PECES BARBA Y EL PROCESO DE BURGOS
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JOSÉ JUAN CANO VERA |
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Sentí indignación. Fue la primera sensación. El presidente del Gobierno socialista, el “presidente de todos los españoles” Zapatero, había tomado la polémica decisión de nombrar a Gregorio Peces Barba Comisionado de las Víctimas del Terrorismo, el mismo abogado que había defendido a los etarras juzgados por terribles delitos en el PROCESO DE BURGOS, en el libre ejercicio de su profesión. Aquel joven letrado que en las ruedas de prensa de todos los días, después de las vistas, con sus otros compañeros de la defensa, montaban un escaparate político mediático, como si aquellos terroristas fueran unos héroes, unos defensores de las libertades políticas. Desde Burgos, los abogados defensores y los familiares de los procesados estimulaban a media Europa para protestar por aquel juicio sumarísimo, como si los etarras fueran unos valientes gudaris. Escenas para el recuerdo que dejé plasmadas en mi libro “AZNAR, LA ESPAÑA ROTA”, (editado hace seis años), y que hoy ofrezco en pocas líneas. Un relato que nos incita a la meditación y a la rabia contenida, porque Peces Barba estaba allí defendiendo a los terroristas, y hoy a sus victimas. Que tremenda paradoja, que gran disparate. Hasta aquí hemos llegado. Antes vinieron cientos de asesinatos. Más sangre y lágrimas.
Extracto del libro “AZNAR, LA ESPAÑA ROTA”
“La guerra terrorista en España es un dolor. Aun recuerdo el famoso Proceso de Burgos en diciembre de 1970. Muchos, miles de los que hoy piden la cabeza de los terroristas, entonces se manifestaban en la calle a favor de los terroristas procesados. Estuve allí. También el abogado y Comisionado Peces Barba.
Pocas veces he tenido miedo físico. Es como un sudor frío, es como un miserere estomacal, es como si los cabellos se convirtieran en navajas, es como si se aflojaran las piernas. Pero si al físico añadimos el anímico, las sensaciones se multiplican hasta la desesperación.
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Y los abogados defensores, que llegaban incluso a la violencia verbal. Entre ellos el honorable Peces Barba.
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Miedo físico y miedo anímico fueron las dos sensaciones que percibí a la muerte de Franco. Solo en otra ocasión me ocurrió lo mismo. Fue en el proceso de Burgos. Estuve presente durante todo su desarrollo. Una experiencia inolvidable.
Todos los medios informativos del continente, jaleados por los partidos políticos, habían desatado una durísima campaña contra el Régimen, utilizando como motivo el Proceso de Burgos que juzgaría en Consejo de Guerra a dieciséis activistas de la organización terrorista ETA.
La opinión publica de nuestra nación estaba en esta ocasión muy informada. Había pruebas y se conocían los objetivos de ETA. Todo ello fue hábilmente dado a conocer puntualmente, y la delicada piel xenófoba celtibera fue irritada a conciencia. La vida y espera, ante el proceso, de nuestro pueblo, se convirtió en una crisis emocional sin precedentes.
En Burgos, como en otras ciudades, la noticia del proceso fue recibida con naturalidad, con casi frialdad. No era el primer Consejo de Guerra que se celebraba contra activistas de ETA, que por otra parte no contaban con ninguna simpatía. Hacia meses que un modesto taxista burgalés había sido asesinado por ellos. Su sepelio fue una manifestación de repudio.

La Apertura del Consejo de Guerra sufrió un retraso. Las consultas entre la Capitanía General de la VI Región Militar, con sede en Burgos, y Madrid, fueron permanentes con erosión evidente y una crisis a punto de estallar en el ámbito internacional. Hubo rumores y el ambiente se fue haciendo tenso. En algún momento se pensó en una suspensión “sine die”. La presión era fuerte. De capitales extranjeras llegaban telegramas pidiendo benevolencia para los encartados, años después el mundo entero condenaría las salvajadas contra la democracia reformista, o un gesto de piedad. La campaña contra el Consejo de Guerra arreciaba. Los defensores trataban de ganar tiempo. Y en el penal de Burgos los terroristas se hacían ilusiones, e incluso se mostraban tranquilos y sonrientes cuando recibían a familiares, amigos y periodistas. Y a Peces Barba.
En el hotel “Almirante Bonifaz”, cuartel general de los abogados, había optimismo. Otros pensábamos que se aplazaría y un día cualquiera de un mes cualquiera se abriría el proceso para de esta forma evitar la algarada periodística y el escándalo político más allá de nuestras fronteras. Fue un espejismo.
El día treinta de noviembre la noticia corrió como un reguero de pólvora. Primero en Burgos y a los segundos por toda España: habría juicio definitivamente.
El termómetro marcaba diez grados bajo cero. Una llamada telefónica me dio la primicia mundial. En aquel instante sentí miedo físico y miedo psíquico. Solo un periodista conoce el valor y el honor de la primicia. Cuando ésta es mundial, se producen mil sensaciones. El tema noticioso añadió el resto.
Eran las diez y media de la mañana. Había hielo en las calles y en los corazones. Un gris plomizo cubría el cielo de la capital más orgullosa de España.
Continuo con el relato. Días antes y de forma discreta, fueron llegando a Burgos unidades especializadas de la Policía Armada para reforzar a las que prestaban servicio en la ciudad. Por la noche se patrullaba. Fue uno de los síntomas de que se estaba preparando él capitulo final. También la plantilla de funcionarios de la policía secreta fue aumentada considerablemente. La tranquilidad era absoluta. El ciudadano burgalés aunque inquieto, supo guardar la calma, demostrando que su clásica frialdad no es leyenda o mito.
En este clímax de tensiones, expectación, curiosidad e interés, llegó el día tres de diciembre de 1970. Fue el más preocupante. También los días de las sentencias y el del indulto.
Fuera, en el exterior, arreciaban las arremetidas verbales y escritas contra el Sumarísimo y el Gobierno del general Franco. La ola de protestas era un clamor bajo el denominador común de la confusión, la ira, los insultos y las verdades a medias. La virtud de la clemencia, humana en toda sociedad culta, era utilizada como arma arrojadiza contra las Fuerzas Armada y contra El Pardo. Burgos, testigo silencioso del tumulto, era el blanco de toda la artillería publicitaria de Europa y Norteamérica. La tensión había llegado al máximo.
Las fuerzas policiales tomaban posiciones y la legión de informadores de la Prensa, la Radio y la Televisión, invadieron la capital casi al asalto, incluyendo el recién llegado corresponsal de la agencia soviética TASS, experto probablemente en procesos y espionaje.
A las diez de la mañana se inició el proceso más famoso después de Nuremberg.
Todo aquello me producía perplejidad y vértigo. A los 34 años el poso de honestidad se sublevaba interiormente. La ética todavía tiene sentido y significados. Recordaba mi tesis sobre “Deontología del Periodismo”. No era aquello, no era. El espectáculo de unos informadores ciegos por el sectarismo, el montaje de un proceso atropellado por mil detalles adversos, la sangre vertida y por derramar, el cinismo de los políticos, el aire revolucionario de varios de los procesados con mezcla elevada de un implacable antiespañolismo y el festival dialéctico de los abogados, eran escenas sacadas de un filme de Pasolini. En aquel marasmo, el tribunal militar, pagando las consecuencias de un status carente de realismo, mantenía un elevado porcentaje de dignidad. Y los abogados defensores, que llegaban incluso a la violencia verbal. Entre ellos el honorable Peces Barba.
Sentía ganas de mandar todo a la mierda y buscarme los garbanzos en el andamio o en la emigración. Estos mismos deseos los he aguantado infinidad de veces, pero una voz interior, una fuerza irrefrenable me obligaba a permanecer. Todo era contradictorio y auténtico. Y sufría porque me rebelaba contra aquel mundo nefasto. Había que luchar. Huir era lo más fácil. Pero la vocación es mas fuerte que los impulsos ácratas que permanentemente me presionan. Son circunstancias ajenas a la voluntad de permanecer fiel a las ideas.
Sectores del Ejercito se sentían también aturdidos y manejados, pero cumplían con su deber a costa de mucho desprendimiento, generosidad e infinita paciencia.
Especialmente entre la oficialidad joven. Toda la basura que se acumulaba sobre Burgos, procedente de vertederos partidistas, hacia mella en los espíritus acostumbrados a servir honradamente. Preferían combatir con las armas en las manos a ser utilizados políticamente.
En varias ocasiones conseguí contactos con algunos de estos oficiales jóvenes. El día del indulto hubo un conato de protesta masiva en los cuarteles, que fue acallado para evitar mayores desaguisados. Les dolía España. Hasta la mesa de mi despacho llegó una carta cuestionando no el indulto, sino el contexto del proceso. Las Fuerzas Armadas habían bailado con la mas fea, finalmente quedaban desairadas y con una imagen de intransigencia que no correspondía con la verdad. Los militares aplicaban al pie de la letra las leyes castrenses y los políticos deshacían después las leyes, buenas o malas, pero vigentes. Eran conscientes de que ETA tenia que ser tratada con rigor, pero no con parches jurídicos. Estuvo siempre claro para mí que los dieciséis encartados debieron comparecer ante los tribunales ordinarios o de Orden Publico, porque mezclar a los Ejércitos en aquella tragedia, no fue la mejor vía para su prestigio. Y si a todo ello añadimos el desconsolador desigual debate procesal entre un grupo de oficiales y otro de eminentes juristas, los resultados no podían ser más lamentables. Los testigos, familiares, periodistas y observadores, jamás entendimos toda aquella trama sincopada, no obstante los esfuerzos jurídicos del coronel Ordavás, presidente del Consejo de Guerra y el capitán ponente Troncoso que buscaron darle un contenido jurídico profundo.
Los 16 de Burgos, años después, quedaron diluidos en el proceso democratizador, convertidos en unos burgueses mas, superados por el radicalismo de las generaciones abertzale, que declararon así mismo la guerra a muerte al Régimen de las libertades y de la Constitución. Quedó y queda claro, que ETA no se había levantado contra Franco ni contra la Monarquía, sino contra España, que es mucho mas grave, contando con el apoyo exterior.”
Ahora, hoy, el Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero con sus socios de Izquierda Unida e Izquierda Republicana buscan el pacto y la negociación con la cúpula de ETA, manchada de sangre, heredera de mil asesinatos. Las victimas son defendidas y sus familiares por el Comisionado Peces Barba, el mismo que defendió como abogado a los etarras en el proceso de Burgos, como si fueran héroes legendarios. No lo comprendemos, este país, España, vive en un error histórico.
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