Hace años, durante una entrevista televisiva, el conspicuo profesor Aranguren, decía, con el ese totalitarismo sobrado de soberbia que le caracterizaba, que los intelectuales tan solo podían ser de izquierdas.
La izquierda española definitivamente no ha aprendido la lección que el siglo XX nos dio sobre los totalitarismos y sigue añorando y mirando con nostalgia y simpatía las sanguinarias revoluciones marxistas que asolaron el mundo. La exaltación e idealización de la II República, durante la cual el PSOE abrazó los métodos soviéticos de actuación más torvos, nos indican bien a las claras que en la izquierda española la completa transición a la democracia aún no ha acabado de producirse.
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El sesudo profesor argumentaba que para ser intelectual, uno de los requisitos sine quanom era el profesar ideas izquierditas. Si eras de derechas, por muchos conocimientos que tuvieses y muy brillantes que fuesen tus argumentaciones o obra, no podías ser intelectual, todo lo más erudito. Y es que para Aranguren todo el concepto definidor de intelectual gravitaba sobre su adjetivo “comprometido”, sinónimo de servidor del marxismo, o lo que es lo mismo sobre el carnet político del sujeto.
Este fin de semana murió un intelectual, al que sin duda Aranguren negaría tal condición: Jean François Revel. Revel luchó toda su vida contra los totalitarismos y en especial denunció a toda esa caterva de intelectuales “comprometidos”, empeñados en camuflar el fracaso del socialismo y en calumniar “a aquellos que intentaron utilizar su inteligencia para respetar la verdad y levantar con exactitud el acta de la impostura comunista”.
Hoy cuando asistimos a un intento descarado de rehabilitar el marxismo en Hispanoamérica, en España observamos como la soberbia totalitaria de la izquierda sigue atribuyéndose la superioridad moral sobre la derecha, igual que hacía y predicaba Aranguren durante la transición. Y es que precisamente el principal déficit democrático que hoy en día presenta nuestra sociedad reside en esta actitud de la izquierda. La misma actitud que le llevó a dar el golpe de estado de 1934 o a preferir proclamar la II república por la vía y de hecho y no de derecho. Una actitud intolerante, de insultante superioridad, de continua manipulación, que niega al contrario su legitimidad por el mero hecho de no plegarse a sus dictados. La izquierda española definitivamente no ha aprendido la lección que el siglo XX nos dio sobre los totalitarismos y sigue añorando y mirando con nostalgia y simpatía las sanguinarias revoluciones marxistas que asolaron el mundo. La exaltación e idealización de la II República, durante la cual el PSOE abrazó los métodos soviéticos de actuación más torvos, nos indican bien a las claras que en la izquierda española la completa transición a la democracia aún no ha acabado de producirse. Se trata de una asignatura pendiente, a través de la cual esa izquierda debe aprender a tolerar la alternancia en el gobierno, a no despreciar las ideas contrarias y sobre todo a respetar la voluntad manifiesta de la mitad de la población que no piensa como ellos.
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