Como despedida al cadáver político de Pascual Maragall (q. e. p. d.), hoy, festividad de Todos los Santos y víspera del día de los difuntos, los catalanes han sido llamados a las urnas para elegir lo que, mucho nos tenemos, no será sino otro esperpéntico sainete de duración indeterminada y que, a buen seguro, no contribuirá a que se calmen las turbias aguas del panorama político patrio.
Porque si Montilla tuviera que reeditar el tripartito entraría en una fase terminal que no le permitiría ni volver a la alcaldía de Cornellá.
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Mañana habrá más cadáveres políticos sobre el tanatorio de la Generalidad. Quizás el primero, el más importante aunque el menos publicitado, sea el del propio sistema demostrando la apatía que crea en el pueblo la idiocia de la clase política en general provocando una abstención muy similar a la del pasado referéndum. El segundo, en orden estrictamente cronológico, el de un tal Josep Piqué que ha relegado al PP hasta una marginalidad insospechada pero lógica al verse arrastrado por la desaparición de un claro concepto de lo que es España. El tercero, y el menos importante, el de un Carod Rovira tras haber tocado techo en las últimas elecciones y, a la vez, ser imposible ejecutar “patochadas” superiores a las que ha realizado durante estos tres últimos años. Y, lo más triste y peligroso, el cadáver de una España a la que parece que la medicina de las urnas y la Constitución no pueden sacar del coma profundo en el que se halla.
Quizás se salve Mas al que, por imposible que parezca, aún le oculta la “alargada” sombra de Jordi Pujol. Y decimos quizás porque habrá que ver de las piruetas en forma de pactos que habrá de realizar para ser Presidente del Gobierno catalán. Únicamente parece que la opción “socioconvergente” podría garantizarle una necesaria estabilidad a la vez que, como contraprestación, acabaría metiendo dos ministros en el Gobierno de España para hacer más rápido el proceso de saqueo al que someten al Estado. Y quizás esta situación salvase también a Montilla quien, como previsible “conseller en cap”, intentaría olvidar la figura de un Maragall que, seguramente, se le volverá a aparecer en esta noche travestido como su peor pesadilla. Porque si Montilla tuviera que reeditar el tripartito entraría en una fase terminal que no le permitiría ni volver a la alcaldía de Cornellá.
Más o menos como le pasaría a Mas si optase por un pacto con los republicanos. Pero en una época en la que ya no sabemos tan siquiera si somos de los nuestros, el suicidio también es una manera política de desaparecer.
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