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Roberto Esteban Duque | Laicismo independentista

Publicado el 25 Octubre, 2007 Autor Roberto Esteban Duque |

   Gaspar Llamazares reprocha a la Iglesia católica su memoria selectiva con la próxima beatificación de mártires, algo que justificaría plenamente la necesidad de la Ley de Memoria Histórica, demandando a la Iglesia el reconocimiento de su “negativo papel en el aval al franquismo y a la represión”. Santiago Carrillo hace gala de su también memoria selectiva, señalando que la Iglesia actual es idéntica a la de 1936, en cruzada contra la República antes y ahora contra la Democracia. Dentro de la misma Iglesia, con una dosis notable de perversión manipuladora, el monje de Montserrat Raguer, se descuelga con unas gratuitas afirmaciones: “el episcopado español mantiene la ideología franquista”, así como algo más mezquino, a saber, que a los religiosos los mataban por pugna política, no por su fe, que de mártires nada de nada. Mientras tanto, el ciudadano Zapatero se jacta de redactar el prólogo de la Ley de Memoria Histórica, empujado por el fantasma republicano de su abuelo. Por su parte, Pérez-Díez, o Carod-Rovira, José Luis, o Josep Luís, un personaje de acreditada infamia por sus entrevistas con ETA, y de arraigado afán independentista por sus consignas de separatismo catalán, insta a “marcar perfil” en la política lingüística, es decir, a radicalizar más su mensaje independentista. A todo esto podríamos añadir la gestación, negada por el Gobierno, de la ruptura del Concordato con el Vaticano, la celebración próxima de un Concilio (?) Ateo en la antigua iglesia de san Vicente de Toledo, así como el deseo de unos cuantos por apostatar.

  ¿Qué urde el Ejecutivo respecto de la Iglesia católica? ¿Hay alguien que lo sepa? ¿A qué nos invita a los católicos a hacer mañana en entusiasta colaboración, diálogo y talante democrático? ¿En qué piensa el Ejecutivo aparte de sí mismo? ¿Qué España desea alzar para poner sobre sus hombros? Para entender bien al hombre, una idea o proyecto de un grupo, es preciso ponerse a su compás. ¿Cuál es la melodía del Gobierno, las intenciones y propuestas electorales de su programa, que no acaba nadie de comprender bien el modo de articularse su discurso en nuestra percepción de comunidad católica?

  Entre las palabras terminadas en Z, de Zapatero, hay una que él mismo silencia en su vídeo: humanidad, o humanidaz. Parece evidente que la lealtad o lealtaz principal del ciudadano Zapatero no es España; no es una lealtad nacional que aspira a la unidad o a la incorporación de todos los partidos en una unidad mayor nacional. Más bien apunta a la desintegración nacional con sus socios secesionistas, a una vasta decadencia. ¿Qué quieren construir juntos los catalanes con el resto de los ciudadanos de España? Eliminada la aspiración a la unidad, cualquier empresa está viciada en raíz. Los aliados republicanos y comunistas de Zapatero son individuos sin el menor interés por el bien de España, cabezas infames con proyectos artificiosos, que menosprecian los sentimientos de la nación española y están lejos de sus necesidades o esperanzas. Ellos se han convertido en lo más intolerable de la sociedad, al mantener la voluntad de desgajarse y desintegrarse de la convivencia nacional. Los nacionalistas estúpidos no son ciudadanos de España porque no se sienten vinculados a ella por ningún lazo común de reconocimiento y mutua preocupación. ¿Qué le importa al aldeano Josep Lluís la vida del pueblo español? El ciudadano inteligente necesita otros agentes políticos para gobernar una nación, capaces de pensar en el bien común, y no en particularismos desintegradores que alteran la convivencia y desafían tradiciones de toda naturaleza. Esta gente piensa que sólo lo propio contribuye a la verdad. El problema de estos aldeanos es la pereza de pensamiento que los caracteriza, su tendencia a ir por la vida sin pensar en otras posibilidades y razones que las propias.

  A mí me parece respetable que el personaje Rovira tenga ambiciones absolutistas. Diría más, su conducta es “éticamente irreprochable”. El hombre cuya entelequia fuera ser ladrón tiene que serlo, si no quiere falsificar su vida. Pero el hombre dedicado a la vida pública debe anteponer el bien común a sus horizontes reduccionistas y limitantes, subordinar sus propuestas ideales a un bien mayor, con el fin de no malograr la vida de España. Si en Cataluña crece la “desafección hacia España”, como dice Josep Lluís, es precisamente por personas como él, que no contribuyen con su política a generar un ambiente de paz y de estabilidad. Sólo habrá salud nacional en la medida en que estos sectores independentistas se incorporen de buen grado a la unidad nacional, y no vean sus reducidos y parciales horizontes de descomposición territorial con presunciones absolutistas que no demanda la nación española.

  El laicismo beligerante, tan contemporáneo como extemporáneo, está encontrando en el independentismo un caldo de cultivo excelente. El laicismo militante que propugnan los republicanos y muchos socialistas para España (Joseph Borrell se atrevió a decir que la Iglesia ejerce una aberrante enseñanza en materia moral) con la ruptura de los acuerdos Iglesia-Estado, el cese de la financiación estatal a cualquier institución religiosa, y la eliminación de la Religión de la enseñanza curricular, no parece deseable, sino abiertamente hostil para la democracia, para una educación liberal y para un cultivo de la humanidad, donde debiera buscarse por encima de cualquier otra ambición el verse ligados por capacidades y problemas humanos comunes.

Comentarios

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  • 5 Comentarios a “Roberto Esteban Duque | Laicismo independentista”

    1. fernando el 30th Octubre, 2007 3:14

      Pues Zapatero les hace monumentos en la Castellana, y la Iglesia los beatifica ¿y qué?

    2. Amadeo de Brión-Barbanza el 30th Octubre, 2007 13:44

      Entre los muchos “mártires” declarados beatos recientemente en Roma, destaca un obispo, Cruz Laplana y Laguna, nacido en Plan (Huesca), en 1875. Fué fusilado en agosto de 1936 en Cuenca, donde ejercía su episcopado desde 1921. Datos de su biografía se han divulgado en el libro editado por el episcopado español con motivo de la ceremonia vaticana; sin embargo, los obispos actuales pasan por alto el capítulo que su biógrafo Sebastián Cirac Estopañán, profesor del Seminario de Cuenca, le dedica en “Vida de Don Cruz Laplana, Obispo de Cuenca” (Barcelona, 1943):
      “El obispo de Cuenca consideró la caída de la monarquía en 1931 como un derrumbamiento, no por falta de opinión, sino por falta de base moral”, según recoge Cirac. Cruz Laplana dedicó sus mayores esfuerzos, desde aquel momento, al beatífico “ejercicio de cumplir con los deberes ciudadanos por Dios y por la Patria”, es decir, a conspirar contra el Estado republicano. Confió a un canónigo de su catedral la organización de una red de propagandistas de la derecha en toda su provincia eclesiástica. El general Fanjul, portavoz de la sublevación del 18 de julio en Madrid, fue uno de sus hombres de confianza, si bien “el señor obispo era el consejero supremo”, tambien según Cirac.
      El celo patriótico del prelado y su influencia en los ambientes más reaccionarios alcanzaron tal notoriedad e influencia que en las elecciones de 1936, en Cuenca, “por voluntad expresa del señor obispo fue presentado don José Antonio Primo de Rivera por la candidatura de las derechas”, añade el citado biógrafo.
      La rebelión del 18 de julio no triunfó entonces en la diócesis de aquel siervo del Señor. Días después, Cruz Laplana fue detenido por milicianos y fusilado en la madrugada del 8 de agosto.

    3. Roberto E. Duque el 31st Octubre, 2007 0:46

      Con fecha 29 de octubre de 2007, leo en El País la misma reseña que comenta Don Amadeo. Gracias por la información. Conozco dos libros que ha editado la diócesis de Cuenca sobre Don Cruz Laplana y Laguna, y en ambos se dice “morir a gusto por España”.
      Un saludo

    4. Bupropion sr. el 11th Noviembre, 2007 10:30

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    5. paloma el 22nd Noviembre, 2007 17:36

      LA VERDAD SOBRE EL BEATO DON CRUZ LAPLANA

      Un canónigo de la diócesis de Cuenca ya fallecido escribió hace bastantes años una vida de Don Cruz. Cuando narra su muerte tuvo la ingeniosa idea de comparar la Pasión de Jesucristo con la de Don Cruz, mostrando asombrosos parecidos en no pocos de sus momentos. Pero quién le iba a decir a él que todavía algún tiempo después iba a producirse otro acontecimiento que añadir a dichas similitudes. El nuevo Beato, Don Cruz Laplana, modelo de Obispo y de sacerdote, resultaría calumniado con la misma, exactamente la misma calumnia con que fue ofendido, en su día, su supremo Señor y modelo, su hermano mayor, nuestro hermano mayor, Jesucristo.
      Cuando Jesucristo es conducido ante Pilatos, es acusado de ser un agitador político, opuesto al César, que constituía en aquel momento histórico, el poder supremo temporal. Cualquiera que hubiera conocido a Jesucristo un poco, que hubiera seguido sus discursos, sabría que era una calumnia burda, amparándose en algunas palabras y actuaciones que literalmente eran de Jesucristo, pero que consideradas de modo aislado y separadas del resto de su enseñanza podían tener un sentido distinto. Por supuesto, este era el fin pretendido por sus acusadores; a saber, engañar fácilmente a quienes vivían desconocedores de Jesucristo y de su predicación y confundir a los que todavía lo conocían sólo superficialmente.
      Del mismo modo, en esta ocasión, el Beato Cruz ha tenido el honor de recibir el mismo trato que recibió Jesucristo. A éste lo calumniaron los fariseos y escribas, llenos de envidia y rencor. Los fariseos de nuestros días han hecho al Beato Cruz objeto de sus odios, lo que no quita ningún honor a éste, antes lo engrandece, pero sí muestra la bajeza moral de los que tergiversan los hechos y palabras a sabiendas para engañar a las masas que no conocen la verdad.
      Pero entremos en materia. Con gran asombro nuestros calumniadores del Beato Cruz Laplana acusan a la Iglesia de haberse saltado un capítulo en la vida del mismo. No es verdad. La Iglesia ha estudiado todo con minuciosidad, en un proceso que empezó en 1953 y sólo concluyó en 2006. Un resumen de toda la causa está recogido en la Positio (libro con los principales testimonios sobre Don Cruz y los diferentes pasos seguidos hasta la beatificación) donde se puede contemplar perfectamente la veracidad de lo que venimos exponiendo. Los que calumnian a Don Cruz, o no conocen de lo que hablan, y entonces deberían quedarse callados o lo conocen y ocultan no uno sino casi todos los capítulos del Beato Don Cruz; han sido ellos los que han falsificado así su imagen y han caído en el famoso adagio: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
      Para ayudar a las personas que desean conocer la verdad vamos a transcribir parte de la declaración de uno de los testigos del proceso de canonización de Don Cruz. Referimos un extracto de las manifestaciones que hizo el alcalde socialista de Cuenca en 1936, D. Antonio Torrero González, en la causa de beatificación de Don Cruz, diciendo textualmente lo que reproducimos a continuación: “D. Cruz Laplana, como tal D. Cruz Laplana, no había nada contra él, como contra el otro señor (D. Fernando Español); el meterse con ellos fue por ser Obispo, por ser Sacerdote. Yo, desde luego, puedo resaltar que el Sr. Obispo, en política, huía de toda ella. La impresión en que se le tenía en Cuenca era que era buena persona, y no se le tenía odio alguno”.
      Por si hubiera alguna duda, aclara en el mismo proceso, D. Antonio Torrero: “yo puedo decir que en el Palacio (episcopal) no se encontró absolutamente nada, ni de cartas, ni de periódicos, ni de armas, nada que pudiera ser comprometedor para el Sr. Obispo”. ¿Y nos tenemos que tragar la mentira de que era un Obispo político, metido a agitador, cuando las mismas autoridades de la época pertenecientes al Frente Popular nos afirman todo lo contrario bajo juramento de decir la verdad y de guardar secreto; es decir, sin que al declarante sus palabras le sirvieran para conseguir un bien o evitar un mal?
      Pues no hemos acabado. Hay más. Como testigo de excepción, y a pesar del ambiente de terror que dominaba la zona republicana, el alcalde socialista de Cuenca reconoce que “en Cuenca, en general, cayó mal el hecho de la muerte; yo mismo, personalmente, lo llevé tan mal que me costó llorar, ¡les digo la verdad!; y en cuanto lo supe presenté la dimisión ante el Sr. Gobernador D. Antonio Garrido como protesta por la muerte del Sr. Obispo”.
      ¿Qué se puede concluir de estos datos, y de otros muchos que completan esta declaración, y de los testimonios de otros cincuenta testigos más que no podemos introducir aquí porque se haría interminable? Pues lo mismo que concluyó el alcalde socialista de Cuenca en 1936: “mi opinión sobre la muerte de los dos es que murieron como santos”.
      ¿Quién es el que se ha saltado un capítulo de la vida de Don Cruz? ¿La Iglesia? ¿No será más bien el señor que calumnia a Don Cruz en su artículo el que olvida no un capítulo de la vida de Don Cruz sino la biografía entera?

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