Fernando Paz / minutodigital.com: 13.07.07
La historia oficialista, definida como antifranquista, de izquierda, prorrepublicana, ha sido agudamente cuestionada por Moa quien, en su última obra, ‘La quiebra de la historiografía progresista’ (Ed. Encuentro, Madrid 2007), desnuda las insalvables fallas que presenta la historiografía que abandera una izquierda sectaria, hoy dominante en el panorama de los medios de comunicación y en la Academia, y que está resultando decididamente zarandeada por el riguroso y frontal desafío capitaneado por Moa.
¿Cómo se ha llegado a una situación tal en la que el oficialismo historiográfico progresista puede pretender arrogarse el derecho a decidir qué es historia y qué no lo es?
Lo que decide el valor de unas u otras versiones históricas es su documentación, concordancia con los hechos y lógica de sus análisis. En los últimos años toda la construcción ‘progresista’ ha caído por tierra, y se defienden recurriendo a su predominio en la universidad y en los medios, tratando de imponer burocráticamente sus puntos de vista. Es una empresa inútil, y en el empleo de esos métodos ya manifiestan su bancarrota intelectual.
En su opinión, la razón de que la historiografía progresista persista en sus gravísimos fallos interpretativos se debe a errores de enfoque. Ante la contumacia de estos sectores, cabe preguntarse: ¿se trata sólo de historiadores izquierdistas o, funcionalmente, podríamos hablar de que más bien conforman el frente cultural de una maquinaria progresista más amplia?
Desde luego, se trata de un frente cultural y sobre todo político muy amplio, que incluye también a sectores derechistas deseosos de hacerse perdonar. Esos historiadores son el núcleo intelectual del frente pero cada vez de forma más deshilvanada. Recuérdese que cuando lanzaron la campaña de la ‘memoria histórica’ lo primero que hicieron fue montar un gran congreso internacional de historiadores, y no les salió nada bien, porque las discrepancias entre unos y otros resultaron demasiado fuertes. Por otra parte constato en ‘El Mundo’ y otros periódicos, la publicación de artículos que sostienen tesis muy parecidas a las mías, aunque generalmente no me citen. Esto habría sido imposible hace pocos años.
Resulta escalofriante el intento de censura del oficialismo hacia todo lo que suponga discrepancia. ¿Prevé una regulación por ley que termine prohibiéndoles a ustedes publicar, como ha sucedido en el caso anterior?
Por supuesto, ahí es adonde apuntan. Desde el principio, Javier Tusell, Francisco Espinosa y otros pidieron la censura contra mis trabajos, y no han faltado apelaciones a que nos metieran en la cárcel a César Vidal y a mí. Pero creo que han perdido la batalla antes de comenzarla. No me parece posible hoy una ley en ese sentido, y la Ley de Memoria Histórica ya nació en plena quiebra intelectual, que es el prólogo de su quiebra política. No obstante hemos de recordar que el mandarinato progre tiene todavía las mejores posiciones oficiales y acceso privilegiado a los medios de masas. Mis libros e incluso mi nombre están vetados en la mayoría de ellos, sobre todo en la prensa de papel de gran tirada. Afortunadamente, queda la prensa digital y algunas emisoras de radio. La batalla intelectual está claramente ganada, pero falta la de los medios y la influencia sobre el gran público.
¿A qué achaca el éxito de sus obras y el de otros como César Vidal, Ricardo de la Cierva, José Javier Esparza y Ángel David Martín?
A que cualquier lector imparcial las encuentra más lógicas, racionales y documentadas que la mayoría de las que han venido circulando durante muchos años, y cualquiera puede hacer la comparación. Un amigo me comentó que le había prestado a un hermano suyo ‘Los orígenes de la guerra civil’, y que este se había negado en redondo a leerla. Su argumento final fue: "No la leo porque no me sale de los cojones". En esa frase se condensa una actitud defensiva y cerril de mucha gente aferrada a los tópicos izquierdistas y temerosa de verlos hundirse.
Descendiendo al terreno de lo concreto, resulta pasmoso el ejemplo que usted señala en la biografía de ‘Franco’ de Paul Preston, en el que el autor inglés comenta la respuesta por carta de Franco a Hitler el 26 de febrero de 1941. Dejando de lado errores gravísimos –como es que al mando de la operación de conquista de los Balcanes estuviera List en lugar de Rudstendt, que nada tuvo que ver, y que Rundstedt no fuera general, sino mariscal, desde hacía siete meses antes-, lo peor de todo es que Preston señala que el 26 de febrero “Franco se sintió con ánimo” para contestar a Hitler en función de unos hechos militares ¡que aún no habían sucedido, faltaba mes y medio para que dicha conquista se produjera! ¡y esos hechos- que no habían sucedido aún- son los que Preston aduce como causa del favorable estado anímico de Franco!
Digamos que confusiones como entre Rundstedt y List, o entre general y mariscal (un mariscal es una especie de supergeneral) son en realidad pequeños deslices sin mayor importancia según en qué contexto. Más grave es el error cronológico. Pero mucho más grave es la concepción general en que envuelve Preston los sucesos, y su costumbre de eliminar aquellos aspectos que no encajan con sus tesis preestablecidas. Su análisis de la postura de Franco y de Hitler, como el de Marquina y tantos otros, simplemente no se tiene en pie ante las cartas intercambiadas entre Hitler y Franco. ¿Qué hacen entonces? Pues simplemente apenas aluden a esos documentos, pasándolos prácticamente por alto, y sin el menor examen en profundidad. Es el tipo de historiografía que todavía predomina.
¿Podría tratarse a estos historiadores como un bloque más o menos homogéneo o cabría trazar diferencias de peso entre ellos? Hablamos de Reig, Preston, Moradiellos, Beevor, Viñas, Espinosa, Casanova, Aróstegui, Juliá, Gibson, etc…?
Sí, claro hay diferencias. Profesionalmente Viñas, Moradiellos, también Gibson o el mismo Juliá, son más cuidadosos y tienen mayor nivel que la mayoría de los otros, y muchas veces vale la pena leerlos, prescindiendo de su carácter general. Espinosa, por ejemplo, es sólo un stalinista ansioso de imponer una inquisición a su gusto. Beevor tiene unas ideas muy simples y básicamente falsas sobre España. Bennassar, en cambio, es más prudente. Reig es gracioso por su modo de desbarrar, pero poco serio, desde luego, aunque ha venido a actuar como punta de lanza de todos ellos en su intento de refutar mis tesis.
¿Qué relación tuvieron, buena parte de ellos, con Manuel Tuñón de Lara?
Tuñón fue el padre de todos ellos, incluso de parte de la historiografía derechista representada por Tusell. Tuvo una influencia directa en algunos, como Reig, e indirecta sobre muchos más, porque supo crear un auténtico venero de especialistas en historia desde el punto de vista marxista.
Un marxismo perfectamente acrítico, claro está. Ese marxismo se ha extendido muchísimo en forma de tópicos y supuestos, también entre gentes que no se consideran marxistas pero aceptan sin apenas pensarlo una serie de categorías de la lucha de clases. Por ejemplo, ni Tusell ni Beevor ni Preston o Viñas se proclamarían marxistas, y no lo son en un sentido estricto, pero la clave de su visión histórica, la pretensión de que el Frente Popular representaba la legalidad republicana y, con todos sus fallos, la democracia, es una construcción propagandística difundida básicamente por la Comintern. Se trata de un auténtico disparate, y sin embargo ha sido asumido acríticamente por todos ello como base de su enfoque de la guerra. A partir de ahí solo puede hilvanarse una colección de disparates secundarios más.
¿Ve posible, en un futuro más o menos próximo, que la situación cambie en la enseñanza universitaria pública y que estos señores –y otros semejantes a ellos- permitan la expresión de ideas que contradigan su paradigma, sus dogmas o, siquiera, la expresión de otros puntos de vista diferentes a los suyos?
A menos que todos nos volvamos muy pasivos, por supuesto que cambiará todo eso, porque no es posible sostener por mucho tiempo tesis que van contra la evidencia documental y contra la lógica. Pero insisto en que todos debemos hacer un esfuerzo, porque sin él las cosas no cambian, y porque debemos tener conciencia de que la falsificación del pasado envenena el presente y ataca la convivencia en paz y en libertad de ahora mismo.