Han compartido campos de entrenamiento, manuales de explosivos, información, canales
de suministro de armas y explosivos, pero, sobre todo, han compartido sus ansias de
matar. Los terroristas de todo el mundo han urdido tradicionalmente redes de
colaboración nociva de las que han sacado no pocos réditos.
Lamentablemente el domingo, la dignidad y la seguridad de cualquier ciudadano de
bien estará más a salvo en el aeropuerto de Heathrow que en las calles de una
bellísima ciudad española: San Sebastián.
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Ayer coincidía la operación de Scontland Yard paralizando buena parte de los vuelos
del aeropuerto londinense de Heathrow y deteniendo a veintiún presuntos terroristas,
con el avance de la chulesca convocatoria de ETA-Batasuna para el domingo.
Los terroristas batasunos quieren pasear sus pistolones intuidos bajo sus camisetas
negras como preámbulo repetido de las fiestas de San Sebastián. Sus correligionarios
islámicos querían volar diez aviones en mitad del océano. Unos y otros buscan la
notoriedad que otorga la sangre ajena; el rédito del asesinato. Unos y otros
pretenden alimentar a los suyos mostrando groseramente ante el mundo, su capacidad
de matar.
Sin embargo, no en todas las naciones los terroristas tienen la calle a su
disposición para chulearse mascando goma-2. Mientras en España la ley se conjuga
según las apetencias políticas y las fuerzas de seguridad anidan en su seno chivatos
traidores, en Gran Bretaña han entendido que las garantías legales están al servicio
de los ciudadanos honrados antes que a la mano de los asesinos de Al-Qaeda.
Cuando el Estado de Derecho sirve de madriguera a los asesinos y el paraguas de los
representantes gubernamentales sólo se extiende para el cobijo de quienes buscan
pasear sus pistolones, es el momento de reconocer que mucho se ha hecho mal en la
nación española.
Si a lo anterior sumamos unas fuerzas de seguridad en parte cipayas del Poder
rendido y en parte contemplativas de cómo años de lucha antiterrorista se tiran por
los desagües del Ministerio del Interior, sólo queda aferrarse a la tabla de la
Audiencia Nacional y al humor que ese día tenga el juez de guardia. Un humor tan
dispar que unas veces permite entrevistas humillantes entre terroristas crecidos y
políticos humillados, y otras impide manifestaciones amparadas por organizaciones
ilegalizadas que están permanentemente en rueda de prensa.
Nadie imagina que una supuesta “asociación de colaboradores de Al-Qaeda” esté día sí
y día también en los medios de comunicación británicos. Sus miembros no ocuparían
impunemente la calle y las leyes británicas no se dejarían bordear. Ayer, centenares
de ciudadanos pudieron seguir viviendo gracias a que la clase política británica no
perturba ni sabotea la labor de sus fuerzas de seguridad.
Lamentablemente el domingo, la dignidad y la seguridad de cualquier ciudadano de
bien estará más a salvo en el aeropuerto de Heathrow que en las calles de una
bellísima ciudad española: San Sebastián.
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