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Libros
Por qué soy cristiano
José Antonio Marina


 
Obra
 

Minuto Digital: 25.03.2006

Por qué soy cristiano
Autor: José Antonio Marina
Págs: 156
Editorial: Editorial Anagrama S.A.
ISBN: 84-339-6233-7

Desde hace un tiempo, el filósofo José Antonio Marina viene publicando, más o menos, un ensayo al año. Su última obra, “Por qué soy cristiano”, acaba por resultar pretenciosa, apuntándose a lo que él mismo critica al comienzo de la misma, a la “industria tramposa que explota una boba morbosidad religiosa”. Marina parece haber interiorizado psicológicamente que la religión, sea la que sea, es la responsable de los males que afligen al mundo. Los bienintencionados intentan justificar estos excesos perniciosos de la religiosidad achacándolos a la institucionalización de aquello que debería quedar restringido al círculo de lo privado. Éste es el caso de Marina, que arremete con toda contundencia contra la Iglesia Jerárquica y el papado en concreto: “[ no soy cristiano] si ser cristiano quiere decir creer en un jefe de Estado que tocado con una tiara bizantina dice desde su palacio vaticano que es infalible y prohíbe el uso de la píldora anticonceptiva”(pág 10). Es constante su ataque a la ortodoxia y al dogma religioso, pretendiendo olvidar que no es posible una moral sin dogma. Todo lo reduce a sentimiento. Para él la religión es sólo experiencia. No llega a percibir ebrio de egocentrismo y personalismo mal sano, que la razón también interviene en la fe.

Según declaraciones del propio autor, la parte fundamental del libro se encuentra en el Capítulo III del mismo. En él pretende recoger lo que estima su gran aportación al debate sobre el puesto que debe ocupar la religión en la sociedad moderna. Se trata de su “teoría de la doble verdad”, a la que da tanta importancia que su nombre lo recoge como subtítulo de la obra. Su supuestamente original nueva teoría divide la verdad en “verdades universales” y “verdades privadas”. Las primeras son válidas para todos y pueden ser también definidas como “verdades formales” una vez se hayan demostrado experimentalmente. Las segundas sólo son válidas en primera persona y solamente podrán ser designadas como “verdades materiales” en el caso de ajustarse a la realidad, pero en ningún caso podrán ser objeto de demostración experimental, con lo cual nunca podrán alcanzar la categoría de verdades formales. Como paradigma de las verdades universales cita las de la ciencia y la ética, que por su carácter de universales pueden ser aplicadas con carácter general por ser “verificables”. Como paradigma de las segundas verdades, las privadas, cita las de la estética y la religión. De éstas no puede pretenderse su aplicación general si entran en contradicción con una de las definidas como universales. Es decir, constriñe la religiosidad a la vida privada, no pudiendo pretender su intervención en la vida pública. Lo máximo que pueden pedir las religiones es que la organización social no impida la práctica religiosa en el ámbito privado.

Esta teoría, más antigua de lo que Marina se imagina, hoy en día ni siquiera se puede sostener con cierta solvencia intelectual, pues ni la ciencia es tan experimentable como el siglo XIX pretendió, ni la ética puede ser contrastada experimentalmente en el mismo sentido en que con carácter general se entiende que lo puede ser la ciencia. Para salvar este escollo Marina ejemplifica su teoría con el concepto de la Dignidad Humana. Sostiene que ésta no puede experimentarse, pero que no obstante sí podemos verificar que se trata de la mejor invención que se nos ha ocurrido para establecer un modo de vida noblemente humano. Sin embargo, está teoría hace aguas, pues el nudo gordiano está en saber que parámetro utilizamos para medir la mayor o menor nobleza de vida y, sobre todo, ¿qué consideramos como vida noble? Aquí nos introducimos en un vergel de difícil experimentación. Además, es curioso que si el origen de la dignidad humana estuvo precisamente en el cristianismo, ¿cómo es posible que cuando el cristianismo defiende la dignidad no podamos predicarla con carácter general y sin embargo si lo hace la ética, sí?, además, ¿porqué entonces no nos planteamos si una sociedad religiosa (Edad Media, por ejemplo) fue más humana que una sociedad atea (URSS)? Además, ni siquiera se molesta en describir la dificultad que existe para implantar una ética única y universal. La dificultad es de tal envergadura que parte de los estudiosos del tema han llegado a plantear la fundación de una ética de mínimos...que por supuesto no podemos considerar ética, pues aquí no sirve el mínimo común denominador.

De todas formas, toda esta especiosa argumentación demuestra un desconocimiento casi total sobre el Círculo de Viena y las más destacadas figuras de la Filosofía de la ciencia (Kuhn, Popper, Feyeraben y Lakatos). Ni la “falsación” de Popper ni el “paradigma” de Kuhn van hoy por esa vía, si bien ambos coinciden en rechazar la verificación sostenida por el positivismo lógico, que es a la que parece agarrarse Marina. Parece, pues, que Marina no está al tanto del debate epistemológico actual, o que, al menos, no es consciente de la trascendencia que tiene.

Si añadimos que la obra está llena de tópicos desgastados y de probada falsedad, como por ejemplo que Jesucristo tenía hermanos, podemos concluir que es una obra poco fundada, producto más bien de cierta querencia ególatra que del estudio. Su lectura ni hará mejor al que lo lea, ni le ilustrará en el verdadero sentido de la fe, ni, lo que es peor en un ensayo de este tipo, le dará idea de cual es el debate actual en torno a los temas que trata.

Un ensayo que pretende justificar la relegación a la privacidad de la religiosidad, al menos debería justificar por qué o dar noticias de las justificaciones que hoy en día dan las disciplinas encargadas de ello. No obstante, no hace ni lo uno ni lo otro. Acumula en algunos casos falsas argumentaciones, en otros sostiene teorías hoy en día desfasadas y en otros ni se molesta en argumentar, simplemente emite juicios sin más.

En cualquier caso, se echa de menos un estudio más pormenorizado de la epistemología, que es la llamada a poner en tela de juicio su teoría de las dos verdades; un estudio siquiera somero de la historicidad de los evangelios y de la inerrancia, que ni siquiera se cita; y en estudio sobre la ética de mínimos o la imposición generalizada de una ética común a toda la humanidad. El no haber tratado estos temas hace que más que ante un ensayo estemos ante un divertimento pseudofilosófico, pues demuestra no estar al día en el debate intelectual vigente en los campos que trata.

Javier Mª Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna








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