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Pedro Rizo | Una historia para tiempos de Pasión

Publicado el 16 Marzo, 2008 Autor Pedro Rizo |

Allá por el siglo en que Prudencio escribía versos fue famosa la historia de Pascasio. No me refiero al que viene en los santorales, pero casi. A éste le gustaba mucho leer, como a Alonso Quijano. Tal vez porque en aquel tiempo aún no naciera un Sancho en el que apoyarse, en buena hora se decidió a dejar de leer aventuras ajenas y tomar en serio la suya propia, más interesante y valiosa. Se propuso buscar aventuras reales, en vivo y en directo. Apartó los tochos leídos en sus casi sesenta años de vida e hizo con ellos un gran castillo que pensó quemar de inmediato. Lo que son las cosas, antes de acercar la yesca tuvo el pronto de apartar uno, que podía tomarse como el superventas de aquellos tiempos, y que todavía no había leído. Se titulaba: “Los Cuatro Evangelios. Vida, pasión y muerte de Jesús Nazareno”. 

Conociéndole no extraña que Nuestro Señor, el Verbo, el gran Jesús, le enganchara el corazón con sus trabajos por la Palestina de Herodes; con su andar por las aguas, el discutir con los demonios y resucitar muertos, además de multiplicar panes y peces. Pascasio aun se admiraba más de su audacia ante los poderosos fariseos, y de que perdonara pecados y de que se llamara a sí mismo Dios, delante de todo el Sanedrín. Cuando Pascasio se zampó a todo San Mateo y a todo San Juan, ya estaba presto a imitarle y a no vivir ni una hora más sin Él. 

Pascasio era de un pueblo muy antiguo cercano a Caesaraugusta, capital romana tan grande como la Roma metropolitana pero bañada por un río mucho más caudaloso que el Tíber. Una región que por entonces daba hombres tercos pero nobles, cabezudos y gigantes. Se leía la vida de Jesús una y otra vez. Se calaba hasta el tuétano con el lavatorio de pies, se olvidaba de comer leyendo la Santa Cena, recitaba de memoria el Sermón de la Montaña… Y la sangre le hervía con el interrogatorio de Caifás, con el juicio ante Pilatos y, sobre todo, por la huida de sus mejores amigos. ¡Siempre igual!, mascullaba. Si él hubiera estado allí no le habría abandonado de ninguna manera y habría impedido la cruel lanzada. 

Por fin, fue a un ermitaño del lugar y le pidió el Bautismo. Luego, metió en un saco unas sandalias y una arpillera nueva y se fue muy lejos. Más allá, incluso, hasta encontrar un sitio de su agrado. Lo aseó, lo ordenó a su comodidad e hizo una cruz, con dos palos, apoyándola en una hermosa jara de blanquísimas flores que crecía cerquita de la entrada. Desde aquel momento sería un monje como San Jerónimo, el dálmata, o como San Benito, el de Nursia. 

Sus prontos de genio vivo le atacaban a los nervios, y a lo que ahora conocemos por infarto de miocardio y tensión arterial. Cuando conseguía serenarse de sus enfados se volvía a la cruz: “Perdóname Señor, es que soy aragonés”, y la miraba como si hubiese un Cristo a los palos clavado. Y pensaba en el misterio del nacer y, mucho más, en el del morir. Aún le veo, mirando a las nubes y sus cambiantes formas, recapacitar, muy sentido: 

«Yo, ¿para qué nací? ¡Para salvarme!

Que tengo que morir, es infalible.

Dejar de ver a Dios y condenarme

triste cosa será, pero posible.

¿Posible?

¡Y río y duermo y quiero holgarme!

¿Posible?

¡Y tengo amor a lo visible!

¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?

¡Loco debo de estar pues no soy santo!» 

Estas preguntas, bastantes siglos antes de que fueran escritas como aquí las reproduzco, se las hacía a sí mismo entre suspiros y alguna que otra lágrima, en recuerdo de sus muchos orgullos y promesas quebrantadas.  

Llegó la tarde del Viernes de Dolores con un aire henchido de primavera. Vio que la Luna estaba en cuarto creciente. “Se acerca el Calvario», pensó. ¡Qué semana aquella! Fue un aprendizaje intensivo de penitencias en amor de Jesucristo, esas rigurosas mortificaciones que salen de lo más hondo del alma del converso. Nunca había sentido nada igual. Por su alma, me atrevo a afirmarlo, creo que pasaba espontánea la métrica más bella de los místicos que aún estaban por venir. El amor de Dios por nosotros: « ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío…?..». La elegía manriqueña: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…». O la enamorada contrición: «No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido… »  

Justo una semana después de estos deliquios, Pascasio tuvo una visión. Eran las tres de la tarde, la hora de la muerte del Señor. El Jesús sangriento, el Jesús bello, el Cristo hermoso de palidez fulgente… se lo imaginó, otra vez, sobre la cruz de palos apoyada en el matorral de la jara. Pero, esta vez, Pascasio nota que “su Cristo” abre los ojos y le mira. «Será un engaño de la vista», piensa. Se frota los ojos, se le acerca más y, sin saber por qué − alucinaciones de la soledad, supongo − le pregunta:

« ¿Quieres algo, mi Jesús?»

Los labios del Salvador se mueven:

« ¡Pascasio! ¡Mira cómo estoy por ti!»

Y Pascasio, contrito, le contesta:

«Sí, Señor, por eso vine a quedarme a tu lado.»

Jesús toma aire y le llama otra vez:

«Pascasio, ¿qué serías capaz de darme para ayuda de este estado en que me encuentro?»

Y Pascasio, sincero:

«Señor, no sé, te he ofrecido mis ayunos, mis penitencias, mis noches sin dormir, todo lo que hice en la Cuaresma y lo haré en tu Semana de Pasión.»

De nuevo Jesús le dice:

«Pascasio, eres bueno. Pero, compréndelo, en este justo momento todo eso me ayuda muy poco.

Pascasio, deshecho, piensa y busca que querrá el crucificado.

«¡Ah, sí! Señor mío y Dios mío. Te entrego la nostalgia de todo lo que dejé. Los amigos de juventud, la mujer con la que me hubiera casado, los hijos posibles, el calor de hogar…» 

Jesús vuelve a decir:

«Sí, me gusta mucho. Pero, comprende que eso a mí, en este preciso momento… ¿De qué me sirve?»

Pascasio se retuerce las manos en afligida desazón:

«No sé, Señor Todo yo soy tuyo. Te sacrifiqué mi herencia de familia, lo que hubiera podido triunfar, el placer y el honor, la gloria del mundo.»

«Está bien», dice Jesús con la voz ya muy débil − «Pero en este crítico momento yo necesito algo más, algo que te estás guardando para ti.»

Y Pascasio, con el alma escurrida de dolor:

«Qué es, mi Dios. ¡Dímelo! Pide lo que quieras, yo no sé qué más ofrecerte para este momento.

Jesús, le hace seña de que se acerque más. 

Pascasio pega su oído al Nazareno, que le dice:

« ¡Dame tus pecados para que pueda morirme a gusto!»

. . . . . .
 
El Lunes de Pascua, como todos los lunes, pasó el aguador con sus odres recién cargados. Llama a Pascasio y nadie contesta. Se baja de la mula y, enseguida, le ve tendido de bruces y con la cabeza al pie del arbusto. Le da vuelta, le grita. Pascasio no vuelve en sí. El amigo lava su frente manchada de barro y de pequeñas gotas de sangre seca. En la cara de Pascasio hay pegados unos palos, como incrustados en la piel, que el amigo trata de quitárselos. Es en ese instante, de improviso, que una gran ola de perfume empezó a inundar el aire todo, desde la jara hasta más allá del Moncayo. El buen aguador se santigua, maravillado, porque las flores de la jara muestran en sus pétalos blanquísimos cinco llagas de intenso carmesí. 

San Pascasio, ruega por nosotros.
 
Dedicado al Padre José Ramón.

Comentarios

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  • 3 Comentarios a “Pedro Rizo | Una historia para tiempos de Pasión”

    1. juana de arco el 18th Marzo, 2008 22:44

      Me encanta.
      Cuánto “santo” de pacotilla hay pululando por este mundo,que si pudiera, se miraba al espejo mientras hace penitencia, a ver si pone bien la cara de penitente,o ver si está bien colocado donde le vean, etc…!

    2. mirca el 19th Marzo, 2008 14:01

      Sí, muy oportuno este cuento para la Semana Santa pero sobre todo nuy acertado. No es tanto fantasía, yo lo veo totalmente real. Los religiosos creemos que tenemos una factura llena de razones para pasarla al cobro a N.S. Jesús cuando nos llegue la hora. Que hicimos esto, que nos privamos de esto, que nos comparamos con la gente y nos vemos buenísimos y no criados inútiles sin su gracia. Le presentamos a Jesús nuestros engreimientos y le escondemos los pecados porque son nuestra oculta realidad, esa condición humana que es la que Él más quiere. Son los pecados de Pascasio los que vino a buscar y su muerte en la cruz no sería una redención sino una estupidez. Gracias señor Rizo por su columna que leo esperando siempre una agradable sorpresa. ¿Es usted sacerdote o teólogo?

    3. Fernando Santos el 5th Abril, 2008 17:58

      Hay que cuidarse de los que se desvian de la doctrina Tradicional de la Iglesia de todos los tiempos.
      .
      .

      Una gota de veneno basta para desviar de la autentica doctrina Tradicional.
      .
      .

      –PEDRO RIZO, error doctrinal: “Los papas no pueden estar inmunizados de la herejía, de la apostasía encubierta, etc.; es decir, del pecado original.” (correo electronico octubre 2007)
      .
      —Respuesta: Los Papas NO estan inmunizados del pecado original ni de nimnun Pecado, se pueden quemar en el infierno como cualuiquier otro. PERO SI ESTAN INMUNIZADOS POR LA PROMSEA DE CRISTO DE caer en HEREJIA. Decir lo contrario es blasfemia y llamarle enquenque, debilucho, mentisoro a CRISTO.

      –CATECISMO DE SAN PIO X de 1910:
      199.- ¿Por qué motivo el Papa es infalible? - El Papa es infalible por la promesa de Jesucristo y por la continua asistencia del Espíritu Santo.
      .
      201.- ¿Qué pecado cometería el que no creyese las solemnes definiciones del Papa?
      - El que no creyese las solemnes definiciones del Papa, o aunque sólo dudase de ellas, pecaría contra la fe, y si persistiese obstinadamente en esa incredulidad, ya no sería católico, sino hereje.
      .
      202.- ¿A qué fin ha otorgado Dios al Papa el don de la infalibilidad? - Dios ha otorgado al Papa el don de la infalibilidad para que todos estemos ciertos y seguros de la verdad que la Iglesia nos enseña.
      .
      .

      3. PEDRO RIZO, error doctrinal: “Que Cristo ore por el Papa no es patente para librarle del error, no hay libertad para nada… Y sin la libertad de Pedro para llevar a la Iglesia a su auto-consunción, su Magisterio sería falso. Dios se habría contradicho a sí mismo.” (correo electronico octubre 2007)

      –RESPUESTA: Falso, Cristo oro por la Fe de Pedro y esa FE esta permanentemente proetegida por el Espirtitu Santo de TODO error.
      - El Papa SI puede pecar,
      - El Papa si se puede condenar
      -El Papa SI puede ser debil, bruto y cometer errores de gobiernos practicos
      .

      El Papa NUNCA JAMAS por promesa de Cristo se podra equivocar en FE en sus documentos oficiales, todo documento oficial del Papa dirigido a toda la Iglesia Universal firmado con su nombre de Papa esta libre de error por Promesa Divina.

      Decir lo contrario es llamarle mentiroso a Cristo lo cual es herejia y una GRAN BLASFEMIA.

      –CATECISMO DE BALTIMORE (1891): “El Papa puede ser un hombre muy malo si quiere serlo y recibir el castigo de Dios por sus pecados. Por lo tanto hay que recordar esto: así sea el Papa un hombre bueno o malo en su vida privada, el SIEMPRE dira la verdad cuando hable ex cátedra, porque el ESPIRITU SANTO lo protege y NUNCA permitira que caiga en el error o falsedad cuando enseña Fe y Moral. (Catecismo de Baltimore, Rev. Padre Thomas L. Kinkead, Nihil Obstat: D. J. McMahon, Censor Librorum, Imprimatur: *Michael Augustine Arzobispo de Nueva York, septiembre, 1891)
      .

      –Francisco de Suárez (1548-1617): “…la dulce PROVIDENCIA DIVINA nunca permitiría que AQUEL QUE NO PUEDE ENSENAR ERROR caiga en el error y que esto estaba GARANTIZADO por la promesa Ego autem rogavi pro te … (Lucas 22: 32).
      .

      –San Francisco De Sales: “…decir que la Iglesia erra no es menos que decir que Dios erra, o lo mismo que decir que El quiere que nosotros erremos, lo cual es una gran blasfemia” (La controversia Catolica, pag 70)
      .

      –San Alfonso Ligorio (1696-1787) “Estamos convencidos como el Cardenal Bellarmino declaró, que Dios NUNCA permitiría que el Romano Pontífice se convierta en Hereje publico o en su persona privada.
      .
      .

      4. PEDRO RIZO, error doctrinal: “Ya puedes darme a leer lo que quieras de todos los papas hasta San Pedro que no hay manera de que un círculo sea cuadrado.” (correo electronico octubre 2007)
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      .

      Respuesta: Todo aquel que pasa e ignora los escritos de, como usted dice “ todos los Papas hasta San Pedro” se condenara. El que pasa de los escritos de “TODOS LOS PAPAS HASTA SAN PEDRO” o tan si quiera duda de ellos, no alcanzara la Salvacion.
      .

      –Catecismo de San Pio X:
      189. ¿Estamos obligados a escuchar a la IGLESIA DOCENTE? Si, por cierto; todos estamos obligados a escuchar a la Iglesia docente, so pena de eterna condenación, porque Jesucristo dijo a los Pastores de la Iglesia en la persona de los Apóstoles: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”.
      .

      201.- ¿Qué pecado cometería el que no creyese las solemnes definiciones del Papa? - El que no creyese las solemnes definiciones del Papa, o aunque sólo dudase de ellas, pecaría contra la fe, y si persistiese obstinadamente en esa incredulidad, ya no sería católico, sino hereje.
      .
      .
      — Papa Pio XI: “Pero también es perfectamente conocida la doctrina católica de que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que esos que REBELDEMENTE resisten su AUTORIDAD y definiciones y que obstinadamente se mantienen SEPARADOS de la UNIDAD de la Iglesia y el sucesor de Pedro, el Romano Pontifice, NO PODRAN obtener SALVACION eterna.” (Papa Pio IX, 10 de agosto de 1863)
      .
      .
      –Leon XIII: “A punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones… enseñadles a observar todo lo que os he mandado». Todos los que obedezcan a los apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.”

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