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Pedro Rizo | Tolerantes y ecuménicos

Publicado el 25 Agosto, 2007 Autor Pedro Rizo |

He recibido algunas correcciones a mi artículo sobre el ecumenismo de Taizé, en el sentido de que los protestantes buenos pertenecen al alma de la Iglesia y por eso se salvan igual que los que estamos bautizados en ella; otros me tachan de intolerante en la nueva era del amor fraterno.
 
La tolerancia .- Este término se aplicaba antes al derecho de culto de quienes profesaban una religión distinta a la de un Estado confesional; se conocía como “tolerantismo”. Hoy, según la moral y teología progresistas consiste en reconocerles a los principios de la Revolución y a los “herejes buenos” los mismos títulos que a la moral cristiana y los fieles católicos, a pesar de que la Iglesia siempre defendió que el Bien, es decir, Dios y sus Mandamientos tienen por naturaleza todos los derechos y el error ninguno. 
 
La tolerancia es de gran éxito para todo enemigo de la civilización en que éste se acoge. Cuando los progesistas nos cambiaron, en la práctica, el significado de la palabra tolerancia, dándole un solo sentido virtuoso, nuestros enemigos llegan a nosotros como menesterosos; pronto nos piden y luego exigen derechos de hospedaje en igualdad para, finalmente, colonizarnos y quedarse con sus intereses como amos de nuestra casa. Según el Diccionario de la RAE, tolerar significa: «Sufrir, llevar con paciencia; permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.» No aprobar y no obstante permitir, no es compromiso ni resignación; es puro derrotismo. Porque el verbo tolerar no se aplica a lo que es virtuoso —la virtud no se tolera, se desea— sino hacia lo que sabemos que es malo. Es la nueva teología del progresismo o, ahora, del relativismo de que constantemente abomina el Papa, Benedicto XVI.

Por la tolerancia desertamos de la obligación de evangelizar y nos avergonzamos del apostolado. ¿Con qué fuerza misionar si todas las religiones “son” buenas? Fijémonos en que, al contrario que en la palabra indulgencia, que sí que es una virtud cristiana y humanitaria, la tolerancia excluye la oportunidad de que el que está equivocado se corrija; y, aun peor, induce a la mayor de las indiferencias hacia el prójimo. “Haz lo que quieras, pero no me molestes”. Es este el nuevo respeto cortés hacia el otro, bien opuesto a la enseñanza clásica de la Iglesia. Como ésta: “Soportar con paciencia las flaquezas del prójimo”, aún si él no soportara las nuestras. Pero, junto a esto, la obligación de “enseñar al que no sabe”. Sí, es verdad que San Pablo describe a la caridad cristiana como virtud que “todo lo soporta y todo lo tolera”… Palabras a las que, en su desenfoque habitual, el progresismo ecumenista le sustrae la continuación: «[…] porque se alegra con la verdad.» Juan Pablo II nos dice algo sobre esto: «Ser comprensivo y tolerante con los demás no equivale a ser indiferente a la verdad y, por tanto, permisivo.» (VERITATIS SPLENDOR)

Llevado a sus últimas consecuencias, si a la tolerancia humanitarista la elevamos a virtud será congruente aceptar los niños como mascotas de gays y lesbianas, que el crimen sea comprendido en las justificaciones del delincuente… Hasta los médicos deberán ser tolerantes con los estreptococos porque algún derecho tendrán, los pobres, a ser defendidos de la penicilina… Este engaño se radicaliza en lo contrario de tolerar, la intolerancia. Que tiren tus convicciones a la basura o te nombren a la madre y respondas como es debido patentiza ante el mundo que eres un intransigente, un intolerante… ¡Oh! ¡Ah! ¿Yo nunca seré eso! Yo seré siempre comprensivo, manso y humilde como el Señor…! Cómo marcan esos adjetivos a muchos pusilánimes sin fe, a muchos curas de sólo oficio y homilías con hierbabuena… Sin embargo, los Evangelios no enseñan que todo haya de ser “tolerado” sino que todo debería ser “convertido”; significados diametralmente distintos. Si la tolerancia ha de tomarse como virtud ─que no lo es─, se trata sin duda de una virtud tan débil que a muchos suele parece un vicio. No dudo de que esta confusión entre tolerancia y ecumenismo venga de la falta de formación ─tremenda─ y, por tanto, de criterio con que se han regido los seminarios; de las ocultas presiones de premio y despido que los progesistas manejaron –en todo el mundo– en favor del liberacionismo y del ecumenismo. O del ”dejar hacer, dejar pasar” y evitarse una vida incómoda. Se arguye: “Todos llevamos huellas de Dios…” pero se oculta que en el Pecado Original nos emancipamos de Él y es sólo en el Bautismo que nos religamos con esa huella. De ahí nuestro deber de estudiar la fe que lo justificó y poder zafarnos del ecumenismo en cuyas pautas plurales, finalmente, el “único no-bueno” será Jesús de Nazaret, Dios mismo bajado del cielo para enseñarnos. (Jn 6, 45; Is 54, 13)

El falso ecumenismo.- Todos fuimos razón para que Jesús viniera a este mundo, incluso las figuras más estridentes: la mujer adúltera, María Magdalena, la samaritana, leprosos, soldados… (La debilidad del pecado es nuestra condición antecedente.) Pero no hay que olvidar que tales personajes fueron acogidos por Dios en la sinceridad de su conversión y nunca “tolerados” desde sus faltas: «Vete y no vuelvas a pecar…» Eran almas convertidas al cristianismo (condición consecuente) desde su irregularidad. Los que no le aceptaban se quedaban fuera de la salvación: el joven rico, Judas, Herodes, quizás Nicodemo… En extensión esto fundamenta que fuera de la Iglesia no hay salvación. Justamente el pasado 10 de julio la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el documento «Respuestas a algunas preguntas sobre ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia.» En la pregunta quinta se expone: «¿Por qué los textos del Concilio y el Magisterio sucesivo no atribuyen el título de Iglesia a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI?»  La respuesta se reitera con estas palabras: «[…] Estas comunidades eclesiales que, especialmente a causa de la falta del sacerdocio sacramental, no han conservado la auténtica e íntegra sustancia del Misterio eucarístico, según la doctrina católica no pueden ser llamadas “Iglesias” en sentido propio.» Esto es, que sus miembros no están dentro de la Iglesia.

Con poco que leamos el Nuevo Testamento ─y un católico debe hacerlo en ediciones clásicas para prevenir engaños─ enseguida nos asombra descubrir a Jesús tan “intolerante” con los que le rechazaban que eran, precisamente, los más eruditos, los más conocedores de citas, los más sabios y poderosos de la religión de Israel. Y de qué forma los señaló: “raza de víboras” (Mt 23, 33), “hijos del demonio” (Jn 8, 44), «perros…» «cerdos…» (Mt 7, 6; Ap 22, 15), «sepulcros blanqueados» (Mt 7, 6). Él los rechazaba y nos mandaba rechazarlos. (Mt 10, 14) A aquel Jesús, manso y humilde (Mt 11, 28-29) que embelesa nuestra esperanza, el celo por las cosas de su Padre le encendía de ira y violencia contra los que esgrimían textos de la Escritura sólo para comprometerle en interminables polémicas. (Jn 2, 15).

Los hermanos herejes.- Respecto a la unión cristiano-ecumenista ―una manera de llamarla― es obligado reconocer que millones de personas han nacido y han vivido en un entorno de fe incompleta, lo cual les exime de culpabilidad. Son la mayoría de los casos bien distintos a aquellos otros en que por rebeldía orgullosa se apartaron del Credo católico. Los primeros no son culpables de aceptar de sus padres, sinceramente, como verdadera revelación lo que nosotros desechamos como herético. De estos miembros de otras confesiones religiosas, los “herejes buenos”, se dice que “pertenecen al alma de la Iglesia” aunque no estén unidos a su cuerpo. Esta manera de decir, un poco fantasmal ―el alma fuera del cuerpo al que debe animar―, respecto al concepto de «alma» de la Iglesia, atribuida al Espíritu Santo, lo tocaba el Papa Pío XII en la encíclica MYSTICI CORPORIS, enseñando que «el Espíritu Santo es quien da la vida [de la gracia] a toda persona en la Iglesia, que de otro modo tendría de hecho una pertenencia a ella inútil para la salvación».

Así, los supuestos “herejes buenos” ―y, a la vez, obligatoriamente cismáticos― pertenecen a la Iglesia en deseo, pues en su corazón aspiran a cumplir la voluntad de Dios. Esto es igual a que, como se nos enseñó siempre, en virtud de los méritos de Cristo, por el bautismo válido y su buena voluntad, pueden vivir en estado de gracia e internamente ser miembros de la Iglesia, si bien no externamente. Aun en relación con los que se han apartado de la Fe, los católicos distinguimos entre los herejes públicos por un lado, y los secretos por otro. Si es claro que la herejía escandalosa separa de la Iglesia visible y es causa de excomunión, una porción no pequeña del Magisterio cree que no es condenable una herejía de ámbito privado, bajo los principios expuestos. De ahí surge una buena gama de actitudes de las que, obviamente, no se beneficiarán los dirigentes de Taizé, en tanto que sigan remisos a dar el paso de su conversión.

Los hermanos separados.- Hemos hablado de herejes y cismáticos honrados, inocentes. Ahora, respecto a los solamente cismáticos habría que hacer la misma distinción. Está enseñado que si en lo íntimo, no de forma escandalosa, se rechaza la autoridad de la Iglesia, el pecador no se separa de ella. La Iglesia le reconoce como miembro en comunión, excepto si con rebelión pública y ostentosa permaneciera en el rechazo de su autoridad.

Aparte de considerar la efectiva conversión de cada persona, podemos decir que los beneficios que la Iglesia otorga a los “herejes buenos” no neutralizan la realidad de que los fundadores de Taizé eran calvinistas, que permanecieron como tales ejerciendo su particular proselitismo ecumenista sobre los peregrinos que les visitaron. Así, muchos de los que iban como católicos volvían con una fe sensibilizada de falsa confraternización, pase, y de desleal tolerancia a los errores. Por supuesto, hay muchos creyentes rectos y cabales entre los indios de Bombay, o entre la multitud de evangelistas; como entre los plurales judíos, los Testigos de Jehová, los chiitas o tantos más que se quiera… ¿Por eso hemos de abrir los brazos a sus dogmas? (Tienen los suyos.) Pues claro que no; entraríamos en la nueva religión de la ONU. Lo cierto es que a más sinceros creyentes en su error, más merecedores de nuestro acercamiento ―apostolado se decía antaño― pues esa es la dificultad que nos honra y no la bobada de decirles: “Seguid en vuestra fe que la Iglesia os quiere…”. No, nada de eso. Catolicidad no es igual a pluralismo ―motor de la tolerancia―; pues mientras éste es creer que todo pensamiento cabe en la Iglesia, catolisimo es defender un solo depósito de fe ―esencialmente que Cristo es Dios― con el deber de transmitirlo sin ambigüedades al “mundo plural”.
San Juan dice: «Si alguno viene a vosotros y no pertenece (o no acepta) la doctrina, no le recibáis en vuestra casa ni le saludéis siquiera.» (2 Jn 9, 10) Para mí está muy claro que este bobalicón “buenismo” de ser complacientes a cargo de la pólvora del Rey, Jesús, si lo adherimos sin filtro al Magisterio, se estrella en que, por ejemplo, el Beato Pío IX, promotor del dogma de la Infalibilidad, todavía metía en prisión, en la Toscana, 1868, a los protestantes que hicieran propaganda de su herejía.  

Comentarios

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  • 9 Comentarios a “Pedro Rizo | Tolerantes y ecuménicos”

    1. anónimo el 27th Agosto, 2007 19:02

      que interesante resultan sus artículos, aunque como católica admito con vergüenza que mi formación no está a la altura y me resulta dificil seguirle.
      me interesara mucho los tradicionalistas y agradecería nos ilustrara sobre su situación con el actual Santo Padre

    2. Anónimo 2 el 28th Agosto, 2007 23:28

      Estimado Anónimo
      Estoy de acuerdo con Ud. Articulos muy interesantes y que sin lugar a dudas superan nuestros conocimientos.
      Con respecto a su pregunta sobre los “tradicionalistas”, aunque me guste más el término de “Católicos Tradicionales”, y sus relaciones con el actual Santo Padre, mencionar lo siguiente:
      El pasado 7 de Julio, el Papa emitió un “Motu Propio” (decisión suya de obligado cumplimiento) junto con carta explicativa destinada a todos los obispos del mundo. Este Motu Propio “liberaliza” considerablemente la posbilidad, para todos los sacerdotes que lo deseen, celebrar la Santa Misa y otros sacramentos (bautizos, confesiones, matrimonios, etc), según el rito “Tradicional”, llamado de San Pio V, no porque lo inventará, sino porque organizó u codificó un rito existente ya desde hace siglos.
      Este mismo documento dice expresamente que dicha liturgia no fué nunca abolida, es decir prohibida (pese a lo que pensarán o dijerán muchos obispos y fieles).
      La fecha de aplicación de este Motu Propio es la del próximo 14 de Septiembre, fiesta de la exaltación de la Santa Cruz
      Según la prensa Italiana, se espera que a finales de este año el Santo Padre celebre la Misa Tradicional en la Basilica de San Pedro o en una de las mayores Iglesias de Roma.
      Existen actualmente numersosas ordenes y comunidades (sacerdotales, de clausura, etc, etc) fieles a la Tradición, reconocidas por Roma y que “oficializan” sus relaciones con las autoridades romanas a través de la Comisión “Ecclesia Die”, recientemente “reforzada” por el Papa.
      Finalmente se espera que en breve el santo Padre anule la “excomunión” que pesaba sobre los 4 obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pio X, sobre su difunto fundador Monseñor Lefevbre y sobre el también difunto arzobisbo Moseñor Castro-Mayer, ambos prinicpales baluartes de la defensa de la Misa Tradicional (junto con otros Cardenales y Obispos ya fallecidos) y que fuerón “excomulgados” por consagrar los 4 obispos anteriormente mencionados. Razones para esta “anulación”: Se Consagrarón obispos con el fín de mantener y hacer perdurar la Misa Tradicional, la cual no solo se reconoce ahora como no abolida, sino que se le da mayor “libertad”. Un tema que sin lugar a dudas da para mucho y largo.
      Sobre lugares de Misa Tradicional en todo el mundo: http://honneurs.free.fr/Wikini/wakka.php?wiki=PagePrincipalEs

    3. Julio el 29th Agosto, 2007 11:40

      Estimado Sr. Rizo: Quiero agradecerle y felicitarle efusivamente por su claridad y valentía al enunciar estos temas tan políticamente incorrectos.

      El gran error que, en definitiva, y desde mi humilde perspectiva, contamina toda la formación católica de hoy en día es, precisamente, como Ud. apunta ese buenismo estúpido e idiota que pierde a tantas almas. Se equiparan el error y la Verdad, y, guste o no guste, no gozan ni pueden gozar de los mismos derechos.

      Hace Ud. un gran servicio a la Santa, Única y Verdadera Iglesia de Cristo, y a las almas. No podemos ceder en temas trascendentales, y ello por pura caridad, por exigencia divina. No podemos acceder que lo malo es bueno y viceversa, para acercar a nuestros “hermanos separados” o no molestar a otras religiones. Eso no puede ser…y ellos tampoco lo admiten. Y hablo de exigencias de la caridad por un doble motivo: Porque si los católicos no enseñamos la Verdad, y concedemos derechos al error, no estamos cumpliendo con el mandato divino de evangelizar -enseñar la Verdad, en definitiva-, y, simultáneamente, les inducimos a creer que sus creencias no son erróneas y contrarias a Dios Nuestro Señor.

      Los que se separaron fueron ellos, ellos son los que, en consecuencia, deberán volver al seno de la Iglesia Católica. Resulta ciertamente incomprensible cómo se puede ser seguidor de Lutero si se profundiza un poco en su vida y en sus obras…una apostasía inmensa y una traición enorme a los JURAMENTOS efectuados. Y los pecados de prelados, Papas y quien quiera que sea en modo alguno justifican el apartarse de la Iglesia, e insultarla y mancillarla como él hizo. Esos prelados que tanto pecan, causando escándalo, incurren en una inmensa responsabilidad ante Dios, muy superior a la de los demás, como también nuestra responsabilidad, como católicos y, por tanto, conocedores de la Verdad, es muy superior a los que, por error invencible, desconocen la verdadera Fe.

      Le ruego me permita recomendar a Anónimo la lectura de un libro: “Iota Unum”, de Romano Amerio. En cuanto a lugares tradicionalistas, creo que un buen sitio, con doctrina segura, es el siguiente: www.statveritas.com.ar

      Otro sitio, también argentino, francamente bueno, es: www.panodigital.com. En este sitio se recogen, en muchísimas ocasiones, los artículos del Sr. Rizo. Por algo será.

      Un saludo en Jesucristo N.S. y su Santísima Madre la siempre Virgen María.

    4. anónimo el 30th Agosto, 2007 13:56

      Buenos dias, y muchas gracias por responder tan claramente a mi comentario.

      He tenido la oportunidad de conocer muy de cerca a varios Católicos Tradicionales de la Hermandad de Pio X y encuentro en ellos solo cercanía a la Verdad y fidelidad a Cristo. Soy joven, y creo que demasiado marcada por un entorno religioso moderno, por esto siento severos conflictos internos al intentar entender las posiciones de Monseñor Lefevbre sin que esto me haga menospreciar la actitud de Roma. Me siento mas cercana a la defensa de la tradición que a las nuevas corrientes pero no termino de entender la actitud de Monseñor. Lefevbre, ¿no existe en ella sobervia y desobediencia?

      Recuerdo en mi infancia que mi familia, gente santa, hablaban aterrados sobre el cisma y sin embargo ahora que escucho la otra versión al parecer tal Cisma no existe.
      Seguramente mi inteligencia no llegue a comprenderlo pero rezo para que Su Santidad, tal y como usted dice, acepte en breve a los seguidores de Monseñor Lefevbre como parte de nuestro clero.

      Como católica convencida amo mi Iglesia y sirvo a Su Santidad el Papa, y me gustaría poder defender mi Fé sin dudas incómodas. Seguro que ustedes puedan ayudarme, ¿por que el Vaticano ha tenido acercamientos a otras religiones incluso compartiendo sus ritos y sin embargo
      ha estado tan cerrado a la Santa Misa tradicional y a todo aquel que la divulgaba?
      Disculpen si resulto demasiado ignorante.
      Un saludo

    5. Natanael el 30th Agosto, 2007 21:00

      Quería copiar parte de este artículo, pero creo que ha salido completo. Tal vez algunos ya lo conozcan. Está cogida del portal Catholic.net y me parece que habla por sí sólo sobre el problema.
      Dios quiera que los sacerdotes y la Jerarquía católica “espabile” frente a tantos temas paniaguados. Afortunadamente ya hay en España varios obispos y sacerdotes (creo que menos de generaciones anteriores) que están dándose cuenta de la importancia de mantener la fe en el pueblo que Dios les ha encargado de transmitir sin mancha ni claudicación.

      El Demonio es protestante

      Autor: Luis Miguel Boullon

      “El Demonio es protestante”
      Testimonio de mi conversión al Catolicismo
      Por Luis Miguel Boullón

      “El Demonio es protestante”, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

      “Al principio fue el Verbo”

      Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

      No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

      En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

      Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

      El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.

      Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

      Primera confesión de mala fe

      Yo aprovechaba – Dios me perdone – de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

      Otra cosa que solía hacer – me avergüenzo al recordarla – era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.

      En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

      Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

      Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.

      A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

      Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.

      El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

      En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi… porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.

      En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M… comencemos desde el principio” Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y…”

      Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!

      “Pastor Boullón”, me dijo luego, “No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen… y por eso también fue el primer Evangélico”.

      Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

      - Si… fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!

      - Pero Cristo les respondió con la Biblia…

      - Entonces usted me da la razón, Pastor… los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien… y le tapó la boca.

      Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12): “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”

      Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido.

      Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!

      Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

      La táctica del demonio

      Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

      Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.

      Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí – creo – brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí hechos XVI, 31: ¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús – respondió Pablo – y te salvarás tú y toda tu casa.

      Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.

      Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:

      - “¿Continuará la lectura de San Pablo?”

      - “Ya terminé, Padre M.”

      - “¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a 1ª Corintios, XIII, 32.

      - Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”

      - Entonces la fe…

      - La fe… la fe… la fe es lo que salva

      - ¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.

      - ¿Salvarse?

      - Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva…

      - …

      - No se quede en silencio, Pastor… siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos” Ahí tiene usted la respuesta completa.

      Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica – sólo una me basta – en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.

      Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

      “Sólo la Biblia”

      Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”.

      Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.

      Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

      El pago del mundo

      Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”.

      Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

      Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio – pensaba – me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.

      Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

      Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

      Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto… para ella.

      Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.

      Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

      Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

      Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

      Mi querido amigo se despide

      No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!

      El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

      Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades… o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba – si tenía sentido – desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

      Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía – jamás dio muestras de sufrir – y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

      Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.

      Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

      Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

      Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció.

      Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!” les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

      Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma… y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe

      Roma… mi dulce hogar

      Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.

      Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

      A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

      Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.

      Bien se por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto – por superficiales y emocionales – de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

      Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre Sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
      Continúa…

      Enlace : es.Catholic.net

    6. Pedro Rizo el 31st Agosto, 2007 9:57

      Estimado amigo Natanael:
      Agradezco vivamente su aportación. Las palabras suyas y las de (creo que es el que usted eligió) Scot Hann, autor de Roma dulce hogar. (Este título es más afortunado aún en inglés pues Rome y home riman.)
      Acudir a los textos es una pasión onerosa de la que la Iglesia, sabia de siglos, ha librado a sus fieles con la luz de su interpretación infalible… la cual se condensa en el Credo. En mis artículos suelo incluir citas del Evangelio o de la Biblia con el interés de que se acuda a ellas e incitar la lectura.
      La pasión por los textos no es vicio sólo de los protestantes pues suele acompañarse de la vanidad y ésta a todos nos acosa de uno u otro modo. Así se levantan muros infranqueables entre muchos que creen amar a Dios –la fuente de toda felicidad– y solamente se buscan a sí mismos. Usted lo matiza muy bien: “Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.” Así el vicio de sacar la Biblia como tapabocas, o el de recurrir entre católicos a las cartas encíclicas y al Magisterio ordinario sin discernir de su fecha -el mundo de su tiempo- ni del destinatario -el problema abordado muchas veces puntual. Algunos hay que por pertenecer a ciertas organizaciones u obras de gran porte creen tener un stock seguro de consulta, superior o más fiable que la sencillez del Credo católico intimamente vivido.
      Temo, si sigo, no expresarme debidamente en tan escaso espacio. Confío en que usted y lá mayoría de mis lectores superarán con su interpretación lo que quisiera haber dicho.
      Un abrazo muy cordial.

    7. Pedro Rizo el 31st Agosto, 2007 16:27

      Pido disculpas por confundir el texto copiado por Natanael con el de otros conversos, el matrimonio Hann. La experiencia de Luis Miguel Boullón reafirma el error de los biblistas con otros argumentos, aun por similares que sean a los del libro ‘Roma dulce hogar’. Esto, más su lectura apresurada, es lo que me ha confundido. Un saludo a todos.

    8. anonimo el 24th Septiembre, 2007 15:05

      Don Pedro Rizo falla en decir los 4 estados en los que un hombre puede encontrarse en relacion a la Iglesia Catolica:

      4 maneras en las que un Ser Humano puede estar CON RESPECTO a la Iglesia Catolica:

      1. Pertenecer al Cuerpo y ALMA de la Iglesia: un Catolico en GRACIA.

      2. No pertenecer a NINGUNO: Un Pagano en Pecado mortal.

      3. Al Cuerpo pero no al ALMA: un catolico en pecado mortal.

      4. Pertenecer al ALMA pero no al Cuerpo : Un hereje en GRACIA

      Con estos ultimos: los que perteneccen al ALMA de la Iglesia Catolica pero NO pertenecen al CUERPO de la Iglesia, es que se practica el llamado “ecumenismo”.

      Son miembros de la Iglesia Catolica lo que pasa es que pertenecen al ALMA de esta y por lo tanto son miembros SIN Saberlo.

      —Catecismo Mayor de SAN PIO X (1910) “ (El Pagano y Hereje bueno) … aunque separado del cuerpo de la Iglesia, estaría unido al alma de ella y, por consiguiente, en camino de salvación” (172)

      –CONGREGACION de la Doctrina de la FE (1949): Por lo tanto para obtener Salvacion eternal no siempre se necesita estar incorporado en la Iglesia como miembro, pero es necesario estar al menos,unido en deseo” (Cardenal Alfredo Ottaviani, Secretario- Cardinal Marchetti-Selvaggiani Prefecto)

      —DICCIONARIO DE TEOLOGIA DOGMATICA(1955): Segun el sentido obvio de la palabra infiel es el que no tiene Fe…El que bajo el influjo divino hace un acto de Fe y alcanza la santificacion, pertenece ya de alguna manera a la Iglesia, SUELE DECIRSE AL ALMA DE LA IGLESIA, y teniendo un deseo implicito del Bautismo pertenece tambien al cuerpo de la Iglesia in voto. (Diccionario de Teologia DOGMATICA, Pág. 184, Rev. Padre Pietro Parente, Nihil Obstat, Imprimatur, 1955, editrice Studium de Roma)

      —EL CATECISMO EXPLICADO (1899): “SI de todos modos, un hombre sin su propia CULPA, se mantiene FUERA DE LA IGLESIA . . . SI lleva una vida temerosa de Dios . . . para todos los efectos, ES MIEMBRO DE LA IGLESIA.” (EL CATECISMO EXPLICADO, Rev. Francis Spirago, Profesor de Teologia (c) 1899, 1921, por Benziger (impresora de la SANTA SEDE). Nihil Obstat: Scanlon. Imprimatur: Archbishop Hayes, D.D.NY )

    9. Daniel Sapia el 10th Noviembre, 2007 13:47

      Sólo un comentario mínimo, pero creo que vale tener en cuenta. El “testimonio” copiado aquí atribuido a nombre de “Luis Miguel Boullón” debería prudentemente ser considerdo apriori como FALSO. He visto este supuesto testimonio reproducido en varias páginas católicas (del prestigio de Catholic.net) y en la mayoría tiene sustantivas variaciones de textos, de expresiones, agregados y demás. De hecho, he enviado hace varios años un pedido a los responsables de un conocido sitio de APOLOGETICA para que me indiquen la fuente del mismo y hasta el momento no han sabido dármela, más allá de lo que todos repiten respecto a “Cristiandad.org”. Yo mismo me he propuesto hacer un análisis del mismo, para ofrecer argumentos respecto al origen artificial (y tendencioso) del mismo, el cual, Dios mediante, publicaré en mi sitio web (en donde también puede leerse un breve pero no poco sustancioso) comentario al libro del matrimonio Hahn “Roma Dulce Hogar”. Bendiciones en Cristo

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