| |  Ricardo Pardo Zancada |
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Minuto Digital: 12.01.2006
Siguen los apoyos al General Mena. Entre los que han llegado hasta nuestra redacción destaca el del comandante Pardo Zancada, que en forma de artículo, que po su interés reproducimos, muestra su apoyo al general Mena.
LA VOZ Y EL SILENCIO
No es raro que conceptos, como el valor y la cobardía, el uno digno de elogio y el otro sólo merecedor de desprecio –quizá de compasión en alguna circunstancia–, coincidan en lugar o tiempo, pero pocas veces se da tal coincidencia de forma tan completa y llamativa como en la reciente Pascua Militar.
Es este un acto que se ha ido desvirtuando, por obra y gracia de la presión política sobre las Fuerzas Armadas, de tal modo que de ser un homenaje del Rey a los Ejércitos, han pasado éstos a constituir un sujeto de menor cuantía, de segunda fila en un acto hecho hoy por y para los políticos. Sucedió así al mismo tiempo que, en una evolución iniciada desde el funesto ejercicio del cargo de vicepresidente de la Defensa por el teniente general Gutiérrez Mellado, se equivocó la función del mando de los Ejércitos, propia del Rey como mando supremo y de la cadena de mando militar, con la tarea de su administración política que corresponde al ministerio de Defensa. Gracias a ello y al sometimiento excesivo, a veces rozando lo indigno, de ciertos mandos militares, los titulares de esta cartera se fueron invistiendo de una autoridad sobre la institución militar que nadie, ninguna ley podía conferirles. Esto para empezar.
Al jefe de la Fuerza Terrestre del Ejército de Tierra, teniente general Mena Aguado, presidiendo esa conmemoración dentro de su mando, en las penosas circunstancias por la que está atravesando la política nacional con el asalto ya descarado a la unidad de España desde dos Comunidades autónomas, le pareció necesario hacer un recordatorio de cual es la misión de las Fuerzas Armadas que dispone con toda claridad el artículo VIII de la Carta Magna. El teniente general es un militar que alude a una misión de los Ejércitos en un caso límite, extremo y «si esos límites fuesen sobrepasados, lo cual en estos momentos –añade– afortunadamente parece impensable». ¿Es que su libertad de expresión va a ser limitada hasta el extremo de no poder referirse a algo que le afectaría a él, a sus subordinados y a toda España de forma tan directa? ¿Es que ha de ser el militar el único a quien se veda el derecho a expresarse sobre un tema que le concierne en nuestro tan proclamado régimen de libertades?
No nos engañemos. El teniente general sabía muy bien que sus palabras no serían del agrado de los que hoy condicionan la política española, pese a ser enemigos de España, así de claro, que no es –dicen– su nación y de la que no quieren ser parte. Y sabía muy bien, cómo no iba a saberlo, que al hacer público su aviso, quienes nos gobiernan se plegarían de inmediato a las peticiones de aquellos exigiendo un castigo ejemplar para el osado que quería recordarles los peligros de salirse del tiesto.
Pero en otra vertiente, el general también sabía muy bien que él es la voz de sus subordinados y que sus palabras iban a representar fielmente el sentir de la gran mayoría de ellos, a los que debe –no hay que olvidarlo– la misma lealtad que a sus superiores. Con todo ello, el teniente general quiso ser fiel al juramento que un día prestara y quiso dejar claro que en el supuesto invocado, él sería fiel a su compromiso. Esa voz es una forma del valor. No la forma del valor en la acción, la del que toma al asalto la trinchera enemiga o defiende una posición hasta exhalar su último aliento, pero sí de un valor frío, cerebral, para afrontar responsabilidades y ser fiel a los principios. Gracias , mi general.
Frente a esta actitud digna de elogio, con o sin correctivo del Sr. Ministro, que está confiado a que la disciplina de la colectividad militar trabaja su favor, aunque quizá no se de cuenta de que está jugando con fuego, contrasta la de sometimiento pleno del teniente general Sanz Roldán, jefe del Estado Mayor de la Defensa, que en seguida se sitúa a favor de corriente y es el primero en solicitar un correctivo para su subordinado por decir algo que debió decir él mucho antes, hace ya varios meses, cuando tan sólo se atrevió a manifestar una tímida preocupación por la situación política. Y ese silencio es culpable, mi general.
En un artículo del Grupo de Estudios Estratégicos titulado La lealtad sancionada , se dice que «ahora la preocupación del Partido Socialista no es que las Fuerzas Armadas acaten el orden constitucional, sino que acepten pasivamente su desmantelamiento». Así parece. Y eso es justamente lo contrario de lo que a mi me sucede. En su día, expresé mi voto negativo a una Constitución de la que estaba ausente Dios; que consagraba los términos nación y nacionalidades para las que desde hacía siglos eran regiones de España y que daba luz verde a su partición por la vía de la creación de comunidades autónomas, algo que aun sintiéndolo considero una amenaza cada vez mayor. Y aquí se produce la paradoja. Ahora, no me queda otro remedio que estar con una Constitución que sigue sin gustarme y ponerme tras las pancartas en su defensa. Y lo hago sin que me duelan prendas, porque mi meta no es el mantenimiento de poder alguno. Mi meta y mi fe es una España unida y en paz. Y ahí está la diferencia.
Ricardo PARDO ZANCADA