Juan V. Oltra | Elecciones paralelas
Publicado el 11 Febrero, 2008 Autor Juan V. Oltra |
Se palpa en el ambiente periodístico la intención de hacer un paralelismo forzado entre las
elecciones del próximo marzo en España, y las que mantienen entretenidos a los ciudadanos de los Estados Unidos de América. Obama, Hillary y McCain aparecen catódicamente en nuestros hogares con mayor profusión que las cejas de Zapatero o la barba de Rajoy (Rajozy, en su rápida transmutación gabacha).
Y uno, que pertenece a la cofradía de las viudas dolorosas de la credulidad, tiene las tragaderas obturadas, por lo que presento algunas dificultades a la hora de comulgar con ruedas de molino.
Dejando de lado que es del todo incierta la idea que asemeja a los demócratas con el PSOE y a los republicanos con el PP (no olvidemos que un demócrata del sur llega a ser mucho más conservador que un republicano del norte, mientras que aquí están algo más barajados), poco del entorno puede tener similitudes. Entre otras, baste ver el bipartidismo que rige allí y que, con sus muchos defectos, evita el chantaje nacionalista.
La diferencia fundamental podría ser la demográfica. España, tirando por arriba, tiene 45 millones de españolitos. Los Estados Unidos, barriendo por bajo, unos 300. Vale, cuestión de escalas, dirán… o no tanto.
A esos 300 millones los representan 435 congresistas y 300 senadores. 735 personas. En España, 350 diputados y 259 senadores. 609 personas. Haciendo una elemental regla de tres, vemos que el sueldo de un representante del pueblo en los Estados unidos lo pagan más de medio millón de personas… mientras que en España lo pagan unas escasas ochenta mil. Y eso sin pensar en parlamentos autonómicos. Haciendo la misma regla de tres con, por ejemplo, el estado de Texas y la Comunidad Valenciana, en Texas el sueldo público lo pagan entre ciento treinta mil personas, mientras que en Valencia lo hacen cincuenta mil (aun considerando que en Texas hay dos cámaras).
Y ahí puede estar el matiz: en España los políticos no representan una élite intelectual (más bien algunos son ladrillos con corbata), ni tan siquiera un grupo bien intencionado de salvadores de la patria algo patosos. Ser político en España no es una vocación, es una profesión. Son profesionales del cargo, gente que se sube a un coche oficial recién tomada la comunión y del que no se apean hasta que se jubilan. Gente que en muchos casos (ahí tenemos el ejemplo de nuestro presidente) nunca se ha levantado a las ocho de la mañana para trabajar, que no conoce la realidad, que la imagina. Una casta que solo aspira a vivir bien: ahí quedan sus prebendas a la hora de jubilarse, sus fabulosos sueldos y complementos, y su más que evidente endiosamiento.
Aquí, no hay diferencia entre unos y otros. Si Umbral decía que la izquierda hoy es “una derecha con preservativo y sin misa de una”, la derecha reniega de si misma. Ni la izquierda defiende la necesaria Justicia Social, ni la derecha los valores morales que se les presupone en usufructo. Les une el amor por el dinero y representan su función, su baile de disfraces para repartirse el poder. Nos hacen creer que vivimos en una economía de consumo mientras vivimos consumidos por la economía, arañando céntimos para poder pagar la hipoteca e hipnotizados por las luces de colores de los grandes almacenes. Ellos, entre tanto, se dan la vida muelle a nuestra costa.
Decía Jardiel que los políticos son como los cines de barrio: primero te hacen entrar y después te cambian el programa. Tendríamos que mandarlos a todos al paro.
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