Minuto Digital: 17.05.2006
En la carrera diplomática hay un amplio grupo de profesionales que parecen más diplomáticos de Marruecos que de España, por la pasión que ponen en conseguir la anexión del Sáhara por los ocupantes, aunque sea el pueblo español quien paga sus salarios y sus residencias.
De algunos de ellos, como Máximo Cajal, intérprete en la entrevista entre los generales Franco y De Gaulle, y José María Ridao, ya nos hemos ocupado. Otro promarroquí fue Alfonso de la Serna, fallecido en enero pasado. En esta ocasión nos ocupamos de recordar los servicios de Joaquín Ortega Salinas a la dinastía alauita.
Según cuenta en su libro ‘La Casa’ sobre el CESID, el periodista Fernando Rueda, en 1991 tres saharauis penetraron en la embajada española en Rabat y pidieron asilo político. Aunque el Sáhara Occidental es, como ha dictaminado la ONU, un territorio pendiente de descolonización e invadido, el bien pagado diplomático instó a los saharauis a abandonar la embajada.
Su compenetración con los intereses marroquíes fue tal que permitió la entrada en la embajada –suelo español- de dos policías marroquíes que amedrentaron a los saharauis. El mismo Ortega presionó a los atemorizados saharauis. Éstos, al final, salieron de la embajada y, añade Fernando Rueda, desaparecieron. Uno de ellos es Hamd Hmad, que ha sido torturado en la represión de la infitada saharaui (que cumple ahora un año) y condenado a varios años de cárcel por los tribunales marroquíes.
Aunque parte del personal de la embajada protestó a sus superiores por el comportamiento rastrero de Ortega, éste no sólo no fue reprendido –eran los años de gobierno de Felipe González-, sino que ha desempeñado mejores puestos en la carrera diplomática, como embajador en Bélgica.
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