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Minuto Digital: 11.01.2006
Hasta hace poco, el nacionalismo vasco era el malo oficial y el nacionalismo catalán el bueno. Sin embargo, los papeles se han cambiado y por obra de Carod-Rovira y del nuevo Estatuto, los malos son los catalanistas. El exacerbamiento del separatismo catalán hace que la gente se interese por los orígenes de esta ideología, y si antes se publicaban todos los meses libros sobre el nacionalismo vasco, ahora también se reserva espacio en los catálogos de las editoriales a textos sobre el catalanismo.
Hace cinco años, ¿se habría reeditado ‘Diez horas de Estat catalá’? Seguramente no. Este libro, este excelente libro, habría permanecido olvidado. Los catalanistas han atraído la luz sobre los episodios más criminales y vergonzosos de su pasado.
Es el mismo proceso que ha comenzado con la memoria histórica. La reivindicación parcial de los muertos ocurridos en los años 30 y la reescritura de la historia de la República, la guerra y el franquismo nos han conducido a volver a hablar de acontecimientos tan siniestros como la responsabilidad del PSOE, de la Esquerra y del PCE en la revolución de octubre de 1934; el saqueo de riquezas públicas y privadas; y los asesinatos perpetrados por los maquis. Supongo que no era eso lo que estos ideólogos querían.
Enrique de Angulo era corresponsal del diario católico ‘El Debate’, de Ángel Herrera, en Barcelona. Vivió la rebelión de los separatistas en octubre del 34 y, antes de que concluyese el año, publicó este reportaje sobre los sucesos. La lectura es apasionante y la información enorme.
El autor asistió a la huelga convocada horas antes del golpe y luego a algunos de los tiroteos; también recorrió las sedes de la rebelión (el palacio de la Generalidad, la Consejería de Gobernación y el Ayuntamiento). En la Consejería encontró residuos orgánicos que demostraban el pánico pasado por los valientes ‘escamots’ ante el asedio de fuerzas inferiores en número y armamento. También reconstruye la huida de los jefes militares de la rebelión (Dencás, Badía, Menéndez, Pérez Salas, Guarner) por las alcantarillas de Barcelona. Éstos, a la vez que reunían armas (incluso las balas dum-dum, prohibidas por los tratados internacionales antes de la Primer Guerra Mundial), construían en su fortaleza un pasadizo secreto y acumulaban fajos de billetes para asegurarse la retirada.
¡Qué contraste el espíritu del puñado de soldados españoles mandados por el general Batet con la cobardía de los miles de ‘escamots’ y ‘rabassaires’ armados en cuanto resonaron los primeros cañonazos! Y es que los golpistas “confiaban más en la traición ajena que en su propio valor” (pág. 53).
De Aguinaga hace observaciones muy interesantes sobre el golpe de Estado, que convierten su libro en una aportación de superior calidad al reportaje o la crónica. Por ejemplo: “La insurrección catalana seguía una técnica absolutamente inédita absolutamente inédita. Contaba con el poderoso auxilio de la radio y se hacía a base de noticias falsas y canciones” (pág. 122). Otra es el apoyo de la izquierda esapñola al catalanismo: “los socialistas y comunistas de todas las tendencias adoptaron la táctica separatista como el mejor y más eficaz medio de hacer la revolución” (pág. 144). Y, por último, la implicación de Manuel Azaña, que aún discuten sus hagiógrafos.
Pero los culpables del golpe de Estado, que causó una cincuenta de muertos, no fueron únicamente los políticos catalanistas y de izquierdas. De Aguinaga se remonta al principio de todo: “Hace cuarenta años no había separatistas en Cataluña” (pág. 27). ¿Cómo, entonces, éstos se convirtieron en una fuerza considerable? El autor menciona la responsabilidad del clero y de la Lliga; ambos grupos fueron desbordados posteriormente por otros más extremistas. También incluye la connivencia de los políticos de Madrid, sobre todo los del régimen republicano, que cedían ante los nacionalistas para esquivar los problemas y entregaron a una Generalidad desleal poderosos recursos del Estado. Una lección que la clase dirigente española no ha aprendido.
El libro se cierra con la suavidad del castigo a los traidores. Al ser aplastada la rebelión, Companys y sus camaradas pensaban que lo habían perdido todo, desde el Estatuto a su honor y su libertad; en unas semanas, rebosaban optimismo. La historia es conocida: Companys recuperó el poder y asistió impasible a los miles de asesinatos cometidos por sus aliados del Frente Popular en Cataluña durante la guerra.
Después de conocer la amplitud de la insurrección, con listas negras de gentes a asesinar (págs. 72 y 73) al igual que en la Revolución bolchevique, concluimos que ‘Diez horas de Estat catalá’ es otro argumento a favor de la tesis, cada vez más aceptada, de que la guerra comenzó, no en 1936, sino en 1934.
ANGULO, Vicente de: Diez horas de Estat catalá
Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, 219 págs.
Pedro Fernández Barbadillo
Profesor del Instituto de Humanidades Ángel Ayala-CEU,
de la Universidad San Pablo.