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Pedro Conde | Vaticinio

Publicado el 3 Enero, 2008 Autor Pedro Conde |

De un gobernante hay que esperar, como de cualquier experto en una ciencia o arte, y la política es una ciencia y arte nobles, que conozca la materia con la que trabaja; en este caso, la naturaleza y condición humana. De lo contrario, lo que tendremos en ese tipo de político es un pastor, un borreguero, con traje y corbata, que ha confundido a un pueblo, a una nación, con una majada. Y solamente de un rebaño de ciudadanos puede salir de las urnas un merino de ovejas. Este es el caso de José Luis Rodríguez Zapatero que nació en la calle López Gómez de mi ciudad de Valladolid. ¡Qué desgracia!

Me atrevo a vaticinarlo. El día que pierda el poder, día en que saldrán a relucir todas sus enormes deficiencias, todas sus carencias, toda la pobreza intelectual y personal, ese día, la desnudez de la prepotencia del cargo nos mostrará un tipo vacío, esquelético de ideas y de cuya sonrisa de hoy sólo se hará cargo su calavera política. Ese día será el del desprecio, el vilipendio, el abandono de todos, la soledad del derrotado; como mínimo, el día de la indiferencia y el silencio, quizá, lo mejor que le pueda pasar. Aquello del “bobo solemne” podría transformarse en la solemnidad del bobo; pero no, todo acabará en la soledad del bobo.

No debería llegar al poder un insolvente de tal categoría; lo que pone en entredicho no la Democracia, con mayúscula, sino los métodos, espurios a veces, de su ejercicio. Al respecto, el modo de llegar a la Presidencia del Gobierno de un individuo tan mediocre como Rodríguez Z., todo el mundo lo conoce, aunque muchos interesados quieran ignorarlo. Un trágico 11-M cuyos interrogantes son de tal magnitud que llegan a los confines del universo conocido. Porque si, según la reciente sentencia del Tribunal ad hoc, no fue Al-Quaeda ni tuvo que ver tampoco la guerra de Irak, ¿qué zapatero fabricó los zapatos que llevaron a los asesinos hasta las estaciones del múltiple y horrísono crimen?

Con un mínimo de dignidad y ante la menor sospecha, si yo hubiera llegado a Presidente del Gobierno de España y se relacionara mi nombramiento con aquella masacre, habría ordenado de manera fulminante, de forma abierta, clara, diáfana e indubitable, a la vista del pueblo español, la investigación más profunda y exhaustiva que en historia de las grandes canalladas se hubiera hecho en el mundo entero. Por el contrario, aquí se han destruido pruebas cruciales, empezando por los trenes, y falseado otras. ¿Conocerá qué es el honor este Presidente del Gobierno de España? Creo que ni él ni los que le rodean saben que hay un valor excelso y exquisito en el ser humano que en trances como estos y a la menor duda se debe defender hasta con la propia vida. Ese valor y categoría del alma es el honor. Y del honor del señor Rodríguez Z. sabemos por sus traiciones a la nación española de la que es Presidente, qué desgracia, tratando en secreto con terrosepartistas que quieren destruirla. De ese honor del que carece lo sabemos por las contradicciones que restallan en sus propias palabras: “el concepto de nación es un concepto discutido y discutible”. Y con ese bagaje intelectual llega nada más y nada menos que a Presidente de la nación cuya existencia él mismo pone en entredicho ¡Qué insufrible ironía!

Oiga, señor presidente del gobierno, con minúscula porque no da usted para más, lárguese antes de que la iracunda marea de la Historia le estrelle contra las rocas del honor y la decencia de los españoles. Señor presidente, se ha interrogado usted mismo alguna vez sobre cómo ha podido acceder a tan alto con la mediocridad con que ha nacido. Si me admite una ayudita para esclarecerlo le diré, entre otras, una causa primordial: es usted una marioneta del destino que aquel fatídico, sangriento y horroroso 11 de marzo de 2004 le impulsó con la expansión de la onda a un lugar que le viene demasiado grande para su talla.

Cuando abandone el poder o éste le abandone a usted, si es que no le ha dejado chocho, lo que no sería raro ni extraño cuando se tiene tanto en tan poco continente, cuando se halle desposeído, digo, de ese poder, usted mismo se preguntará con la lucidez que da la derrota, vanitas vanitatum, pero ¿cómo he podido llegar tan alto? Y por si su dolida soberbia no le dejara concluir la reflexión, la remataré por usted: siendo tan cortito de ideas y con tan pocas agallas.

Cada día me duele más España.

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