Escuchar al presidente del Gobierno de España en cualquier comparecencia ante los medios empieza a convertirse en un chiste macabro. Chiste porque difícilmente nos podemos creer la realidad de cualquier tono que quiera darle a sus palabras. Hasta los actores de serie B lo hacen mejor.
Hasta sus amigos de la pancarta lo hacen mejor cuando tienen un rato libre para ponerse delante de la cámara. Pero esto no es una mala película. Es el futuro inmediato de una España constitucional, que empieza a tener pinta de papel mojado.
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Macabro porque desgraciadamente en sus manos está el futuro de este país. Por tanto, tomarse a guasa sus palabras no es un ejercicio de inteligencia. Todo lo contrario.
Ayer, Zapatero habló de ETA y el mal llamado proceso de paz. Se congratuló por el apoyo de la Eurocámara. Un triunfo de los asesinos, que ven como su actividad delictiva toma carácter internacional. Lo que el presidente obvió es el justo margen por el que salió adelante la resolución. Tan sólo diez votos de diferencia. La división es, pues, patente. Más cuando este Gobierno es incapaz de explicar qué oscuros motivos le mueven a mantener el deseo de negociar con un grupo terrorista que no renuncia a ninguno de sus objetivos. Es más, como hemos conocido el día previo al debate en Estrasburgo, los matarifes utilizan la tregua para rearmarse. Aunque siempre podrán decir en El País que los etarras roban armas para tener qué entregar el día que se desarmen y caigan rendidos a los encantos de ZP.
El tono y la actitud del presidente del Gobierno es simplemente patético. No sólo le cuesta reconocer las evidencias, sino que además pretende aparentar una postura de firmeza ante estos delincuentes con chapela que no es tal porque hace tiempo que no hace otra cosa que comer de su mano. "Es un hecho grave", dijo ayer en alusión al robo de las armas; "y habrá consecuencias en su momento", apostilló. Lo dicho, un chiste macabro de un mal actor. Hasta sus amigos de la pancarta lo hacen mejor cuando tienen un rato libre para ponerse delante de la cámara. Pero esto no es una mala película. Es el futuro inmediato de una España constitucional, que empieza a tener pinta de papel mojado.
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