Pedro Conde | Los mercaderes de la libertad
Publicado el 30 Septiembre, 2007 Autor Pedro Conde |
¿No son la misma cosa el hombre y la libertad? La libertad existe por el hombre y el
hombre es tal por ser libre. Las estrellas, por muchas miríadas que tengan para recorrer los espacios siderales nunca serán libres; al hombre le basta con el cuenco de su corazón para tremolar la bandera universal de la libertad. Es más, si el hombre se empeña podría torcer un día el curso de los cuerpos siderales; pero jamás una estrella impondrá su sino sobre la voluntad del hombre. Sólo los cretinos, a los que la libertad nos les libra de su ignorancia, pueden creer lo contrario.
Tan inmensa es la libertad del hombre que ni la muerte le pone fronteras. Así que, muy al contrario de ese viejo e irónico decir, ni el hombre ni la libertad tienen precio. Pero he aquí la gran contradicción: que ese hombre es libre hasta para venderse a sí mismo; mas no vende entonces su libertad, mercadea con su decencia y su honor, esos bienes inmarcesibles por los que algunos pierden la vida y otros, a cambio, ganan el oro.
Es la libertad una bella dama eterna a la que los ruines traen a la zacapella y por la que los magnánimos tienen dispuesta siempre su lanza en el palenque. La libertad será siempre la libertad, aunque la vistan de andrajos o la lancen a lo más lóbrego de la ergástula.
En la hoy llamada sociedad de mercado, con pretensión científica, como si en la sociedad de los hombres no hubiera habido de origen un mercado para intercambiar lo que es fruto de su creatividad y su trabajo, también a la libertad se la quiere dar la prosaica categoría de producto. Acépteseme esta última cacofonía en ca-ca porque nunca será más propio de ésta que pretender convertir a la libertad en una mercancía. Si la libertad fuera una tal mercancía, la persona no pasaría de ser un kilo de algo.
Ni con un plato de lentejas ni siquiera con todos los tesoros del mundo se puede poner precio al bien más preciado del hombre: su libertad. Los mercaderes de ésta son bastardos de la especie. Del esclavo comprarán su cuerpo o su infortunio; del derrotado, su derrota; del siervo, su servidumbre; del lacayo, su venia; del bufón, su zalamería…pero en el alma de éstos quedará eternamente la rabia de aquélla, que nunca les venderán.
La verdadera sociedad de mercado libre es libre porque se puede vender todo menos la libertad. Pues a pesar de ello, a pesar de la evidencia, a pesar de la esencia, hay quien se empeña en comprarla; como se compra un periódico, un esfuerzo o una idea. La libertad, señores, no tiene patente de venta. Nadie, por muy poderoso que sea, por mucha riqueza que atesore en sus arcas, podrá comprar nunca ese invento divino.
De algunos, podrán comprar la insensatez, la ignorancia, la necesidad, la ambición, el orgullo, la ruindad, los harapos…pero ¿la libertad? Nunca. Ésta pertenece a la entraña de la Humanidad. Es un bien no enajenable, exclusivo, singular e indiviso. Quien lograra comprarla habría logrado enajenar la esencia y dignidad del género humano. ¿Qué balanza, de la que en un platillo colocáramos la libertad y en el otro el oro, podría dar el fiel? No hay oro en el universo para pagar su precio.
Así que, mercaderes de carroñas, ¿cómo pretendéis comprar la magnitud sin fronteras?, ¿no veis, mentecatos, que al pretender tal compra estáis vendiendo vuestra propia dignidad?
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Un comentario a “Pedro Conde | Los mercaderes de la libertad”
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Como siempre, Valiente Don Pedro. Desde que le sigo, si algo le ha defindo es el buen verbo para decir lo que piensa sin miedo. Sin duda un ejemplo a seguir. Tan sólo añadir a su alegato de libertad que, es una lástima que en estos tiempos, la libertad se entienda tan mal, ya no como un libertinaje, sino como un mecanismo arrojadizo que utilizar cuándo conviene y a quien le conviene.
Mis saludos y a seguir en la brecha…
Pilar Martinez.