticas, excluido su propio partido, exigían que renunciara por un mínimo de dignidad democrática.
Lo que es evidente no necesita de más argumentos, que los hay en abundancia. Lo que pretende un español, sin filiación partidista y demócrata constitucionalista en uso de su libertad de expresión, es poner de manifiesto que de seguir por la senda política iniciada por este Gobierno, encabezado por un presidente que añora la segunda república, su tan cacareado progresismo puede conducirnos a finales del siglo XV de nuestra era en el que España alcanzó su unidad nacional de la que la inmensa mayoría de los españoles nos sentimos orgullosos y está plenamente garantizada por la Constitución de 1978 felizmente vigente.
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3 Comentarios a “Lázaro Conde Monge | La evidencia”
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Estoy en un todo de acuerdo con lo expresando en el articulo , me alegra que de vez en cuando algun español de el grito de alarma , por la manera atroz y disgregante de conducir la politica el señor Zapatero , este individuo nunca debiera haber llegado a conducir los destinos de España , no tiene absolutamente ninguna vision de futuro para el Pais español , parece solamente lo guía el espiritu de revancha , y la division para beneficio propio . Ningun politico esta ,parece , a la altura de las circunstancias , el PP tiene que democratizarse , que es eso que un candidato lo nombren a dedo ? .
El ùnico que merece el aprecio y respeto , no solamente de los españoles de bien, sino de todos los hipanoparlantes del mundo, es el Rey .
Dice usted:
“Entra dentro de lo posible que muchos españoles, embaucados por la marea progresista que nos inunda, acepten sin más la gestión sectaria de todos y cada uno de los responsables de los diversos ministerios que integran el actual Gobierno del reino de España”.
Y tiene toda la razón. El PSOE cuenta con un nutrido ejército de hooligans que le darán su voto bajo cualquier circunstancia y pase lo que pase. El final de Felipe González fue apoteósico: corrupción terminal, crímenes de estado, desprestigio institucional absoluto y caos económico. En esas condiciones, que hubiesen significado la liquidación por derribo del partido gobernante en cualquier país serio, el PP obtuvo una victoria raquítica. Las circunstancias de ahora empiezan a parecerse a aquéllas, e incluso en algunos aspectos, como el de la cohesión nacional, las empeoran. Pero no nos engañemos: el PSOE obtendrá el voto de quienes, cegados por su sectarismo o manipulados por la axfisiante propaganda oficialista, no son capaces de ver más allá de sus narices. El PP puede ganar, pero le espera un arduo camino por delante. El PSOE va a echar el resto: cuenta para ello con el presupuesto, con un impresionante tinglado de medios de comunicación, con la complicidad del resto de fuerzas y con las inmensas tragaderas de sus seguidores. Un ejemplo de entre un millón: el Gobierno alardea ahora de españolidad, y habrá mucho incauto que muerda el anzuelo por enésima vez. Y de nada valdrá que el Ministro de Justicia, ayer mismo, haya reconocido con el cinismo de quien sabe cubiertas sus espaldas que la ley de banderas no va a cumplirse. Es lo que hay.
Estoy de acuerdo con “el sudaca”, porque yo también soy sudaca. Y que Viva España y Viva el Rey.