Archivo Enero 2010 a Noviembre 2010 de MinutoDigital.com

Archive for the ‘libros’ Category

Iñaki Ezkerra: “Ser un escritor incómodo en mí es algo natural”

with 4 comments

Iñaki Ezkerra acaba de publicar “Historias de amor y de odior” en la colección Bruguera de Ediciones B, un volumen de veinte relatos de humor que presentó hace unos días en Bilbao. Con motivo de su nueva presentación en el café-librería “La Buena Vida” de Madrid el jueves, 17 de junio, en compañía de Soledad Puértolas y de Ángela Vallvey, Minuto Digital ha querido hacerle una entrevista a fondo en la que entre otras cosas confiesa su ilusión por escribir libros que desasosieguen un poco al lector aunque “no más de lo estrictamente necesario”.

Yolanda Morín.- Lo primero que llama la atención de tu libro es el título. Hasta ahora habíamos oído hablar del odio, pero ¿qué es eso del odior?

Iñaki Ezkerra.- El odior es una palabra que me he inventado para denominar ese tipo de sentimiento que va más lejos del odio, o sea que consiste en aborrecer con una intensidad, una entrega desinteresada, una dedicación y una concentración similares a las del amor. Yo nunca lo he experimentado, la verdad; lo digo humildemente; pero he conocido casos y alguno del que he sido víctima incluso. El ser que está locamente “enodiorado” de otro trata de saber sobre la vida de éste como el enamorado de la persona a la que ama. Trata de enterarse de sus gustos, sus simpatías, sus fobias, sus rutinas, de cuáles son sus amistades… Y va hablando de una forma tan injuriosa del ser al que odia que se pone él mismo en evidencia. Digamos que se pone hasta pesado con el tema y que le brillan, le mariposean los ojillos cuando habla de él con inquina como le ocurre a menudo al enamorado cuando habla con embelesamiento. Hay un embelesamiento en determinadas maneras de aborrecer.

¿De que te estás riendo más al hablar del odior? ¿Del odio o del amor mismo?

Yo no me río de esas cosas porque son muy serias, pero insisto en la similitud estructural entre ambos sentimientos. Decía Oscar Wilde en “La balada de la cárcel de Reading” que “todo hombre mata lo que ama, el cobarde con un beso, el valiente con la espada”. Yo no comparto literalmente el sentido de esa afirmación, pero sí el parecido inquietante que insinúa entre el sentimiento amoroso y el odioso a través de la coincidencia de las consecuencias de uno y otro. Usaré un ejemplo. Recuerdo un amigo de la universidad que era muy pesado hablándome de sus amores. Me tenía de confidente y me informaba hasta de los horarios de la chica que le gustaba, que era estudiante de Derecho. Estaba enamorado como sólo se enamora la gente a esas edades. El hombre deambulaba melancólico por el campus de la uni, los bares, los cafés, los jardines y las esquinas como un alma en pena. Llevaba su enamoramiento escrito en la cara y te pegaba unas brasas tremendas. Estaba tan perplejo ante el sentimiento del amor y tan embriagado de él que creía que había que compartirlo con todo el mundo, que la existencia del mundo dependía de que él tuviera éxito o no en aquellas lides sentimentales. Pues bien, con los años me he encontrado a más de un pelma que le pasaba lo mismo con el ser a quien detestaba, que mostraba la misma espesura y la misma cursilería incluso. Me he encontrado con gente que se sonrojaba y a la que le mariposeaban los ojitos hablándose contra alguien… Esto es lo que yo creo que podríamos llamar un caso de “odior platónico”.

Las mujeres que aparecen en tu libro no salen muy bien paradas. ¿No eres un poco misógino?

Es verdad que no salen muy bien paradas. De hecho la única buena que hay es una estatua en el cuento de “La hetaira”. Pero eso no se debe a la misoginia sino a la visión de la condición humana en general. A la hora de escribir siempre me he movido entre la sensación de que todo ser humano es depositario de un indescifrable misterio y la de que la Humanidad somos una pandilla de cantamañanas. Esta última sensación me asalta cuando me encuentro con alguien a quien no veo en veinte años y a los cinco minutos me doy cuenta de que sigue siendo eso, el mismo cantamañanas de siempre, con las mismas vanidades, las mismas obsesiones, las mismas tonterías… Siempre que hago narrativa me muevo irresolublemente entre esas dos sensaciones, en esa contradicción. Por cierto, un crítico del diario El Correo ha señalado que en mi libro salen peor parados los hombres que las mujeres. Lo digo en mi defensa.

También ha habido otro, el del diario La Razón, que ha señalado que en tu libro nada es lo que parece. ¿Estás de acuerdo con esa apreciación?

Sí y me parece muy sutil. En el fondo es que yo soy bastante cartesiano asunque sean disparatados e irracionales mis personajes. Esa idea de que “nada es lo que parece” yo pienso que responde a la misma desconfianza filosófica que tenía Descartes hacia las percepciones sensoriales. Descartes, pese a ser el padre del racionalismo, contempla en sus “Meditaciones Metafísicas” la posibilidad de que exista un genio maligno, un demonio que puede estar burlándose de nosotros y haciendo que el mundo de las apariencias que percibimos, o sea nuestras sensaciones sean alucinaciones de sueños diseñadas para engañar a nuestro juicio. En mis cuentos ese tipo de confusión se repite constantemente. Es la gran clave del libro. Cuando los personajes no mienten yerran, se equivocan engañados o desconcertados por su percepción.

¿Podrías poner algún ejemplo?

Sí. Ya en el primer cuento, “Salinas de la Barquera”, el personaje quiere visitar el lugar donde nació la mujer a la que ama. Cada edificio, cada fuente, cada rostro que ve le parecen un signo reconocible y trascendente del alma de esa mujer. Tiene la sensación de haber estado allí antes, de que toda su vida cobra sentido gracias a ese viaje para el que estaba predestinado. Sólo al final se dará cuenta de que se ha equivocado de pueblo. Por otra parte, “el ruido del mar” que percibe una mujer en el segundo cuento del libro es en realidad el sonido del camión de las basuras. En otro relato, el titulado “El Cuerpo Consular” la protagonista cree que es admirada por su pintoresco puesto diplomático en vez de porque está muy buena. Se trata de un ingenua y una infeliz que no es consciente del efecto que provoca en los hombres. En “¡Ustedes son auténticos!” un par de matrimonios pijos son timados en un chiringuito playero por un dueño que va de hombre sencillo y es un impostor. En “No me cuentes tu viaje a Grecia” los protagonistas cofunden con un músico bohemio a un traficante de armas y el mismo cuento que cierra el libro. “La ruta de Carballeda o el hombre que era varios” es una alucinación… En todos o en casi todos los cuentos hay un engaño, una trampa que a menudo es la sorpresa final.

Has citado al demonio en boca de Descartes. ¿Es que tú crees en el demonio?

La verdad es que viendo el mundo que nos rodea a veces es difícil no creer que existe. Yo, para ser consecuente con mi agnosticismo, no puedo negar su existencia tajantemente, como no puedo negar la de Dios. El rechazo dogmático de la existencia de Satán no viene de los agnósticos sino de cierto sector buenista del cristianismo que sólo quiere quedarse con la parte buena de la doctrina. Con poca lógica, ese sector no comprende que la aceptación de lo “bueno sobrenatural” también implica la aceptación de la posibilidad de lo “sobrenatural malo”. Yo en este asunto ni entro ni salgo, pero a menudo he tenido la percepción de lo diabólico precisamente en la gente que más va por la vida de santurrona. El nacionalismo vasco sería un ejemplo inesquivable en este sentido, ese catolicismo tan ostentoso y fariseo. También la extrema derecha de este país. Me lo dijo una vez el gran Beristain, que era un jesuita ilustrado de la vieja escuela y por lo tanto uno de los hombres más cultos, abiertos y tolerantes que he conocido: “Recuerda que cuando más temible es el demonio es cuando se esconde en la cruz”.

Hay un cuento, “Un hombre muy violento”, que parece una sátira de la visión peligrosa del hombre que nos brinda la Ley de Violencia de Género…

Sí, en efecto, no es una sátira de la violencia doméstica, que me parece una triste lacra, sino de los tópicos feministas que hay para enfocar ese problema. El protagonista es un infeliz, un pringado, y la mujer le chorrea con todos los lugares comunes que hay en esa visión del género masculino como una amenaza intrínseca. Cada vez que sale un caso luctuoso en la televisión le mira a él como si fuera el culpable cuando la verdadera maltratadora es ella. Es otro caso en el que un personaje tiene una percepción errónea de la realidad, que se va desvelando por los hechos.

En tu libro hay varias maltratadoras. Otro ejemplo es “La mujer que sabía mandar”. ¿Estás contra esa Ley de la Violencia de Género?

Sí, pero mi crítica, como es mi costumbre, no es desde la derecha sino desde la izquierda. Penalizar al hombre por serlo va contra la más elemental noción de igualdad. No es ése el camino. Se está pretendiendo presentar la historia de la Humanidad como una lucha entre el hombre y la mujer reproduciendo el esquema clásico de la lucha de clases. Eso es lo que quieren decir determinadas feministas radicales cuando ante un asesinato exclaman cosas como: “Ha caído una más”. Como si hubiera una ideología antifemenina y unos partidos políticos que defendieran el crimen; como si el esquema dibujado por Marx para delatar la lucha de clases fuera trasladable a una presunta lucha de sexos. Y es que, aunque fuera así, que no lo es, ni siquiera Marx se atrevió nunca a tanto. Nunca planteó penalizar a un empresario ante la Justicia por estar en una posición de fuerza superior a la del proletario.

Has dicho que ese sentimiento inédito de tu libro, el odior, puede ser desinteresado. ¿No es ésa una licencia literaria?

En absoluto. Aquel a quien la aversión que tiene hacia alguien le ciega hasta el punto de ir de un lado a otro proclamándolo y poniéndose en evidencia actúa con un punto de desinterés evidente, como el enamorado. No mide las consecuencias que ese comportamiento tiene para él, la imagen que da de desequilibrio emocional. No es dueño de su sentimiento sino más bien un esclavo de su pasión. Hace estupideces para perjudicar a ese ser como el enamorado las hace para acercarse a quien ama. Una persona normal no hace eso, o, mejor dicho, lo hace cuando sufre un flechazo o un “antiflechazo” en este caso. Si hasta el amor debe tener sus límites, no digamos ya el odior. De todo modos el cuento en el que aparece descrito este sentimiento –el titulado “Una bella historia de odior”- es una broma. Me divertí planteando narrativamente esa situación insólita, la de dos seres cuyo odior es espontáneo y recíproco.

Me parece que en todos tus relatos hay una intención de inquietar al lector, de burlarte de él, de desafiarle, de meterle en una encerrona de la que no sale exactamente complacido…

Yo es que creo que la literatura no debe ser nunca complaciente. La literatura está para incomodar. En alguno de sus ensayos Ernesto Sábato dice que la vida es un trayecto que hacemos dormidos sobre el carro que nos lleva del paritorio al cementerio y que la misión de la literatura es despertarnos en medio de esa ruta. Yo siempre aspiro a que mis relatos sean una pequeña conspiración contra el lector, una carcajada que le quite la sonrisa complaciente, y creo que a veces lo consigo. Yo es que creo que en eso consiste el compromiso del escritor, que no es un compromiso político sino más amplio, un compromiso existencial. Y para mí ser un escritor incómodo es algo natural. Estoy en mi elemento.

Sin embargo, en la presentación de tu libro en Bilbao Ramón de España comentó tu estoicismo, el buen talante ante lo indignante, ante esos personajes que se acercan a tu vida “para hacértela miserable”. ¿No implica eso falta de rebelión, una cierta conformidad?

Bueno, reconozco que ésa es una pose del narrador. Yo no soy así en la vida. Me rebelo. O si actúo con estoicismo luego me arrepiento o tengo que escribir un cuento para descargar el sentimiento de afrenta que una situación me ha producido. Me vengo en el papel y lo hago colocando a ese narrador paciente que parece no reaccionar. En realidad es un truco para poner de mi parte al lector porque tampoco deseo tenerlo como enemigo sinmo como aliado. Le dejo que se indigne más que yo mismo ante lo intolerable. Convierto en más inadmisible aquello que lo es de por sí dibujando a un narrador lúcido pero contenido. En el fondo es una manera de establecer complicidad con el lector haciéndole compartir un sentimiento de impotencia ante la estupidez que seguro que él también en más de una ocasión habrá experimentado en su vida.

Has hablado de que eres incómodo sin proponértelo. “Exiliados en democracia”, tu último libro político fue bastante incómodo. ¿También éste de relatos lo es?

Probablemente lo sea, pero creo que de otra forma, de un modo más profundo que el superficial de la política, en el plano de las concepciones que tenemos de la vida. Pero es cierto, a mí pesar siempre consigo hacer libros que a la gente convencional le ponen nerviosa. Digo a mi pesar pero me consuelo también pensando que eso es un éxito no buscado, seguir inquietando con más de cincuenta años, no haberte hecho acomodaticio, no haber claudicado, seguir diciendo cosas que cuestionan al personal y que le obligan a hacerse preguntas. A la gente le gusta pasar por comprometida, pero eso tiene un precio, el de decir la verdad. A la gente le gusta que se diga de ellos que tal cosa que han dicho o que han escrito “ha levantado ampollas”, pero luego quieren el elogio. Si levantas ampollas de verdad estás renunciando a que te elogien los aludidos y los pelotas de los aludidos y los cobardes y los timoratos de siempre que nadan a ocho aguas y no quieren líos. En mí asustar a los timoratos es una facultad natural, como digo. No tengo que esforzarme. Abro la boca y ya digo cosas que inquietan. Bueno, inquieta a determinado tipo de seres que se hallan bien instalados en sus convicciones de izquierdas o de derechas. La verdad es que esto me ha pasado siempre. Además da igual que escriba de política o de ficción. Puedo presumir con toda legitimidad de que yo no es que levante ampollas. Levanto abscesos y diviesos como cebollinos.

¿Eso quiere decir que no te gusta la realidad, que no te gusta la vida?

La vida y la realidad son cosas diferentes. La realidad puede no gustarte y la criticas precisamente porque amas la vida, porque la vida es la gran aventura que nos ha sido dada para rebelarnos contra la realidad e intentar cambiarla, acercarla aunque sea sólo unos milímetros a tus sueños. Protestar, criticar, rebelarse no es algo que hagan los amargados sino los que amamos la vida. Precisamente porque me gusta la vida, sé muy bien que los vivos tenemos la obligación de estar vivos en efecto, de dar guerra, de rendir gratitud a ese privilegio. El amargado es el que no lucha, el que se resigna, el que se doblega, el que se calla y alimenta y riega como una planta su úlcera de estómago.

¿Qué diferencia fundamental ves entre los libros políticos que has escrito y los de relatos?

Que en los relatos, en la narrativa en general, no tengo que convencer a nadie y eso es un verdadero descanso. Tú te limitas a contar hechos con una determinada malicia, por supuesto, pero sin intervenir. En el cuento de “Un hombre muy amenazado”, el personaje que chulea porque lleva un arma y va con escolta por las calles del centro de Madrid crea agresividad en las personas con sentido común. Lo mismo pasa con la familia fachilla que en el cuento “Es que se come muy bien” se anima a ir a comer a una Herriko Taberna por la buena relación entre la calidad y los precios. Lo gran irritar al lector sin que emita ningún juicio el narrador omnisciente. El personaje de “¡Por fin lo voy a contar todo!”, un progre de Barcelona que defiende a Fidel Castro, indigna al personaje que narra, un escritor cubano represaliado. En ese cuento he hecho una renuncia al estoicismo. Ese personaje acaba cogiendo una pistola. Es una licencia que me he tomado, pero una licencia humorística. En este libro el humor siempre aparece para quitarles hierro a los asuntos dramáticos.

Has dicho que el estoicismo es una pose del narrador. ¿Tú no lo eres en absoluto? ¿Detestas las actitudes estoicas?

El estoicismo tiene aspectos negativos y positivos. Yo procuro quedarme con estos últimos. El estoicismo que tienen ciertos andaluces, el heredado de Séneca o retratado por él, es un estoicismo alegre, sabio, de aceptación de la vida tal como viene y de decisión íntima de no amargárnosla intentando cambiar lo que no tiene remedio. Pero hay un estoicismo español que igual tiene que ver más con la fatalidad judeocristiana (está mezclado con ésta como ocurre con tantos elementos paganos y con tantas otras cosas en el alma española) y que a veces nos sale en la política como una especie de fatum, de conciencia de derrota. Pasa ahora con Zapatero. Hay quien nos quiere convencer de que no hay alternativa a él. Claro que la hay. Están las urnas. Ponerse a hacer noventayochismo barato en el siglo XXI es una impostura imperdonable. Lo que sucede es que la mayoría de los intelectuales de derechas no han pasado de Unamuno y les gusta mucho lo de llorar por España. A mí para llorar por España me falta fuelle lírico. A mí ese estoicismo, que ya digo que tiene componentes judeocristianos y probablemente árabes, me subleva.

Written by admin

junio 14th, 2010 at 9:02 pm

Posted in libros

Fernando Navarro García: “La mejor manera de vencer al totalitarismo es conociéndolo”

with 12 comments

Fernando Navarro García acaba de publicar Diccionario biográfico de nazismo y Tercer Reich (Sepha, 2010), el primero en español de estas características y el primero de una colección dedicada a los totalitarismos que será dirigida por él mismo.

Vd. profesionalmente se dedica a temas que nada tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, ni siquiera con la Historia o la Política. ¿A qué se debe su interés por el nazismo?

He vivido en una casa llena de libros y recibido una educación “humanística”, en el sentido de excitar la curiosidad por las cosas. La Historia siempre me ha resultado un apasionante taller en el que pueden estudiarse sin riesgos prototipos exitosos y fiascos notables. Es una pena que los programas actuales estén relegando las Humanidades a un tercer plano, pues la Historia es a la política y sociedad lo que la experiencia a la vida. Soy profesor de ética en las organizaciones y el nazismo es quizás el ejemplo más “perfecto” de vicio institucionalizado que ha existido jamás. Durante algo más de un año trabajé en Angola, país que a la sazón sufría una brutal guerra civil de treinta años. El dolor que allí vi y experimenté me demostró que la miseria y grandeza humanas no tienen límites y que no hay espanto del pasado que no pueda repetirse hoy. La Democracia y la Libertad son minoritarias en el planeta, y muy frágiles.

¿Y cuál cree que será el lector tipo de Flores del Mal, la colección que dirige, personas preocupadas por las consecuencias del nazismo o simpatizantes del régimen de Hitler?

Imagino que la colección puede resultar interesante a ambos tipos de lectores. Espero que la minoría que simpatiza con el nazismo deje de hacerlo al leer o consultar las obras seleccionadas. Mi posicionamiento como autor es indudable: el nazismo, al igual que todos los totalitarismos, es execrable. Sin embargo, dentro del III Reich hubo infinidad de matices y tendencias que tampoco deben ser simplificadas con un “todos fueron demonios”. Como nos recordó Hannah Arendt, lo que más abundó fue un perfil muy “banal” del mal: una masa informe, anónima, acomodaticia, tibia y acobardada de personas que renunciaron a enfrentarse al nazismo cuando podían hacerlo. Pensaban que el nazismo sería pasajero, que una vez en el poder no sería tan radical y que podía llegarse a acuerdos razonables. Fueron necesarios 12 años de III Reich y 60 millones de muertos para saber que estaban equivocados.

En la democracia española hay cierta limitación a la libertad de expresión precisamente en cuanto a ciertos temas sobre el nazismo. ¿Cree que Flores del Mal puede ser afectada en este sentido?

No creo que exista limitación a la Libertad de expresión acerca del nazismo y si, probablemente, con respecto a otras ideologías o tendencias totalitarias. Creo que es un error prohibir que se conozcan las fuentes originales que justificaron un horror como el nazismo pues impidiendo indagar en su disparatado ideario lo que se consigue precisamente es crear un aura legendaria que solo muestre sus aspectos más atractivos (su llamativa iconografía, maquinaria bélica y organizativa, etc). La mejor manera de vencer al totalitarismo es conociéndolo y no restándole un ápice de su potencial expansivo. ¿No dicen que la principal fortaleza del vampiro estriba en hacer creer a los humanos que no existen?

¿Qué diferencia tendrá esta colección de otros libros «rescatados» por editoriales neonazis?

Se trata, en primer lugar, de una colección dirigida por un equipo cuyo posicionamiento político es indudablemente favorable a las libertades democráticas. Flores del Mal nace para que los errores del pasado no vuelvan a repetirse. Para ello hemos optado por rescatar las fuentes primarias, tal cual fueron escritas, sin añadidos ni interpolaciones ocultas. Las obras seleccionadas fueron firmadas en su mayor parte por personas que habiendo sido nazis en los primeros tiempos “se cayeron del caballo” poco después de la toma del poder. Los autores fueron personas que conocieron muy bien a Hitler o algunos de los principales jerarcas del NSDAP, aunque finalmente optaron por enfrentarse al nazismo. Todas las obras fueron escritas “en caliente”: inmediatamente antes o durante la guerra. Eso significa que casi todas las obras de la colección adolecen de exacerbada pasión, partidismo (a favor o en contra del nazismo) y en ocasiones de algunas imprecisiones o lagunas históricas que en el momento de publicarse la obra eran desconocidas. Para compensar este “impuesto histórico” de imprecisión cada libro llevará una introducción y notas a pie de página que sitúen los hechos en un exacto contexto histórico.

En esta colección sólo se van a publicar libros sobre el nazismo, ¿o se extenderá a otros totalitarismos?

Durante el siglo XX surgieron dos grandes “estilos” totalitarios: el fascismo (con su variante nacionalsocialista alemana) y el comunismo, en sus diferentes versiones (soviética, china, camboyana, cubana o norcoreana). La colección aspira a recoger obras de ambas facciones, si bien la literatura producida hasta la fecha sigue siendo mucho mayor en su vertiente de nazismo o fascismo y en ella nos centraremos principalmente. El comunismo todavía necesita un verdadero y riguroso juicio histórico. El haber sido la URSS una de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial eximió al comunismo de tener que rendir cuentas; sin embargo los crímenes de los que son responsables igualan o superan cuanti-cualitativamente el horror nazi.

Centrándonos en el Diccionario Biográfico, en la introducción advierte sobre “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista…”. ¿Guarda algún paralelismo con la situación política en Europa con respecto al islamismo?

Soy tan crítico del Choque de Civilizaciones como de la idílica y antifáctica Alianza de Civilizaciones. No creo que el islam sea el problema, sino la pasividad de las democracias ante la amenaza totalitaria, venga de donde venga. Creo que es injusto calificar a un creyente musulmán de terrorista (siquiera potencial) o de fanático. Del mismo modo creo que es suicida no poder criticar a otro creyente musulmán que propugna la derogación, limitación o control de los Derechos Humanos. Hay unas reglas de juego democrático que los demócratas deben estar dispuestos a defender sin complejos. El poema del pastor protestante Niemöller al que usted alude es perfectamente válido para reflejar la fragilidad de una democracia cuya ciudadanía asume aletargada la pérdida paulatina de libertades.

Su libro se trata de un Diccionario, ¿no debería ser más aséptico? Da la impresión que desde el principio hace una distinción entre buenos y malos, y por tanto subjetiva…

La asepsia es justamente lo que he querido evitar. En tiempos de relativismo moral es importante incidir en que hay acciones buenas y malas. Todo no puede ser relativo. Existe el Bien y el Mal. Hay héroes y canallas. Mi modesta función como autor, y también como estudioso de la ética, es tomar partido. En el diccionario se analizan minuciosamente las vidas de casi 600 personas. De ellas sólo un pequeña parte encarnó al mal absoluto; otro puñado más representó el heroísmo y la abnegación más encomiable. La inmensa mayoría fueron en algún punto ciudadanos normales, colaboradores, conformistas, irresponsables que, como más tarde justificaron en Nuremberg, “no sabían realmente lo que hacían”. La bondad y maldad no son subjetivas (eso es lo que propugna el relativismo). Hay una fotografía en el libro en la que un asesino de las SS apunta con su arma a una madre. La madre está de espaldas a él, frente a la fosa, y abraza a su pequeña hija. Ambas juntan sus mejillas, muy apretadas. La niña quizás pensaba que su madre podría salvarla de aquello. La madre, sin embargo, tuvo que sufrir lo indecible hasta que aquel canalla anónimo acabo con ella. Esa brutalidad descarnada fue sólo posible bajo una ideología que enseñó a sus millones de acólitos que aquella madre y su hija no eran humanos (untermenshen, en su voz alemana). No se puede “relativizar” la maldad intrínseca del nacionalsocialismo, ni de otras ideologías totalitarias.

No entra con ningún personaje a discutir las teorías revisionistas que dicen, por ejemplo, que el Diario de Anna Frank es falso y que se escribió después. ¿Sólo cuenta la historia de los vencedores?

El Diario de Ana Frank, salvo nuevos descubrimientos, es verdadero. Pero incluso aunque algún día se probara falso, ello no desmentiría el Holocausto, ni el dolor, la angustia y valentía de miles de niños víctimas del nazismo. Las víctimas no son nunca vencedoras. El diccionario recoge muchas vidas truncadas, que no pudieron ver la derrota del nazismo. También hay muchos otros vencidos que supieron apañárselas para salir adelante y hasta prosperar en la postguerra. Hay un tipo de canalla, superviviente nato, que siempre logra esquivar a la justicia y aliarse con el poder de facto, cualquiera que éste sea. En cuanto al revisionismo, creo que de momento todavía está bastante necesitado de un verdadero “corpus” historiográfico bien fundamentado. Mientras sigan negando la existencia del Holocausto, las cámaras de gas o la foto de esa madre y su hijita a punto de ser vilmente asesinadas, creo que nadie los tomará en serio. Seguirán ocupando el espacio dedicado a obras del tipo “Jesucristo fue abducido por un OVNI y hoy predica en Urania”.

Después de la ardua investigación que ha realizado para escribir este libro, ¿puede ver diferencias entre el nazismo y el neonazismo?

No soy un especialista en neonazismo, pero tengo la sensación de que las diferencias son enormes. El neonazismo se acoge a los aspectos más epidérmicos, “folclóricos” y litúrgicos del nazismo (antisistema sistemático, indumentaria, barbarismo asilvestrado de la acción directa, y unas pocas obras icónicas compartidas y generalmente no leídas) pero sin llegar a profundizar en su verdadera sustancia. Creo que el neonazi percibe el sabor del nazismo de la misma manera que una cuchara el sabor de la sopa. En todo caso, el movimiento neonazi –si estuviera bien dirigido por una mente más estructurada– podría desempeñar un rol instrumental más parecido al de las SA a finales de los años veinte.

Con frecuencia la izquierda llama ultraderechistas a los nazis, pero olvidan su componente socialista, ¿cree que al nazismo del siglo XXI le quedan restos socialistas de los años 20 o después de la Noche de los chuchillos largos el nazismo no se distingue de la extrema derecha?

Efectivamente, una gran parte de las bases y jerarcas nazis provenían directamente de la extrema izquierda (Goebbels para empezar). El nazismo es la abreviatura del NSDAP, esto es, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Su ideario está plagado de consignas revolucionarias (hoy diríamos “antisistema”), algo que mantuvieron, aunque formalmente, una vez llegaron al poder. Algunas de las políticas “sociales” (ecologismo, derechos laborales, etc.) del nazismo fueron muy vanguardistas en su época. Su otro pilar fue el “nacionalismo” étnico (todavía vigente en Europa y España): los alemanes era un Pueblo de Señores, distinto y superior a sus vecinos, con mayores derechos, había sufrido afrentas históricas insoportables (reales o ficticias, eso importaba poco) y tenía que resarcirse primero con el siempre lucrativo victimismo y más tarde con la inapelable fuerza. La idealización del pasado, de la vida campestre, de la sangre y de la lengua fueron los principales catalizadores del principio de “Sangre y Suelo”. Asociar nazismo o comunismo a extrema derecha o izquierda creo que es un error. El totalitarismo se explica a sí mismo sin necesidad de apoyarse en ideologías previas, a las que habitualmente tacha de débiles, incompletas y fallidas. De facto, cuando nazis y comunistas tuvieron que llegar a una entente poco antes de la guerra (pacto Molotov-Ribbentrop) la consiguieron con suma facilidad. Eran intrínsecamente igual de tóxicos.

Written by admin

junio 12th, 2010 at 9:08 pm

Posted in libros

Álvaro de Diego González:”Todo apunta a que José Antonio le hubiera sido muy incómodo a Franco en zona nacional”

with 41 comments

Álvaro de Diego González es profesor de Periodismo en la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Anteriormente fue profesor en la Universidad CEU-San Pablo, donde ha ejercido como secretario del departamento de Periodismo y coordinador de la citada titulación. Acaba de publicar El franquismo se suicidó (Sepha, 2010).

Hace escasas semanas la actriz Maribel Verdú decía que no había que dejar de hablar de la Guerra Civil. Usted tampoco lo hace, pues ha escrito también Historias orales de la Guerra Civil (2000), José Luis Arrese o la Falange de Franco (2001) y Las mujeres de la transición (2008). ¿Hay que hurgar en las heridas del pasado?

No creo que “hurgar” en el pasado sea una ocupación beneficiosa para ninguna sociedad madura. Escarbar en la historia con prejuicios sólo puede conducir al enfrentamiento y a la fractura, más si lo hacen personas con intereses ajenos a la misma como son los políticos o los artistas, que buscan manipular o conmover. El legítimo deseo de hallar los restos de familiares represaliados no puede quedar en manos de quienes pretenden instrumentalizarlo, pues, como aseveraba Taine, “nada es tan peligroso como una idea amplia en cerebros estrechos”. La historia deben reconstruirla, que no reescribirla, los historiadores.

Se habla mucho del revisionismo histórico al referirse a los historiadores que cuestionan la interpretación vencedora de la Segunda Guerra Mundial. ¿Pero no hacemos todos en realidad revisionismo histórico?, los nacionalistas reinterpretan la historia mitificando ciertos acontecimientos, los socialistas y comunistas reinterpretan la Guerra Civil eximiendo prácticamente de toda culpa a uno de los bandos… ¿Usted tiene algo preferente que revisar?

El verdadero revisionismo ha de ser antes una consecuencia de la investigación científica que una hipótesis de partida de la misma. Esta investigación ha de guiarse por la búsqueda de la verdad, por incómoda que ésta pueda llegar a resultar. Y resulta obvio que esas formas de revisionismo apuntadas (nacionalismos, socialismos, comunismos, etc.) se ven determinadas por el condicionamiento ideológico, que ajusta, aunque sea a martillazos, la realidad a los prejuicios. El historiador profesional, que obviamente no carece de valores, debe guiarse por la honestidad en el recurso a las fuentes y el respeto a la crítica a las interpretaciones plausibles que alcanza. En todo caso, la primera revisión general compete al mundo de los medios de comunicación, que configuran las mentalidades con independencia de otra consideración.

¿En España se está haciendo verdaderamente un proceso de construcción de memoria histórica?

Se está haciendo. La memoria histórica es un concepto vaporoso y delicado. No hay una sola memoria y, si existiera, no podría ser estrictamente “histórica”, sino personal y estimativa. Reivindicar la Segunda República, un periodo con más sombras que luces y del que derivó la gran tragedia colectiva de la Guerra Civil, supone construir una falsa memoria. Descalificar con falsedad a un partido democrático como heredero de la dictadura o inventar historias particulares que justifiquen tentativas separatistas también son elementos del mismo proceso. Una gran parte de la izquierda política ha asumido un concepto negativo en bloque de la Historia de España, que, como apuntó Julián Marías, no tiene nada de distinta, con sus aciertos y errores colectivos, de la de Francia o Inglaterra.

Su último libro tiene un título muy sugerente. ¿El franquismo se suicidó matando primero al nacionalsindicalismo?

La respuesta es compleja. El franquismo no fue una dictadura totalitaria de partido único, sino autoritaria, esto es, de equilibrio entre distintas “familias” políticas (monárquicos, “católicos”, tradicionalistas, falangistas, etc.) bajo el arbitraje inconstestable de Franco. Por ello, el régimen asimiló la nomenclatura e incluso gran parte de la propuesta institucional del falangismo, si bien vaciando a éste de su contenido revolucionario. Las conquistas sociales procedieron de una asunción mínima del programa nacionalsindicalista. Una asunción que permitía no quebrar el citado equilibrio de “familias”. Fueron, no obstante, los falangistas los que señalaron que el régimen moriría con Franco si se insistía en legar los poderes de jefe de Estado a un monarca sin más cortapisa futura que un juramento. Fueron desoídos, pero acertaron.

Cuando estalló la guerra, el hijo de Largo Caballero estaba cumpliendo el servicio militar en la unidad de Transmisiones del Regimiento de El Pardo. Este regimiento que apoyaba el alzamiento, se marchó después de la caída del Cuartel de la Montaña a las cercanas posiciones de Segovia, en poder de los «nacionales», y se llevó preso al hijo del dirigente socialista. Se dice que hubo un intento por parte de los falangistas de cambiarlo por Primo de Rivera. ¿Por qué no fructiferó el trueque? Los «falangistas auténticos» lo achacan a la poca voluntad de Franco porque sobreviviera un líder que, cuanto menos, le habría dado más de un dolor de cabeza. ¿Qué hay de cierto en ello?

Todo apunta a que José Antonio le hubiera sido muy incómodo a Franco en zona nacional. De hecho, tras el fusilamiento en Alicante del jefe falangista, Prieto facilitó el canje de Raimundo Fernández-Cuesta en la esperanza de que crearía problemas a los militares alzados. Franco y José Antonio no se habían entendido en absoluto antes de la guerra y, de hecho, si había un político capaz de suscitar una movilización masiva y entusiasta entre la juventud de los nacionales ése era Primo de Rivera. En las operaciones de liberación o de canje del prisionero de Alicante Franco se movió más bien en el terreno de la ambigüedad. No se puede decir que impidiera esos intentos, pero parece que tampoco se implicó a fondo en ellos. Probablemente temía que una personalidad tan fascinante le restara protagonismo en su bando.

Juan Carlos I es rey por voluntad de Franco. Incluso pasándose por alto la sucesión que debiera corresponder a Don Juan. ¿Se puede decir entonces que tenemos un rey franquista o que el sistema político español es heredero del régimen franquista?

Juan Carlos I fue rey por voluntad de Franco hasta la aprobación de la Constitución de 1978. No creo que se pueda hablar tanto de que tenemos un rey franquista, cuanto de que nunca se planteó un referéndum sobre la forma de Estado. Con muchos matices, se puede decir que el sistema democrático es heredero del franquismo, porque se pasó del régimen autoritario al parlamentario “de la ley a la ley y a través de la ley”. Ahora bien, la herencia real del franquismo, y en esto seamos parciales en el mejor de los sentidos, fue una clase media inédita hasta entonces en nuestro país y el generoso servicio a España del reformismo franquista que aprobó mayoritariamente la Ley para la Reforma Política.

¿La Iglesia se subió oportuna y premeditadamente al carro de la democracia o fue debido a su propia reestructuración interna tras el Concilio Vaticano II que abrazó la democracia?

La Iglesia o, en un sentido más amplio, el catolicismo fue el principal elemento legitimador y deslegitimador del franquismo. Para comprenderse el apoyo inicial casi unánime a Franco de la jerarquía y una mayoría de fieles debe considerarse la salvaje represión religiosa frentepopulista. El Concilio Vaticano II dio el pistoletazo de salida al desenganche. Sólo hace falta tener en cuenta que la mayoría de los movimientos obreros contestatarios al régimen procedieron desde los años sesenta de las comunidades católicas de base.

Usted forma parte de la junta directiva de la Asociación Española para la Defensa de la Transición. ¿El gobierno de Rodríguez Zapatero ha logrado romper el espíritu de la Transición?

Creo que, efectivamente, así ha sido. El espíritu generoso y antisectario que animó aquel momento histórico ha desaparecido. Ese resultado es obra, en gran parte, de un presidente que ha asumido algunas de las reivindicaciones de la izquierda más radical y que gobierna con más interés en la ingeniería social y en el amoldamiento de los españoles a sus estrechas concepciones ideológicas que a la resolución de los gravísimos problemas reales que aquejan al país.

Written by admin

junio 9th, 2010 at 4:00 pm

Luis Antequera: “La causa de los proabortistas es una lucha necesariamente incoherente”

with 7 comments

En plena polémica por la entrada en vigor de la Ley de Reproducción Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, conocida como «Ley Aído», Luis Antequera publica Derecho a nacer (Sepha, 2010), con figuras de primera línea dentro del posicionamiento pro-vida como Benigno Blanco –presidente del Foro por la Familia– o Gádor Joya –portavoz de Derecho a vivir–, por citar sólo dos de los catorce coautores.

Se ha escrito mucho a favor y en contra del aborto provocado. ¿Qué aporta de novedad?

El libro pretende ser un sencillo argumentario contra el aborto, que sea válido tanto para aportar argumentos a los que se posicionan por la vida, como para convencer a los que se posicionan por la muerte del más débil. Algunos argumentos son ya muy conocidos, otros son novedosos, y todos ellos ofrecen respuesta a las falacias que el poderoso e imaginativo lobby abortista pone en la calle cada día.

En el libro critican la postura tibia del Partido Popular en torno a este tema (a pesar de que alguno de los autores es afiliado al PP). Ahora el PP la lucha contra el aborto –¿o sólo contra la Ley Aido?– la incorpora a su programa electoral. ¿Convencimiento o electoralismo?

Yo no puedo responder de la posición del Partido Popular ante el aborto. Lo que sí puedo decirle es que todos los que firmamos en este libro, algunos activos militantes populares y otros, como yo mismo, no, estamos contra el aborto, contra todo tipo de aborto, y desde luego por cambiar la mentalidad una sociedad como la española capaz de convivir con una cifra alarmante de 115.000 abortos al año. Estar contra el aborto no es sólo, como algunos creen y muchos están interesados en transmitir, una lucha código penal en mano; es una lucha con los muchos instrumentos que una sociedad que se pretende moderna y desde luego es próspera ofrece: pedagogía, apoyo social, valores, respeto a la maternidad, alternativas…

En su introducción señala que colaboran autores de diferentes ideologías, pero todos a favor de la vida. ¿Dónde están esos autores de izquierda que también dice que colaboran en el libro?

Reducir las ideologías a lo que hoy día catalogamos como izquierdas y derechas, es excesivamente simplista y maniqueo. Entre los quince autores que escribimos en el libro, los hay creyentes y no creyentes, quien se tiene por más conservador y quien se tiene por menos, y por lo que se refiere al problema que abordamos, el aborto, partidarios de incidir más en tal política o aspecto, y partidarios de hacerlo mejor en tal otro. No obstante ello, no crea Vd. que en la izquierda militante tal como la entendemos hoy en España, no existe oposición al aborto. Por citarle sólo un caso que acabo de tener la ocasión de analizar, en Estados Unidos un 30% de los votantes republicanos se consideran pro-elección, como ellos dicen, y no pro-vida. Pero no menos cierto es que un 33% de los demócratas, supuestamente la izquierda norteamericana, se consideran pro-vida y no pro-elección. La lucha por la vida no es una cuestión de derechas o de izquierdas. De lo que sí le informo no obstante, es de que si se realiza una segunda edición de Derecho a nacer, prometo esmerarme en aportar más argumentos de las personas declaradamente izquierdistas que, como nosotros, están contra el aborto.

Hay un dato escalofriante, que señalan Luis del Pino y Fernando Garrido en dos capítulos diferentes: matar un huevo de águila real tiene la misma pena que matar un ejemplar de águila real. En el caso de los humanos no es así…

La causa de los proabortistas es una lucha necesariamente incoherente. Las incoherencias por lo que al aborto se refiere son muchas más que ésta que Vd. señala con acierto. Sin duda, sabe Vd. que a una niña de dieciséis años no se le puede expender una cajetilla de tabaco pero sí se le puede practicar un aborto, o que mientras necesita el permiso paterno para acudir con el colegio al circo, no lo requiere para acudir a un abortorio a practicarse un legrado abortivo. No menos espeluznante me parece que muchos que se pronuncian por el aborto hablen de castigar a un padre que da una bofetada a su hijo, o que la mayoría de los que están por abolir la fiesta de los toros estén por el aborto.

Victoria Uroz y Beatriz Mariscal denuncian que los medios de comunicación no se hacen eco del síndrome posaborto, no hablan. ¿Proteger a las mujeres de que caigan en ese agujero, no debería ser uno de los objetivos del feminismo, si es que está para defender a la mujer?

Por supuesto que sí, no me cabe la menor duda. Lo que yo sí dudo y cada vez más, es si los movimientos ultrafeministas piensan en la mujer o piensan en algo diferente, como por ejemplo, en imponer una ideología de género más relacionada con una determinada cosmovisión que con la defensa de una mujer que, por otro lado, está muy cerca ya, en las sociedades democráticas occidentales, de alcanzar su plena equiparación. Es en otras civilizaciones distintas pero no distantes donde hay que dar la cara hoy día por la igualdad femenina.

Llama mucho la atención en el capítulo «El negocio de los abortorios» de Santiago Mata. Por los datos que aporta, la nueva legislación proabortiva parece que está encaminada especialmente a proteger los intereses comerciales de un oligopolio empresarial, más que a tener una normativa «progresista» de «ayuda» a la mujer.

No olvide Vd. lo que ha constituido el primer impulso de la Ley Aído. Un reportaje de la cadena Intereconomía llamado a concienciar a la sociedad sobre el uso fraudulento de una ley que estaba llamada a amparar como mucho 5.000 abortos anuales y estaba, sin embargo, acogiendo más de 100.000, se convierte por el contrario, en la mejor prueba de que los abortorios españoles trabajaban en precario, y de que para que siguieran trabajando a pleno rendimiento y con seguridad, era preciso acomodar la legislación: tal fue el planteamiento, ni más ni menos, que de la Vicepresidenta del Gobierno, la Sra. Fdez. de la Vega. Recientemente el Sr. Barambío, presidente de ACAI (Asociación de clínicas acreditadas para la interrupción del embarazo), se quejaba de la nueva ley y pedía su urgente reglamento por no entender muy bien cómo se iban a producir los pagos a los abortorios, tema que es el que más parece preocuparle. Sí, no me cabe duda alguna de que para algunos, la industria de la muerte infantil es un gran negocio.

En varias partes del libro aluden a la adopción como alternativa al aborto. Incluso denuncian que los «progres» se escandalicen de que una mujer deje a su bebé ¡vivo! en la puerta de un convento, y no lo hagan si seis meses antes decidió matarlo. ¿Pero no cree que el impacto psicológico para la madre es mucho más grave si ha llevado nueve meses al feto, ha visto a la cara de su hijo, y tiene que abandonarlo porque le es totalmente imposible hacerse cargo?

Es que yo, y probablemente muchos de los que escriben Derecho a nacer, creemos en la adopción como solución in extremis, y que la mayoría de las madres, no menos de tres de cada cuatro, que llegan a conocer a sus hijos gracias a darlos a luz, no los abandonan jamás. Pero si aún así lo tiene que dar en adopción, ¿sabía Vd. que más de 10.000 españoles recurren cada año a la carísima, penosísima y arriesgadísima adopción internacional? ¿Cuántos cree Vd. que lo harían si la adopción fuera barata, sencilla, rápida y con todas las garantías que el sistema español está en condiciones de ofrecer hoy día?

¿Este libro está dirigido sólo para un público antiabortista?

No, precisamente no. Nuestro objetivo es ofrecer argumentos a los que se manifiestan contra el aborto, pero también y no menos, trasladar los mismos a los que no son antiabortistas, con la deliberada intención de convencerlos. En las democracias no hay que esperar a que la gente se acerque a nuestras posiciones por arte de birli-birloque o porque el oponente lo hace fatal; hay que ir a buscarles e intentar convencerles con argumentos de que aquello en lo que creemos es lo bueno para la sociedad y para ellos mismos. Por si ello fuera poco, la lucha por la vida es una lucha hermosa, y los argumentos de los que estamos por la vida, los mejores, los más acordes a los tiempos y los únicos que conducen al progreso.

Written by admin

junio 4th, 2010 at 6:09 pm

Posted in aborto,libros

Ramón de España elogió el estoicismo de Iñaki Ezkerra en sus “Historias de amor y de odior”

with one comment

En la presentación del nuevo libro del escritor vasco Iñaki Ezkerra, que tuvo lugar el miércoles, 2 de junio, en el FNAC de Bilbao y que corrió a cargo de Ramón de España, éste destacó con humor “la falta de rencor que se observa, paradójicamente, en estos relatos e incluso la comprensión que hay en ellos de las situaciones más delirantes e intolerables”.

La figura del pelmazo en la narrativa de Ezkerra

Ramón de España, que mantiene con el escritor bilbaíno una vieja amistad, que ya dura veinticinco años, elogió su faceta narrativa, que conocía bien, lo mismo que su poesía, antes de que publicara sus polémicos ensayos políticos sobre el País Vasco. En el transcurso del acto recordó su faceta novelística –“El zumbido”, obra con la que obtuvo en su día el Premio Pío Baroja del Gobierno Vasco- y los hilarantes relatos de “La caída del caserío Usher”, la historia del escritor urbanita que era invitado por otro ruralita a pasar unas vacaciones infernales en su pueblo que se convertían en un secuestro. Refiriéndose al nuevo libro se alegró de este regreso a la narrativa y destacó en los cuentos “la recurrente figura del pelmazo, o sea de ese tipo de personajes que regresan desde remotas regiones del pasado a tu vida con el único objetivo de hacértela miserable y más difícil de la que ya pueda ser” así como “el estoicismo con el que el narrador de estas historias afronta siempre las situaciones esperpénticas e inadmisibles”.

La época del colegio y la misoginia

De las “Historias de amor y de odior” (Ediciones B) Ramón de España comentó también “lo importante que era en ellas la época del colegio como fuente de inspiración” o la posible misoginia del escritor ya que “la única mujer que sale bien parada en el libro es una estatua de piedra con la que un joven mantiene relaciones sexuales”, cuestión de la que Ezkerra se defendió explicando que “tampoco los personajes masculinos salen muy bien parados en el libro”. “En realidad –explicó Ezkerra- mis relatos oscilan entre la sensación de que en el ser humano anida un insondable misterio y la de que la Humanidad somos una pandilla de cantamañanas”. “Creo –añadió Iñaki Ezkerra- que esa contradicción profunda está en todo el libro y que en mi caso es algo así como una poética narrativa”.

De Ramón de España a “Ramón de Estado”

Finalmente y a lo largo del entretenido coloquio que los dos escritores mantuvieron con el público, Iñaki Ezkerra le preguntó a Ramón de España si no había nadie durante su estancia en el País Vasco que le hubiera llamado “Ramón de Estado” y, por otra parte, elogió de su presentador “El millonario comunista”, la novela que éste acaba de publicar en la editorial Duomo. Entre el publico asistente se hallaban el poeta vasco Juan José Foncea, las periodistas Yolanda Morín y Elena Marsal, la escritora María Bengoa Lapatza-Gortázar, Ascensión Pastor y el presidente del PP vasco Antonio Basagoiti.

Written by admin

junio 3rd, 2010 at 10:00 pm

Posted in libros

David Alvarado: “La yihad busca la recuperación de Al Andalus”

with 17 comments

“Hay una amenaza real del terrorismo islamista, cercana y que apunta también hacia España. Nuestra principal amenaza está a nuestras propias puertas, al otro lado del Mediterráneo. El Estado español ocupa un lugar destacado en el imaginario colectivo y en la agenda del radicalismo islámico”. Esa fue una afirmación hecha ayer en el Club FARO por el politólogo y periodista David Alvarado

“La amenaza de Al Quaeda en el Magreb Islámico” fue el título de una charla que le presentó el periodista Ánxel Vence y que comenzó con una matización previa: “Hay quienes consideran mis trabajos y opiniones sensacionalistas o alarmistas –dijo– pero yo creo que hay datos incontestables que no permiten, como hasta ahora, seguir mirando hacia otro lado. Los medios y opinión pública muestran especial celo en las evoluciones de los frentes iraquí y afgano, considerados los principales focos del terrorismo islamista en el mundo. Pero igual de inquietante es lo que ocurre en la ribera sur del Mediterráneo, donde reside nuestra principal amenaza, Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI)”, recoge F. Franco en El Faro de Vigo.

Alvarado, autor de “La Yihad a nuesttras puertas” en la editorial Foca, cree que el sustrato religioso norteafricano es terreno abonado para la expansión del fundamentalismo. Una tesis central de este periodista, que lleva siete años como corresponsal de CNN-Cuatro en el Magreb, es clara. Para él la recrudescencia de la acción yihadista en la región y la centralidad de España y Europa en el discurso de los violentos pasan desapercibidas en una guerra que se cree no pasa por el norte de África. “Sin embargo –afirma–, hostigados en Irak y Afganistán, es aquí precisamente donde las huestes de Bin Laden han encontrado un lugar privilegiado para organizarse, entrenar a sus muyahidines y preparar nuevas acciones violentas.

Tres constataciones

El politólogo habló de “tres constataciones”. Una, datos del Instituto de Investigación Potomac, de Estados Unidos, que desvelan que los ataques terroristas perpetrados por Al Quaeda han conocido un aumento vertiginoso del 550 por 100 después del 11 S de 2001. La zona geográfica en que se producen va de Argelia hasta malí pasando por Mauritania y Níger. Unas 1.500 personas han muerto por la violencia yihadista en este período”.

La segunda es la proximidad geográfica de España, a tres horas de vuelo de Galicia (Alvarado es orensano) y un día de coche. “O sea que estamos al lado de lo que allí ocurre. Incluso acaban de inaugurar ustedes desde Vigo una línea marítima con Tánger”.

Una tercera constatación es, según este periodista, miembro del Instituto Galego de Análise e Documentación y que vive la realidad del Magreb “in situ”, es la animosidad de este islamismo radical hacfa España. “No sólo –dijo– por la existencia de Ceuta y Melilla, para ellos ciudades cristianas en tierras del Islam; también por el ansia de recuperación de Al Andalus, lo que fue la España musulmana, que es un gancho eficaz en el imaginario musulmán integrista”.

¿Cómo debemos afrontar la amenaza? Lo primero de todo es según Alvarado, reconocer el peligro, cercano y al acecho, justo a las puertas de Europa. “Asumiendo que existe un conflicto entre el mundo y una minoría extremista –dijo– que se dice del islam, cabe definir inteligentemente la estrategia de lucha, teniendo presente la tipología del adversario. Más allá de la coerción y represión, Europa debe articular una respuesta conjunta con los países magrebíes y sahelianos. El desarrollo y la educación son aspectos fundamentales para imponerse al extremismo en el terreno de las ideas a través de la expansión de los valores de libertad y tolerancia.

Alvarado, que dejó claro que el Magreb no es un todo homogéneo y en cada país el islamismo tiene vectores diferentes, habló de Al Quaeda. “Es una suerte de confederación de individuos que comparten la misma cultura de la Yihad y los mismos enemigos, sean judíos o cristianos. Está donde quiso Bin Laden, en la base ideológica de toda acción terrorista aunque no se conozcan los autores entre sí”.

“Desestabilizar Europa es un objetivo”

El reciente secuestro de los tres colaboradores de la ONG catalana Barcelona Acció Solidaria pone de manifiesto para Alvarado la acusada implantación de la organización terrorista Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) en el norte de África y los problemas que esta situación puede causar a los intereses occidentales en la zona.

En su charla apuntó lo que su libro trata más detenidamente. La complejidad de las redes que estructuran la yihad norteafricana, las evoluciones del islamismo en cada contexto particular, la incidencia del fenómeno Al Qaeda, el tipo de contactos que se establecen y las dinámicas violentas que se ponen en marcha, así como el efecto que produce la irrupción de AQMI, como elemento catalizador de toda la acción violenta que, en nombre del Iislam, se ejerce en el norte de África. “Unas dinámicas que no sólo ciernen su amenaza sobre el norte del continente africano –afirma él–, sino que tienen por objetivo la desestabilización de Europa y la recuperación de Al Andalus, según la retórica utilizada por AQMI. Nuestra principal amenaza, por tanto, no debemos buscarla en Iraq o Afganistán, sino a nuestras propias puertas, justo al otro lado del Mediterráneo”.

Atentados

Más allá de la guerra civil larvada que arranca en los noventa en Argelia, Alvarado recordó los atentados del 2002 en la isla tunecina de Yerba, los ataques del 2003 en Casablanca, de Madrid en el 2004… cuyos principales artífices eran magrebíes, y los de un año después en pleno centro de Londres. “Tras el juramento de lealtad de Abdelmalek Drukdel, emir del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, a Osama Bin Laden no ha cesado el goteo de atentados y muertes. AQMI adoptó un nuevo modus operandi en el que los atentados suicidas, inéditos aquí hasta el momento, cobran especial importancia”.

Written by admin

junio 3rd, 2010 at 8:44 am

Posted in islam,libros

Iñaki Ezkerra presenta en Bilbao sus “Historias de amor y de odior”

with 2 comments

El escritor bilbaíno Iñaki Ezkerra presentará mañana, miércoles, 2 de junio, en su ciudad natal, su nuevo libro, “Historias de amor y de odior” (Ediciones B) en un acto que tendrá lugar a las 19,00 horas de la tarde en la librería FNAC (Alameda Urquijo 4) y en el que disertará sobre dicha obra el escritor barcelonés Ramón de España.

El escritor y periodista Ramón de España, autor conocido por su radical sentido del humor y por su incorrección política, como lo prueba su último título –“El comunista millonario”-, será el encargado de presentar en la sede de FNAC en Bilbao el nuevo libro de Iñaki Ezkerra,

una colección de veinte relatos donde no deja títere con cabeza y para el que se ha inventado una nueva palabra –“odior”- que está presente en una de las prosas y que “no es el odio exactamente –según ha explicado- porque posee una entrega y una intensidad semejantes a las del sentimiento amoroso”. “Una bella historia de odior” es el cuento que trata este espinoso asunto y en él un hombre y una mujer son poseídos por ese pasional “antiflechazo” que los convierte en algo más que en encarnizados enemigos: en una pareja de “enarodiados” locamente.

Temas de actualidad

En “Historias de amor y de Odior” van aflorando temas que son genuinamente característicos de la sociedad contemporánea, muchos de ellos de total actualidad. En “Un hombre violento” asoma con despiadada ironía el tema de “la violencia de género”; en “¡Por fin lo voy a contar todo!” el de la cuestión cubana, la represión castrista y el falso izquierdismo; en “No son edades” el del alcoholismo y el del cambio de costumbres que conlleva el paso de los años; en “·La hetaira” el de una extravagante y prohibida sexualidad…, así como el tema del terrorismo en el País Vasco en cuatro de los relatos: “Un hombre muy amenazado”, “¡Es que se come muy bien!”, “No me cuentes tu viaje a Grecia” y “Veranea en Euskadi”. Este último es una inclemente sátira de las campañas turísticas del Gobierno Vasco durante el período dominado por el nacionalismo.

Una presentación muy española

A la pregunta de que si es intencionado que el escritor elegido para presentar su libro sea Ramón de España, o sea alguien con un apellido tan patriótico, Iñaki Ezkerra ha declarado que siempre ha disfrutado mucho con la narrativa de ese escritor catalán y con su incómodo sentido del humor. Además, según Ezkerra, “España es un apellido abertzale”. “Había un concejal de Herri Batasuna –añade- que se llamaba Gorka España y que no parecía sufrir mucho por constituir él mismo semejante contradicción ontológica. Cualquier otro se habría suicidado, pero este tipo de desafíos a la razón esta gente los lleva muy bien”.

Written by admin

junio 1st, 2010 at 9:20 am

Posted in libros

‘Los hijos de la bestia’

without comments

La historia de un secuestro de la banda terrorista se cuenta en esta novela a través de las perspectivas cruzadas de la víctima, su familia y los miembros del comando que lo comete, un planteamiento que permite plantear una serie de conflictos secundarios en la misma trama.

“LOS HIJOS DE LA BESTIA”, es la historia de la eterna lucha entre el bien y el mal, cristalizada en el secuestro de un joven industrial vasco y los terroristas de ETA y su entorno inmediato. A través de las sucesivas conversaciones que se suceden a lo largo del libro entre el empresario secuestrado y su propia sombra, va descubriendo los aspectos que motivan a que personas aparentemente normales, acaben realizando actitudes y actividades sádicas, criminales y llenas de odio contra la humanidad.
A través de la sombra, el personaje central de la novela va descubriendo todas esas formas que manipulan y manejan la incomprensión y la exaltada e inusitada violencia criminal, que hace que algunas personas decidan pasar a la acción y llevar a cabo atentados y asesinatos de forma execrable en contra de la lacerada humanidad. La sombra instruye e informa a Javier, la persona secuestrada, de como la deformación cognitiva y una falsificación de la historia y de la realidad puede conseguir que un joven, en el lugar equivocado, pueda convertirse en un asesino altamente cualificado de la organización terrorista ETA.

El libro analiza de forma pormenorizada las justificaciones del entorno etarra para llevar a cabo sus actividades, y como por otra parte, las víctimas y un sector de la sociedad muestran un rechazo, enfrentándose a la maldad a través de la dignidad y los valores humanos que caracterizan a la mayor parte de la sociedad española.

“Si leen este libro los 587 presos de ETA, internos en las Instituciones penitenciarias españolas, y los 154 en las francesas, verán – como en un espejo – el ambiente insano de su juventud, su deformación cognitiva, su transfiguración maniquea del enemigo, el otro, no persona; verán la moral insana…” dice Antonio Beristain, que realiza en prólogo del libro. Beristain es conocido como el padre de la Victimología en España, y era presidente del Instituto Vasco de Criminología hasta su muerte.

Por su parte, el autor, Emilio García, afirma que “ este libro sería prohibido por la cúpula politico – militar de ETA para que nunca lo leyeran los etarras dispersos por las cárceles españolas y francesas; y, sobre todo, por esa parte de la juventud vasca que un momento determinado podrían dar el salto para integrarse en la banda criminal, debido a que entre sus páginas se vislumbra de forma clara, a través de fluidas conversaciones, la gran mentira que Eta y sus acólitos han manifestado a lo largo de cincuenta años de atentados criminales”.

Written by admin

mayo 25th, 2010 at 7:30 pm

Posted in libros

Christopher Caldwell: “Preocuparse por las consecuencias que tendrá la llegada de más inmigrantes no es algo racista”

with 13 comments

Por Álvaro Colomer

Christopher Caldwell (Massachusetts, 1962), editor de ‘The Weekly Standard’ y colaborador de medios tan prestigiosos como ‘Financial Times’, ‘Slate’, ‘The Wall Street Journal’, ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’, se ha distinguido por abordar aspectos del capitalismo occidental en sus reportajes. Sin embargo, su ensayo ‘La revolución europea’ encara uno de los problemas que más preocupan a los gobiernos europeos: el aumento de la población musulmana. Las afirmaciones de dicho libro han hecho que se acuse a su autor de ‘islamófobo’ y de prodigar la ‘cultura del miedo’. Pero sólo hay que leer la primera página para percatarse de que Caldwell no habla a la ligera, ya que aporta muchísimos datos encaminados a derrocar la utopía -ingenua, a su entender- de la sociedad multicultural.

1-Durante muchos años se ha argumentado que la inmigración estaba solucionando el problema de la caía del índice de natalidad y del aumento de la esperanza de vida en la población europea. Pero su libro defiende que la inmigración no arregla eso. Es más, usted afirma que nos encaminamos a una Europa musulmana y proporciona datos para demostrarlo: según David Coleman, demógrafo de Oxford, aun parando en seco la inmigración, en el Reino Unido habrá 7 millones de inmigrantes en 2050 y, si no se detiene ese flujo de extranjeros, 16 millones. ¿Tenemos que prepararnos para una Europa musulmana?

-No hace falta que nos preparemos para una Europa dominada por los musulmanes, pero sí para una Europa con más musulmanes de los que hay ahora. En este punto hay que ser muy preciso, porque cualquiera que muestre datos demográficos sobre este asunto será inmediatamente acusado de estar prediciendo una invasión musulmana. Y yo quiero hacer una distinción: los musulmanes no van a desbordar demográficamente Europa. En la actualidad son 20 millones, es decir un 5 por ciento de la población europea. La mayoría de demógrafos prevé que esta cifra se duplicará en la próxima generación, alcanzando un 10 por ciento. Así pues, no estamos hablando de un colectivo lo suficientemente grande como para ‘apoderarse’ de Europa. Pero es una cantidad más que suficiente para perturbar la vida de los europeos siempre y cuando no se gestione el proceso de integración de un modo eficaz. Pondré un ejemplo: las relaciones raciales han sido la mayor fuente de conflictos en la historia interna de Norteamérica, aun cuando la población negra apenas alcanza el 12 por ciento.

2-La gran oleada de inmigración musulmana en Europa empezó tras la II Guerra Mundial, cuando los gobiernos hicieron llamamientos para proporcionar mano de obra barata al proceso de reconstrucción de los países asolados por el conflicto. En su libro se afirma que actualmente vivimos las consecuencias de la falta de visión de futuro de aquellos gobiernos y que ahora, cuando los políticos ya han demostrado que no saben cómo solucionar el problema de la integración, la inmigración se ha convertido en un tema moral. ¿Considera que la decisión sobre el futuro de la inmigración europea está en manos de los individuos antes que de los gobiernos?

-Los inmigrantes, como individuos independientes, toman decisiones sobre el modo en que quieren integrarse, pero esas decisiones individuales se tienen que adaptar a las normas y condiciones desplegadas por el país de acogida. Si las normas son negociables o inexistentes, no se producirá un proceso de integración. Sé que es incómodo escuchar estas cosas, pero Estados Unidos ha sido capaz de integrar a un gran número de inmigrantes a lo largo de toda su historia porque es un país conformista. En este aspecto, uno de los puntos más importantes para regular tanto la inmigración como para gestionar su integración es la frialdad del mercado económico.

3-¿Hasta qué punto el arrepentimiento europeo por el colonialismo y el nazismo nos ha hecho ser mucho más tolerantes con la inmigración de lo que ha sido jamás cualquier otro continente? ¿Cree que a esos dos elementos tendríamos que añadir cierto sentimiento de vergüenza por parte de los ciudadanos del primer mundo ante las miserias del tercer mundo que quedan al descubierto con la aparición de la inmigración?

-La tolerancia es un deber y, durante sus distintas épocas de florecimiento, Europa ha sabido dar la bienvenida a todo el mundo y ha demostrado tener una mentalidad muy abierta. ¿Qué ha cambiado desde que los europeos comenzaron a reflexionar sobre las implicaciones morales del nazismo y el colonialismo? Pues que actualmente la tolerancia es el único criterio con el que se mide el fenómeno de la inmigración. En un intento por evitar los juicios negativos sobre el otro, los europeos se han olvidado de imponer sus propias normas. Ante un fenómeno migratorio masivo, toda política debe basarse en varios criterios: ¿estamos ante un acontecimiento productivo?, ¿estamos ante algo perjudicial?, ¿podemos soportar el peso de las culturas que están cruzando nuestras fronteras…? Hablando claro: en Europa se permite que los inmigrantes se quejen si no hay trabajo, pero no se permite que los europeos se quejen sobre el fenómeno de la inmigración.

4-Usted también niega el viejo tópico capitalista de que la inmigración añade más dinero a la economía del país de acogida. Asegura que esto es un argumento ingenuo, porque los ‘problemas sociales’ que acarrea la inmigración no sólo son muy caros, sino que además son permanentes.

-Cierto. Para un problema temporal como puede ser la falta de mano de obra barata, se presenta a la inmigración masiva como una solución permanente. Pero el problema no era permanente, sino temporal.

5-En Europa hay leyes que penalizan las actitudes racistas cuando, según usted, las estadísticas demuestran que más de la mitad de la población tiene una mala percepción del islam, algo que no ocurre con ninguna otra religión. Cito una frase de su libro: ‘La visión del europeo de a pie (del 88 por ciento de los alemanes, por ejemplo) era que los musulmanes quieren mantenerse distintos, pero no había política gubernamental en parte alguna que reflejase esa opinión’. Por otra parte, la diatriba contra el Islam europeo de Oriana Fallaci, titulada ‘La rabia y el orgullo’, se convirtió en el libro de no ficción más vendido en la historia de Italia, con más de un millón de ejemplares vendidos. ¿Cree que Europa es un continente hipócrita?

-No debemos de ser muy duros con la hipocresía. Todas las sociedades complejas viven en la hipocresía, porque a menudo es necesaria para soportar ciertos aspectos contradictorios de esa misma sociedad. A este respecto, Europa no es más hipócrita que otras sociedades. De todas formas, preocuparse por el fenómeno de la inmigración, preocuparse por el deseo de los musulmanes de conservar su diferencia cultural, preocuparse por las consecuencias que tendrá la llegada de más inmigrantes y, en definitiva, preocuparse por este tipo de cosas no es algo racista.

El libro de Fallaci es una excepción, porque su autora se calentó, fue demasiado vehemente, y en algunas partes parecía racista. Pero la popularidad de ese libro no implica que el lector italiano fuera racista. El ensayo de Fallaci fue publicado en un momento en el que el público occidental estaba aturdido y desorientado por culpa de los atentados del 11-S y ese mismo público estaba ávido de información sobre el islamismo radical.

Por otra parte, las leyes que penalizan la falta de respecto hacia cualquier religión, así como las que sancionan la negación del Holocausto, han sido interpretadas por algunos individuos desde una perspectiva demasiado liberal. Con el tiempo, estas leyes se han extendido a otras áreas, como el sexismo o la homofobia, haciendo que sean usadas de un modo rutinario por aquellas personas que quieren intimidar a quienes no tengan un discurso políticamente correcto. En mi opinión, esas leyes son una grave amenaza para la libertad de expresión.

6-Usted dedica unos cuantos subcapítulos al tema de la inmigración musulmana en España. Habla del 11-M, de las pateras, de las vallas de Ceuta… Pero también reflexiona sobre la paradoja de la construcción: España invitó a muchos musulmanes a entrar en el país porque hacía falta mano de obra barata en el sector inmobiliario, cuando en verdad los edificios que se estaban construyendo buscaban satisfacer la necesidad de dar casas a los mismos inmigrantes. ¿No es un proceso absurdo?

-Debemos tener muy claro que España, en algunos aspectos, es una excepción dentro del patrón europeo. Considerando que la inmigración en el resto de países de la Unión Europea es, aproximadamente, mitad musulmana, en España la cifra es mucho menor, llegando a un cuarto. Y eso que el mundo musulmán está sólo a 12 kilómetros de Algeciras. El grueso de la inmigración en España proviene de Latinoamérica y de la Europa del Este. Se ha debatido mucho sobre los motivos de esta diferencia respecto a otros países de la Unión. El sociólogo Bernabé López García afirma que el gobierno español ha dado más facilidades a los sudamericanos que a los musulmanes, creando infraestructuras consulares que facilitaban los documentos y cosas así. En lo referente a la construcción, reitero la opinión que doy en el libro: si nos fijamos en los datos cuantitativos, los inmigrantes que trabajaban el ladrillo se estaban construyendo sus propias casas. No obstante, si lo miramos desde un punto de vista cualitativo, los españoles sacaron ajada de esto, porque ese boom inmobiliario hizo que se mudaran a casas nuevas, más grandes, más prestigiosas, mientras que los inmigrantes se quedaron con los pisos menos deseables

7-La política de ‘immigration choisie’ defendida por Sarkozy y practicada por países como Canadá, ¿no esconde una forma de racismo?

-No. Actualmente todos los países tienen sistemas para favorecer una inmigración profesionalmente cualificada frente a otra de mano de obra barata. Por ejemplo, se da prioridad a los ingenieros informáticos antes que a los trabajadores del campo. El criterio para aceptar a esos inmigrantes cualificados tiene que ver con sus credenciales laborales,no con su procedencia o raza. Ahora, la ‘immigration choisie’ está empezando a ser vista como una forma de racismo, porque favorece a los países que producen muchos profesionales altamente cualificados (por ejemplo, el este asiático y el continente indio), frente a los que no los producen (como el África subsahariana o el mundo musulmán). Los dos aspectos más importantes de la ‘immigration choisie’ son: uno, cada país compite por el mismo tipo de inmigrantes y las evidencias respecto a lo ocurrido durante la década pasada demuestran que esos inmigrantes acaban formando parte de las economías más innovadoras y dinámicas. A este respecto, Estados Unidos y Canadá han sabido captar a los inmigrantes más preparados. Y dos: aunque un país necesite ingenieros informáticos y físicos cuántico, también necesita conductores de autobús, conserjes y recolectores de mandarinas. Siempre existe un mercado laboral para todo tipo de trabajadores.

8-Algunas tesis de su libro hacen pensar que es usted muy negativo con el fenómeno de la inmigración. Por ejemplo: ‘Dar cabida a más grupos étnicos no significa sumar lo que Europa ya tiene. Significa alterar lo que Europa ya tiene’. Otro ejemplo: usted compara, aún cuando sea tangencialmente, el modo en que los nazis esclavizaron a los presos para ponerlos a trabajar en la industria y el modo en que los gobiernos europeos invitaron a los inmigrantes para luego, cuando ya no hacían falta como mano de obra, expulsarlos. ¿No considera que este tipo de afirmaciones son muy ofensivas?

-En general no tengo una visión negativa de la inmigración. Creo que ha sido una bendición para mi propio país, tanto en el pasado como en las últimas décadas. Pero creo que Europa no está haciéndolo bien. Yo digo que la inmigración cambiará Europa porque creo que el ‘multiculturalismo’ es una ficción; nadie puede vivir dos culturas en una. Si vives en una cultura en la que cada noche puedes elegir entre varios restaurantes étnicos, no estás viviendo en una cultural en la cual las familias cenen juntas cada noche. En cuanto a la comparación con los nazis y los esclavos, diré que no hago una comparación moral con la situación actual. Sólo puntualizo que aquella fue la migración masiva por motivos laborales más parecida, en cuanto a cantidad, a la actual. Pero no lo comparo a un nivel moral.

9-Algunos periodistas le han acusado de islamófobo, de fomentar la ‘cultura del miedo’ y de mantener una ‘posición pesimista’ ante el fenómeno de la inmigración europea. Sin duda, usted era consciente de que su libro traería polémica, pero ¿considera exageradas las acusaciones?

-Mi libro no es islamófobo, aun cuando algunos críticos árabes lo hayan leído así. Lo que hace que Europa digiera con tanta dificultad la cultura islámica son las posiciones tan fuertes que los musulmanes tienen respecto a su propia forma de vida. Los musulmanes tienen actitudes que los europeos erradicaron de su continente hace muchos años. La única religión con la que mi libro no es respetuosa es el multiculturalismo.

10-Usted recoge unas palabras del sociólogo sirio-alemán Bassam Tibi sobre la posibilidad de que nazca un euroislamismo: ‘El problema no es si la mayoría de los europeos son islámicos, sino más bien qué islam –el de la sharia o el euroislam- dominará en Europa’. ¿Cree que Europa acabará siendo Euroislam?

-Cuando Tibi [Bassam Tibi, es un profesor de la Universidad Göttingen que con frecuencia ha advertido que "O el islam se europeíza, o Europa se islamiza" ha renunciado personalmente al continente. Recientemente anunciaba que abandona Alemania tras 44 años de residencia allí, para mudarse a la Universidad de Cornell en Estados Unidos]dice ‘qué islam (…) dominará Europa’, se refiere a que uno de los dos tipos de islamismo será el predominante entre los musulmanes afincados en Europa, lo cual no quiere decir que el islam vaya a ‘invadir’ Europa. Tampoco yo digo eso. Pero seamos claro respecto a un punto: una religión es una medio de fuerza. Las religiones generan más reflexiones morales que todo el conjunto de normas de un país. Un estudio reciente sobre inmigración de la Oficina Federal de Migración y Refugiados del gobierno alemán demostró que el 87 por ciento de los musulmanes-alemanes se describían a sí mismos como muy o algo religiosos; el 81 por ciento seguía las leyes alimenticias del Islam y el 31 por ciento de las mujeres usaba velo. Mientras esto sea cierto, el peso cultural del Islam en Alemania crecerá, independientemente de que lo haga el nivel demográfico.

Written by admin

mayo 17th, 2010 at 7:46 pm

Posted in islam,libros

Josep Anglada: “Somos algo distinto y rabiosamente nuevo y moderno”

with 21 comments

Reproducimos a continuación un extracto del libro ‘Sin mordaza y sin velos’ (Editorial Rambla), de Josep Anglada, que se pondrá a la venta la próxima semana:

Habiéndome definido como populista identitario, y dado el manejo retorcido que la clase política hace de las palabras, es obligado que te explique en qué consiste el “populismo identitario” al que yo me adscribo.

Pueblo deviene como sabes del latín, populus. Los legendarios estandartes de las legiones romanas llevaban las insignias S.P.Q.R., Senatus Populus Que Romanorum, “el Senado y el Pueblo de los romanos”. ¡Fíjate qué bonito: el pueblo y sus gobernantes! en un tiempo histórico en el que la mayor parte de los regímenes políticos del mundo eran tiranías de la peor clase.

Hay un libro muy interesante, Historia de Roma (edit. Plaza & Janés), escrito por un viejo y reconocidísimo periodista italiano, Indro Montanelli, que te recomiendo si no lo has leído. Allí se narra con suma amenidad cómo nació la Roma antigua tal cual la conocemos en los manuales de historia: fue la deposición de la tiranía de los monarcas, por parte de la plebe, del pueblo. La democracia romana era un equilibrio estupendo entre patricios y plebeyos. Y como tal equilibrio limitaba el poder de los políticos por medio de un sistema legal (tan bien desarrollado que aún hoy se estudia en las facultades de Derecho) y, por otra parte, trataba de aunar el sentido de las decisiones políticas senatoriales con lo que pensaban los ciudadanos de a pie en el foro o en los barrios populosos como el Aventino o el Subura. Cuando el Senado se separaba de ese sentido común popular, se hablaba abiertamente de tiranía, como se puede ver en los preciosos textos de Catón o en las famosas Catilinarias de Cicerón (especialmente bella e interesante la segunda, Oratio in Catilinam Secunda in Senatu habita ad Populum) lo que para ellos era sinónimo de la ‘traición’ más vil que un ciudadano pudiera cometer contra la rex publica.

En efecto, pueblo y sentido común, como veremos más adelante, están intrincados de tal manera que, precisamente, esa es la razón que permite que califiquemos a la democracia como “el menos malo de todos los sistemas políticos”, parafraseando a Winston Churchill. La Plataforma celebró su tercer congreso, precisamente, con el lema de “Sentido común” y como es natural no elegimos ese frontispicio por casualidad, sino como consecuencia de nuestras creencias más profundas.

La acepción “pueblo” hace referencia a un conjunto de personas, de habitantes. Es, por consiguiente, algo tangible, no abstracto, filosófico o moral. Y está reservado, específicamente, al ser humano, de modo que no podemos hablar de pueblo de gaviotas o de pueblo de simios. El pueblo, por tanto, pertenece a la categoría cultural, es decir, es fruto de la labor del hombre y se enmarca en las ciencias sociales y no en las naturales.

Como dice el prestigioso antropólogo Marvin Harris en su libro Nuestra especie, “la diferencia fundamental entre culturas rudimentarias y culturas plenamente desarrolladas es de carácter cuantitativo. Simios y monos cuentan con escasas tradiciones, pero los humanos tienen innumerables. Artefactos, prácticas, normas y relaciones culturales constituyen la mayor parte de nuestro entorno. Los humanos no pueden comer, respirar, defecar, aparearse, reproducirse, sentarse, trasladarse, dormir o tumbarse sin seguir o expresar algún aspecto de la cultura de su comunidad. Nuestras culturas crecen, se expanden y evolucionan. Es propio de su naturaleza”.

Precisamente por ello no hablamos de “pueblo mundial” o de “pueblo de los seres humanos”, sino de pueblos específicos. El pueblo de Vic, el pueblo de Madrid, el pueblo de España o el pueblo de Marruecos. Eso quiere decir que para que se dé un pueblo no basta con que se reúna a un conjunto de seres humanos, sino que se requiere además que estos estén en un mismo territorio concreto, que puede ser más o menos extenso pero que, en definitiva, no puede ser tan indeterminado como para convertirlo en universal.

Todo pueblo necesita de un territorio donde existir y proseguir. Y cuando personas pertenecientes a un mismo pueblo emigran a otro, lo natural es que constituyan guetos o barrios en donde los lazos originales siguen teniendo vigencia. Así sucedió durante siglos con los judíos o durante las sucesivas oleadas migratorias de italianos, irlandeses o chinos que conformaron la ciudad de Nueva York.

“Pueblo” hace también referencia al tiempo. Los pueblos evolucionan, progresan, con el transcurso de los años. Por supuesto que, como saben los antropólogos, no todos los pueblos evolucionan a la misma velocidad ni en la misma dirección, debido a lo que antes habíamos dicho, a que se trata de una categoría social, cultural, en donde la acción del hombre y del territorio juega un papel esencial.

Finalmente, sabemos por la historia que los pueblos pueden desaparecer. Ya no existen entre nosotros el pueblo visigodo, el pueblo inca o el pueblo egipcio de la antigüedad. Tener esto presente es importante en la medida en que no toda evolución genera progreso: ¡hay evoluciones que son catastróficas! Por seguir el ejemplo egipcio, los historiadores saben que muchas de las técnicas que aquel pueblo aplicaba cotidianamente en materia astrológica, constructiva o sanitaria, por citar sólo algunas, se perdieron durante muchos siglos para la humanidad, motivo por el cual su hallazgo arqueológico a partir de la intervención de Napoleón ha provocado una fascinación extraordinaria en el mundo contemporáneo. El uso de la plata como un elemento antimicrobiano tiene su origen en aquel tiempo y hoy es de aplicación en la medicina moderna; pero tardamos dos milenios en recuperar aquel conocimiento. ¿Te imaginas cómo habríamos evolucionado si no hubiéramos perdido en un momento determinado de la historia todo aquel saber de los egipcios o de otros pueblos? ¿Cuánto tiempo nos habríamos ahorrado y, por tanto, cuantos pasos más habríamos dado en nuestro conocimiento?

Los pueblos desaparecen por la decadencia, por la pérdida de vigor en la defensa de sus características idiosincráticas, por la dejadez de sus miembros. Un pueblo así puede ser fácilmente vencido en una guerra y sometido a la cultura extraña de sus vencedores; o puede ser invadido por arriadas humanas procedentes de otros pueblos que, progresivamente, impongan un modo de vida distinto al que se usaba hasta ese momento. Pero esta invasión o colonización violenta o pacífica no tiene necesariamente que proceder de pueblos con un nivel cultural superior. Bastará que el vigor de estos, y no el nivel de desarrollo, sea superior.

Cuando los pueblos bárbaros penetraron en el Imperio Romano, en parte bélicamente, pero, en otra parte, consecuencia de grandes movimientos migratorios, acabaron con una civilización cuyo derecho, economía y concepto de Estado eran infinitamente mejores que lo que se viviría a partir de entonces en lo que la historiografía ha llamado la Edad Media. Simplemente, el Imperio Romano se había rendido de hinojos extenuado por una larga y mortecina decadencia.

A partir de esta disección sobre el concepto de pueblo podemos hacer una aproximación a su significado. ¿Qué es un “pueblo”? ¿Cómo podemos definirlo?

Debemos partir de dos presupuestos básicos para elaborar una teoría al respecto. El primero sería la voluntad, y el segundo la cultura. Es necesario, por tanto, que se den ambos para que podamos hablar verdaderamente de “pueblo”. Cuando hacemos mención a la voluntad no nos estamos refiriendo, como es natural, a la autodeterminación personal, sino al hecho colectivo de la fundación. El pueblo nace en algún momento determinado, y lo hace mediante una voluntad común de unir lazos entre familias y tribus al objeto de poder garantizar la supervivencia de la especie. En cambio, la cultura es la consecuencia de dicha voluntad, es decir, el poso histórico que hemos ido acumulando de esa experiencia colectiva.

Luego, por tanto, un pueblo es un conjunto de personas en un territorio delimitado que comparten una misma cultura e instituciones fruto de su experiencia histórica común que genera lazos de afectividad emocional entre sus miembros.

Lo que da sentido y explica la existencia de un pueblo es ese fondo común, esas creencias religiosas, valores morales, principios éticos, tradiciones culturales y costumbres de uso, que han ido formándose como un todo homogéneo y coherente en el transcurso de los años y siglos mediante la dialéctica conjunta de acertar y equivocarse a la hora de encontrar caminos para la supervivencia y el bienestar de sus miembros. Es, en definitiva, lo que Patrick Henry denominaba “la luz de la experiencia”; y que Marvin Harris sitúa en nuestros remotos orígenes: “desde el principio, los miembros de la familia de los homínidos aprendieron a alimentarse y a protegerse siguiendo el ejemplo de sus compañeros de grupo, especialmente de los mayores”.

Friedrich Hayek, uno de los grandes pensadores liberales del siglo XX, describió ese proceso colectivo como la “evolución espontánea”. El hombre individual y solo, separado de los demás, no puede tener un conocimiento de todas las cosas que conforman la realidad. El conocimiento del mundo, de la realidad, es tan amplio que resulta imposible que una única persona pueda abarcarlo por sí sola dadas sus evidentes limitaciones físicas y psíquicas e incluso temporales. De ahí que el conocimiento tenga que ser el resultado de la intervención de muchos. Los pueblos avanzan a partir de las experiencias exitosas y fracasadas de sus miembros; como es natural, las que han sido un chasco serán evitadas en tanto que las experiencias, los modos de hacer o de producir que han resultado mejor que las que ya existían o las nuevas que han tenido éxito serán imitadas por los demás. Eso es la evolución espontánea o, lo que es lo mismo, la tradición. Como dijo André Maurois, “la ley registra las costumbres; no las crea”: o eso debiera.

Es evidente que existen pueblos diferentes. Como es lógico, la tradición de los diversos pueblos tiene necesariamente que ser diferente, porque el territorio y la historia de cada uno han exigido experiencias distintas en busca de la supervivencia y del bienestar. Lo que en un territorio puede ser todo un éxito en otro podría resultar un desolador fracaso fruto de circunstancias físicas como la geografía o la meteorología. El modo con que ha vivido un esquimal no puede ser el mismo que el de un beduino del desierto.

Por otro lado, la religión como elemento de cosmovisión de la realidad, ha jugado un papel importante en el establecimiento de los límites en los que se ha movido la respectiva tradición de cada pueblo. No me extenderé en este aspecto, porque lo analizaré más adelante en un capítulo distinto.

***

Lo que los hombres y mujeres que conforman un mismo pueblo tienen en común, es decir, lo que queda después de despojarle a ese pueblo características que corresponden a todos los seres humanos, constituye su esencia. Ya dijo Aristóteles que el hombre es un zoon politikón, un animal político, en el sentido de que para sobrevivir necesita tejer relaciones sociales con otros de su misma especie. Nadie puede vivir absolutamente aislado. Pero tampoco dos hombres procedentes de pueblos diametralmente distintos, es decir, de costumbres, valores, usos, formas de ser contrapuestas por completo, podrían convivir fácilmente sin que existiera conflicto y, por tanto, uno tratara de imponer a otro el modo de actuar o de hacer las cosas. De ahí que los miembros de un mismo pueblo sientan lazos espontáneos de afectividad hacia el resto del pueblo.

Quienes participan en común de esa misma esencia constituyen una entidad política de naturaleza espontánea y afectiva, la “comunidad”. Esta es la que nos proporciona las reglas de juego dentro de las cuales coexistimos libre, ordenada y pacíficamente de acuerdo con nuestra propia idiosincrasia.

Para nosotros, por tanto, el pueblo es una “comunidad de personas”. La comunidad no es, como decía torpemente José María Aznar siguiendo a Habermas, que exista porque hay una Constitución política. España ha existido antes de que hubiera una Constitución. Francia o Gran Bretaña, como el resto de comunidades, también. Antes al contrario, tenemos una Constitución precisamente porque hay una comunidad, que se ha dotado de una serie de normas y reglas por las que debe guiarse el régimen político que compartimos.

La comunidad no puede ser otra cosa que un río de sangre (entiéndase en sentido cultural o antropológico, no racial, aunque es una obviedad constatar la existencia de diferentes razas sin que ello signifique que una sea superior a otra), un cordón umbilical, que comunica a nuestros ancestros con nuestros herederos, y que por tanto no es disponible por las generaciones presentes si no es para conservarla y perfeccionarla cuidadosamente, como se hace con un importantísimo legado en el que nos va la supervivencia como especie. Como dice San Lucas ( Lc 19, 13.15), perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido heredero, recibe talentos que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar.

A su vez, la comunidad es el resultado de la geografía y la demografía, del hombre y la tierra, o si se quiere, de la razón y la naturaleza. Así, cada comunidad se ha desarrollado de modo singular en un espacio físico concreto no por casualidad, sino por necesidad; y en su evolución, como hemos visto, cada comunidad también ha adaptado ese espacio físico a sus características peculiares. No existen las comunidades universales, como no existe el “pueblo humano”. El concepto de derecho que tiene un hinduista no es el mismo que el de un occidental o el de un musulmán, de ahí que el proceso de globalización no sea un fenómeno político, jurídico-institucional, moral, sino meramente económico fundado en exigencias extrañas al interés de los ciudadanos.

Esto nos lleva a otro modo de definir los contornos de la comunidad. En efecto, podemos definirla como lo que es, identificando y analizando sus características esenciales, pero también como “lo que no es”. A diferencia de lo que seguramente te habrán dicho muchas veces, cuanto más viajes te darás cuenta con más rotundidad de lo que ni eres ni quieres ser. En numerosas ocasiones, cuando visitas otros países y no necesariamente de civilizaciones diferentes, piensas aquello de “como en casa, en ninguna parte”. Eso no es catetismo, es la constatación fehaciente de que el ser humano está hecho también de la experiencia histórica que lo alumbra, experiencia que compartimos con nuestros vecinos y con aquellos otros que comparten con nosotros una misma comunidad, que son nuestro pueblo. Es nuestra raíz. Nuestra casa.

Yo sé lo que soy. Pero también sé lo que no soy. En palabras de Benoist, “la identidad es indisoluble del uso que se hace –o que no se hace—de ella en (…) el contexto de una relación con los otros. Por eso la identidad es siempre reflexiva”. De ahí que la lucha política de Anglada esté basada en la defensa de nuestro modo de vida, fruto de esa “generación espontánea” frente a la llegada masiva, casi como una invasión, de quienes, al no integrarse por asimilación, pretenden destruir ese acerbo, esa cadena histórica, ese cordón umbilical de pasado, presente y futuro, que constituye mi pueblo, mi comunidad.

Por otra parte, el pueblo y su resultante, la comunidad, necesitan un hábitat que es ese en donde han venido existiendo históricamente. No se trata sólo de un derecho elemental, sino de una necesidad imprescindible de cara a garantizar su supervivencia misma. Esto nos lleva a dos ideas precisas: en primer lugar, a la defensa de nuestro territorio vital (algo que reconoce nuestra Constitución, como la de cualquier país) y al respeto del de los demás pueblos. Y en segundo lugar, a negar la posibilidad de la multiculturalidad en un mismo espacio físico, como ha demostrado sobradamente la historia y podemos ejemplificar, recientemente, en lo acontecido durante el quinquenio 1990-95 en Yugoslavia.

No es posible que identidades de raíces tan profundamente distintas como, pongo por caso, el mundo musulmán y el humanismo cristiano occidental puedan convivir de modo pacífico en un mismo territorio. Cada pueblo es producto de su pasado y de su territorio; las personas no podemos fabricar artificialmente nuevos pueblos, ni moldear a nuestro antojo una comunidad de la que somos una ínfima parte. Decir o pretender lo contrario es antinatural y sus consecuencias no sólo son un grave error de trágicas consecuencias, sino un colosal atentado contra el progreso de la misma humanidad, como lo fueron, por citar algún parangón histórico, la desaparición de la civilización egipcia y del Imperio romano en la Antigüedad.

A mí, para saber si algo es correcto o no, me gusta compararlo con lo que los juristas llaman argumentación ad absurdum. Es decir, llevarlo a los extremos y ver qué tal funciona el asunto. Voy a hacerte ese ejercicio. Supongamos que seguimos siendo absolutamente permisivos con la entrada de personas ajenas a nuestra cultura, a nuestra civilización, como los islámicos, hasta que un día puedan ser lo suficientemente numerosos como para imponerse a nosotros utilizando no la guerra o las bombas, sino algo más sutil e inteligente, nuestro propio sistema político basado en la democracia. Un día reciben de sus clérigos en esas hermosas mezquitas que pueblan nuestro solar el imperativo de votar por partidos propios de naturaleza e inspiración islámica. Obedecerán, ya que se trata de un pueblo basado en una religión autoritaria. Lógicamente, obtendrían una mayoría de diputados, tan vigorosos como intransigentes, que tardarían apenas unos meses en transformar nuestras instituciones en otras acomodadas a su modo de ver la vida. Como consecuencia, la democracia desaparecería pues este régimen político es incompatible absolutamente con un pueblo que se autocalifica como “sometido a Alá” y, por tanto, a las normas no ya religiosas, sino políticas, civiles e incluso económicas, que ha dictado por medio de su “profeta”.

Luego, por tanto, esa bonhomía estúpida de ceder espacios a los que quieren destrozar nuestra democracia y destruir nuestra comunidad, constituye una traición al pueblo y una paradoja irresoluble de quienes se llaman a sí mismos demócratas y tolerantes, pues con su debilidad facilitan que llegue un día en el que se nos termine la democracia y la tolerancia.

¿Cómo es posible que no se den cuenta? ¿Es que no les basta con saber lo que les ocurrió a civilizaciones tan elevadas para su tiempo, como la egipcia o la romana?

Pues por una razón que comprenderás fácilmente. Ellos no están conformes con el pueblo, no se sienten a gusto en la comunidad. Sueñan y aspiran a un pueblo distinto de lo que somos, luchan por una comunidad diferente a la que conformamos todos nosotros, tú y yo. Porque, en efecto, como decía Raymond Aron:

“Cuando el intelectual deja de sentirse vinculado bien a la comunidad, bien a la religión de sus antepasados, se vuelve hacia la ideología progresista para llenar el vacío. La principal diferencia entre el progresismo de un discípulo de Harold Laski o Bertrand Russell y el comunismo de un discípulo de Lenin estriba no tanto en el contenido cuanto en el estilo de sus respectivas ideologías y en la lealtad que se les exige”.

***

El problema así enfocado no es nuevo y nos acompaña desde los tiempos de la Ilustración, cuando un puñado de intelectuales bien acomodados y faltos de sentido común pensaron que si el hombre era un ser racional, podría diseñar y aspirar a construir una sociedad distinta. A esta corriente de pensamiento se la denomina en filosofía “determinismo”.

La cosa no llegó a mayores, no pasó de planteamientos más o menos teóricos, hasta que Marx y Engels construyeron su teoría del “socialismo científico”, que encontró rápidas y masivas adhesiones, aprovechándose de que el capitalismo incipiente había dejado a muchos trabajadores en una situación económica angustiosa e injusta. El marxismo aspiraba a una sociedad ideal de hombres iguales, todos proletarios, que era poco menos que el Cielo en la tierra. A nadie le faltaría de nada, se acabaría con la propiedad privada, con la familia, con el Estado, con la religión, con las costumbres y las normas. No habría ricos y pobres, ni poderosos y oprimidos. En medio, lógicamente, habría que hacer una revolución que no sólo era derribar a los que ya estaban, sino sobre todo la acción pormenorizada de una “dictadura del proletariado”.

Cualquiera podría darse cuenta de que cuando el poder establecido se derriba, inmediatamente es ocupado por otro que se vuelve poderoso. Y que, por tanto, volvería a nacer una clase de ciudadanos que estarían oprimidos porque no podrían hacer lo que quisieran, sino lo que dictaran esos nuevos poderosos reunidos en torno al partido. Y, efectivamente, eso fue lo que ocurrió allí donde el marxismo logró ocupar el Estado. Russell Kirk lo dice con bastante acierto: “cuando los revolucionarios triunfan en su empeño de suprimir las viejas costumbres, devaluar las viejas convenciones y romper el hilo de las instituciones sociales, precisamente lo primero que descubren es la necesidad de instaurar nuevas costumbres, convenciones y continuidad”.

Alguien ha dicho que cuando uno aspira a conseguir el Cielo en la tierra normalmente lleva a sus congéneres al mismo infierno. Tampoco esto es algo nuevo, baste leer la Utopía de Santo Tomás Moro, quien hace siglos ya nos lo advertía. El régimen comunista de Pol Pot de la Camboya de los años setenta pretendía una sociedad tan perfecta, que todos los que no reunían determinados requisitos físicos eran eliminados sin piedad: en apenas tres años el gobierno de los Jemeres Rojos había asesinado o hecho desaparecer al menos a 1.500.000 de sus ciudadanos, el 20% de la población natal.

Todavía recuerdo el amargo dolor que sentí el día que leí en la prensa el trato incalificable que el histórico dirigente y ex diputado “democrático” del PCE, tan reivindicado por la izquierda marxista-leninista de este país, Ignacio Gallego, dispensó personalmente durante su exilio antifranquista en la URSS nada menos que a su propio nieto Rubén por haber nacido con una tara física. Gallego le internó en un asilo de ancianos –sin el conocimiento de su madre que lo creía muerto—donde los jerarcas del partido abandonaban a los minusválidos clasificados como incapaces de desarrollar un oficio, hasta que el pobre muchacho pudo huir en 1990, durante la perestroika.

Nadie sabe lo que está sucediendo en la Cuba de Fidel Castro; pero de vez en cuando vemos cómo mueren de hambre los presos políticos. Y el resto de los horrores “leninistas” detrás del telón de acero van aflorando poco a poco, lo que por supuesto no quiere decir que no sean terroríficos. Se trata, como ya sabemos, de un holocausto cuya dimensión conocida hasta ahora hace palidecer cualquier otro que haya habido nunca en la historia de la humanidad. Y a cambio de nada: ni allí desaparecieron las clases sociales ni los que han vivido o viven en países comunistas pudieron nunca tener tanto bienestar material como quienes vivimos en Occidente.

Quiero añadir para quienes aún gastan, ufanos, camisetas con el Ché Guevara o con la hoz y el martillo, una evidencia: ¿por qué quienes vivían en la República Democrática de Alemania, o en la vieja U.R.S.S., o en Checoslovaquia, eran los que cruzaban la frontera hacia la Europa democrática, o los cubanos hacia Estados Unidos, y no al revés? Si hubieran alcanzado ese Cielo ateo que preconizaban la dirección migratoria habría sido exactamente la contraria.

Pero fracasado el marxismo –aunque aún haya muchos ilusos que lo sigan— sin embargo esta ideología dejó en el subconsciente de la izquierda y de parte de la derecha la idea de que era posible que una persona, allá en lo alto del poder, desde su laboratorio social, pudiera decir qué es lo que es bueno y qué es malo, es decir, que tuviera la suficiente capacidad como para diseñar cuál es el mejor camino que los hombres y las mujeres de una comunidad debieran seguir para “progresar”. De ahí que ellos se autotitulen “progresistas”.

Ya hemos visto que, para nosotros, el hombre está suficientemente limitado desde el punto de vista físico y psíquico como para comprender toda la realidad, todo el conocimiento, y que, por tanto, el único progreso posible es el de la tradición, es decir, el de la “generación espontánea” que realizan los pueblos sobre la base de la libertad de sus componentes.

Por tanto, para ellos, esta no es la sociedad que quieren. Aspiran a otra, supuestamente ideal, fruto del diseño de un iluminado que se cree superior a todos los demás y capacitado para llevarnos al Edén. Luego, por tanto, si no se sienten identificados con este pueblo, con su comunidad, difícilmente se considerarán impelidos para defenderla de las agresiones destructivas que pudieran sufrir. Y ese es el resquicio, la llave de la puerta trasera, por donde entran sin escrúpulos quienes aspiran a islamizar Occidente, por ejemplo.

También esto explica la crisis moral que experimentamos en estos momentos. Quien quiere cambiar de raíz las cosas, primero tiene que hacer tabla rasa con lo que hay. Es el novum del progreso, el “hombre nuevo” lo que quieren construir a partir de los resquicios de nuestro edificio como pueblo. No es casual que ya en los primeros tiempos Engels dedicara un libro pseudo-antropológico a generar todo tipo de dudas sobre los cimientos de nuestra estructura social: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Un segundo golpe provino de Freud y su infumable psicoanálisis. El conocido psiquiatra, por medio de una serie de suposiciones que la ciencia posterior ha demostrado en su mayor parte erróneas, generó y propagó la idea de que la realidad no es lo que vemos, porque existe una realidad superior que se manifiesta por medio de nuestros sueños. De modo que si la realidad es dudosa, los principios morales que la fundamentan son igualmente discutibles. Así fue como nació el relativismo en el que se fundamenta una especie de nihilismo estúpido que equipara valores de distintos pueblos como si pudieran coexistir universalmente ignorando que pueden ser contradictorios e irreconciliables, de una parte, y que además rompen la cadena de la generación espontánea que ha asegurado el progreso del hombre.

Un ejemplo clarísimo de relativismo moral es el “progresista” Código Penal que aprobaron en su día PSOE y PP de la mano. Los expertos dicen que se trata de uno de los textos penales “más garantistas” del mundo. Aquí cuenta más que el procedimiento que se siga sea escrupuloso en el cumplimiento de las normas burocráticas, que verdaderamente en perseguir el crimen y a sus culpables. Un ejemplo: esto publicaba El Mundo en su edición del día 26 de mayo 2010:

“La Audiencia de Barcelona ha absuelto a tres acusados de tráfico de drogas porque se les descubrió mediante unas escuchas telefónicas que debían servir para desmantelar una supuesta red islamista, y la sentencia declara inconstitucionales las propias escuchas.

Las escuchas que posibilitaron decomisar 737,5 gramos de cocaína se realizaron al ‘pincharse’ teléfonos para descubrir a unos ciudadanos árabes y paquistaníes calificados por la policía como radicales y que relacionaban con los muyaidines.

La Unidad de Drogas y Crimen Organizado (UDYCO) solicitó al juzgado la intervención de tres teléfonos móviles utilizados por Jamal, Djamel B. y Marie C.B. Según la sentencia, la única referencia delictiva directa de esta organización es un atraco a un furgón blindado en Suiza. Jamal vendía a 40 euros los billetes de 50 robados.

Además, según el oficio que la policía remitió al juzgado que autorizó las escuchas, se investigó a Jamal por “falsificación de documentos de identidad a radicales islámicos residentes en España, Francia y Reino Unido”, y tráfico ilícito de vehículos y sustancias estupefacientes.”

El problema es que, cuando escarbas en sus argumentos, resulta que la “garantía” a la que se refieren es a la preservación de los derechos de los delincuentes, no los de las víctimas. Cuando se comete un crimen de asesinato o de violación hay una víctima y un criminal. A este se le aplica una pena, pero… el objetivo que persigue el Estado no es que pague por lo que ha hecho, sino “reinsertarlo en la sociedad”, lo que significa que si aparenta arrepentimiento se le reduce la condena y de ese modo vemos cómo al poco tiempo está de nuevo en la calle y, probablemente, delinquiendo otra vez. Nuestro país es uno de los que registran las tasas más altas de reincidencia en los delitos no sólo por el mismo delincuente, lógicamente, sino también ¡el mismo año! La siguiente noticia fue publicada por El Periódico de Cataluña el 24 de octubre de 2009:

“Los jueces se defienden. En un intento de explicar por qué individuos que acumulan hasta 66 arrestos en un año siguen en libertad, varios magistrados consultados por este diario explicaron ayer los grandes obstáculos tanto legales como técnicos que hacen que meter entre rejas, aunque sea por un breve periodo de tiempo, a uno de esos delincuentes multirreincidentes sea una misión prácticamente imposible”.

En el fondo se han equiparado el derecho de la víctima a que se castigue a quien le ha infringido un daño terrible con el supuesto derecho del criminal de poder rehacer su vida. Pero para Anglada esa equiparación de derechos es una monstruosidad. Así también lo piensan otras muchísimas personas también, posiblemente la gran mayoría, y los políticos del sistema son conscientes de ello. No obstante, están en la creencia de que saben mejor que nadie lo que el pueblo les conviene, de ahí su inacción ante las demandas populares.

Los que elaboran la sociedad del futuro en un laboratorio sociológico o ideológico y los que relativizan los valores morales de un pueblo, en el fondo actúan de espaldas a la comunidad. Les da igual que la gente piense que no hay que construir mezquitas en un barrio, o que haya que castigar con más dureza a los pederastas, por ejemplo. Ellos ya han decidido por nosotros porque creen que no estamos preparados para gobernarnos por nosotros mismos, que somos inconscientes y pueriles. Y, de este modo, olvidan que la democracia es el sistema para el pueblo y desde el pueblo. Para Kirk, “un estado en el que un individuo o un pequeño grupo es capaz de dominar sin freno alguno la voluntad del prójimo es un despotismo, califíqueselo de monárquico, aristocrático o democrático”.

Así que, frente a quienes quieren una sociedad distinta diseñada por un iluminado y frente a quienes creen que todo es relativo porque no conceden importancia al caudal de experiencias de nuestros ancestros, para mí el régimen político de una comunidad debe basarse en el pueblo, que es el titular de la soberanía y al que por tanto hay que escuchar y obedecer. Por eso, en efecto, Anglada es un populista identitario. ¡Sí, señor, un populista identitario! ¡Porque quiero el poder para este pueblo y ejercido desde mi pueblo!

C A P Í T U L O VI.

LA TERCERA VÍA: EL POPULISMO IDENTITARIO

Acabo de explicar por qué soy populista identitario, pero sin embargo me queda una cuestión importante sobre este asunto. Se trata de responder a la cuestión de cuál es la vía del populismo identitario que propugno, es decir, cuál es nuestra “teoría política”. Este capítulo me permitirá contestar a quienes me acusan de no disponer de más ideas políticas que el “no a la inmigración” o el “paremos al Islam”. Anglada y la Plataforma son eso, es cierto –aunque con matizaciones—; pero también mucho más, como tendrás ocasión de comprobar en las siguientes páginas.

En primer lugar, diré que el movimiento político que trato de levantar es transversal, no somos ni de derechas ni de izquierdas, sino profundamente democráticos, porque nuestras fuentes teóricas proceden de la “cultura occidental”, basada en la filosofía griega, el derecho público romano, el humanismo cristiano y el racionalismo iusnaturalista o romanticismo. Como ya hemos visto, nosotros creemos profundamente en el hecho de que el progreso humano es un ejercicio espontáneo de toda la comunidad, que actúa mediante el método de acierto-error a lo largo del tiempo, generando una tradición viva, que se transmite generacionalmente y que además evoluciona; no se trata, pues, de una tradición estancada o petrificada sino creativa. Siendo coherentes con este modo de pensar, el populismo identitario no puede ser otra cosa que la suma acrisolada de aquéllos elementos políticos positivos creados por nuestro pueblo y, a la vez, la sana repulsa de aquéllos otros que, en cambio, han supuesto una experiencia negativa –a veces catastrófica– para la humanidad cuando han sido aplicados históricamente. Nosotros pretendemos unir, y no separar, a todos los miembros de un mismo pueblo.

Por tanto, los populistas somos identitarios porque creemos firmemente en la existencia de pueblos diferenciados que tienen una esencia particular, una identidad propia; tomamos del conservadurismo la necesidad de conservar la herencia de conocimiento de nuestros ancestros, que es esa esencia que acabo de referir; pero del liberalismo la necesidad de que el ser humano alcance amplias cotas de libertad individual para que, en su acción cotidiana, pueda colaborar en la adaptación de la tradición a las nuevas circunstancias, es decir, para que podamos progresar. Los populistas identitarios asumimos del humanismo cristiano la idea de que –frente a lo que postulan los socialistas o los liberales clásicos– el hombre no es sólo materia, un bien económico, sino que trasciende la naturaleza animal, constituyéndose en un ser diferente a todos los que pueblan la tierra; de la Nouvelle Droite la necesidad de un reforzamiento de las señas de identidad habida cuenta del peligro que supone la multiculturalidad social; del utilitarismo, la creencia de que las personas tienen derecho a progresar individualmente de acuerdo al mérito y al esfuerzo; y de los demócratas, aquellos lazos que conforman la cohesión de los miembros de un mismo pueblo por medio de la solidaridad entre ellos, sin la cual resultaría imposible la supervivencia de nuestra comunidad.

En cambio, no somos racistas porque, aun defendiendo que pertenecemos a pueblos distintos, no creemos que ningún ser humano sea superior a otro ya que todos, por el hecho de serlo, gozamos de una misma dignidad. Tampoco somos xenófobos ya que no odiamos a quienes pertenecen a pueblos diferentes al nuestro, simplemente constatamos que las comunidades tienen derecho a un territorio vital, a un espacio privativo, en el que desarrollarse. No somos clasistas, porque negamos que las clases sociales estén enfrentadas de forma fatal como quiere la izquierda: la evidencia nos muestra que la movilidad social de los individuos es un elemento consustancial a nuestra cultura y un factor de cohesión. Ni somos positivistas (en cualquiera de sus versiones, desde el marxismo al anarquismo), porque negamos que una élite pueda por si misma diseñar el futuro de la humanidad. Y tampoco somos un movimiento confesional ni anticlerical, porque creemos firmemente en la separación de las esferas política y religiosa, siguiendo la vasta tradición cristiana al respecto.

Dado que negamos la existencia en realidad de la izquierda y la derecha, si no es como una simple distinción propagandística destinada a perpetuar a las élites políticas, desde luego que rechazamos sinceramente que se nos defina como “extrema derecha”, en especial cuando esa calificación que nos hacen no es gratuita, puesto que persigue nuestra exclusión del sistema de partidos, sencillamente porque nosotros no formamos parte ni nos identificamos con su idea de “clase política”, metamorfoseada en una auténtica “casta”. Nosotros no levantamos al viento banderas con esvásticas, ni pretendemos la sustitución de la democracia por una dictadura de cualquier clase; son otros, y no precisamente nosotros, quienes se sienten orgullosos del trasnochado totalitarismo “positivista” que representan.

En realidad, y como acabas de ver, somos una tercera vía que supera por elevación esa vieja división artificial. Somos demócratas y precisamente por eso denunciamos las imperfecciones de la democracia que tenemos aquí. Pero sobre todo, somos algo distinto y rabiosamente nuevo y moderno.

Written by admin

abril 25th, 2010 at 9:53 pm

Posted in cataluña,libros