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Santiago Casero | Economía para principiantes

Publicado el 17 Enero, 2008 Autor Santiago casero |

Carlos E. R. es un viajante leonés que, por motivos de su trabajo, debe pernoctar en Madrid durante uno de sus viajes. Por este motivo entra en un céntrico hotel de la ciudad para pedir una habitación y, tras el pago en recepción de los preceptivos cincuenta euros, toma posesión de la misma dispuesto a descansar. Una vez recibido el pago por el recepcionista, el gerente del establecimiento envía a un botones con el billete recibido para que salde una deuda existente con el carnicero de la esquina a causa de unas pechugas de pollo que había sido necesario comprar para una situación extraordinaria que le había surgido.

El carnicero, una vez que el dueño del hotel le ha saldado su deuda, decide a su vez liquidar el pago con el fabricante que le suministra las bolsas de plástico serigrafiadas donde coloca las compras de sus clientes. Así pues encarga a un mozo del establecimiento se dirija hasta la fábrica y entregue el billete de cincuenta euros a su director para cumplir esa máxima famosa de “quien paga, descansa”. Y como, si el que paga descansa, el que cobra más, el fabricante de bolsas decide también tranquilizar su conciencia y, con ese viajero billete de cincuenta euros, se dirige hasta la cafetería de la plaza para abonar los desayunos de sus empleados correspondientes al mes anterior y que aún no había podido liquidar. Contento el dueño de la cafetería por haber cobrado lo adeudado cruza la calle hasta el hotel donde se hospeda Carlos E. R. para pagar a su dueño la estancia de una sobrina suya que había venido la semana anterior en viaje de placer por lo que el billete de cincuenta euros vuelve a descansar en el cajón de recepción del establecimiento.  

Pero hete aquí que Carlos E. R. recibe una llamada urgente cuando se dispone a deshacer la maleta que le obliga a regresar a León de inmediato. Compungido, baja a recepción y solicita la devolución de los cincuenta euros a lo que el recepcionista accede y se dirige a la estación en posesión del mismo billete que, en breve espacio de tiempo, ha servido para saldar cuatro deudas sin prácticamente cambiar de propietario. Es el ciclo normal del consumo para seguir moviendo la maquinaria de una sociedad que aspira a autodenominarse como estado de bienestar.    

Pero, evidentemente, esta historia resulta demasiado bucólica. Por un momento pensemos que el propietario de la cafetería, Jefferson H. P., decide que es más importante enviar esos cincuenta euros a sus familiares en Boyacá y aplazar para mejores días de vino y rosas el pago al hotel por la estancia de su sobrina. El Banco estará encantado por la comisión que va a percibir en esa transacción y no le importará que esos cincuenta euros, como tantos y tantos millones más, dejen de formar parte del circulante de la nación ya que siempre están seguros de tener la sartén por el mango. El dueño del hotel dispone de cincuenta euros menos de los que disponía y, probablemente, deba pedir un crédito al Banco, que nuevamente se encontrará satisfecho, para hacer frente a sus necesidades más perentorias esperando a cobrar lo que le adeudan. Aún así la historia ha salido beneficiosa para tres de sus protagonistas aunque bien lo hubiese podido ser solamente para dos, para uno o bien para ninguno.

Ahora nos dicen que las entidades bancarias no tienen liquidez y, por eso, han de recortar esos créditos, tanto a empresas como al consumo, que nos han facilitado durante los últimos años. ¿Cuántos miles de millones de euros han desaparecido del mercado español con el visto bueno de las autoridades monetarias españolas?. La solución del BCE de inyectar con trescientos cincuenta mil millones de euros a la banca española antes de las pasadas navidades no es sino pan para hoy y hambre para mañana. La espada de Damocles de las hipotecas y la elevada subida del coste de la vida aumentan las dificultades para llegar a final de mes en un país donde la burbuja inmobiliaria ha dejado a este sector, a medio plazo, endeudado en más de ochocientos mil millones de las antiguas pesetas que se suponen de dudoso cobro para las entidades financieras. Y eso sin contar con los cientos de miles de parados que acarreará entre todos esos inmigrantes que vinieron a pagarnos las pensiones y a hacer los trabajos que los españoles no queríamos hacer.

Políticamente correctos podríamos decir otra vez que nosotros también fuimos inmigrantes. Gracias a ello, a las divisas que nos enviaban desde Alemania, Suiza o Francia y al dinero que el turismo dejaba en nuestros establecimientos pudimos asistir al “boom” de los sesenta y a asentar una economía maltrecha tras la Guerra Civil. Pero, ¿existía el mismo control por parte de esos países europeos a la hora de salida de capitales que el que ahora existe en España?. 

Echaré de menos en la próxima campaña electoral cualquier propuesta relativa a mejorar este panorama por parte de los grandes partidos políticos. Asimismo no me ha extrañado que el PP no haya forzado una comparecencia del Gobernador del Banco de España, el inefable Miguel Angel Fernández Ordóñez, para que aclare cuales son esos tres grandes Bancos que se encuentran en situación de ser intervenidos. Claro que, según Solbes, la culpa es de los españoles y su poca conciencia sobre el valor real de nuestra nueva moneda. Por cierto, invitaría al ministro a que se pasease por esos bares que él dice están siempre llenos y contase a los inmigrantes que hay fomentando el consumo y dando rienda al ciclo normal del dinero. Seguro que menos, muchísimos menos, que en esos locutorios desde donde envían la mayor parte de sus ganancias a sus países de origen.

Comentarios

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  • Un comentario a “Santiago Casero | Economía para principiantes”

    1. Fernando Veneno el 22nd Enero, 2008 19:39

      A esta elocuente exposición añadiría yo el impacto que la política de inmigración del gobierno ZP ha supuesto en el nivel del poder adquisitivo del españolito medio: Nos encontramos a la cola del mundo occidental en cuanto a crecimiento de renta per cápita, y ello pese a que España ha presentado unos niveles aceptables de crecimiento en el PIB.
      Y la causa es bien sencilla: La renta disponible no se reparte ya entre los que éramos hace unos años: En el reparto entran ya esas masas de inmigrantes, en muchos casos pertenecientes a la economía sumergida, que, además, envían al exterior buena parte de la porción que les toca sin generar riqueza en el país de donde la han obtenido.
      Hace casi 50 años, mi madre, como tantos españoles, tuvo que emigrar una temporada a Francia para, trabajando en labores agrícolas, ganar lo necesario para mantener a la familia. Pues bien, transcurridos 35 años de aquel hecho, pudo obtener una modesta pensión de la seguridad social francesa, que aún percibe, acorde con el poco tiempo que había contribuido en ese país. Si, por aquel entonces, sin los medios informáticos actuales, se podía llevar este tipo de control tan exhaustivo, ¿Por qué no se hace ahora en España?
      ¿Favorece algún interés oculto el hecho de que una avalancha incontenible de inmigrantes imponga sus costumbres y tradiciones en detrimento de la ideosincrasia y cohesión españolas?
      Cualquiera que sepa algo de albañilería podrá constatar que:
      ¡Una masa de cemento necesita siempre algo de arena; pero, cuando ésta se encuentra en proporción excesiva, debilita la pared que sustenta haciéndola vulnerable a la presión de los elementos! Esta debilidad se acentúa cuando los dos ingredientes que componen la masa no se encuentran suficientemente mezclados.

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